El evangelio según las calles

Donde Dios hace intervención en el prólogo a esta historia

El narrador me ha pedido que escriba un prólogo a esta particular historia. ¿Pero qué pueden agregar prólogos a las tragedias del Individuo? Invadido por sueños, propios de aquel que fue nuestro caballero de la triste figura, el protagonista sucumbe a la realidad posmoderna. El narrador ha querido interpretar en su creación la soledad propia de las sagradas escrituras: la soledad que busca medir el tiempo en relojes, deshabitar el espacio en los automóviles y destruir al otro con las armas. Encuentro en esta historia el rechazo del ser urbano ante las circunstancias características de la fe y la palabra: agresivas, mortales para la comunidad anónima. Pese a que todas las historias tienen un poco de mi materia, he de admitir que vale la pena añadir algunas reflexiones sobre el tema del lenguaje: qué mejor lingüista que Dios.

En un principio se hizo el lenguaje y dije Hágase la luz y la palabra nació del lenguaje de la no existencia, que abarca más allá de la Muerte. Como un virus o una bacteria inasible, la palabra, herencia de esa mi figura que desapareció sin dejar rastros en el cielo (tantos cohetes y astronautas generan pánico), encontró cobijo en el ser humano y aprovechó de sus extraños comportamientos y su mañosa forma de ser para contarles la verdad que servirá de precaución para el sinuoso camino de aquel que encuentre mi verbo. Estaba aburrido en aquel entonces cuando el universo iniciaba y terminaba en mí. Escupí mi palabra y los hombres abrieron la boca. Repitieron mis palabras. Lo que yo quisiera. Me rendían sacrificios. Su primitiva conciencia era gobernada por lo que se suele vulgarmente llamar como instnto. Sólo me faltaba convertirme yo en uno de ellos o ellos en una extensión de Mí. Pero si hay algo que no surgió de mí fue el silencio.

Al final quien inventa la palabra es dueño de la verdad. Nadie sabe qué Dios está detrás de Dios ni a qué laberinto macabro nos invita el narrador que rige desde el vacío nuestros movimientos.

Del nacimiento y primeros hechos del Bache

A finales del mes de junio las lluvias azotaron una ciudad entre el polvo del desierto y el aire de los mares, dando lugar a un minúsculo agujero que se alimentaba del despojo de las llantas y de piedras. El pequeño hoyo, parecido a una caries dental, creció de forma considerable y el 25 de diciembre de aquellos tiempos se convirtió en un Bache, el primer bache en la historia de la humanidad. La ciudad se convirtió de pronto en un espejo de esa propia verdad y otros agujeros, obedientes, comenzaron a seguir el evangelio de aquel primero que, con la molestia del ser humano, crecía gracias al alimento de hule, metal, tierra, polvo… La ciudad se llenó de cráteres y alguien furioso dijo que era más seguro manejar en la luna. Nadie comprendía que aquellos agujeros eran una extensión del primero.

Iniciaron las protestas que en vano buscaban eliminar al Bache predicador que en su silencio incitaba a la rebeldía de las calles, mientras él crecía hasta formar una profundidad y un diámetro de sinceras consideraciones. Sin embargo, el gobierno jamás respondió a las propuestas porque así lo quise yo. De hecho, las protestas cesaron y es aquí cuando aparece Jesús de la Cruz Corona, un hombre común que tuvo la visión desencadenadora del fin: el Bache era en realidad la transubstanciación de la materia de Dios en la tierra. Esa era la única explicación sobre la epidemia de baches y el silencio del Estado.

Milagros del Bache

Suicidios a raudales ocurrieron en aquella época. Las personas, hermanadas ya al vehículo que los resguardaba en sus entrañas, llegaban tarde a sus empleos y hogares, generando en ellos un sentimiento propio de la ansiedad y angustia. El Bache alcanzó, gracias a las protestas ahora a su favor y a los grupos de fanáticos que se transformaron al Bachismo, el tamaño de una casa bajo tierra. El tráfico se detuvo por completo y la ineptitud y crisis del hombre se pusieron a prueba: dos meses estuvieron atrapadas más del 10% de la población que en el aniversario del nacimiento del Bache se encontraron con una masa de personas de diferentes poblaciones y nacionalidades que venían a rendir culto al Bache, además de verlo crecer más y más a velocidades imperceptibles: su profundidad no podía contemplarse a simple vista. Algunos eran poseídos por visiones en las que el Bache penetraba hasta el centro de la tierra y el Infierno se tragaría al mundo. Otras visiones anunciaban una blasfemia de la física: las profundidades en realidad llevaban al Cielo, al Paraíso. El Estado no hizo nada, pues el turismo generó ganancias para todos. Luego empezaron los suicidios, como decía: muchos no soportaron estar atrapados y no se les ocurrió otra cosa que golpearse la cabeza con el volante hasta acabar muertos; los que cargaban armas o disparaban contra los fanáticos o se suicidaban al ver que los fanáticos volvían a levantarse, impulsados por la fe y el éxtasis; y otros saltaban a las profundidades del Bache para ya no volverlos a ver, en busca del Cielo, buscándome.

Pasión y descenso del Bache

A finales del año pasado en el tiempo de los hombres fue cuando la Iglesia anunció la visita del Papa al país del Bache. El pretexto de su venida era, sin lugar a dudas, visitar al Bache que anunciaba la llegada de Dios. Ahora tenía el tamaño preciso, exacto: sus orillas llegaban hasta la frontera con Estados Unidos hacia el norte y con el pueblo de Santa Mónica hacia el sur. El Bache fue, a su manera, amable con los habitantes que ahora le rendían un culto entre forzado y divino: dejó ciertas calles intactas para que la vida en Su ciudad continuara de alguna forma. Sin embargo, descontando a los suicidios, cerca de medio millón de personas murieron en diferentes circunstancias: accidentes hacia el vacío, personas que en sus casas fueron tragadas por la boca del Bache, fraccionamientos enteros que desaparecían durante la noche ante su voracidad monstruosamente divina.

