LIMBO y lo dantesco

LIMBO (2011) es un juego de plataformas y puzzles que combina con una atmósfera de terror y una historia elidida. Lo último ha abierto todo un libro de interpretaciones, ya que el videojuego apuesta por la ausencia, por la intuición antes que la explicación. De hecho, lo único que se puede encontrar de la historia —y también existen dudas sobre ello— es lo que STEAM ha transcrito en la descripción: “Dudoso sobre el destino de su hermana, un niño entra en LIMBO”. Aquí se deducen dos cosas: una hermana ausente y el nombre del espacio.

Parecido al legendario viaje de Dante para reencontrarse con su amada Beatriz, un niño, una sombra que controlamos a través de un paisaje de oscuridad, despierta en el LIMBO. Los objetivos son simples en su hermetismo: supera el escenario. El hermetismo se encuentra en el por qué completar los capítulos. Encuentro en esta reinterpretación existencial del absurdo, del hastío ante la frustración de los rompecabezas y los escenarios, una construcción histórica sumamente poderosa. El viaje, nuestro viaje de sombras, nuestro limbo, es a través de los miedos de la humanidad y asimismo su progreso vertiginoso. Justo es recordar que el limbo dantesco era un escenario de penitencia y de alguna manera de ascenso y purificación: tanto Dante como nuestro personaje buscan la luz y son salvados por la misma. Dante tenía que superar lo que veía. En LIMBO hay que confrontar nuestros miedos más primigenios. Sólo hace falta analizar lo que la atmósfera recrea y el peligro de muerte. En un principio está la araña gigante y su constante asecho. Antes se encuentra el agua y la terrible desesperación al no saber nadar. Las alturas también son mortales. Más adelante están los primeros humanos y sus primitivas armas y trampas para osos (aunque pareciera que ellos no te quieren ahí). Luego estas armas evolucionan y ahora son ametralladoras sensibles al movimiento. Al final están los engranajes y la misma gravedad. Es en fin un mensaje que imagino rotundo y abrumador: al final somos destruidos por nuestra imaginación.

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Asimismo y quizá uno de los pocos problemas del videojuego, la dificultad agobia y se complica rumbo a la conclusión. Las atmósferas de miedo se suprimen por las de la desesperación, por cumplir el escenario y avanzar. Sin embargo es placentero la superación, el ejercicio intelectual, el cálculo. Y el final sólo abre más interpretaciones. Lo que yo encuentro es la confirmación de algo ilusorio, imaginario: lo que hay después de los créditos es nada más que la putrefacción en el último escenario; quizá el encuentro de dos almas en el paraíso

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Fascinación por Sabines

I. Regresé a la poesía de Jaime Sabines con cierta desconfianza. Las relecturas son peligrosas, como en sí lo es el regreso: todo lo que se ha amado alguna vez puede caer en el fango de la decepción una vez explorado el territorio conocido. Al ser una de mis primeras lecturas, el miedo a la caída provocó que aplazara la lectura de este libro que reúne Adán y Eva, Tarumba y Diario semanario y poemas en prosas. En este nuevo acercamiento, como podrá intuirlo quien me conoce, me decepcioné pese a los nuevos descubrimientos. Aquella prematura lectura de hace años, curiosamente, dio un giro: la maravilla de Diario semanario se transformó en anotaciones publicadas más que poemas en prosa; y el desprecio por Adán y Eva se me reveló como una reinterpretación poética efectiva, mejor que los mencionados poemas en prosa del poemario. Tarumba, el libro que menos me gustaba de Sabines, me pareció ahora conmovedor y una angustia por explorar el sentido de la existencia gracias a una estructura temática interesante.

No obstante Adán y eva es un pequeño libro perfecto. Nada sobre. Sabines descubre los milagros de la prosa poética: su extrema precisión. Al revivir y reinterpretar el relato bíblico lo humaniza, le despoja de toda innecesaria divinidad: son dos seres que se aman, que nacieron para entregarse al otro; son imagen, pues, del amor. Los excesos cotidianos de sus próximos libros aquí surgen con naturalidad y ambas voces poéticas se carnalizan, se convierten en seres digestivos que contemplan el inicio de la historia. Su brevedad es sólo otra virtud: se intensifica el efecto dramático y al final quedan nada más la soledad y el silencio, inasible para la poesía.

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II. La apuesta de Sabines me recuerda a algo que vi hace poco. Una chica que escribe verso se describía como una mujer a la que le gusta que quien lee se identifique con ella. Su poesía, pues, tiene una visión bastante personal y mundana de las cosas. Por lo tanto, también en esas paradojas de la existencia, su visión es universal. Y como toda paradoja, esto molesta o gusta. Aunque justo, toda poesía parte de lo personal, de una perspectiva distinta. Lo fastidioso está en ofrecer siempre el mismo punto de vista y partir desde la descripción inútil de hechos vanos para hacer poesía. Vicio en el que cae Sabines y muchos de sus seguidores.

