El filo de la luna

No lo sé, no existen reglas precisas, a veces a uno le duele la cabeza porque las ideas, desde aquel cauce semejante a la maldad, a ese pozo perverso, comienzan a acumularse igual que parásitos en el estómago de un animal que agoniza. Puedo decir (o mejor dicho, escribir, porque el acto de decir está siempre separado de la imaginación —y en todo caso es “o mejor escrito”)[1] que llevo siglos tratando de retratar con la fidelidad propiamente infiel de las palabras a mi compañera. Reconozco sin embargo que será solo un acercamiento y espero que el papel o la ilusión de papel que dejaré abandonado en el cadáver solitario de un individuo cualquiera, con seguridad anónimo, decapitada su alma mucosa, ajeno al tiempo, imperceptible en el escenario propio de los muertos, llegue a los hombres y los no-hombres, a los personajes y no-personajes de cualquier zona indómita de la conciencia para que sea interpretado como un milagro. Pero uno siente la fiebre del lenguaje y desespera: ¿qué persona debería contar la historia? ¿qué capacidad ontológica debe tener esa persona? ¿cuáles serán los tiempos verbales? ¿no es mejor escribir un poema? ¿soy un buen poeta? ¿debería usar estrofas clásicas o el artificio de la libertad poética? ¿en el cuento también hay poesía? ¿qué título debería tener mi cuento? ¿cómo serán los personajes? ¿cuántos personajes habrá? ¿cómo hablarán? ¿cuál será el final? ¿en verdad este cuento tiene un final? ¿será abierto o cerrado? (Prescindo de las comas y mayúsculas en virtud de la velocidad: jamás la escritura estará tan avanzada como para subordinar el atropello del pensamiento). Luego vendrán los teóricos, porque los conozco, conozco todo, afirmarán que “un buen cuento siempre tendrá unas primeras líneas atrapantes, magnéticas, y si no se cumple esta regla lo mejor será leer otra cosa en el baño”[2] y eso basta para desanimar a cualquiera que ni es teórico ni tiene la virtud de juzgar si unas primeras líneas valen o no la pena. Al principio creía prudente cuando Ella y es la segunda vez que te nombro los desaparecía. Hoy lo considero una necesidad. Basta un ¡plaf!, un ¡guaj! o alguna onomatopeya corporal que intente abarcar lo indescriptible. Y de nuevo el lenguaje se me escapa, regresa a una conciencia primigenia, articulando ruidos guturales, nombrando y significando las innombrables cosas. Algo sí es seguro después de nuestra visita: los doctores, críticos y teóricos de la literatura universal y hasta los escritores no regresan con sus recetas para intentar curar las patologías de la escritura. Lo último de cierta forma me emociona. Si algo hay de lugar común son los cuerpos entregándose a la descomposición. Ella aparece precisa, jamás al azar aunque tu condena y quizá nuestra condena la que lleva nuestros nombres la arrastran arrastramos ustedes nosotros toda la existencia… y aún más allá. Podrás estar leyendo un libro de Bajtín o Bachelard en el camión y te arrepentirás de tu última lectura, el accidente donde solo tú terminas con los vidrios en el cuello. Podrás escribir un ensayo que jamás se publicará porque Ella ha decidido que tu cabeza caiga con firmeza en las letras desordenadas y tus ojos abiertos no verán nunca el producto de tu investigación. Podrías estar escribiendo un cuento que inicie con un No lo sé, no existen reglas precisas y la sombra de Ella, la suavidad invisible de sus dedos detendrá los tuyos, una como tiniebla destejida que paraliza hasta al lenguaje y de pronto el silencio.

Se presenta desde la prudencia de la casualidad, charla contigo, algo feliz, Buenos días, ¿puede decirme la hora? o Buenas noches, ¿puede decirme en qué lugar estamos?, sus ojos comparables solo al amor, un vestido negro que esconde el cuerpo deliciosamente misterioso. Por supuesto cualquiera, sea bestia, hombre, mujer o dios contestará con la certeza de lo obvio y después las naranjas ruedan por el suelo, es en ese momento cuando hasta las cosas inmortales callan, un ruido absoluto, la verdad: las piedras tienen pesadillas con lo que suelen contemplar, cómplices de un espectáculo al que no fueron invitadas y al que no querían asistir.

 Todo parecido a rebanar una naranja y por eso las nombro, porque sé que esa comparación la has mencionado mientras hablas cuando crees que estás sola. La sustancia del alma es semejante a la dulzura seca de la naranja, cuya intrascendencia desata todo un terremoto de significados. Los engranajes de la historia me permitieron pensar en ellos, recopilar muecas de horror y sabiduría, una sorpresa adulta o una indiferencia infantil.