La llegada del Papa fue un evento especial para una ciudad acosada por diversas tragedias a lo largo de su historia. Los espectaculares le mostraban amor justo antes de caer al vacío y durante toda su estadía las personas vistieron de blanco. Ayudó a erigir cierta esperanza en los habitantes asustados por el Bache, los cuales creían que si sacrificaban a un preso o a un animal éste los perdonaría y perdonaría a sus vecinos. Así se abandonaban a ciertos orígenes del hombre, a un civilizado primitivismo. El Papa bendijo las fronteras del Bache y dio una misa en la única iglesia que quedaba en la ciudad: la que fue construida para su llegada. Casi todos los habitantes que aún quedaban acudieron a la misa, incluyendo a las personalidades del Estado, que por fin mostraban el rostro.

Fue en ese preciso momento: el gran padre, representación humana de mi Palabra, anunciaba la eucaristía y las personas en una gran fila se alimentaban de la sangre y carne de Jesús, durante un gran silencio místico y revelador, cuando desde las profundidades de la tierra escucharon aquel presagio que habían oído tantas veces y al cual temían cada vez que sentían el temblor, el ruido del silencio, la gran furia del final y los gritos del horror, el culto ahora al caos, la ira de un Ser que no presentó misericordia en su propia búsqueda de devastación total en una zona de la tierra. Después el derrumbe, el gran derrumbe hacia mí, hacia la nada.

Fotografía: Ingmar Bergman, El séptimo sello.

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¿Dónde habrás metido la nariz, amigo?

Había despertado en la mañana con una sensación culera dentro de la nariz: como si un moco gigante abarcara el agujero que está hasta el fondo, ahí donde los dedos no alcanzan. No le di mucha importancia, Ya saldrá solo el pinchi moco. Me bañé, mientras escuchaba música, tú sabes, la rutina para ir a la escuela, pero sin cantar porque luego la madre se despierta y pos me manda a la chingada, Ya cállate chingado, por favor, ¿no ves que quiero dormir, cabrón? Entonces silencio fatal, ni pedo. Y bueno pues me tallé acá chido, me puse shampoo, uno que sirve para la caspa y que supuestamente evita la caída del cabello, y finalmente me olvido de todo y me quedo dormido. Por supuesto, se me hace tarde para ir a la escuela. Decido no ir a la primera clase, a la verga: latín, pff, igual nadie entra. Mientras me visto, vuelvo a sentir el cosquilleo. Voy al baño por papel y me sueno la nariz: nada. El moco se niega a salir. Luego pienso, Quizá a la inversa pos salga, ¿no? Lo intento y nada: el sonido hueco del aire que encuentra un obstáculo en su fluir hacia los pulmones. Chingada madre, ni modo. Al cabo ni traía sed. No queda más opción que meter las uñas. Antes vale la pena agregar al discurso de esta anécdota que desde que mi maestro de guitarra me dijo Déjatelas largas, es mejor que usar púas, me las he dejado crecer unos tres centímetros, luego las limo hasta que queden como un dorito y tiran buen paro cuando la cerilla se acumula: lavado de oído mis huevos. En fin, decía que iba a meterme las uñas por el orificio de la nariz, y así fue. Duré un ratillo entretenido, rascando, tocando la superficie, los vellos, moquillos pequeños, la pared de mi piel, un laberinto, a huevo, hasta que el sentir placentero se volvió aburrido. Saqué el índice y para mi sorpresa sólo logré provocarme una pequeña hemorragia. Pos valió verga. Ni modo, fuga a la escuela que es tarde. Me puse papel de baño en la nariz, los perros de la calle ladrando al verme pasar, algunos se acercan, acaricio lomos y recibo besos, y así me subí a la ruta, donde todavía sentía la picazón en lo más profundo de la cavidad nasal. Ay güey, hasta yo me sorprendo de lo que digo a veces. El papel con sangre lo arrojé por la ventana, con la esperanza de que se perdiera entre la mugre que habita en las calles: desde entrañas de perro y gato hasta moco con sangre. Lo que sucedió en la escuela realmente no tiene razón de ser contado. Ni me pude concentrar en las clases, iba al baño cada media hora para sonarme y nada. Me rendí rápido. Incluso llegué a pensar que con el tiempo me acostumbraría a la pequeña cosquilla debajo de la frente. Al final del día me mormé del lado donde estaba el moco. Con la lengua comencé a rascar el paladar hasta que lo rico se volvió rasposo. Después, la migraña y la salida amable que ofrece el suicidio. Cuerpo cortado, como en las ilustraciones de un libro de la Inquisición Española: las cosas que hace uno por la fe, carajo. Enfermo y con la angustia sobre los hombros igual que un buitre o cualquier analogía que me permita expresar la sensación de rapiña, entré al baño, Ahora sí, sale porque sale el puto. Hasta le puse el seguro a la puerta. Y me soné la nariz como nunca, sorbiendo el sabor metálico que se impregnaba en mi garganta. Lo único que logré fue que se moviera un poco, igual que si estuviera flotando. Con la pesadumbre y la náusea aún en el estómago, los ojos cansados y el palpitar en la cabeza, me quedé dormido en la taza. Y así hasta que mi papá tocó la puerta, Vete a la cama. No soñé nada, aunque en la mañana desperté con la imagen de un moco gigante aplastando casas y pisando gente que quedaban como los perros en la carretera. La imagen fue robada de una película de Woody Allen donde una chichi gigante destruye a la ciudad. Sin embargo respiraba bien: el culero estaba suelto, indefenso. De nuevo, en el baño me metí el índice y plaf sin ningún esfuerzo el intruso habitaba ahora la uña que rascaba la cavidad. Por último, saqué el dedo. El pudor de observar al enemigo. El miedo de encontrarse indefenso. La desnudez expuesta al pánico. Las ocho patas palpitando todavía.

