10 libros que recomiendo (2016)

Cambiemos de actividad. Siento que la esencia de los listados, y es algo que yo hago cuando sedo al clickbait, es la enumeración en sí, dejando de lado toda descripción y datos y justificaciones que el bloguero pueda agregar (por lo que asumo que esto será ignorado): en pocas palabras, los “lectores” nos saltamos a ver nada más los nombres. Así pues, sólo transcribiré aquí los diez libros que más disfruté durante 2016. Algunos de estos los he reseñado aquí en las memorias.

No leí nada que se haya publicado durante este año. Las pocas novedades que llamaron mi atención sólo confirman mi enojo por la industria de los libros, cada vez más cancerígena. La “nueva” novela de Bolaño ronda los $300 y la de Xavier Velasco igual. Quizá la única obra que “recomiende” de este año sea la edición de los Cuentos de Alfonso Reyes que, pese a su precio algo elevado, vale la pena revisar. No peco de falta de coherencia, pues no estoy enlistando lo mejor de 2016 sino recomendando libros.

Otra prueba de que no hubo obra notable durante 2016 es consultar las listas de “los mejores libros del año”. Las que leí enumeraban libros “nuevos” de escritores como Elena Garro o los citados Bolaño y Reyes: es decir, obras póstumas o recopilaciones. En el peor caso, reediciones. El mismo pecado ha ocurrido desde hace casi seis años. No quiero decir que de plano no exista una obra digna. Pero lo más seguro es que pasen años y años para que pueda apreciarse con dignidad, sin la mierda que rodea al entorno de la “crítica” de hoy, tan afiliada a las mismas editoriales (como el Domínguez Michael y Alfaguara).

10. La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata.

9. Idiotas contemplando la nieve, Alejandro Ricaño.

8. Amores de segunda mano, Enrique Serna.

7. Las armas secretas, Julio Cortázar.

6. Cuatro cuartetos, T.S. Eliot.

5. Obras completas (y otros cuentos), Augusto Monterroso.

4. El juguete rabioso, Roberto Arlt.

3. El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina.

2. El barón rampante, Italo Calvino.

1.  La broma, Milan Kundera.

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7 videojuegos que recomiendo

Antes, un pequeño preámbulo. Fue cerca de febrero cuando hice mi cuenta de Steam, plataforma en la que he gastado mi tiempo durante mis largas vacaciones (medio año). Siempre me han gustado los videojuegos, pero dejé de jugar cuando me robaron mi Play Station. No conocía ninguna plataforma como Steam y una consola nueva era un gasto que prefería usar en libros y películas. Aún así, y sobre todo gracias a mi amigo Hugo, seguí interesado en las historias de algunos videojuegos. Lamentablemente, puesto que nunca imaginé jugarlos, veía Let’s play para estar al tanto, sacrificando el “control”, por así escribirlo.

Cuando empecé a invertir dinero y tiempo en mi perfil de Steam me di cuenta de este grave y último error… No obstante descubrí otras propuestas, sobre todo narrativas que han influido en mi percepción sobre el arte moderno. No exagero: todos los juegos que aquí enumeraré tienen un apartado artístico y narrativo que no envidia a las mejores películas o libros. Lo que más me gusta del videojuego es su gama de posibilidades y el uso de la imaginación como novedad. Es un arte algo infravalorado por la seriedad, pero que tiene una comunidad enorme y sobre todo crítica. Sólo hace falta revisar el tema No man’s sky. Es un público que no se traga cualquier cosa, como sí ocurre en la literatura. Claro que hay mucho contenido basura, pero en general el panorama es duro y crítico, aunque sus pecados comerciales no puedan evitarse.

Sin más, aquí los siete videojuegos que más me gustaron durante 2016 (sin un orden de preferencia). Agregaré su precio normal en Steam:

7. Life is Strange (2015). Desarrollado por DONTNOD y editado por Square Fenix. Deberás tomar decisiones difíciles y todo su apartado narrativo y referencias populares, así como las consecuencias de tus acciones culminan en un final que puede ser trágico pero justo. Para mí sólo hay un final. Se agradece además que los personajes femeninos no se vean reducidos a estereotipos sexuales.

Precio: El primer episodio es gratuito. Los demás, $ 179.99.

