Apuntes sobre Cien años de soledad I

(Al tratarse de un texto de extensión considerable, he dividido la entrada en dos partes. En unos días subiré la conclusión de estos apuntes ensayísticos)

Introducción: Para este ensayo, que peca de ser breve al tratar una obra significativa como lo es Cien años de soledad, he decidido optar por la estructura reyesiana del apunte ensayístico, poco explorado en las regiones de la reflexión: terrible destino, solitario, el de olvidarse en las sucias hojas de un cuaderno tachado, sus manchas de oxidación, su condición de pergamino, de archivo. Sean mis palabras, pues, un acercamiento a la bíblica novela de García Márquez.

I. El sino de los personajes, bien se conoce, es la soledad. Pero en la novela aparecen diversos desdoblamientos de la soledad. Existe, en primera instancia, una soledad moderna, propia del hastío que produce la llegada de la civilización, la cual representan los gitanos, quienes llevan a Macondo, en ese entonces virgen e idílica, inventos, curiosidades, herramientas inútiles que suelen vender. José Arcadio es el único obsesionado con los objetos que compra a Melquíades y progresivamente, en su búsqueda por el saber, termina encerrándose en sí mismo, intentando desentrañar los misterios de la verdad, los mecanismos de la tecnología que poco a poco lo distanciarán del pueblo y de su familia. Atado a un árbol José Arcadio morirá en la locura propia de modernidad: aquella que permite que un hombre muera atado a la vida. No sabrá desafortunadamente que existen enigmas más fascinantes en la lluvia de flores que cae después de su muerte.

II. Relaciono el final de José Arcadio con el segundo desdoblamiento de la soledad: aquella que reside en la muerte. Al inicio de la novela el narrador, en apariencia distanciado de las circunstancias del relato, apunta que Macondo en ese entonces era tan reciente que nadie había muerto: “Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto”.[1] Sin embargo el primero en morir en la historia de Macondo es Melquíades. Justo, esta ocurre fuera de la geografía de Macondo, pero dentro del tiempo cíclico. Melquíades no obstante regresa, confirmando su conflicto con el tiempo: es un ser atemporal, para quien la muerte pareciera ser un estado ajeno, casi una etapa, como el sueño o la siesta. Así, ante su primera resurrección afirma que regresa de la muerte porque se sentía solo. Además, otro de sus regresos proféticos ocurren cuando, según sus palabras, viene al sepelio del rey: la vuelta de Melquíades confirma su ciclicidad ante la muerte de José Arcadio. En cierta forma, acompaña al muerto, lo habita para que su viaje a las regiones de la muerte no sean tan solitarias.

HOMENAJE A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
40421139. México, D.F.- Al término del homenaje luctuoso al escritor, Gabriel García Márquez (1927-2014), miles de mariposas amarillas surcaron el cielo de la explanada del Palacio de Bellas Artes.

Con el paso del tiempo, lo que leerá (leeremos) Aureliano Babilonia, el incestuoso, quien asegura el sino irremediable que está presente desde antes del principio, será la confirmación de la muerte y el fin sobre todas las cosas: incluso por encima del lenguaje: “Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte”.[2]

III. Con cierta reiteración, cual virus o enfermedad irremediable, la soledad del lenguaje aparece en la novela desde distintas perspectivas e interpretaciones: por un lado, no resulta novedoso señalar la complicidad que hay con el lector al reflexionar que lo que se está leyendo son los pergaminos de Melquíades. A lo largo del relato, distintos Buendía, tan diferentes entre sí, buscan descifrar, sin éxito hasta Aureliano Babilonia, el lenguaje del gitano. Su actitud filológica los amarrará a un trabajo solitario, obsesivo, enfermo. Otro pasaje relevante está en el principio de la novela. Si lo que leemos son las palabras de Melquíades, es simbólicamente importante la condición de una ausencia del lenguaje para nombrar las cosas tan recientes: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas habría que señalarlas con el dedo”.[3] Se describe la prehistoria, donde las cosas son innombrables y para reafirmar su existencia deben ser señaladas: sólo el narrador, por medio de la escritura, es capaz de realizar un proceso de Historia, o sea, fijar la memoria de sus personajes. Señala González Echeverría que no puede existir una civilización ajena a la escritura, y el individuo no puede vivir fuera ni de la comunidad ni del lenguaje.[4]

Por último en otro pasaje que demuestra la importancia del lenguaje, así como su condición inasible, es la célebre peste del insomnio: “No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio”. [5] Será Aureliano el primer desesperado por establecer no solo los nombres de las cosas, sino su función. Al ser incapaces de soñar, “la nostalgia de los sueños”, el olvido empieza a desmitificar todo lenguaje hasta someterlo a cierta especie de escritura: por ello los habitantes recurren a la oralidad, para así evitar la no-espacialidad, la no-existencia y sobre todo el aburrimiento. Así, justo antes de encontrar la cura del insomnio, un bello anuncio en la entrada del camino: Macondo. Y otro, mucho más subjetivo, en la calle central: Dios existe. La existencia del pueblo, así como la de Dios, se prueban gracias a la soledad de la escritura y del lenguaje.

Citas

[1] Gabriel García Márquez, 100 años de soledad. Diana, México, 2010, p. 15.

[2] Ibid., p. 432.

[3] Ibid. p. 7.

[4] Roberto González Echeverría, “Un claro en la selva: de Santa Mónica a Macondo” en Mito y archivo. Una teoría de la narrativa latinoamericana (trad. Virginia Aguirre Muños). FCE, México, 2000, p. 30.

[5] García Márquez, op. cit., p. 55.

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