A caza de dientes

El viento mueve con serenidad al hombre: norte, sur, sur, norte, norte… En ocasiones, en un estímulo eléctrico de las penumbras, el cuerpo genera elipses sobre el aire y los pies desnudos muestran uñas carcomidas por el polvo de la muerte, invitando a las sombras a un baile de la carne y lo invisible: aventura escrituras que el ojo humano jamás entenderá. Su lamentable mirar cabizbajo, esos ojos terriblemente blancos, vacíos, llaman la atención del público que se reúne al mediodía para contemplar el espectáculo del humilde patíbulo. Nadie conoce los motivos por los que fue colgado aquel sujeto. Tampoco se conocía su nombre. Podrían decir de él que era un mero forastero y que, quizá por su actual situación, también se trataba de un perseguido.

Era un despojo condenado al entretenimiento de unos cuantos morbosos que luego enterrarán su experiencia en una anécdota personal: “¿Te acuerdas de aquel muerto?” Yacía ahí, desde la mañana, atrayendo con el paso de los minutos multitudes de moscas y gente. Las moscas fueron las primeras en abandonar el cadáver luego de dejar sus huevecillos.

Algunos niños fueron conducidos por sus padres para que miraran al muerto. Sin embargo, éstos contemplaban con terror el cuello roto y la sonrisa. Las mujeres aseguraban no resistir el olor que emanaba de su boca. Con el envejecer de las horas, todos se marcharon del patíbulo cuando la luna los invitó a abandonar el lugar.

Mientras tanto, el hombre se reencontraba con una soledad primigenia, justo antes de presentarse en la mente de quienes no pudieron dormir aquella noche.

Una mujer aparece cuando los pájaros duermen en las ramas del ciprés, mira a sus lados, nada, nadie, sólo la luna posándose sobre su rostro, las familias reposan en el calor del silencio, dirige sus pisadas suaves hacia el muerto que se encuentra firme como una estatua, se encuentra frío y apesta igual que las calles de las chabolas, también reconoce la peste de los palacios, un olor que surge desde las entrañas del país, como salido del infierno, la madera emite un quejido tras otro y la sombra de la mujer se alarga hasta que una mano blanca y sin uñas abre la boca del colgado, buscando una riqueza oculta, oro, oro blanco, sujeta con fuerza el interior, rozando los dedos con la lengua y el olor, que se vuelve fuerte, sobrehumano, hace que la mujer aparte la cara, mas no la mano pues no se rinde ante la caza del diente que afloja un poco sus raíces, su abrazo en la carne que comienza su entrega a la putrefacción, luego van cayendo uno a uno, mientras los minutos pesados se transforman en secuencias temporales extensas,

el viento de la madrugada le produce un escalofrío, pero la obra ha sido hecha, no queda más que un sólo diente en la boca del colgado, una muela en el fondo, ella piensa en el pan que comprará los próximos días, en su olor y suavidad que permitirá la supervivencia en este pueblo fétido, luego no sabe si considerar lo último como una victoria o un alargamiento de la pérdida, sin embargo la mujer aventura su mano otra vez y roza las encías vacías cuando sus uñas aprietan la muela, lo giran con fuerza hasta que lo siente libre, de pronto ocurre algo que hace que la mujer suelte su botín y ahogue un grito, la imagen del alimento virtuoso es remplazada por el terror, por esa efigie gigante de la Muerte próxima, de su bastarda imprudencia, y esa boca antes profanada comienza a chupar su brazo, a besarlo y lamerlo en unas formas tenues, casi imperceptibles, y la mujer se desvanece mientras la cuenca de los ojos del muerto se llenan de hileras de dientes blancos que la consumen como un pedazo de pan.

“La poesía es un arma cargada de futuro”

La palabra no nos pertenece. En estos nuestros tiempos, para que haga el mínimo impacto en aquel que recibe la palabra y el silencio —puesto que éste significa más— debe acompañarse de una imagen. La fuerza de la palabra ha desaparecido, se ha olvidado. Su carácter de Verdad ya no es creíble: la imagen, en cambio, rectifica la palabra. Si una noticia habla de la muerte de alguien, para el lector aventurado que ha logrado pasar el artificio del encabezado y se adentró a leer la noticia, debe justificarse con la imagen de la escena del crimen para que éste diga: “ah, es cierto”. Somos dependientes de la imagen. Quizá por eso la poesía sea tan sólo leída por unos pocos que buscan la aparente verdad de las cosas.

La poesía es la única arma que merece ser disparada. No esas que dispara el gobierno o el criminal para desaparecer al otro: la poesía dota de futuro, de trascendencia, “arma cargada de futuro expansivo”. Surge siempre frente a la adversidad, “cuando se miran de frente / los vertiginosos ojos de la muerte”, frente al peligro de la muerte: las últimas palabras del moribundo pueblo son versos sabiamente populares. Nace cuando ya nadie espera nada, cuando la esperanza abandona todo ser: es lo único que palpita en las tinieblas, la poesía. Ella dice las verdades: bárbaras, terribles y amorosas crueldades. La poesía es hermana del aire y por lo tanto vital: la exigimos trece veces por minuto. Nos dota de ser: somos cuando la poesía, el sí que glorifica, el aliento que duele dando vida. Pero la falsa poesía se ha apropiado de la verdad; ésta será un falso adorno, un pecado concebido de lujos culturales. ¡Maldita, maldita sea! La verdadera poesía es la que se canta respirando, la que es como el alimento, palabras que son gritos en el cielo, gritos de Dios, y que en la tierra son nuestros actos.

Cantemos, respiremos los versos de Gabriel Celaya en este día donde el milagro de la primavera convive con el de la poesía.

La poesía es un arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,

mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas.  Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Pintura: René Magritté, Los amantes.