Jaime Sabines es un poeta de masas. Sencillo y preciso, sus poetas carecen de metáforas y oscuridad. Si bien no es meloso como Benedetti, sus poemas se arriesgan demasiado al ofrecer siempre esa visión tan personal de la existencia. En fin, son monótonos. Como los poemas de esa chica que busca la identificación: toman aspectos cotidianos y los describen disfrazándolos de poesía. Y no es que expongan hallazgos en sus versos. Insisto en la monotonía, en la creación de lugares comunes sin necesidad de descomponerlos.

Sin embargo la verdad se encuentra en los lugares comunes. Sabines gusta por muchos motivos: lo cotidiano, lo simple, su atrevimiento carnal, su erotismo, etc. Creo, además, que hay cierto cariño o nostalgia: siempre es un poeta de iniciación, de descubrimiento. Se suele leer en la adolescencia, precisamente por su universalidad. Parto ahora de mi experiencia y me atrevo a generalizar: a estos poetas, Benedetti y Sabines, les tengo cariño; pero no devoción. Es poesía que no se debería imitar, quizá porque han descrito todo lo complicado del mundo por medio de versos fáciles. Ellos ya lo hicieron. Su gran aportación a la literatura es que crearon lugares comunes fascinantes, verdades cotidianas. Admiro de ellos su tremenda exploración del lenguaje métrico. Sabines popularizó la prosa poética y sin duda sus mejores y peores textos se encuentran ahí. Benedetti hizo lo mismo con el haikú en un libro horrible que hace temblar de forma enfermiza a Tablada. Pero hay que dejarlos en paz. Y releer Los heraldos negros.

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Juárez Style

La violencia en la frontera ha traspasado a la misma: es un símbolo tanto del terror, porque miles de personas huyeron de Ciudad Juárez en los años rojos (2008-2012) y del horror, puesto que paraliza, humilla y destruye al ser (y al propio espacio). Tanto así que en un célebre episodio de la segunda temporada de Breaking Bad vemos representado un horrible principio de la violencia que el propio Hank Schrader denomina como Juárez Style.

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En este episodio Hank es enviado a El Paso después del enfrentamiento con Tuco Salamanca. Jamás simpatiza con sus compañeros. Existe entre ellos y él una cínica frontera lingüística: se comunican en español para burlarse de él. Durante su primer trabajo ahí, Hank y los agentes charlan con Tortuga, un miembro del Cartel de Juárez que trabaja para la DEA como soplón. Tortuga les informa sobre un pacto importante que se dará en el desierto. Tiempo después, los agentes se dirigen hacia el lugar señalado para planear una emboscada. Pero Hank percibe una silueta a lo lejos: se trata de una tortuga que camina con serenidad. Los agentes se acercan y descubren la cabeza de Tortuga sobre el animal. Un mensaje en pintura blanca cubre gran parte del caparazón: “Hola DEA”. Hank sufre un ataque de pánico y huye para vomitar, frente a la risa de sus compañeros quienes siquiera se inmutan ante la imagen. Acostumbrados a la violencia de los narcos, han sido contaminados por las imágenes del vivir diario en la frontera. Hank sólo puede sentir asco, puesto que de forma irónica, su percepción del mundo —antes, en Alburquerque, se había burlado de un sujeto que murió desangrado cuando un auto aplastó su mano— ha sido transgredida: el desierto y la frontera lo traumatizan. No obstante el asco salva su vida: la tortuga-bomba explota. Un agente muere y tres quedan desmembrados.

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Si bien Ciudad Juárez no se menciona, el desierto, espacio mítico, está presente dentro de la perspectiva de los otros, quienes han levantado murallas en la frontera para alejarse lo más posible de México: un acto patológico, un encierro ontológico. Juárez no es una ciudad para Hank Schrader sino un estilo de violencia. El desierto también aparece aquí, en el cine y en la literatura como un espacio simbólico en donde las formas del horror son libres: la Tortuga, cual Medusa decapitada, ha sido descontinuada de su cuerpo por los primos de Tuco, dos miembros del Cartel de Juárez. Hank queda petrificado y la violencia desata más violencia, ya que la explosión de la bomba desmiembra a los agentes. En un sentido espiritual, la perspectiva de mundo del héroe también fue alterada. El miedo de regresar al Paso marcará la existencia de Hank hasta culminar con el ataque que perpetran los mencionados primos de Tuco, símbolos de la esencia violenta —el hacha que descontinúa cuerpos— que trasciende la frontera hasta perseguirlo y de cierta forma cazarlo al más puro Juárez Style.[1]

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[1] Esta idea sobre el horror y el terror las tomé de una charla con el profesor Miguel Ángel de la Calleja, “Inmolar el lenguaje: violencia en la poesía mexicana contemporánea”.

