Espectacular

En la esquina de mi casa, sobre el linde de la avenida, hay un espectacular: es el rostro de un politicucho conservador, de pasado incierto, oscuro, bigote arregladísimo, corte de cabello ejemplar. Se lee una leyenda que pretende acercarse al discurso popular: “Ahora sí, Chihuahua”; y antes: “Ahora es cuando”. Luego está su propósito final: la imagen de “Gobernador”.

El sujeto retratado estuvo hace pocas semanas en un escándalo ridículo. Quizá se trató de una revelación, un sentido revolucionario, pero este tipo de la ultraderecha se declaró a favor de los derechos de los homosexuales; fue criticado y vilipendiado hasta que, en una contradicción de los principios éticos peligrosos que siempre ofrecen las palabras, renunció a sus declaraciones y se declaró a favor de la homofobia y la discriminación tan ad hoc de su partido político. No fue sorprendente.

(Recuerdo el espectacular, la imagen que baila con el viento, es violentado por el aire, riesgo de caída, peligro, no sería la primera víctima política del aire, el rostro aplastando autos y personas, qué cinismo, qué política)

Cuando me conviene conservo una memoria prodigiosa. Y el pasado de este espectacular, que se ha multiplicado y contamina la atmósfera de mi ciudad junto con otros rostros políticos, photoshopeados como si se tratase de estrellas de la farándula, moldeados a imagen y semejanza de Peña Nieto, se vuelve escabroso y simbólico, igual a una enfermedad terminal, un cáncer visual.

El espectacular del político sustituyó a la imagen de una mujer desaparecida de la que nunca se sabrá. Reemplazó con su feo rostro el otro rostro de la ausencia: una fotografía en donde antes hubo una sonrisa, una mirada. Aún recuerdo ese otro cartel: ¿Has visto a…? y el nombre que puede ser todos los nombres, la edad de todas las edades: una niña, una adolescente, mujer, siempre mujer. Recuerdo una recompensa exagerada que jamás será reclamada porque nadie ha visto a la innombrable, a la negada, a la reemplazada. Recuerdo enojarme puesto que lo único que hizo el gobierno, quizá para callar a las voces, quizá por un sentimiento cínico y culpable, fue hacer un espectacular imposible que más pronto que tarde reemplazaron en época de elecciones.

Esto es en conclusión el pasado que busca ser negado por el presente y sus conveniencias, un pasado que pretende ser olvidado en favor de una nueva imagen. Hemos cambiado, dicen los espectaculares, por eso censuramos Sicario y Desierto, por eso trajimos al Papa, porque lo primero dañaba nuestra imagen y lo segundo nos dio fe, esperanza. Ya no pasan esas cosas: el feminicidio ya debe olvidarse, ya no desaparecen mujeres en nuestra ciudad, ya no hay rastros de osamentas anónimas en el desierto, ya no existe el odio, ya supérenlo.

Y ahí está el espectacular del sujeto que hoy se presenta amable, un hombre de principios, conservador, la homosexualidad es un crimen contra natura, Dios es la verdad, ahora sí, Chihuahua, ahora es cuando, mientras espero a que el viento haga bien su trabajo.

El llanto de Cathy

Aquí una entrada que escribí para Juaritos Literario, donde hablo acerca de “La víctima”, cuento de Patricia Highsmith en el que se trata el tema de la frontera (Ciudad Juárez).

Mi primer acercamiento a Patricia Highsmith fue a través de sus Pequeños cuentos misóginos que encontré en la biblioteca de la UACJ. El libro estaba extraviado en la sección prohibida: teoría literaria. No sé qué hacía ahí, pero fue lo único que pedí prestado aquella vez y no me arrepiento —como en otras ocasiones en las que he estado perdido en esa zona. En esta obra la seriedad se parodia por medio de un discurso “común”; las historias del libro son de estructura narratológica más bien simple: inicio (se presenta la protagonista en general), desarrollo (se expone el vicio moderno de la protagonista), nudo (el vicio encamina vertiginosamente a la autodestrucción) y conclusión (la protagonista muere, desaparece o enloquece). Highsmith descarta la sorpresa y apuesta por la monotonía del destino: la última frase de cualquier cuento señala un irremediable pero esperado final.