 

Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso

I. Aunque pareciera que Augusto Monterroso fuese un autor conocido sobre todo como el padre hispanoamericano de la microficción y el relato corto (“El dinosaurio”, “El eclipse”) a pesar de sus libros y de otros autores como Gómez de la Serna, Obras completas (y otros cuentos) (1959) es uno de los cuentarios más originales que existen. Miguel Oviedo comenta que “no busca nuestro aplauso, sino nuestro placer”. Es así, el autor no busca impresionar al lector, no busca ser como Leopoldo o Fombona, no busca la erudición, la memoria. Pero sí desea que el lector disfrute de los cuentos. Punto. Esta ausencia de la gloria es lo que hace de Obras completas… un libro perfecto.

Desde el título Monterroso nos invita a un juego verteginoso, una aventura simbólica con el lenguaje y sus transformaciones humorísticas: parodia, sarcasmo, ironía. Alguien de la escuela, cuando leyó el título, se impresionó de que estas fueran las Obras completas de Augusto Monterroso (ni Rulfo, ni Bombal escribieron tan poco). Lo cierto es que con el tiempo el título pasó de la sinceridad a la paradoja. Al ser la primera obra de Monterroso, los trece cuentos incluidos en este libro eran sus obras completas.

Sin embargo, aventuro otro significado del título, retomado del último cuento del libro. Resumo, a mi pesar, la trama: Unos eruditos de traje y corbata son especialistas en Quintiliano, Lope de Vega y Rodó. En este ambiente de doctores, en donde se recuerda todo en un libro (pie de imprenta, fecha, cambios, erratas, número de ediciones) menos lo esencial en un libro, aparece un joven poeta, Feijoo, quien busca primero el reconocimiento de su poesía, criticada siempre desde aquella bestia que es la envidia pero aceptada como una posible promesa tiempo después. El elogio para Feijoo es la destrucción: “Pertenecía a esa clase de personas a quienes los elogios hacen daño” (129). Al no leer ningún libro de los autores de siempre, poco a poco el poeta abandona el mundo subjetivo y de cierta forma idílico de la creación para encaminarse hacia la academia de la mano metafísica de Miguel de Unamuno y de la menos real del doctor Fombona , experto en prólogos, monografías, estudios, investigaciones y conferencias que nadie lee ni recuerda salvo él. El abandono total de la creación —quizá el único medio para trascender la angustia y reafirmar la identidad— es producto de una presentación y un comentario de Fombona: “—Maestro, quiero presentarle a Feijoo. Es especialista en Unamuno; prepara una edición de sus obras completas” (133). El doctor, quien pudo salvarlo en su momento del ambiente de los doctores buitres, ahora lo presenta como una promesa para la investigación. Quizá porque no podía permitir que alguien de su círculo fuese un poeta. Quizá porque él nunca pudo escribir algo memorable. Lamentablemente ya no se espera de Feijoo un gran libro de poesía, sino la edición de una obra que no es la suya, que conoce poco y que consumirá todo su tiempo. El producto quizá sea reconocido, mas sólo por el valor de la obra en sí, la de Unamuno.

Las “obras completas” exponen entonces el vacío al que el hombre se entrega por buscar un reconocimiento que no le pertenece, identidad que no es la suya. La tragedia (que leemos como comedia) de Feijoo la comparten asimismo los demás personajes del libro: responden a instintos ridículos de supervivencia social para elidir la soledad y el encierro.

II. Monterroso ridiculiza a una sociedad hipócrita: instituciones culturales, a la literatura y sus estructuras, a políticos, a religiosos a escritores, a puercoespines, a perros, a dinosaurios, a vacas. Nada se escapa de la pluma mordaz. De hecho, uno puede sentir cómo en una página no escrita hay un párrafo dedicado al pecado del lector.

No quiero comentar los demás cuentos. Cada uno está escrito con la indiferencia propia de un clásico. Destaco sobre todo “Mr. Taylor”. Así debe iniciarse un libro, carajo: con una patada en la garganta. También vale la pena detenerse en “Leopoldo (sus obras)”, cuyo protagonista escribe un cuento interminable, inútil (cualquier escritor se sentirá identificado) y en “El dinosaurio”, la mejor broma de los últimos tiempos.
Dejo aquí, para la degustación del posible lector, el cuento “Mr Taylor”:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/mister_taylor.htm

Dos poemas de Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska nace en 1923 en una Polonia entre el sincretismo y el sometimiento. Durante la ocupación nazi, los polacos se vieron arrastrados a pensar en alemán, mientras a escondidas escribían en ruso o polaco. En este contexto ideológico, al final de la Segunda Guerra Mundial, Wislawa publica su primer poema, cuyo título es clave para definir a su poesía: “Busco la palabra”. La búsqueda de un lenguaje, que se encauza en la precisión cotidiana y el humor, termina cobrando sentido para la voz lírica en el reflejo de la Alteridad —entendida ésta como la definición del Mismo en la mirada del Otro—, los espacios vacíos, perversos por las cosas abandonadas tras el devenir, los amigos, el amante, cuyo cuerpo es una extensión confortante de la nada, la Muerte y la soledad como efigie de una enfermedad contemporánea.

A partir de 1996, después de ganar el Premio Nobel de Literatura, el descubrimiento tardío de Szymborska en el mundo hispanohablante se traduce en pánico por conseguir, de todas las formas posibles, algunas muestras de su poesía. A través de traducciones desesperadas o insatisfactorias (personas que lo hicieron no desde su idioma original sino desde el francés o el inglés) se publican los primeros poemas en periódicos y revistas —aunque ya antes existían algunas ediciones de sus libros, enterradas en galerías del olvido. Afortunadamente, pasado el desastre inicial, aparecen antologías que reúnen su poesía esencial (llama la atención que en estos libros colabore más de un traductor). Su poesía casi completa está reunida en Poesía no completa (2002), del que me valgo para transcribir los poemas. Sin embargo, hace falta una reedición de su prosa (ensayo, crítica) que pareciera ignorarse.

