Beltenebros

En un contexto donde pareciese que el género negro —la novela policiaca es otra cosa— se antojaba estancado, añejo, placer culposo, aparece Beltenebros. Antonio Muñoz Molina, quizá el escritor español vivo más entregado al amor de la buena literatura, ha sabido conjugar las tramas clásicas del film noir de Billy Wilder (véase Sunset Boulevard), la estructura clásica de la novela negra (de la que hablaré en seguida), las angustias existenciales basadas en los experimentos de Julio Cortázar (el tema del doble y el eterno retorno) y Juan Carlos Onetti, así como claras referencias a la fragmentación espacial de Pedro Páramo (“Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca”). El resultado es una novela original que funciona como una renovación tanto estética como formal del mismo género: puede ser un buen ejemplo para argumentarles a los críticos de éste que también en este tipo de novela existe la reflexión, renunciando o, mejor, renovando lo que serían los preceptos del género.

Lo que pretende el narrador de la novela es establecer la repetición del tiempo, del destino: no puede escapar de la angustia de Madrid, del olvido de un amor ni de la traición y siente que el pasado y el presente son el mismo. Molina se atreve a profundizar y darle un giro a las características mismas del género negro: hay violencia, pero no está deshumanizada, sino que es utilizada en favor de perfilar a los personajes que giran en torno a ella. Dota a los protagonistas del elemento de la traición y el lector se siente cómplice de crímenes que no deberían ser cometidos pero que, semejante a las tragedias de Sófocles, el destino es irremediable y triste. Molina además apuesta por un protagonista producto de dilemas existenciales que aportan a su humanidad: lo vemos sufrir, cuestionar sus decisiones, abrazarse al cálido abrazo del anonimato y a su angustia por verse repetido en los espejos del pasado realizando las mismas acciones, encontrando los mismos nombres. No es un detective peculiar, más bien pretende indagar en el devenir humano: él es una luz pálida que contrasta con la oscuridad de Beltenebros, personaje-monstruo que podría simbolizar la misma misoginia del género negro. Pero este es un apunte algo pretencioso. Por último, Molina prefiere al hermetismo antes que a la simple prosa: todos los tiempos convergen y confunden a propósito al lector porque el mismo Darman está confundido.

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Quizá el aporte de Molina al género es la construcción de un espacio y una atmósfera. La novela está basada en los elementos del espacio y el tiempo, y la problemática misma de la obra concluye en una elisión del espacio-tiempo: el final de Beltenebros transcurre en el castillo de la memoria donde Darman se reencuentra con la figura decrépita de Rebeca. Es un espacio anegado en la oscuridad y la locura:

Es él quien está loco, pensé mientras lo oía hablarme, y ha convertido este lugar en una visión de su locura, en una cripta del tiempo fortificada contra la realidad y la luz y el paso de los días: ése era su verdadero y único reino, su castillo de irás y no volverás y el santuario donde oficiaba para nadie el culto a los muertos y celebraba sacrificios.

Es de notar la enumeración de detalles: Beltenebros ha construido desde la oscuridad un reino de castillos y santuarios; el vacío lo consume todo; la oscuridad es la negación del espacio. Además, leo en esta novela una poética de la desubicación: Darman ha recorrido las calles de Madrid, pero olvida los nombres de sus calles, y el espacio pareciera tragárselo en silencio, aumentando su angustia por no pertenecer a ningún lugar.

Estos son algunos elementos que señalo en la brevedad de este texto. La novela da para un análisis mucho más extenso que quizá en otro tiempo lo haga. Puedo decir finalmente que la novela me agrada porque sus aciertos son renovadores y sus defectos sólo llegan a molestar a quien se fastidie de la monotonía al momento de redactar un párrafo: en este caso, todos terminan con una metáfora o un símil del tipo “como…” que hace previsible lo que escribirá o metaforizará el narrador (véanse las páginas 162-63).

En conclusión, Beltenebros es una novela que recomiendo ahora que las vacaciones se acercan.

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Antonio Muñoz Molina, Beltenebros. Barcelona, Seix Barral, 2006.

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