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6. Inside (2016). Desarrollado por Playdead. Ha sido difícil pero recomiendo éste ante Limbo por una sola razón: en Inside tanto los acertijos como la jugabilidad conforman una unidad que no fastidia o frustra, cosa que sí sucede con Limbo hacia el final de su historia. Aquel apostaba pues por el fastidio y lo difícil. Inside, por la narración de su distopía.

Precio:$179.99

5. Bioshock (2007). Desarrollado por 2k games. Uno de los videojuegos más influyentes de los últimos años es, asimismo, una experiencia de terror y disparos bastante agradable. Me gusta bastante que toda su narrativa sea contada a través de grabaciones (he leído que así sucede en System Shock, que no he jugado) y pone en duda la complicidad del propio jugador, esclavo de las acciones que le impone el videojuego. Cierto que su historia se antoja algo ambiciosa y sus pasos últimos cojean hasta caer en el cierre: ninguno de sus finales es notable.

Precio: $179.99

4. Portal (2007 y 2011). Desarrollado por Valve. Aquí la saga que reinventó el concepto de puzzle. El primer Portal es perfecto: la historia intuida, los pequeños detalles, los comentarios de las torretas, el cubo de compañía, the cake is a lie, la complejidad progresiva pero justa y GLaDOS, que se resume en el siguiente axioma: no podemos sobrevivir sin nuestros enemigos. La secuela me gusta mucho pero sacrifica la esencia por contar más: los acertijos pasan a un plano secundario y se siente poco balance. Aún así está GLaDOS para enamorarnos otra vez con su corazón de potasio.

Precios: $109.99 y $179.99

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3. Undertale (2015). Desarrollado por Toby Fox. Aquí estoy de acuerdo con mi amigo Hugo cuando dice que entre menos sepas de Undertale mejor.

Precio: $109.99

2. The Walking Dead (2012). Desarrollado por Telltale Games. Justo cuando la serie de t.v. se fue a la mierda este año, juego The Walking Dead y todo lo que estaba bien y me gustaba de la serie aquí se magnifica y engloba en algo sumamente hermoso. Es una historia de duras decisiones, a cambio de una jugabilidad meh. Su final me probó que los videojuegos también pueden hacerte llorar…

Precio: $225.99.

1. Half Life (1998, 2004, 2006, 2007). Aquí una trampa: me refiero a todos los juegos protagonizados por Gordon Freeman. Sólo diré que gracias a Half Life 2 empecé a gastar mi dinero semanal en videojuegos en lugar de libros, como antes… Todo aquí es perfecto y guardo la esperanza de que mi espera para el episodio 3 sea corta…

Precios: Half life y Half life 2 %109.99. Los episodios 1 y 2 cuestan 89.99.

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7 series que recomiendo

Sin preámbulos

Rick and Morty

Pese a su inclinación a lo grotesco, la irreverencia y lo ridículo, Rick and Morty es algo más, algo que propone. Su delirio de continuidad, que pocas veces he visto tan bien logrado en una serie animada, provoca una sensación de cambio y evolución: sus personajes, frente al absurdo de los hechos contemplados, no son los mismos al final de la serie, pese a que su esencia sigue intacta. Rick and Morty es, en fin, una crítica a nuestra insignificante existencia con momentos humorísticos sumamente notables y perturbadores.

Desglosar la trama de esta serie es una tarea difícil. Agregaría nada más que son las desventuras dimensionales de un abuelo y su nieto —el listo y el bobo—, regidas sobre todo por el azar. Con el progreso de los capítulos se nos revela una historia que estuvo escondida o mejor dicho sugerida y que no quiero arruinar: es algo que genera bastante placer cuando, en los capítulos finales, lo descubres.

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Narcos

Al final muere Pablo Escobar, ¿so? Narcos fue una de las sorpresas del año pasado, con un tono crudo y realista, siguiendo masomenos la historia de Escobar. Esta segunda temporada apuesta por explorar las decisiones y el perfil psicológico-humano del narco más poderoso de su tiempo: gana en esto, pero descuida sus personajes secundarios y a los gringos (pero, a quién chingado le importan los gringos). Y si bien el tono permanece, ahora mandan al carajo a la Historia para presentar situaciones que llevarán a la declive de este parce alteradote. La escena final de Escobar es devastadora, durísima y me encanta: es el final justo. Es curioso como la ficción vuelve entrañable y hasta conmovedor a un psycho alterado hijoeputa que viste suetercitos de renos mientras asesina a su antagonista.