Highsmith cuentosLee aquí el cuento

Escribir sobre la frontera…

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Las armas secretas de Cortázar

Queremos tanto a Julio. Enormísimo cronopio, con sus trampas verbales, su sinceridad ornamental, sus obsesiones lingüísticas: todas armas que entrañan siempre el secreto. Se lee a Cortázar desde la natural forma del gusto, del placer: su literatura ha sido escrita para disfrutarse y también para reflexionar sobre nosotros mismos. Y después de un tiempo, igual a quien abandona su ciudad por un lapso considerable y carga en su espalda la nostalgia humilde de los días pasados, regreso a su literatura después de la fascinación primera de Un tal lucas (primer libro que leí de Cortázar) la perfección precoz de Bestiario y el maravilloso mundo de Historias de cronopios y de famas.

Regresar a Cortázar es como recibir la llamada de un viejo amigo, “Oye, vamos a tomar un café” y el café está endulzado con un clima nublado, a veces llueve, a veces el viento, y en la atmósfera se respira algo: sé que después de su visita jamás volveré a ser el mismo.

La mayor virtud de estos cinco cuentos que conforman Las armas secretas, impecables todos en su individualidad y complicidad temática, es hacer levantar al lector, encender la computadora (o abrir un cuaderno) y escribir: porque eso provoca Cortázar, el impulso sobrehumano de contar una historia, de explorar la herrumbre de la propia literatura.

Todos los cuentos, insisto, son perfectos. Quisiera perseguir esa perfección en cada uno de ellos de manera breve si desvelar “spoilers” cruciales:

“Cartas de mamá”  inicia esa angustia de la búsqueda del yo y la aceptación de la existencia del otro que termina confirmándose como la única presencia verdadera frente a la obsesión y perversidad de los personajes indefinidos, la pareja vacía, incomunicada por esa presencia muerta, y también ante la aparente locura de ese agente extranjero que es la madre.

En “Los buenos servicios” Cortázar explora, desde la perspectiva ajena de una sirvienta eficaz, la hipocresía y doble moral de las clases sociales altas: sus secretos, su negación del amor y su trágica negación del otro. Cortázar pretende crear una historia sugerida más que una historia relatada: todo se sugiere a través de la ingenuidad conmovedora de la mujer quien narra la historia.

“Las babas del diablo” dialoga en secreto con un ensayo de Cortázar, “Algunos aspectos del cuento” donde expone que un relato debe adueñarse de un pedazo de realidad, de un momento preciso en el espacio tiempo, algo instantáneo, bello. La realidad y la palabra se mezclan aquí con otras vertientes de la propia “realidad” y sin previo aviso el cuento establece sus propias reglas: tanto lingüísticas como narratológicas. En “Las babas del diablo”, quizá uno de los cuentos más complejos de Cortázar, lo fantástico expone elementos trágicos que van desde el conflicto propio de contar una historia hasta la muerte y la complicidad de los objetos: apropiarse de un pedazo de realidad puede fastidiar a cualquiera.

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“El perseguidor” es mi cuento favorito y pretendo dedicarle un ensayo extenso en el futuro. Por ahora puedo comentar sobre algunos temas. En este cuento Cortázar-Bruno trata los no-lugares en los que habita esa presencia  inasible, esa máscara de la realidad que es Johnny Carter. Se tratan de espacios en los que se puede penetrar una conciencia fuera del tiempo y el espacio mismo se presenta como un lugar donde convergen fuerzas sobrehumanas; el arte de Johnny es celestial porque vive fuera del tiempo y se ha abandonado al azar justo de los tranvías, al olvido del artificio. Vive fuera de sí, en completa abstracción.

Finalmente “Las armas secretas” expone de nuevo el tema del doble y reflexiona sobre los destinos del ser humano en distintos planos temporales. Además aparecen dos personajes Roland y Babette, que funcionarán como puente estético a la siguiente obra de Cortázar: ellos formarán parte del Club de la Serpiente en Rayuela.

