A caza de dientes

El viento mueve con serenidad al hombre: norte, sur, sur, norte, norte… En ocasiones, en un estímulo eléctrico de las penumbras, el cuerpo genera elipses sobre el aire y los pies desnudos muestran uñas carcomidas por el polvo de la muerte, invitando a las sombras a un baile de la carne y lo invisible: aventura escrituras que el ojo humano jamás entenderá. Su lamentable mirar cabizbajo, esos ojos terriblemente blancos, vacíos, llaman la atención del público que se reúne al mediodía para contemplar el espectáculo del humilde patíbulo. Nadie conoce los motivos por los que fue colgado aquel sujeto. Tampoco se conocía su nombre. Podrían decir de él que era un mero forastero y que, quizá por su actual situación, también se trataba de un perseguido.

Era un despojo condenado al entretenimiento de unos cuantos morbosos que luego enterrarán su experiencia en una anécdota personal: “¿Te acuerdas de aquel muerto?” Yacía ahí, desde la mañana, atrayendo con el paso de los minutos multitudes de moscas y gente. Las moscas fueron las primeras en abandonar el cadáver luego de dejar sus huevecillos.

Algunos niños fueron conducidos por sus padres para que miraran al muerto. Sin embargo, éstos contemplaban con terror el cuello roto y la sonrisa. Las mujeres aseguraban no resistir el olor que emanaba de su boca. Con el envejecer de las horas, todos se marcharon del patíbulo cuando la luna los invitó a abandonar el lugar.

Mientras tanto, el hombre se reencontraba con una soledad primigenia, justo antes de presentarse en la mente de quienes no pudieron dormir aquella noche.

Una mujer aparece cuando los pájaros duermen en las ramas del ciprés, mira a sus lados, nada, nadie, sólo la luna posándose sobre su rostro, las familias reposan en el calor del silencio, dirige sus pisadas suaves hacia el muerto que se encuentra firme como una estatua, se encuentra frío y apesta igual que las calles de las chabolas, también reconoce la peste de los palacios, un olor que surge desde las entrañas del país, como salido del infierno, la madera emite un quejido tras otro y la sombra de la mujer se alarga hasta que una mano blanca y sin uñas abre la boca del colgado, buscando una riqueza oculta, oro, oro blanco, sujeta con fuerza el interior, rozando los dedos con la lengua y el olor, que se vuelve fuerte, sobrehumano, hace que la mujer aparte la cara, mas no la mano pues no se rinde ante la caza del diente que afloja un poco sus raíces, su abrazo en la carne que comienza su entrega a la putrefacción, luego van cayendo uno a uno, mientras los minutos pesados se transforman en secuencias temporales extensas,

el viento de la madrugada le produce un escalofrío, pero la obra ha sido hecha, no queda más que un sólo diente en la boca del colgado, una muela en el fondo, ella piensa en el pan que comprará los próximos días, en su olor y suavidad que permitirá la supervivencia en este pueblo fétido, luego no sabe si considerar lo último como una victoria o un alargamiento de la pérdida, sin embargo la mujer aventura su mano otra vez y roza las encías vacías cuando sus uñas aprietan la muela, lo giran con fuerza hasta que lo siente libre, de pronto ocurre algo que hace que la mujer suelte su botín y ahogue un grito, la imagen del alimento virtuoso es remplazada por el terror, por esa efigie gigante de la Muerte próxima, de su bastarda imprudencia, y esa boca antes profanada comienza a chupar su brazo, a besarlo y lamerlo en unas formas tenues, casi imperceptibles, y la mujer se desvanece mientras la cuenca de los ojos del muerto se llenan de hileras de dientes blancos que la consumen como un pedazo de pan.

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