Pienso yo que el eje central de la segunda temporada de Narcos es la exploración psicológica del protagonista. Se vuelve algo lenta y todo se resume a los complejos sistema de escape que Escobar inventaba: encerrado en sí mismo y en lo inevitable, contemplamos cómo poco a poco todo se vuelve en su contra, cómo los “buenos” se acercan a él y cómo todo esto junto, además del hecho de estar lejos de su familia, lo afectaba, igual a todo ser humano. Éste es quizá el mayor logro de Narcos, serie que debió terminar aquí…

House of Cards

Y hablando de cabrones, aquí está Frank Underwood ya como presidente de los Estados Unidos. Con tan sólo escribir que Kevin Spacey protagoniza creo que es suficiente para echarle un vistazo a House of Cards. La cuarta temporada de esta serie comparada en sus inicios con Breaking Bad, mejora en contraste con la tercera, aunque ya no logra la genialidad de sus dos primeras temporadas. Aquí sin embargo encuentro el lado más sensible de Underwood: lo vemos vulnerable, en la soledad y enfrentando la derrota, la muerte y, claro, a sí mismo. He leído a muchos amigos y amigas que tienen opiniones encontradas: algunos acusan, con razón, el tono melodramático al que ha cedido en sus últimas temporadas, abandonando la crítica social y política; otros elogian lo bien definido que están Claire y Frank (todo lo demás nos importa una mierda…). Me encuentro yo en medio, pues tampoco me gusta el tono popular que ha tomado House of Cards. Y sin embargo me encanta cómo, poco a poco, igual al cáncer maldito que carcome la vida de un ser querido, los Underwood se acercan a la perversidad y, por lo tanto, a su fin.

 

Stranger Things

Ha pasado medio año desde el boom de Stranger Things, tiempo suficiente para revalorar el contenido de esta serie. La verdad es que se trata de una serie fascinante e imperfecta que se hizo popular gracias a lo entrañable de muchos de sus personajes, al misterio de su trama y a lo accesible que era encontrarla. Netflix, si bien tiene contenido de relleno y muchas de sus propuestas no más no, me parece una propuesta poderosa para acceder a series. Y sé que en 2016 aparecieron grandes trabajos que sin embargo son difíciles de encontrar. Acceder a  Netflix es más sencillo y barato que otras plataformas y es por ello que Stranger Things se convirtió, quieran o no, en una de las mejores series de 2016.

Aquí no quiero describir nada de la trama, pues el misterio y la revelación son parte de sus mejores aciertos. Vale quizá decir que algo parecido a Twin Peaks, una pequeña comunidad encuentra el terror en la desaparición de un niño…

Quizá el único error grave que encuentro en su desarrollo es proponer una segunda temporada (y sé que quizá haya más) a una serie que, sin pretenciones y con amor al género al que homenajeaban, no necesita más.

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Avatar: La leyenda de Aang

Muchas cosas hay que aprender de Avatar. Desde la moraleja final hasta aspectos narrativos como la construcción de personajes. Ahí es donde Avatar se distingue de cualquier otra serie animada que haya visto: todos sus personajes, sin excepción, son memorables, perfectos. Imposible no identificarse con las distintas facetas del ser humano que expone cada uno de los protagonistas. Su historia me parece notable y redonda, pero sobre todo equilibrada. Me fascina que una serie enfocada al público infantil exponga con inteligencia un ejemplo de cómo concluir; cada final de temporada es genial y la conclusión de Avatar es una de las cosas más satisfactorias que he tenido el placer de contemplar.

Venga, que la trama es muy simple: Aang es el avatar y como tal debe recobrar un orden perdido después de que la nación del fuego atacara luego de su desaparición, hace cien años. Con ayuda de sus amigos, este niño deberá aprender a manipular los cuatro elementos en menos de un año, para detener así al Señor del Fuego y traer paz al mundo.