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¿Qué es un crítico literario y por qué me cae mal?

Escribo esto motivado por dos eventos: por un lado, se cumplen dos años de la muerte de Emmanuel Carballo; por otro lado he señalado en otra ocasión la falta de crítica en el pequeño contexto literario de mi ciudad. Después de los dos humildes textos que he publicado, además de este blog que surge también de una angustia por comunicar mis ideas, nace de otro capricho la necesidad de transcribir lo que pienso sobre la figura del crítico literario, así como reflexionar acerca de por qué es tan necesaria la crítica en determinado grupo literario que pretende consolidarse con el axioma “hacemos literatura para…”. Antes que nada: no busco consolidarme cual profeta místico que trae consigo la revelación y el avance, la civilización. Tampoco ofrezco recetas, aunque existan muchos escritores de “recetas” que andan por ahí.

En efecto, la comunidad literaria en la que habito es simple, humilde: no se busca la trascendencia, no se pretende escribir la última gran novela. Se escribe, pues, por dos motivos: 1) para comunicar algo; 2) para vender algo. La falta de ambición es justificable, claro, y se plasma en las reseñas que se escriben sobre la literatura local: no se sabe de qué hablar, no hay algo que valga la pena, nada que pueda ser criticado. Reniego de esta postura modesta puesto que se ha renunciado a escribir bien, a la estética, a la armonía entre el tema y estructura, a la manera en que se aborda la trama. No hay oficio de escritor: es un negocio. No hay compromiso con la literatura: hay compromiso con el espectáculo. Pero eso sí, son escritores humildes, matrimoniados con la cultura.

Por otra parte el trabajo del crítico literario es mucho más complejo y desalentador. Pocos escritores (los que sí son imprescindibles) se ganan enemigos escribiendo una novela o un cuento. El crítico, salvo gracias a los milagros del espíritu santo, no publica libros. Sin embargo debe considerar que si existe una crisis de lectores, los pocos que hay, pese algunos apasionados e interesados, no perderán su tiempo lector en crítica literaria. Así que un crítico debe renunciar primero a los lectores. Habrá pocos, los necesarios pues se apasionan e interesan.

El crítico desestabiliza, penetra con su uña la herida que comienza a pudrirse y sus palabras son extensión justa del dolor. Por lo que exigirle que ofrezca una propuesta al mal que señala surge desde el hastío, la flojera. El crítico no tiene que proponer una solución ni una respuesta, para eso existen los activistas, los promotores culturales, las instituciones, la policía… Él indica lo que está mal y crea conciencia… o incomoda porque se compromete a trabajar con la verdad.

La crítica literaria pretende ser una reflexión del tiempo (cualquier tiempo). Su trabajo está cercano al azar, al ensayo y el error, antes que a la precisión: trabaja con el presente y por lo tanto está determinado por la incertidumbre del porvenir. Pocas veces acierta (cuando lo hace inventa otra ficción), pero siempre cambia la perspectiva de una obra: orienta un tipo de lectura. Sin embargo en lo general un crítico literario es un lector de su tiempo y del devenir. Así que debería ser sensible al cambio, a la novedad, sin desestimar o sobrevalorar la tradición, el pasado.

Alfonso Reyes en “Apolo o de la literatura” expone brillantemente que justo después de la voz colectiva, el canto de la comunidad, surge una separación: el individuo, el poeta, alguien que dice “esto es mío”. De inmediato, casi desde la sombra, semejante a un reflejo perverso, aparece el crítico que dice “mientes, esto es de ellos”. Al nacer del mismo tronco, quien emite un juicio estético confirma la propia estética: hay poesía en la crítica. Entonces un crítico literario no escribe desde la envidiatambién es un creador.