Desde la esquina la miro en su sincera desnudez mientras lee la mano del escritor. Segundos antes fui prisionero de su palma. Fue casi sexual. Me empuñó con levedad y en ocasiones me imagino extensión justa de sus dedos (cuando escribo “dedos” me refiero a algo parecido a dedos). Juraría que se excita, tiembla. Le fascina su trabajo y lo siento más cercano a la carne que describen escritores como Georges Bataille o Henry Miller, quienes buscaban habitar los escenarios del deseo con el torpe artificio de lo humano.

Su felicidad resulta menos trágica que su efigie sensual. Ella sonríe porque sabe que otra presencia está trabajando desde una forma parecida al olvido un asesinato infalible, irremediable, perfecto. De Sófocles he aprendido que el sino es algo inevitable y comprendo que cada escritor degollado, cada investigador muerto en la regadera de su inmundicia es un tierno paso que nos acerca porque tu desaparición es mi desaparición a aquella región donde los inmortales tejen la memoria y el destino de todas las cosas, existan o no.

Borges describe laberintos lingüísticos y ontológicos sin salida. La única luz, hablando desde la experiencia secular, es la misma literatura, sus aperturas infinitas que refutan el tiempo y el espacio al confirmarlos.[3] Si el ser humano trascendió ha sido por gracia de los secretos que el lenguaje en todas sus formas y desdoblamientos le ha otorgado. Homero fue y no, la voz de una comunidad, de un sentir histórico reflejado en escritura de piedra, el anónimo que debía ser nombrado. Pertenezco a un simulacro de la edad en la que he podido aprender y escuchar idiomas en sus formas reconocibles e inauditas y tú que has estado aquí desde antes hablas de otras formas que desaparecieron o que escaparon felizmente de la memoria. La sola referencia pretende el infinito. Recuerdo a Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Víctor Hugo, Cortázar, Rulfo, Arreola, Borges, Macedonio, Reyes, Garro, Highsmith, Dávila, Kundera, Parra, Márquez, Faulkner, Hemingway, Mishima, Kawabata, Elizondo, Dylan, Villoro, Serna; también literatura desmitificada, ausente y desconocida, literatura fantasmal, literatura divina, breviario de los ángeles, archivo de las memorias, reflexiones del polvo, literatura escrita por las partículas invisibles, literatura escrita por hormigas, literatura ramificada en lo que escribieron las hormigas, literatura descrita por las ciudades, por las ciudades y su deseo, por las ciudades y sus calles, por las ciudades y sus huellas, por las ciudades y sus voces, sus dobles, su clara arquitectura regida por las estrellas, literatura por la literatura, por los personajes de cualquier ficción, por las propias ficciones, por los sueños y recuerdos de esas ficciones, por sus angustias, literatura de los muertos, de los descompuestos, libros eternos, libros vacíos que contienen la verdad, verdades vacías que contienen a los libros, escritura de la imaginación, de la soledad, de la angustia, del silencio, de los sueños, y claro, lo que estás pensando, lo que imaginas mientras lees, mientras sueñas, tus escritos y lo que no has escrito ni escribirás porque no tienes tiempo, porque otra persona en cualquier parte del espacio y el tiempo está escribiendo lo que tú no escribes. Ya que todo yace aquí, nada está y todo está: la sustancia de la que estoy hecho contiene todo lo que hemos sido. ¿Cómo describir lo absoluto desde la nada? Resulta una experiencia infinita comparable solo al conocimiento y reconocimiento de estar con Ella.

Ella suele escuchar música mientras habla y yo leo la poesía de Pavese, de Marcial, de Villaurrutia. Pero no comparte mi angustia por comprender su existencia y afirma con soberbia que ni los espejos de Villaurrutia ni la ironía de Marcial ni la mirada de Pavese se han acercado a retratar nuestro devenir existencial. Mira, hasta yo desconozco el fin último de todo. En seguida ríe y se me antoja una risa repleta de espuma. Por lo general Ella me confiesa pocas cosas pese a que habla con frecuencia. Aventuro que su voz le otorga la ilusión de compañía que no puedo otorgarle.

Borges habla de espejos que nos espantan porque la imagen reflejada escapa a todo artificio de la escritura: jamás podremos describir lo que vemos. También nosotros estamos desfocalizados, carecemos de identidad puesto que nadie se atreve a nombrarnos, a significarnos. Ella no escapa de ella. Yo soy nadie.[4]

No sabría explicar si fui yo primero o si Ella estaba antes de nuestro tiempo porque eso sí es seguro: antes del tiempo estábamos cuando con tenues movimientos de la mano porque si existe suavidad está en tus manos como quien elabora la soga que ornamenta el patíbulo o la habitación del suicida, forjó la firmeza de mi cuerpo, las entrañas petrificadas, el filo de la luna. Fui la invención propia de las horas. Mi primera víctima fue el orden. Tras mi creación, surgió el principio de movimiento. Los relojes iniciaron su marcha sin retorno.