 

Twin Peaks

Después de más de 25 años, David Lynch anuncia el regreso de Twin Peaks, desde mi punto de vista su mejor obra (sobre todo la primera temporada de ocho capítulos perfectos). La serie sólo cometió un error antes de su final: tener a David Lynch. Que no se me malentienda. Lynch abandonó el proyecto para dirigir Wild at Heart con Nicolas Cage, provocando que Twin Peaks pasara a diversos directores invitados que malograron la esencia de la serie y causando finalmente su cancelación y final repentino: en resumen, Nicolas Cage mató Twin Peaks. Aún así Lynch regresó en los capítulos últimos y vuelve a capturar la maravilla que fue esa primera temporada, mas no pudo evitar la cancelación.

En un pueblito tranquilo, donde en apariencia no ocurre nada y se vive una existencia sin complicaciones, la chica popular de la escuela, Laura Palmer, aparece muerta y envuelta en plástico en la orilla del río, desatando el caos y la tristeza de todos los habitantes que la apreciaban y conocían. Con la llegada de Dale Cooper, un detective carismático y adicto al buen café encargado del caso de Laura, se nos desvelará que en Twin Peaks se haya oculto la esencia misma de la  maldad: las apariencias engañan.

Twin Peaks regresará el próximo año y antes de ello vale la pena revisar los mejores momentos de esta serie: el primer episodio sigue siendo el mejor de toda la historia, a mi gusto, y por sí solo hace que Twin Peaks sea obligatoria para aquel que se digne ser fanático de cualquier expresión artística.

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Los recuerdos del porvenir, Elena Garro

I. El centenario de Elena Garro, una de las mejores escritoras mexicanas de todos los tiempos, está pasando desapercibido, pese al drama del cintillo que nos “reveló” una verdad: el desapego de las editoriales con lo que pretenden vender. Desde hace tiempo quería hablar de la crítica que ha aparecido sobre la obra de Elena y lo cierto es esto: que no hay crítica sobre ésta, sino puntos de vista a cerca de la vida de Garro. Me parecen lamentables estos intentos por otorgar “dignidad”, rendirle “respeto” a través de comentarios vacíos que la escritora sabe, leyó o escuchó a cerca de Garro. Por ejemplo, la crítica feminista no le ha valorado más allá de haber sido una mujer que escribía. ¿Qué escribía? Es una de las cuestiones que jamás buscan responder: su trabajo versa en el intento de la denigración de Octavio Paz, provocando que toda la obra de Garro pase a un segundo plano. En los últimos años la crítica feminista ha optado por el discurso de las personas, por comentarios que también son verdades conocidas (decir, por ejemplo, que Neruda y Paz fueron machistas) y por la mala lectura con tal de confirmar posturas personales: ese papel de defensoras de la obra de tal es absurdo, porque no defienden la obra sino una postura personal que ven reflejada en la vida de otro, en este caso Elena Garro. El ejemplo esencial es el cintillo: nadie habló de la obra de Garro ahí expuesta, sino del drama, de la persona. Pocos y pocas hablan de sus novelas y cuentos, todos maravillosos, producto de una artista que supo exponer de forma magistral el axioma también hay poesía en la prosa. Mas muchos y muchas dedican páginas y artículos olvidables a su relación con Octavio Paz, el degenerado, el hombre: ¿no es esto algo parecido al estúpido cintillo? Infravalorar a Octavio Paz, un poeta genial, es también infravalorar la escritura de Garro, quien sufre la influencia no sólo de Paz, sino de toda una generación de escritores y escritoras estupendos: Alfonso Reyes, Juan Rulfo e incluso Nellie Campobello (nótense los parecidos críticos entre Cartucho y Los recuerdos del porvenir. La crítica feminista, la crítica de Elena Garro, está pasando de largo lo más importante: Elena Garro, Josefina Vicens, Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Nellie Campobello y Amparo Dávila publicaron quizá las mejores obras del último siglo. Y la más poderosa es Los recuerdos del porvenir.

II. Los recuerdos del porvenir se considera precursora del realismo mágico y, siendo sincero, me parece que más precisa que 100 años de soledad de García Márquez en el acto de perfilar el nacimiento y destino de una dinastía o familia de “héroes” que mantiene una íntima unión con la conciencia del espacio, del pueblo Ixtepec, así como con la vida y muerte de sus habitantes. El logro de Garro sobre la obra de Márquez es asumir una presencia absoluta como narrador: el espacio mismo, quien contiene la memoria de todos sus personajes, ya extintos. Irónico que el espacio sea contenido en el vacío: una extensión del olvido humano.

