Do Not Go Gentle Into That Good Night — Eleanor Rigby traduce

No entres dócilmente en esa tierna noche No entres dócilmente en esa tierna noche, vejez debiera arder y delirar al cierre del día, rabia, rabia contra la muerte de la luz. Aunque los sabios ante el final reconocen que justa es la oscuridad pues sus palabras nunca bifurcaron el relámpago, ellos no entran dócilmente […]

a través de Do Not Go Gentle Into That Good Night — Eleanor Rigby traduce

Un amigo y yo estamos trabajando en este blog de traducciones (enfocado en la poesía en inglés). Los invito a que lo visiten y hagan sugerencias.

Harry Potter y la piedra filosofal

La saga Harry Potter tiene la virtud de haber creado un fenómeno literario en plena crisis lectora, pese a las opiniones de críticos estancados en su canon como Harold Bloom. Muchos jóvenes y niños de entonces —ahora de mi edad— empezaron a leer gracias a las aventuras del mago. En ellos hay amor y nostalgia: el amor del primer libro; la nostalgia de la infancia. Además es posible que Harry Potter haya sido junto con Game of Thrones los últimos “prodigios” mundiales antes de la llegada súper influyente de Internet. Curiosamente el regreso de Harry Potter este año con The Cursed Child no se siente tan poderoso como lo fue en su momento.

Yo, sin embargo, de niño, ni las películas había visto por un “trauma”: en la primaria me molestaban mucho porque me decían Harry Potter. Así que nunca se me antojó ver las películas (mucho menos leer los libros) por miedo a verme caricaturizado. Hasta relativamente hace poco vi todas las películas y leí La piedra filosofal, así como esa pequeña joyita de Los cuentos de Beedle el Bardo.

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Tengo una interpretación de esta primera entrega-introducción a la saga de J.K. Rowling: se trata de una exaltación al mundo de la imaginación, donde podemos ser libres, alejarnos de la tragedia del vivir cotidiano e invocar la magia de lo imposible. Los tíos de Harry representan esa sociedad de plástico, unidimensional, aburrida. Harry necesita una metáfora e inventa el mundo mágico para escapar y así evitar el más grande vicio del mundo moderno: el hastío.

(Visto desde esta perspectiva es triste, puesto que al ser un niño solitario inventa también a sus amigos.)

Obviamente, los muros imaginarios y la abstracción que hemos erigido se vienen abajo con los elementos de la muerte y el mal, las tentaciones de lo prohibido: todo esto ocurre en los siguientes libros. La saga termina cuando Harry crece (si no me equivoco, tiene 18 años en su enfrentamiento con Voldemort).

Quizá por ello las personas que vivieron y crecieron en ese mundo mágico (yo ya estoy grande, pero sigo siendo un niño que reseña videojuegos en lugar de libros…) se atrevieron a una cosa que frente a la tecnología y la deshumanización del ser humano pareciera imposible: imaginar.

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Vértigo: de entre los muertos o el artificio del engaño y la repetición

Reconocida posteriormente como la mejor película de todos los tiempos por críticos y cinéfilos amantes de las listas y lo discutible, Vertigo es no obstante la obra más perfecta de Hitchcock. Su perfección radica, precisamente, en su humanidad, sus errores, distracciones. Busca cumplir un objetivo: explorar la psique humana; pero sobre todo la enfermedad de un protagonista. Para lograrlo, la dirección oculta y expone personajes hermosos, en cierta forma, perfectos y así destruirlos por medio de diversos artificios: el engaño y la repetición.

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En primera instancia, la película parece versar sobre lo noir: una trama policiaca desde el que se erige el conflicto profundo del protagonista. El accidente que define su vida será asimismo lo que cumpla dos destinos. Después, y luego de la aparente recuperación progresiva, la dirección narrativa sigue ese precepto policiaco; pero conforme avanzan los acontecimientos, la trama se convierte en un gran conflicto Chestertoniano: los conflictos ahora atañen a la realidad, se vuelven metafísicos al desestabilizar nuestra idea de realidad. Por último, esto pasa a convertirse en otro engaño tanto para el espectador como para el protagonista: un juego cruel, el crimen perfecto. Y finalmente la última parte de la película construye la obsesión de Scottie por moldear a otra persona en la belleza perdida.

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Para ello, después del crimen el guion se adapta por medio de construcciones. La repetición es el gran artificio. Creo que nunca había sido utilizado con tanta maestría y sutileza. Madeleine al parecer ha muerto y Scottie termina justamente afectado por la pérdida: su locura le hace verla en las calles, en cada sitio. Así pues, desde otra perspectiva, los hechos expuestos vuelven: luego de una pérdida, de un accidente producto del vértigo y la acrofobia, Scottie ha visto morir a alguien, ha perdido a alguien. Después contemplamos su aparente recuperación. Luego inicia otra persecución, sin embargo imposible: la búsqueda de ella, la ausente Madeleine. De entre los muertos surge otra mujer idéntica a ella; es otra, doble de la muerta, el verdadero fantasma, ella realmente, sin engaños. Justo después del encuentro comienza una secuencia de repetición moldeada por la obsesión de Scottie, por su control: le hace vestir como ella, pintarse el cabello como ella, visitan los mismos espacios, le dice las mismas palabras de amor. Cuando por fin es de nuevo ella surge una cara del amor, mucho más compleja y enfermiza. La locura del protagonista yace en su control, en despojar a una mujer de su identidad para hacerla parecer a una mujer ya muerta —que en realidad era ella interpretando un papel. Naturalmente las consecuencias de esta repetición de hechos concluyen en la tragedia: una vez más, en las horas previas al amanecer, las escaleras en el campanario y alguien que oye gritos. Scottie construyó su propia tragedia, el reflejo del sino irremediable.

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