Al dialogar solo con las obras, solo con el elemento literario o artístico, el crítico renuncia a la amistad. Cualquier confirmación sentimental de lo real, cualquier elogio entre “compas” que aparece más por una relación fraternal que por un amor hacia la literatura, desestima el trabajo de quien “analiza”. Hay lugares para este tipo de “Krítika”: la contraportada de los libros; las instituciones; los folletines universitarios; la basura.

Dejaré esto por aquí en cursivas y subrayado: El compadrismo es el mayor cáncer de la literatura.

Por su parte el crítico que ha renunciado a la amistad debe considerar un conflicto que atañe a lo personal: la aparición del enemigo. Las enemistades surgirán por naturaleza. Y la violencia verbal, las amenazas, los insultos serán el pan de cada día para la persona que ha optado por la sinceridad antes que el elogio forzado, ridículo, aburrido.

Emmanuel Carballo se autoreseñaba como un “mal necesario”. Semejante será a la varicela que debe transmitirse en virtud de una salud futura. Por supuesto: si el mal necesario llega tarde, puede ser mortal.

Aconsejo a manera de conclusión que en cada grupo literario debe existir por lo menos un crítico: alguien que prefiera la verdad al sentimiento. Incluso aquel que trabaja en la soledad debería tener a alguien que emita juicios y comentarios sobre su obra. Puede ser él mismo. La autocrítica ofrece salidas más sanas. Estar dispuesto a desdoblarse y darse cuenta a tiempo del error hace sencillo evitar conflictos mayores. Siempre será necesaria la polifonía en la opinión, el enriquecimiento de la dialéctica.

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J. W. Waterhouse, Apollo & Daphne.

Apuntes sobre Cien años de soledad II

(Aquí la primera parte de estos apuntes sobre la obra maestra de García Márquez)

I. A lo largo de Cien años… habrán intervenciones del pasado antes de la fundación de Macondo. Quisiera recordar tres. En el primer capítulo de la novela José Arcadio con la indiferencia propia de quien experimenta, de quien sufre la fiebre del oro, funde en una caldera las monedas de los antepasados de Úrsula. Se tratan éstas de un origen que se pretende olvidar, un pasado proscrito y destruido por las virtudes de la alquimia.

Asimismo, la peste del insomnio no será la primera enfermedad del sueño. Cuando José Arcadio busca establecer comunicación —contrastado con el aislamiento que le provocará la desesperación de encontrar los saberes del mundo— con otros pueblos junto con otros vecinos, su viaje se ve “contaminado” por el recuerdo y la incertidumbre: no pueden dormir porque se ven asediados por la niebla y la memoria: “Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original”. [1] Entran a una región encantada y en este estado permanecen sin hablar, sonámbulos. Lo que encuentran será precisamente un pasado, mas un pasado ajeno, español, en un espacio de soledad y olvido, repleto de flores, belleza: el galeón. Travieso es el destino de la expedición: está huyendo del pasado y encuentra uno ajeno; antaño los tiempos de Macondo buscaban el mar y hoy que no lo buscan por fin encuentran una bellísima frontera invisible de agua de mar.

Por último la aparición casi profetizada de Rebeca establece la fusión de los elementos antes señalados: el pasado con el insomnio. Es ella quien ofrece una vinculación con los orígenes olvidados: proviene de Manaure y se presenta, desde aquella ausencia escrita en una carta, como una pariente lejana de Úrsula. No es reconocida. Tiene la piel verde, no tiene nombre (es nombrada) y tampoco habla español: arrastra los huesos de sus padres, que son vistos por los Buendía como un estorbo. Los restos pertenecen a ese enigma que es el pasado y no existirá un lugar en donde pueda enterrarse.