Novela sobre la memoria y el tiempo no sólo del olvido de un pueblo, sino del caótico México durante la guerra cristera: México siempre bíblico y bifurcado; como Jano, dos rostros contemplan distintos horizontes; están unidos desde sus propias contradicciones. Y aquí es donde Los recuerdos del porvenir se introduce en una tradición de novelas sobre la identidad mexicana: aquí prescinde del monstruo de las ciudades, buscando retratar la vida de esos pequeños pueblos que son arrasados por la tempestad de las circunstancias trágicas: lugar dispuesto para el héroe que se sacrifica, para el amor mortal, fantástico como todo amor, y para la memoria del porvenir.

Las primeras líneas de un libro por lo general definen los elementos de su esencia. Los recuerdos del porvenir tiene uno de mis comienzos favoritos, donde se condensan los dos elementos más importantes de la novela: la memoria y el recuerdo del instante futuro. Toda memoria está condenada a una ilusión del tiempo, a una experiencia de lo invisible:

Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.

La personaficación espacial puede englobar la presencia de un México cómplice de nuestros pecados y tragedias, asentado en la nada y “melancólico” al encontrar su imagen en el polvo, las hierbas, “encerrada” y “condenada”: es decir, una magnificación del vacío, pasaje de lo desolado.

Al recuperar la memoria dual del ser mexicano, es decir el moderno y el prehispánico, la novela expone su postura frente al devenir, la tempestad identitaria que por aquel tiempo Josefina Vicens retrataría en El libro vacío: aquí la memoria del hombre cotidiano, no ya del héroe, es atormentada por un deseo de fijarse en la historia. ¿No es la literatura fantástica una duplicación de la novela existencial? O sea, no hay nada más fantástico que el absurdo de la existencia…

III. Hay algo en lo que estoy de acuerdo con la crítica de Garro: es sumamente vergonzoso que hasta hace poco la obra de Elena Garro fuese tan difícil de conseguir. Y esto es más grave que el cintillo editorial: habla de la indiferencia de las grandes editoriales por reeditar por su centenario la obra completa de Garro. Aquí la comparación es lamentable pero necesito hacerlo: durante el centenario de Paz, su obra, que también era difícil de conseguir, se reeditó y difundió, facilitando su acceso y memoria. Es urgente, pues, que se haga lo mismo con Elena: que se publiquen de nuevo sus novelas y cuentos menos conocidos, sus ensayos y poesía, de los que nadie habla (¡porque no hay material!) y su obra teatral. Confío en que se hará, porque hay interés en la figura fascinante de ella como escritora, más allá de dramas y polémicas: aún guardo la esperanza en el porvenir.

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Dave Brubeck’s Time Out

El 14 de diciembre se cumplirán 57 años de Time Out, un ejemplo del genio y quizá el álbum más importante del jazz contemporáneo, que obtuvo primero el desconcierto y la negatividad de una crítica sumamente conservadora: la ironía, en fin, pues el jazz ajusta sobre todo los principios salvajes de la liberación y el desenfreno. Y otra ironía, pues desde mi punto de vista, Time out es atrevido, experimental pero siempre con una base de inteligencia matemática y exactitud metódica impresionantes: venga, que Brubeck se inspiró para “Blue rondo a la turk” en ritmos totalmente desconocidos para mí (y el mundo salvo Brubeck), con nombres turcos y griegos impronunciables, ritmos extraños que no se habían escuchado en el ambiente musical de su tiempo. La crítica, como el Bruno cortazariano de “El perseguidor”, se arrepentiría de sus juicios y hoy el álbum es considerado un pilar de la música moderna. In your face.

Aquí Brubeck y su cuarteto mezclan los ritmos del jazz con elementos de vals, con tiempos desconcertantes e inusuales —en una música tan inusual como el jazz— como compases de 9/4 y de 5/4 y demás cosas wikipediosas que puedo apuntar para que me crean que Time out es complejo desde el aspecto estructural y compositivo.