Desconozco también si Ella existió antes que Él.[5] Él solo existe para complicar las cosas, con toda su solemnidad y omnipotencia, con sus pactos burocráticos y su resplandor institucional. Él era la extensión de toda la podredumbre y maldad que existen, estableciendo reglas, quemando libros y conocimiento, negando la posibilidad de las formas. A través de un goce carnal Ella quedó prendida a él y satisfizo toda clase de caprichos. Si alguien no le gustaba, Ella acudía y lo eliminaba. Su discurso era ridículo y cursi, pero emanaba la confianza propia de los que mienten: “Ellos creen en mí, en mi palabra, llevan en su fe el nacimiento de toda mi civilización. Hemos sido perseguidos y ahora tenemos el poder. Ayúdame. Haz que agonice en la cruz. Haz que exista la luz después de ti, que regrese de ti como si fueras su madre”.[6] Después la desaparición de grandes geografías, de culturas espectaculares, de literatura y conocimiento ardiendo en la mierda del fuego.

Las consecuencias de su imperio fueron nuestra reducción y fin. Ella pasó de lo colectivo a lo individual y se dedicó al llamado del ser solitario. Las resurrecciones eran más frecuentes. Fracasaba. Aprendió a hablar sola y ahora finge impuntualidad acudiendo a las falsas virtudes de la piedad: hombres de ciento veinte años implorando su llegada, mujeres que se transforman en un polvo consciente. Sacrificó su esencia divina y se desmitificó en la soledad: lo sacro se volvió vulgar y lo vulgar fue erradicado en la vergüenza propia de la rabia, de la ausencia. Él sufrió un devenir ontológico y los seres humanos progresaron después de su partida final, aunque queden rastros de su doctrina que se manifiestan como virus del mundo: el fascismo, el imperialismo, las dictaduras, la violencia.

Hoy Él se halla ausente y siquiera Ella sabe en qué patíbulos celestiales se encuentra.

En un principio comentaba que llegará el momento en que otra fuerza nos destruya me incluyo porque sin ti sin la calidez de tus dedos sin tu fuerza y precisión no funciono. Presencia que siempre está detrás de todo lo existente e inexistente. Cada ser y no ser tiene su reflejo, su cualidad literaria, imaginaria. De hecho este reflejo será la confirmación de nuestra esencia. Probablemente aquel no ser absoluto, cuyo nombre abarca más allá del significado (y de nuevo la angustia de escribir desde este escaso lenguaje que he aprendido de todos los libros y que hoy es inútil) termine decapitándolo, trabajo que Ella jamás se atrevió a cumplir. El amor concibe formas siempre misteriosas, tal vez un vínculo con la inmortalidad que la literatura desafortunadamente pretende y no cumple. Después, sin piedad, porque estoy seguro que aquella nueva forma será perfecta en su frialdad, Ella terminará suicidándose si es que para ti pueda existir algo semejante al suicidio. Abrirá sus venas (y cuando escribo “venas” quiero describir algo más absoluto que venas y que en estas fluye algo más que sangre) y beberé de Ella, su fragancia oscura. Mi destino será sin embargo amable primero, después obsesivo y por último aburrido. Me dedicaré a hacer ficciones eternas, de páginas o formas infinitas y simétricas para pasar luego a lo micro, a las formas de lo invisible que tanto me han fascinado. Con mi soledad el tiempo estará detenido y cuando haya escrito toda la literatura posible, reescrito para siempre las obras maestras del lenguaje, recordando el chiste que contó Aristófanes a las Parcas primeras, lo que no escribió Cervantes pero imaginó cierto día de invierno, la aventura de Sherlock Holmes que Conan Doyle olvidó a propósito, el enigma metafísico que no pudo pensar Chesterton, lo que por ahora contemplan tus ojos, en fin, cuando haya destruido la memoria de todos, seré una ficción de mí mismo y dejaré de escribir. Tal vez termine oxidándome en los cauces detenidos de las horas, aguardándote en la nada, allí donde no germinan ni dioses, ni muertes, ni hombres, ni estrellas, ni espacios, ni siquiera la letra de los libros.

[1] Roberto Biorges escribe que “el uso y abuso del paréntesis tiene a veces una justificación: se trata de un discurso ajeno al del narrador. Es por así decirlo un doble que interrumpe a la voz y a veces complementa una tesis. Pero igual que en la música estas voces dialécticas jamás conforman una”. Roberto Biorges, Todo lo que querías saber sobre la escritura y nunca te atreviste a preguntar. México, Siglo XXI, 1989, pp. 67-68.

[2] Felisberto Reyes, Manual del perfecto tallerista. México, FCE, 2026, p. 15.

[3] Tomo esta idea de una charla que tuvieron Borges y Leibniz en un sueño, en los tiempos en que el primero redactaba Historia de la eternidad.

[4] Jorge Luis Borges, El espejo y la identidad. Texto escrito en su memoria la tarde en que murió, 14 de junio de 1986.

[5] Aprovecho para comentar que en realidad Él no es Él y Ella no es Ella.

[6] Santo Tomás de Aquino, Los discursos de la divinidad. Imaginado o soñado la tarde del 19 de abril de 1273.

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