Desde los orígenes de la humanidad, el poeta se concibe Poeta al encontrar distancia de la colectividad: quiere ser Individuo. Ahora, en un mundo donde el ser humano toma un arma para destruir al otro, Szymborska añora ese paraíso colectivo, en donde la poesía era la voz de todos. Quizá esa tristeza en su poesía surja de la necesidad por desprenderse de un nombre, por recuperar su “popularidad”. Para concluir, Elena Poniatowska comenta que en las calles de Polonia los poemas de Wislawa recuperan algo que muchos poetas quisieran pero pocos logran: su transmisión oral, su apropiación como Identidad. “Anda de boca en boca, la tararean, la dicen en voz baja y en voz alta, es parte de la vida cotidiana por su modestia, su sencillez estilística y porque no vuela encima ni debajo de nadie” (12).

Con una visión del lenguaje “al desnudo”, simple, casi sin metáforas, de imágenes sobrenaturalmente humanas, la poesía de Wislawa Szymborska es como el rayo de luz que antecede al amanecer: traviesa, esperanzadora, melancólica y, sobre todo, sumamente reveladora.

Transcribo a continuación dos poemas de Llamando al Yeti (1957), piezas esenciales, maestras, para comprender la visión de Wislawa. “Anuncios clasificados”, desde un conmovedor sentido de la parodia, enumera quizá las noticias más hermosas en un mundo donde la mala nota nos deprime o aterra por las mañanas. “Rehabilitación” por su parte confiere un sutil conflicto político donde el presente carga la vergüenza y traición del pasado en un intento por encontrar el olvido.

Confío en que, con esta primera muestra, el posible lector inicie la “búsqueda de la palabra”; que sea una revelación, un antes y un después. En fin, una de las más importantes voces de la literatura moderna.

Anuncios clasificados

QUIENQUIERA que sepa dónde está

la compasión (fantasía del alma),

¡que lo diga!, ¡que lo diga!

Que lo que cante a voz en cuello

y que baile como si hubiera perdido la razón,

alegre bajo el delicado sauce

siempre a punto de romper en llanto.

ENSEÑO a callar

en todos los idiomas

con un método contemplativo:

del cielo estrellado,

las mandíbulas del sinantropus,

el salto del grillo,

las uñas del recién nacido,

el plancton,

el copo de nieve.

DEVUELVO al amor.

¡Atención! ¡Ganga!

En la hierba de hace un año,

con el sol hasta el cuello

recostados mientras danza el viento

(coreógrafo de sus cabellos)

Para ofertas ver: Sueño.

SE NECESITA persona

para llorar

a los viejos que mueren

en los asilos. Favor

de no solicitar por escrito

ni anexar ningún tipo de actas.

Se destruirán los documentos

sin acuse de recibo.

POR LAS PROMESAS de mi marido

—quien con todos los colores

del populoso mundo, su lenguaje,

su canción en la ventana y el perro de los vecinos

les hizo creer que nunca estarían solos

en penumbra, en silencio y sin aliento—

yo no puedo responder.

La Noche, viuda del Día.

Traducción de Gerardo Beltrán

Rehabilitación

Aprovecho el más antiguo derecho de la imaginación

y por primera vez en la vida convoco a los muertos,

observo sus rostros, escucho sus pasos,

aunque sé que el que ha muerto ha muerto de verdad.

Ya es hora de tomar nuestra propia cabeza entre las manos

y decirle: pobre Yorick, ¿dónde está tu ignorancia,

dónde tu confianza ciega, dónde tu inquietud,

tu ya-saldrá-de-alguna-forma, el equilibrio de tu alma

entre la verdad comprobada y la no comprobada?

Creí en su traición, creí en que no merecen nombre

ya que la mala hierba se burla de sus desconocidas tumbas

y los imitan los cuervos y las nevascas se mofan de ellos

—pero éstos fueron, Yorick, sólo falsos testigos.

La eternidad de los muertos dura

mientras se les paga con memoria,

moneda inestable. Y no hay día

en que alguien no pierda su eternidad.

Hoy de eternidad sé aún más:

se puede dar y quitar.

Al que se ha llamado traidor

tiene que morir junto con su nombre.

Pero nuestro poder sobre los muertos

exige una balanza imperturbable:

para que el juicio no se haga de noche

y para que el juez no esté desnudo.

La tierra hierve y ellos, que ya son tierra,

se levantan, terrón tras terrón, puñado a puñado,

salen del silencio, vuelven a sus nombres,

a la memoria del pueblo, a los laureles y aplausos.

¿Dónde está mi poder sobre las palabras?

Las palabras cayeron al fondo de las lágrimas,

palabras, palabras incapaces de resucitar a la gente,

descripción muerta como una fotografía junto al resplandor del magnesio.

Y ni siquiera a un mínimo aliento los puedo despertar

yo, Sísifo asignado al infierno de la poesía.

Vienen hacia nosotros. Y filosos como diamantes

—en las vitrinas brillosas por enfrente,

en las ventanas de acogedores departamentos,

en los lentes rosados, en los vasos,

cerebros, corazones— calladamente van cortando.

Traducción de Gerardo Beltrán

Wislawa Szymborska. Poesía no completa. Introducción de Elena Poniatowska. Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia. FCE: México, 2002.

“La víctima” de Patricia Highsmith

Mi primer acercamiento a Patricia Highsmith fueron sus “Pequeños cuentos misóginos” que encontré en la biblioteca. El libro estaba extraviado en la sección prohibida: la de teoría literaria. No sé qué hacía ahí, pero fue lo único que pedí prestado aquella vez y no me arrepiento —como en otras ocasiones en las que he estado en esa zona.