Dimensiones espaciales en Stranger Things

La última serie de Netflix ha comprobado el tremendo potencial que tiene esta empresa para la creación de grandes series, superando por este año a lo expuesto por otras cadenas atrapadas en sus productos, incluyendo a la insuperable HBO y su Game of Thrones, la cual cedió al hype creado por sus fans. Stranger Things se revela así como una sorpresa bastante agradable, reviviendo y homenajeando a los grandes del género fantástico en un panorama dominado por zombies y dramas medievales; un milagro como lo fue True Detective hace dos años. Sus lecturas a toda una tradición tanto literaria como televisiva y cinematográfica se conjugan en una apuesta compleja y efectiva al elaborar su propia perspectiva al género. Es justo entonces que se hable y se siga hablando sobre esta serie.

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Una de las cosas más interesantes de Stranger Things es su propuesta espacial, que mezcla lo fantástico con lo científico para vincularlo hacia el horror posible, igual que H. G. Wells en La guerra de los mundos El hombre invisible: el miedo está en las posibilidades ocultas en lo desconocido. Para ello la serie complejiza la teoría del no-lugar al equipararla con la idea de los múltiples universos, científicamente posibles. Parte pues de la construcción del no-lugar como un fenómeno moderno propio de la urbanización y de las dimensiones y líneas temporales que suceden y no sin que nosotros podamos comprobarlo: es así como este lugar último se transforma también en un no-espacio paradójico pues nada y todo habita en él. El hastío y la necesidad de un reposo, la enfermedad de la velocidad estacionaria y esa naturaleza para acceder a espacios y tiempos lejanos, tan parecidos a los de la nostalgia, son sólo algunas de las características de estos no-espacios: se mueven sin movimiento, deshabitan el espacio, permiten la abstracción, son pasado, presente y futuro en un mismo momento, etc. Los no-lugares tanto en la ficción como en la realidad son lugares para el reposo y la abstracción, pero también para la transición: un no-lugar puede cumplir la función de puente, traslada al ser hacia espacios reales y metafísicos. La literatura fantástica también utiliza los no-lugares o espacio basura para las introducciones no-reales: por lo general es un portal o un paradigma que magnífica las sensaciones humanas; son espacios transgresores. Un ejemplo claro al que se podría hermanar con Stranger Things es la habitación roja de Twin Peaks, un espacio cercano a lo onírico, una dimensión monstruosa de la existencia donde nuestras apariencias se duplican y deconstruyen hacia el mal. La habitación roja es un no-lugar donde el tiempo y el espacio no responden a la realidad que intenta emular, duplicar. Lo último sumamente importante en Stranger Things.

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Stranger Things retoma la idea de la habitación roja cuando construye una multiplicación de la realidad: The Upside Down, donde habita la criatura. En la serie este no-lugar pretende, como en Twin Peaks, emular los espacios vivos: pero aquí se encuentran muertos, oscuros y en descomposición. Guardan sin embargo una semejanza más: ambos contienen sombras, ficciones y vacío. Es pues una recreación de espacios comunes y normales, pero alterados por una perspectiva distinta, una dimensión alterada. Donde antes había oscuridad ahora hay una realidad podrida. Oscuridad expuesta antes cuando Ele, la niña con poderes mentales, explora este espacio vacío y oscuro en donde habita algo: al contemplarlo su grito abre un portal hacia ese lugar, creándolo asimismo como imagen y semejanza del pueblo donde ocurre la historia. The upside down no es un lugar de transición, sino un no-lugar que pretende hacerse pasar por la misma realidad: es la propia nada, el gran vacío. El portal que crea Ele es en realidad un puente hacia la muerte, el no-lugar por excelencia, y la criatura que encuentra es asimismo una extensión bestial de la nada, un intruso en el vacío; algo más allá de la naturaleza de la muerte.

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La bestia introduce en la historia la idea de la muerte o de la pérdida, del dolor y la ausencia y sobre todo la idea de lo fantástico: es decir, el quiebre de la realidad hacia el horror. No se trata de un animal, como la describe el doctor, sino de una conciencia que habita más allá de nuestra realidad, y que se dedica a cazarnos porque de ahí parte su naturaleza parasitaria: un ser que no tiene rostro y por lo tanto carece de identidad y nombre. Semejante al Bob de Twin Peaks, su inmersión en la historia sólo puede producir maldad o, en el peor de los casos, locura, destrucción.

Ambos, tanto la bestia como Bob, se introducen en la realidad y secuestran a los personajes para llevarlos a ese no-lugar donde habitan; donde jamás serán encontrados: la nada. No soy de teorías, pero quizá Ele al final de la serie haya ocupado el lugar de la cosa, restaurando así la oscuridad y la nada en The Upside Down. Quizá por ello el primigenio culto que ofrece Hopper al final, al ofrecer waffles a Ele, como si se tratase de un respetuoso tributo a su memoria.

Se agradece, en fin, que una serie explore y absorba esa tradición que parecía insuperable luego de La dimensión desconocidaStranger Things asume con madurez su responsabilidad hacia el homenaje y lejos de ser una simple serie de horror se convierte en una de las series memorables y sorpresivas de 2016, pese a sus defectos al manejar personajes y argumentos cliché que se recompensan con una trama adictiva, personajes asimismo entrañables y una buena historia.

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