Pero también su llegada provoca la peste del insomnio. Agrego que la condición del insomnio es la de borrar la noción de las cosas pero también la identidad de los demás:

Lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado. [2]

La degradación del ser, producto del olvido, crisis del insomnio, inicia con el fin de la memoria y culmina con una ciclicidad: la idiotez de vivir sin pasado. En este proceso se empieza por perder el nombre, el sentido y finalmente la identidad de los otros. Rebeca introduce el insomnio, la peste del olvido, para revelar lo que Melquíades, en su resurrección, llama “el olvido de la muerte” que concluye con el abandono absoluto del lenguaje —el único ejemplo es Rebeca, innombrable—: “Continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”. [3]

II. Existe en Cien años… cierto paralelismo con lo que acertadamente señala Reyes en su ensayo “Apolo o de la literatura” cuando el ensayista mexicano imagina el origen del poeta y de su doble, el crítico. El primer poeta surge del Individualismo, cuando su canto adquiere autoridad, además de un tono propio y, sobre todo, un nombre reconocido. En la novela de García Márquez el primer individuo es José Arcadio. El nacimiento del Individuo moderno que se desprende de la Tribu, de la Comunidad, se ve reflejado desde su desesperación en el siguiente pasaje:

Aquello le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer de forma regular y se pasaba el día dando vueltas por la casa.[4]

Para José Arcadio la renovación tecnológica, la capacidad sobrehumana de rejuvenecer y simular que ofrece Melquíades, representa más que una derrota una decepción por la comunidad a la que tanto ofreció durante su fundación. La gente lo recordaba de otra forma:

Al principio, José Arcadio Buendía era una especia de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza.[5]

En conclusión, es necesario por cuestiones ontológicas que surja el individuo para que aparezca la soledad. Asimismo nace también una enfermedad propia de las ciudades modernas: el Tedio. La metamorfosis de José Arcadio aquí parece significativa: “De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán”.[6] La soledad en la palabra no permite el reconocimiento del otro. La muerte dibuja un perfil de la soledad: en la muerte no hay lenguajes. O quizá sí, más absolutos. Pero el terrenal se descompone en el elemento sonoro, en la comunicación primitiva: las cosas reducen su propia identidad hasta convertirse en simples onomatopeyas. Un Melquíades anciano, casi igual que un exiliado que carga la sabiduría del mundo, curará del insomnio a Macondo.

III. Existen en la novela claras referencias míticas, lo cual ha llevado a ciertos críticos a denominarla como una novela donde se reinterpretan no solo la historia latinoamericana, fundada en las dictaduras y el poder, sino una ciclicidad propia de los relatos bíblicos. Ciertamente se permite hacer una lectura bíblica sobre la novela. Melquíades se figura como el hacedor de la palabra, aquel que es capaz de confirmar la máxima en el principio era el verbo. Melquíades, un dios o antidios, es quien crea la historia. El tiempo en la novela transcurre en ciclos y pareciera que además de los nombres se repiten también hechos y destinos. El tiempo no existe en esta utopía en la nada que es Macondo, sino hasta la llegada de la modernidad, del lenguaje y la civilización, representada por la primera familia de gitanos. El deseo por el saber conllevará el fin de la utopía y surgirán los vicios del mundo moderno: la muerte, primero, después la guerra y el poder, así como la búsqueda por descifrar los pergaminos del dios.

Hay además un impulso divino, pues el incesto (cíclico) surge de una angustia por contrarrestar la última soledad, la de Dios, con las bases de una familia que habite el paraíso. Por lo que tiene que estar tanto en el origen, en el destierro (la muerte) y en el fin. La angustia y búsqueda de Dios será confirmada por José Arcadio, quien lo busca en los daguerrotipos y en la música.

Por último se puede hacer una lectura bastante aventurada al relacionar a Melquíades con Jesús. Sin embargo hay algunas semejanzas: ambos promueven la parábola; ambos regresan de la muerte, asediados por el mundo; finalmente, ambos marcaron el progreso y el nacimiento de un libro y de una civilización.

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[1] Gabriel García Márquez, 100 años de soledad. Diana, México, 2010, pp. 17-18.

[2] Ibid., p. 52.

[3] Ibid., p. 56.

[4] Ibid., p. 14.

[5] Ibid., p. 15.