Cuentos sucios, podridos, extraordinariamente geniales. En él la seriedad se parodia con un discurso “común” e idiota, de estructura narratológica más bien simple: inicio (se presenta la protagonista en general), desarrollo (se expone el vicio moderno de la protagonista o el protagonista), nudo (el vicio encamina vertiginosamente a la autodestrucción) y la conclusión (la protagonista o el protagonista muere, desaparece o enloquece). Highsmith descarta la sorpresa y apuesta por la monotonía del destino: la última frase de cualquier cuento señala un irremediable final.

Highsmith no sólo retrata la estupidez de cualquier ismo, sino que ridiculiza de forma magistral los lugares comunes en los que la mujer ha caído desde siempre: la mujer fatal, la mujer santa, la mujer machista, la feminista, la artista. Claro está que los lugares comunes son una forma de sabiduría: siempre dicen la verdad.

El espejo de la realidad es venenoso: esos personajes tan planos como los de una sociedad que busca lo equitativo por medio de la violencia y el sometimiento desde sus orígenes primitivos, en virtud del Deseo más bestial. El narrador en tercera persona resulta esencial al estar distanciado de los hechos, provocando una ironía accidental: sus personajes, al ser dibujados con dicha neutralidad, no saben que causan nuestra risa. Pero el lector también se refleja en estas páginas vomitivas, bestiales: todos formamos parte de una sociedad estereotipada, contaminada por la caricatura de nosotros mismos.

Todos los cuentos, lo señalé antes, culminan en la muerte o en la locura: una desesperada forma de señalar el vacío. Podrán criticarle a Highsmith su “poca” seriedad, su fría parodia irónica al criticar el movimiento feminista —cuando sin duda este libro promueve una equidad oscura: todos, hombres y mujeres, son culpables— pero lo cierto es que los cuentos cumplen de forma excelente con su función principal: inquietan y molestan; quien lee se indigna al contemplar cómo se lanzan a las llamas estos personajes de papel.

Rescato sobre todo el cuento “La víctima” por esta mención de Ciudad Juárez que confirma mi tesis sobre el espacio elidido:

“Habían pensado ir a Europa, pero Europa resultaba demasiado cara. Fueron en coche a Juárez, cruzaron la frontera y se dirigieron a Guadalajara, camino de ciudad de Méjico. Los mejicanos, hombres y mujeres indistintamente, se quedaban mirando a Cathy” (Highsmith 95).

(Estos traductores y su conspiración de la J por la X). Cabe analizar este breve párrafo: la familia de Cathy, la protagonista del cuento, un producto terrible del artificio y la fatalidad femenina, desea escapar. Los padres no pueden pagar un viaje a Europa, así que manejan hacia Juárez. Cualquier descripción sobre la ciudad de los vicios es elidida, salvo la frontera. Ésta representa un espacio simbólico: al cruzar la frontera, transgreden el espacio de confort, el del hogar, donde los dramas de Cathy eran terribles pero podían “superarse” en virtud de la paz entre vecinos. La comunidad seguía inalterable a pesar de sus corrupciones. Será en México donde Cathy, quien es observada con recelo (y será contemplada así en cualquier espacio del mundo), desaparezca por primera vez, justo después de un suspiro producto de aquella “gente repulsiva” que los juzgaba con la mirada. Resulta además curioso que al focalizar el desfile de personas mexicanas aparezcan hombres con trajes, campesinos de sombrero ancho y mujeres que con serenidad y respeto realizan las compras. Ningún policía.

La víctima

Empezó cuando la pequeña Catherine, rubia y gordita, tenía cuatro o cinco años; sus padres notaron que se hería, se caía o hacía algo desastroso con mucha más frecuencia que otros niños de su edad. ¿Por qué a Cathy le sangraba la nariz tan a menudo? ¿Por qué tenía las rodillas siempre arañadas? ¿Por qué lloraba tantas veces pidiendo el consuelo de su mamá? ¿Por qué se había roto el brazo dos veces antes de los ocho años? ¿Por qué, realmente? Sobre todo teniendo en cuenta que Cathy no era muy aficionada a estar en la calle. Preferiría jugar en casa. Por ejemplo, le gustaba vestirse con la ropa de su madre, cuando ésta había salido. Cathy se ponía vestidos largos, tacones altos y maquillaje, que se aplicaba ante el tocador de su madre. Por dos veces, tales juegos habían sido la causa de que Cathy se enganchara los bamboleantes zapatos en la falda y se cayera por las escaleras, cuando iba camino del cuarto de estar para mirarse en el espejo más grande. Esta había sido la causa de una de las fracturas del brazo.

Ahora, Cathy tenía once años, y hacía mucho tiempo que había dejado de probarse la ropa de su madre. Ya tenía sus propias botas con plataforma que la hacían parecer diez centímetros más alta, su propio tocador con lápices de labios, polvos compactos, rulos, tenacillas, reflejos para el pelo, pestañas postizas, incluso una peluca en un soporte. La peluca le había costado la asignación de tres meses, y aun así sus padres habían tenido que añadir veinte dólares para comprarla.

–No me explico por qué quiere parecer una mujer de treinta años –dijo Vic, el padre de Cathy–. Ya tendrá tiempo de sobra para eso.

–Oh, es normal a su edad –dijo su madre, Ruby, aunque ella sabía que no era completamente normal.

Cathy se quejaba de que los chicos la molestaban.

–¡No me dejan en paz! –les dijo a sus padres una tarde, no por primera vez–. ¡Mirad qué cardenales!

Cathy se subió una llamativa blusa de nylon para mostrar un par de cardenales en las costillas. Se tambaleaba un poco sobre sus botas blancas con plataforma, rematadas por unas congruentes medias amarillas hasta la rodilla, que hubieran sido más apropiadas para un explorador.

–¡Madre mía! –exclamó Vic, que estaba secando los platos–. ¡Mira esto, Ruby! No será que te caíste en algún sitio, verdad, Cathy?

Junto al fregadero, Ruby no quedó muy impresionada por los cardenales de un marrón azulado. Ella había visto fracturas múltiples.