Lo que conmueve, sin embargo, es la belleza de todas las piezas, donde cada nota parece transmitir una imagen, una emoción y un sentimiento de grandeza: “estás escuchando algo magnánimo, algo fuera del tiempo”. Y es que Time out maneja una idea de lo accesible, de lo armónico, digno de admiración, que lo distingue del jazz más salvaje a lo Parker y  Coltrane, cuya obra se me antoja algo más difícil de digerir. “Take five”, quizá la canción más reconocida, será un digno ejemplo: todos los instrumentos destacan y se siente esa atmósfera que mezcla los elementos más bohemios con esa perfección musical, donde resulta difícil denotar si hay algo de improvisación que, creo yo, es su rasgo notable. En un sentido coloquial, las canciones de Time out son pegajosas: de ahí su popularidad y el enojo de los críticos, que tienen ese prejuicio ñoño de todo lo popular, toda la masa, es un ejemplo de decadencia y salvajismo. De hecho fue la gente quien primero otorga ese estatus de culto al álbum y también por ello es uno de los discos de jazz mejor vendidos de la historia.

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Este fue mi disco favorito de todo lo poco que escuché en 2016. Para mí fue uno de esos descubrimientos del azar que te cambian por completo el panorama, tu percepción de belleza, los principios más elementales del jazz y aquello que llamamos gusto. Antes de Time out no había leído nada acerca de jazz contemporáneo. Se trata de un capricho crítico, esa tontería de las etiquetas, de las distinciones, para poder ordenar, para distinguir el jazz del jazz (así de absurdo como se lee). Para mí es uno de los mejores discos de jazz (así a secas) que he escuchado, muy cercano a las atmósferas e imágenes, a esos ritmos pegajosos y calculados de George Gershwin, la sensación de vivir en esos suburbios llenos de color y humo, de secretos y dramas cotidianos a lo Mad Men, esa tristeza que hay en los ojos que no miro de la gente.

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7 películas que recomiendo

He estado ausente. El motivo es sencillo: burocracia y pereza son una mezcla terrible. Sin embargo, he decidido hacer algunos cambios en el concepto de mis memorias del zapallo. El más importante será el tono cada vez más personal de mis entradas, abandonando el usual tono “científico” de las reseñas y textos que aquí he publicado. Habrá, en fin, más opiniones y listas como estas. Hoy quiero recomendar siete películas que miré durante 2016. Podría nombrarla “lo mejor de 2016” pero, desafortunadamente, vi pocas películas estrenadas durante este año (en México) y sólo una de ellas está incluida en mis recomendaciones, pese a lo divertida que es Sausage party y el Oscar que The Revenant le mereció a Leonardo DiCaprio.

Otro aspecto culpable está vinculado a una noticia triste. A mediados de 2016, Cultmoviez, la mejor página para consultar películas de manera gratuita, “desapareció”. Según sus administradores, su regreso no tarda… pero ha pasado casi medio año y no hay noticias del blog. Ahí era donde yo descargaba las películas. Al desaparecer Cultmoviez también lo hicieron mis ganas de ver películas con la obsesión que distingue al cinéfilo.

7. Incendies de Denis Villenueve (2010)

Villenueve, podría decir, es el director que descubrí este año. Aunque Enemies se trate de una película maravillosa, Incendies es mi recomendación debido al impacto emocional y trágico de sus imágenes: hay algo conmovedor en el desastre. Al director le interesa el retrato de personajes derrumbados, en el abismo más bajo de lo humano: no resulta sorprendente entonces que su filmografía busque y encuentre relatos en los conflictos bélicos. Su más grande acierto, desde mi punto de vista, es su humanización: el retrato que ofrece Incendies de la guerra en medio oriente se vive, se siente carnal. Y sin embargo existe algo de esperanza, de redención y descubrimiento. La historia de los dos hermanos que buscan desvelar el pasado de su madre recién fallecida y la vida de la mujer que cantaba mientras los monstruos, más cercanos a nuestra sangre de lo que imaginamos, violentaban su cuerpo, su vida y en fin, su destino. ¡Atención con el plot twist final!

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6. Spotlight de Thomas McCarthy (2015)

Uno de esos felices hallazgos en la cartelera de mi ciudad, Spotlight es la radiografía misma de la complejidad que existe a la hora de practicar el periodismo, que puede cubrir crímenes detestables o puede denunciarlos, dependiendo de las caras e instituciones que los manejen. El relato real de un grupo de periodistas del Boston Globe que toman el riesgo de destapar una serie de escándalos vinculados a la pederastia de ciertos curas en Estados Unidos es poderoso y lamentable: desde The Wire no se veía a la corrupción humana con la misma desnudez. La iglesia queda, como siempre, mal parada frente a sus pecados.