[6] Ibid., p. 16

Hey, Charlie: la prostituta que enviaba postales de Navidad

Bukowski es un buen poeta, poco entendido, malinterpretado, mal leído. Su malditismo abarca mucho más de lo que se piensa y, a diferencia de sus novelas (aunque siempre hay una trascendencia en toda parodia), en su poesía adquiere una profundidad simbólica relevante: las mujeres, la autodestrucción alcohólica y el personaje que hizo de sí mismo. Su desprecio a la escritura es en realidad un disfraz que oculta una seria redención, un profundo respeto hacia la literatura. Sensible sin encontrar los pozos de la sentimentalidad y la cursilería, Bukowski encontró la belleza en los elementos de lo grotesco: su poesía, en general, describe apariencias muertas, figuras en charcos de lodo, sombras en la desolación y por supuesto personajes que pertenecen a las regiones escabrosas de la sociedad, tales como prostitutas, vagabundos y borrachos. Todo impregnado en un natural sentido de nostalgia.

Tom Waits es la efigie poderosa y heredera de lo mejor de Bukowski. Su poesía embriagada en imágenes terribles en las que el yo, ese ser eludido por la poesía del primero, encuentra la desesperanza y el olvido al abandonarse al más tierno blues. Tom Waits eructa su poesía, con arcadas de ebrio maldice a las mujeres como el humo, al tiempo imperecedero, a los santos y a los pianos borrachos. Existen algunos videos en los que Waits se adueña de los versos de Bukowski y quien escucha se sumerge en la imaginación más bohemia: un bar repleto de humo, personajes y situaciones terribles, desolación. Pareciera el segundo un doble del primero, una resurrección justa y atemporal.

El punto climático de esta relación en el que poesía y música convergen igual que si se tratara de un regreso a los primeros orígenes, rapsodas malditos, embriaguez lingüística, ocurre cuando Waits reinterpreta un texto poético de Bukowski en la canción Christmas Card from a Hooker in Minneapolis, del disco Blue Valentine (1978). Hay una versión en vivo donde Waits mezcla este tema con el célebre jingle Silent night (noche de paz) en el que ante la desesperación y la tragedia terrible que se narra el público responde con una cínica risa, un desprecio terrible hacia la devastación de una mujer que lo ha perdido todo y que necesita pedirle a un antiguo amante una ayuda: han ocurrido cosas que jamás revelará este personaje y necesita dinero “para pagar a un abogado”. Ante el festival de las lágrimas, algunos enfrentan el reflejo más humano con una risa despreciable, deshumanizada, enlatada.

TOM

Maravillado por la interpretación de Waits, ese cálido homenaje místico, mi búsqueda por el texto de Bukowski en libros de poesía y algunas misceláneas en internet estaba basada en la angustia del que encuentra todo menos lo que busca. Desistí por un tiempo hasta que más por una casualidad alegre que por un acierto investigador, encontré el texto original en reddit. Y por supuesto ahí está el tema de Tom, pero con matices en las diferencias: 1) donde Tom canta que la prostituta tuvo un “accidente” Bukowski no esconde que fue una “sobredosis”; 2) en la canción la prostituta vive en una librería abandonada; 3) Waits también ahonda en la descripción del amante invisible, platónico: él trabaja afuera de la ciudad, la saca a bailar todos los sábados y le regaló un anillo que perteneció a su madre; 4) en Bukowski una tal Loretta firma la carta; en Waits, nadie.

Lo sorprendente se encuentra en la capacidad mínima de ambos para perfilar a dos seres humanos complejos: Charlie, ausente, también es un drogadicto quien gusta de la música y usa mucha grasa en el cabello; Loretta se presenta como una soñadora, semejante a la Maga cortazariana, tintes dramáticos poderosos mezclados con la ensoñación y la violencia del cuerpo: las drogas le han arrebatado la vida, los sueños… y el dinero.

Por último, antes de pasar a la transcripción y traducción del texto, Tom añade un fragmento que redondea a la historia, un pasaje precioso en donde, ante la desolación y la locura después de que un tal Mario es arrestado, el personaje regresa a Omaha para encontrarse con el pasado, sólo para hallar que todos sus amigos y familiares o están muertos o en prisión y finalmente regresar a Minneapolis: ahí, por lo menos, existe el recuerdo de Charlie, el amor de Charlie, la ausencia de Charlie.