–¡Los chicos me agarran y me estrujan! –se lamentó Cathy

Vic estuvo a punto de tirar el plato que estaba secando, pero finalmente lo puso con suavidad en lo alto de una pila en el armario.

–¿Qué esperas, Cathy, si llevas pestañas postizas para ir al colegio a las nueve de la mañana? Sabes, Ruby, es culpa suya.

Pero Vic no conseguía que Ruby estuviera de acuerdo. Ruby seguía diciendo que era normal a su edad, o algo así. Cathy le echaría para atrás, pensaba Vic, si él fuera un chico de trece a catorce años. Pero tenía que admitir que Cathy parecía una presa fácil, un buen revolcón para cualquier estúpido adolescente. Intentó explicárselo a Ruby, y convencerla de que ejerciera algún control sobre ella.

–Sabes, Vic, cariño, te estás portando como un padre sobreportector. Es un síndrome muy corriente, y no deseo reprochártelo. Pero debes despreocuparte de Cathy o empeorarás las cosas –dijo Ruby.

Cathy tenía los ojos azules y redondos y las pestañas largas por naturaleza. Las comisuras de su boca en forma de corazón tendían a levantarse en una sonrisa dulce y complaciente. En el colegio era bastante en Biología, dibujando espirogiros, el sistema circulatorio de las ranas, y cortes transversales de las zanahorias vistas por un microscopio. Miss Reynolds, su profesora de Biología, la apreciaba, y le prestaba panfletos y revistas trimestrales, que Cathy leía y devolvía.

Luego, en las vacaciones de verano, cuando tenía casi doce años, empezó a hacer auto-stop sin ningún motivo. Los chicos de la zona iban a un lago que estaba a quince kilómetros, donde practicaban natación, pesca y remo.

–Cathy, no hagas auto-stop, es peligroso. Hay un autobús dos veces al día, ida y vuelta –le dijo Vic.

Pero allá se iba en auto-stop, como un lemingo precipitándose hacia su destino, pensaba Vic. Uno de sus amigos, llamado Joey, de quince años y con coche, podía haberla llevado, pero Cathy prefería parar a los camioneros. Así la violaron por primera vez.

Cathy hizo una gran escena en el lago, se echó a llorar cuando llegó allí a pie, y dijo:

–¡Acaban de violarme!

Bill Owens, el guarda, le pidió a Cathy inmediatamente que le describiera al hombre y el tipo de camión que conducía.

–Era pelirrojo –dijo Cathy, llorosa–. Unos ventiocho años. Era grande y fuerte.

Bill Owens la llevó a Cathy en su coche al hospital más cercano. Los periodistas le hicieron fotos a Cathy y le dieron helados. Ella les contó su historia a los periodistas y a los médicos.

Cathy se quedó en casa, mimada y contemplada, durante tres días. El misterioso violador nunca fue encontrado, aunque los médicos confirmaron que Cathy había sido violada. Luego volvió al colegio, vestida como para una fiesta: zapatos de plataforma, maquillaje compacto, esmalte de uñas, perfume, escote profundo. Consiguió más cardenales. El teléfono de su casa no paraba de sonar; los chicos querían salir con ella. La mitad de las veces Cathy salía a escondidas, la otra mitad entretenía a los chicos con promesas, por lo que ellos se quedaban esperando delante de su casa, a pie o en coche. Vic estaba asqueado. ¿Pero qué podía hacer?

–Es natural. ¡Sencillamente Cathy tiene éxito! –Seguía diciendo Ruby.

Llegaron las vacaciones de Navidad y la familia se fue a Méjico. Habían pensado ir a Europa, pero Europa resultaba demasiado cara. Fueron en coche a Juárez, cruzaron la frontera y se dirigieron a Guadalajara, camino de ciudad de Méjico. Los mejicanos, hombres y mujeres indistintamente, se quedaban mirando a Cathy. Evidentemente era una niña aún y, sin embargo, iba maquillada como una mujer. Vic comprendía por qué la miraban los mejicanos, pero, al parecer, Ruby no lo entendía.

–Gente repulsiva, estos mejicanos –dijo Ruby.

Vic suspiró. Pudo haber sido durante uno de estos suspiros cuando Cathy desapareció. Vic y Ruby iban caminando por una acera estrecha, con Cathy detrás de ellos, camino del hotel, y al volverse, Cathy ya no estaba allí.

–¿No dijo que iba a comprarse u helado? –dijo Ruby, dispuesta a correr a la próxima esquina para ver si había un vendedor de helados allí.

–Yo no le oí decirlo –dijo Vic.

Miró frenéticamente en todas direcciones. No había más que hombres de negocios con traje, unos cuantos campesinos con sombreros mejicanos y pantalones blancos –generalmente llevando bultos de algún tipo– y mejicanas de aspecto respetable haciendo sus compras. ¿Dónde había un policía? En la media hora siguiente, Vic y Ruby hicieron saber su problema a un par de policías mejicanos que escuchaban atentamente y anotaron la descripción de su hija Cathy. Vic incluso sacó una foto de su cartera.

–¿Sólo doce años? ¿De veras? –dijo uno de los policías.

Vic le entregó la foto y no volvió a verla.

Cathy regresó al hotel hacia la medianoche. Estaba cansada y sucia, pero se dirigió a la habitación de sus padres. Les dijo que la habían violado. El director del hotel les había llamado unos segundos antes para decirles:

–¡Su hija ha regresado! ¡Subió directamente en el ascensor, sin hablar con nosotros!

Cathy les contó a sus padres:

Era un hombre de aspecto agradable y hablaba inglés. Quería que yo viese un mono que decía que tenía en el coche. Yo no pensé que hubiese nada malo en él.

–¿Un mono? –dijo Vic.

–Pero no había ningún mono –dijo Cathy–, y nos fuimos en el coche.

Entonces se echó a llorar.