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5. El día de la bestia de Álex de la Iglesia (1991)

Sin en Spotlight se ataca a la iglesia como institución fallida, en El día de la bestia, a través del humor, pone en duda todos sus principios. En esta película, que mezcla el sarcasmo con el terror a lo bestial, un padre un poco loco se convierte al pecado, para poder invocar al demonio y asesinar al anticristo. Las medidas que adopta y los pasos que sigue el padre para lograr su cometido, los personajes deformes y extraños pero curiosamente entrañables, únicos y ese guion extremo y jodidamente divertido que, en su momento y hoy, tiene una vigencia escalofriante son sólo unos cuantos aciertos de una obra monumental del humor español:

“—¿Hijo… tú pecas?”
“—Sí padre. Yo peco la hostia”.

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4. Trois Couleurs: Bleu de Krzysztof Kieslowski (1993)

Cierto día platicaba con un amigo sobre la belleza del aburrimiento, es decir, que el aburrimiento puede ser, de alguna forma, entretenido. Hablábamos de películas y libros que podrían considerarse (o son considerados) aburridos pero notables. Mi amigo describía que Melancolía de Lars Von Trier le había aburrido tanto… y que sin embargo la encontraba hermosa. Yo le hablé de la primera película que vi durante este año, Bleu, obra que inicia la trilogía de los colores de Kieslowski. Compleja y en cierta forma “aburrida” porque pocas cosas suceden, encuentro en ella una sensación de belleza indescriptible: quizá por sus imágenes y por lo no contado. Su hallazgo no está en contar un relato harto común (una mujer que pierde a su marido e hijo en un accidente automovílistico) sino en describir, por medio de símbolos y silencios, a través, en fin, de la lentitud una historia de los sentimientos de culpa y pérdida que pueden aquejar a una persona hasta la bifurcación del destino: la destrucción total o el renacimiento.

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3. Lock, Stock and Two Smoking Barrels de Guy Ritchie (1998)

Guy Ritchie miró Pulp Fiction y se obsesionó al grado de imitar en Snatch y en Lock, Stock and Two Smoking Barrels muchas de las premisas de la obra maestra de Tarantino. No obstante, siento que en la segunda Ritchie rinde homenaje más fresco a Tarantino antes de imitarle lo que él asimismo imitó de sus maestros. Unos chavos intentan estafar a un reconocido mafioso y terminan estafados por él: deben conseguir el dinero en menos de una semana; así que planean un robo a otro grupo criminal del que nada bueno puede salir. Emocionante y genial, esta película la vi dos veces seguidas en aquella ocasión, y todavía me sigue pareciendo la única vez que Ritchie superó a su maestro.

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2. The Truman Show de Peter Weir (1998)

Siento que ninguna otra obra de carácter nihilista refleja con tanta sinceridad, con tanta pureza lo que es el conflicto que existe entre el ser y Dios, entre el creado y el creador, como lo es The Truman Show, una película perfecta y triste, sumamente triste, en la que se critica el carácter “Gran Hermano” que le hemos dotado a los medios de comunicación, así como de la deshumanización del ser frente al espectáculo. Al final, ante las murallas ontológicas, esa prisión disfrazada de paraíso hecha especialmente para cada uno de nosotros , siempre habrá un poco de esperanza y libertad.

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1. The Apartment de Billy Wilder (1960)

Antes de que Netflix la quitara de su catálogo, The Apartment era la mejor película que podías ver en esta plataforma, hecho que me hace extrañar mucho más a Cultmoviez. Hablé hace algunos meses de esta película aquí en el blog y mi opinión no ha cambiado nada. Se trata pues, de la reinvención de un género, hoy sobre explotado: la comedia romántica. Se trata del mejor director de todos los tiempos: Billy Wilder. Y se trata, quizá, de la mejor  y más sincera visión del amor que jamás se ha retratado en el cine. No hay experiencia parecida al primer acercamiento a The Apartment, una de las mejores películas de la historia del cine.

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