Aquí el texto de Charles Bukowski en inglés:

Dear Charlie, I’m pregnant and living out on 9th street. Stopped smoking dope, and quit drinking whiskey. Old man plays the trombone and says that he loves me, even though its not his own baby. Tells me he’s gonna raise him up like it were his only son. And I still think about you every time when I pass that ole fillin’ station, on account of all that grease you wore in your hair. Still have your old record of little anthony & the imperials, but someone stole my record player. How do you like that?

Charlie, I think I’m happy for the first time since my overdose, and wish I still had all that money we used to spend on dope. I’d buy me a used car lot and wouldn’t sell any damn one of ‘em. I’d just drive a different car every day, dependin’ on how I feel. And if you want to know the truth of it… I don’t have me a husband and he don’t play a trombone. I need to borrow money to help pay for this lawyer and oh Charlie baby, I’ll be eligible for parole come valentines day.

-Sincerly, Loretta from the Red Light District

Y ahora ofrezco mi traducción:

Querido Charlie, estoy embarazada y vivo en las afueras de la calle 9th. He dejado de fumar marihuana y ya no bebo whiskey. Mi amante toca el trombón y dice que me ama, aunque el bebé no es de él. Me dice que lo educará como si fuese su único hijo. Y yo no dejo de pensar en ti cuando cruzo cerca de la ole fillin’ station (un lote de autos), debido a toda la grasa que solías untarte en el cabello. Todavía tengo tu viejo álbum de Little Anthony & The Imperials, pero alguien me robó el reproductor de discos. ¿Qué te parece?

Charlie, pienso que soy feliz por primera vez desde mi sobredosis, y desearía tener todo el dinero que gastamos en drogas. Me compraría un lote de autos y no vendería un carajo de todos ellos. Y conduciría un coche diferente todos los días, dependiendo de cómo me sienta. Si quieres escuchar la verdad de todo esto… no tengo ningún amante, nadie que toqué el trombón. Necesito pedirte dinero para ayudar a pagar este abogado y oh Charlie querido, estaré en libertad bajo palabra pronto, ven el día de San Valentín.

-Sinceramente Loreta de the Red Light District.

Bukowski

Fuente del texto: https://m.reddit.com/r/QuotesPorn/comments/1xn35t/if_i_had_been_born_a_woman_charles_bukowski/

Apuntes sobre Cien años de soledad I

(Al tratarse de un texto de extensión considerable, he dividido la entrada en dos partes. En unos días subiré la conclusión de estos apuntes ensayísticos)

Introducción: Para este ensayo, que peca de ser breve al tratar una obra significativa como lo es Cien años de soledad, he decidido optar por la estructura reyesiana del apunte ensayístico, poco explorado en las regiones de la reflexión: terrible destino, solitario, el de olvidarse en las sucias hojas de un cuaderno tachado, sus manchas de oxidación, su condición de pergamino, de archivo. Sean mis palabras, pues, un acercamiento a la bíblica novela de García Márquez.

I. El sino de los personajes, bien se conoce, es la soledad. Pero en la novela aparecen diversos desdoblamientos de la soledad. Existe, en primera instancia, una soledad moderna, propia del hastío que produce la llegada de la civilización, la cual representan los gitanos, quienes llevan a Macondo, en ese entonces virgen e idílica, inventos, curiosidades, herramientas inútiles que suelen vender. José Arcadio es el único obsesionado con los objetos que compra a Melquíades y progresivamente, en su búsqueda por el saber, termina encerrándose en sí mismo, intentando desentrañar los misterios de la verdad, los mecanismos de la tecnología que poco a poco lo distanciarán del pueblo y de su familia. Atado a un árbol José Arcadio morirá en la locura propia de modernidad: aquella que permite que un hombre muera atado a la vida. No sabrá desafortunadamente que existen enigmas más fascinantes en la lluvia de flores que cae después de su muerte.