Vic y Ruby se sintieron desfallecer ante la perspectiva de intentar encontrar a un hombre de aspecto agradable que hablaba inglés, y de intentar tratar con los tribunales mejicanos si lo encontraban. Hicieron las maletas y se llevaron a Cathy de vuelta a los Estados Unidos, confiando en que no pasara nada, es decir, que Cathy no estuviera embarazada. No lo estaba. Le llevaron a su médico.

–Es por culpa de todos esos cosméticos que se pone –dijo el médico–. La hacen parecer mayor.

Vic lo sabía.

Un verdadero drama, sin embargo, tuvo lugar al año siguiente. Los vecinos de al lado tenían a un joven médico pasando un mes con ellos aquel verano. Se llamaba Norman y era sobrino de la señora de la casa, Marian. Cathy le dijo a Norman que quería ser enfermera y Norman le prestó libros, y pasaba horas con ella hablando de medicina y de la profesión de enfermera. Entonces un día Cathy entró corriendo en su casa, llorando, y le dijo a su madre que Norman llevaba semanas seduciéndola y que quería que ella se escapase con élmy había amenazado con raptarla si no aceptaba.

Ruby se quedó horrorizada… aunque no enteramente horrorizada, sino más bien azarada. Quizá Ruby hubiese preferido encerrar a Cathy en casa y no decir nada del asunto, pero Cathy ya se lo había contado a Marian.

Marian llegó dos minutos después que Cathy.

–¡No sé qué decir! ¡Es espantoso! No puedo creer tal cosa de Norman, pero debe ser cierto. Ha huido de la casa. Ha hecho su maleta en un vuelo, pero se ha dejado algunas cosas.

Esta vez las lágrimas de Cathy no cesaron, sino que continuaron corriendo durante días. Contaba historias de que Norman la había obligado a hacer cosas que no se sentía capaz de describir. El asunto se corrió por la vecindad. Norman no estaba en su apartamento de Chicago, dijo Marian, porque ella había intentado llamarle y nadie contestaba al teléfono. Se montó una caza policial… aunque nadie sabía quién la había iniciado. No había sido Vic, ni Ruby; tampoca Marian, ni su marido.

Norman fue encontrado al fin, encerrado en un hotel a cientos de kilómetros de allí. Se había registrado con su propio nombre. La policía presentó cargos en nombre de una comisión gubernativa para la protección de menores. Se inició un juicio en la ciudad de Cathy. Cathy disfrutó cada minuto del mismo. Iba al tribunal diariamente, tanto si tenía que declarar como si no, cuidadosamente vestida, sin maquillaje ni pestañas postizas, pero no pudo alisar su rizado pelo, que había empezado a crecer y mostraba las raíces oscuras contrastando con el tinte ultra-rubio. Cuando estaba en el estrado de los testigos fingía que era incapaz de relatar los espantosos hechos, por lo que el fiscal tenía que sugerírselos y Cathy murmuraba «síes», que con frecuencia le pedían que repitiera en voz más alta para que el tribunal pudiese oírlos. La gente meneaba la cabeza, silbaba a Norman y al final del juicio estaban dispuestos a lincharle. Lo único que Norman y su abogado pudieron hacer fue negar los cargos, porque no había testigos. Norman fue condenado a seis años por abusos deshonestos y por planear el rapto de una menor fuera de las fronteras del estado.

Durante un tiempo Cathy disfrutó haciendo el papel de mártir. Pero no pudo mantenerlo más que unas semanas, porque no era suficientemente alegre. La legión de sus novios se retiró un poco, aunque seguían llamándola para salir. A medida que se pasaba el tiempo, cuando Cathy se quejaba de haber sido violada, sus padres no le hacían mucho caso. Después de todo, Cathy llevaba ya varios años tomando «la píldora».

Los planes de Cathy habían cambiado y ya no quería ser enfermera. Iba a ser azafata. Tenía dieciséis años, pero podía pasar fácilmente por tener veinte o más si o deseaba, así que dijo en las líneas aéreas que tenía dieciocho e hizo el cursillo práctico de seis semanas sobre cómo mostrarse encantadora, servir comidas y bebidas a todos con agrado, calmar a los nerviosos, administrar primeros auxilios y llevar a cabo los procedimientos de salida de emergencia en caso necesario. Cathy había nacido para todo esto. Volar a Roma, Beirut, Teherán, París, y tener citas por toda la ruta con hombres fascinantes era exactamente lo que siempre había deseado. Frecuentemente las azafatas tenían que pasar la noche en ciudades extranjeras, donde se les pagaba el hotel. Así que la vida iba sobre ruedas. Cathy tenía dinero a espuertas y una colección de los más extraños regalos, especialmente de caballeros de Oriente Medio, tales como un cepillo de dientes de oro y un narguilé portátil (también de oro), muy indicado para fumar hierba. Había tenido una fractura de nariz, gracias al chófer demente de un millonario italiano en la escarbada carretera entre Positano y Amalfi. Pero le habían arreglado bien la nariz y no estropeaba su cara bonita en lo más mínimo. En honor suyo hay que decir que Cathy enviaba dinero a sus padres regularmente, y ella misma tenía una cuenta astronómica en una caja de ahorros de Nueva York.

Luego el envío de los cheques a sus padres se interrumpió bruscamente. Las líneas aéreas se pusieron en contacto con Vic y Ruby. ¿Dónde estaba Cathy? Vic y Ruby no tenían ni idea. Podría estar en cualquier lugar del mundo, las Filipinas, Hong Kong, incluso Australia, que ellos supieran. «¿Serían las líneas aéreas tan amables de informarles tan pronto supieran algo?», pidieron sus padres.

La pista llegaba hasta Tánger y terminaba allí. Cathy le había dicho a otra azafata, al parecer, que tenía una cita en Tánger con un hombre que iba a recogerla en el aeropuerto. Evidentemente, Cathy acudió a su cita y nunca se supo más de ella.

Highsmith, Patricia. Pequeños cuentos misóginos. Traducción de Maribel de Juan. España: Alianza, 1997.