¿Dónde habrás metido la nariz, amigo?

Había despertado en la mañana con una sensación culera dentro de la nariz: como si un moco gigante abarcara el agujero que está hasta el fondo, ahí donde los dedos no alcanzan. No le di mucha importancia, Ya saldrá solo el pinchi moco. Me bañé, mientras escuchaba música, tú sabes, la rutina para ir a la escuela, pero sin cantar porque luego la madre se despierta y pos me manda a la chingada, Ya cállate chingado, por favor, ¿no ves que quiero dormir, cabrón? Entonces silencio fatal, ni pedo. Y bueno pues me tallé acá chido, me puse shampoo, uno que sirve para la caspa y que supuestamente evita la caída del cabello, y finalmente me olvido de todo y me quedo dormido. Por supuesto, se me hace tarde para ir a la escuela. Decido no ir a la primera clase, a la verga: latín, pff, igual nadie entra. Mientras me visto, vuelvo a sentir el cosquilleo. Voy al baño por papel y me sueno la nariz: nada. El moco se niega a salir. Luego pienso, Quizá a la inversa pos salga, ¿no? Lo intento y nada: el sonido hueco del aire que encuentra un obstáculo en su fluir hacia los pulmones. Chingada madre, ni modo. Al cabo ni traía sed. No queda más opción que meter las uñas. Antes vale la pena agregar al discurso de esta anécdota que desde que mi maestro de guitarra me dijo Déjatelas largas, es mejor que usar púas, me las he dejado crecer unos tres centímetros, luego las limo hasta que queden como un dorito y tiran buen paro cuando la cerilla se acumula: lavado de oído mis huevos. En fin, decía que iba a meterme las uñas por el orificio de la nariz, y así fue. Duré un ratillo entretenido, rascando, tocando la superficie, los vellos, moquillos pequeños, la pared de mi piel, un laberinto, a huevo, hasta que el sentir placentero se volvió aburrido. Saqué el índice y para mi sorpresa sólo logré provocarme una pequeña hemorragia. Pos valió verga. Ni modo, fuga a la escuela que es tarde. Me puse papel de baño en la nariz, los perros de la calle ladrando al verme pasar, algunos se acercan, acaricio lomos y recibo besos, y así me subí a la ruta, donde todavía sentía la picazón en lo más profundo de la cavidad nasal. Ay güey, hasta yo me sorprendo de lo que digo a veces. El papel con sangre lo arrojé por la ventana, con la esperanza de que se perdiera entre la mugre que habita en las calles: desde entrañas de perro y gato hasta moco con sangre. Lo que sucedió en la escuela realmente no tiene razón de ser contado. Ni me pude concentrar en las clases, iba al baño cada media hora para sonarme y nada. Me rendí rápido. Incluso llegué a pensar que con el tiempo me acostumbraría a la pequeña cosquilla debajo de la frente. Al final del día me mormé del lado donde estaba el moco. Con la lengua comencé a rascar el paladar hasta que lo rico se volvió rasposo. Después, la migraña y la salida amable que ofrece el suicidio. Cuerpo cortado, como en las ilustraciones de un libro de la Inquisición Española: las cosas que hace uno por la fe, carajo. Enfermo y con la angustia sobre los hombros igual que un buitre o cualquier analogía que me permita expresar la sensación de rapiña, entré al baño, Ahora sí, sale porque sale el puto. Hasta le puse el seguro a la puerta. Y me soné la nariz como nunca, sorbiendo el sabor metálico que se impregnaba en mi garganta. Lo único que logré fue que se moviera un poco, igual que si estuviera flotando. Con la pesadumbre y la náusea aún en el estómago, los ojos cansados y el palpitar en la cabeza, me quedé dormido en la taza. Y así hasta que mi papá tocó la puerta, Vete a la cama. No soñé nada, aunque en la mañana desperté con la imagen de un moco gigante aplastando casas y pisando gente que quedaban como los perros en la carretera. La imagen fue robada de una película de Woody Allen donde una chichi gigante destruye a la ciudad. Sin embargo respiraba bien: el culero estaba suelto, indefenso. De nuevo, en el baño me metí el índice y plaf sin ningún esfuerzo el intruso habitaba ahora la uña que rascaba la cavidad. Por último, saqué el dedo. El pudor de observar al enemigo. El miedo de encontrarse indefenso. La desnudez expuesta al pánico. Las ocho patas palpitando todavía.

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