II. Relaciono el final de José Arcadio con el segundo desdoblamiento de la soledad: aquella que reside en la muerte. Al inicio de la novela el narrador, en apariencia distanciado de las circunstancias del relato, apunta que Macondo en ese entonces era tan reciente que nadie había muerto: “Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto”.[1] Sin embargo el primero en morir en la historia de Macondo es Melquíades. Justo, esta ocurre fuera de la geografía de Macondo, pero dentro del tiempo cíclico. Melquíades no obstante regresa, confirmando su conflicto con el tiempo: es un ser atemporal, para quien la muerte pareciera ser un estado ajeno, casi una etapa, como el sueño o la siesta. Así, ante su primera resurrección afirma que regresa de la muerte porque se sentía solo. Además, otro de sus regresos proféticos ocurren cuando, según sus palabras, viene al sepelio del rey: la vuelta de Melquíades confirma su ciclicidad ante la muerte de José Arcadio. En cierta forma, acompaña al muerto, lo habita para que su viaje a las regiones de la muerte no sean tan solitarias.

HOMENAJE A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
40421139. México, D.F.- Al término del homenaje luctuoso al escritor, Gabriel García Márquez (1927-2014), miles de mariposas amarillas surcaron el cielo de la explanada del Palacio de Bellas Artes.

Con el paso del tiempo, lo que leerá (leeremos) Aureliano Babilonia, el incestuoso, quien asegura el sino irremediable que está presente desde antes del principio, será la confirmación de la muerte y el fin sobre todas las cosas: incluso por encima del lenguaje: “Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte”.[2]

III. Con cierta reiteración, cual virus o enfermedad irremediable, la soledad del lenguaje aparece en la novela desde distintas perspectivas e interpretaciones: por un lado, no resulta novedoso señalar la complicidad que hay con el lector al reflexionar que lo que se está leyendo son los pergaminos de Melquíades. A lo largo del relato, distintos Buendía, tan diferentes entre sí, buscan descifrar, sin éxito hasta Aureliano Babilonia, el lenguaje del gitano. Su actitud filológica los amarrará a un trabajo solitario, obsesivo, enfermo. Otro pasaje relevante está en el principio de la novela. Si lo que leemos son las palabras de Melquíades, es simbólicamente importante la condición de una ausencia del lenguaje para nombrar las cosas tan recientes: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas habría que señalarlas con el dedo”.[3] Se describe la prehistoria, donde las cosas son innombrables y para reafirmar su existencia deben ser señaladas: sólo el narrador, por medio de la escritura, es capaz de realizar un proceso de Historia, o sea, fijar la memoria de sus personajes. Señala González Echeverría que no puede existir una civilización ajena a la escritura, y el individuo no puede vivir fuera ni de la comunidad ni del lenguaje.[4]

Por último en otro pasaje que demuestra la importancia del lenguaje, así como su condición inasible, es la célebre peste del insomnio: “No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio”. [5] Será Aureliano el primer desesperado por establecer no solo los nombres de las cosas, sino su función. Al ser incapaces de soñar, “la nostalgia de los sueños”, el olvido empieza a desmitificar todo lenguaje hasta someterlo a cierta especie de escritura: por ello los habitantes recurren a la oralidad, para así evitar la no-espacialidad, la no-existencia y sobre todo el aburrimiento. Así, justo antes de encontrar la cura del insomnio, un bello anuncio en la entrada del camino: Macondo. Y otro, mucho más subjetivo, en la calle central: Dios existe. La existencia del pueblo, así como la de Dios, se prueban gracias a la soledad de la escritura y del lenguaje.

Citas

[1] Gabriel García Márquez, 100 años de soledad. Diana, México, 2010, p. 15.

[2] Ibid., p. 432.

[3] Ibid. p. 7.

[4] Roberto González Echeverría, “Un claro en la selva: de Santa Mónica a Macondo” en Mito y archivo. Una teoría de la narrativa latinoamericana (trad. Virginia Aguirre Muños). FCE, México, 2000, p. 30.

[5] García Márquez, op. cit., p. 55.