Recuérdalo, Coco

¿Desde cuándo nosotros, como espectadores, buscamos la identificación cultural en una obra? Esto es lo que más se le critica a la última película de PixarCoco (2017). La discusión me parece interesante aunque solo en un propósito fuera de la película. La verdad, ésta aparece cada vez que alguna producción enorme imagina desde otros espacios a México. Ocurrió en Sicario, por ejemplo. Hay que tomar lo mejor y lo peor de estas discusiones y poder aplicarlas a la obra en sí, ignorando lo que dicen algunos que incluso nunca ven estos productos por equis o ye motivos.

Yo como espectador, cuando me acerco a una muvi o a un libro, no busco el retrato de mis ambiciones culturales, de mis espacios geográficos o lo que sea. En el caso de Coco, no esperaba en realidad nada. Llegué a ella por azar. Ese día cancelaron la función que había planeado ver: La mosca. Nos dejaron entrar a cualquiera de las funciones y optamos por ella. Quizá por eso me fascinó esta primera vez. Pero como me gusta ser duro con las cosas que más aprecio (de ahí mi fracaso en las relaciones humanas), decidí verla de nuevo. Mi opinión cambió un poco y pretendo en este breve texto exponer los aciertos y errores que encontré.

Escribiré primero las cosas que me gustaron de Coco.

Para mí, lo mejor de esta película: la música. Admito que lloré dos veces aquel día. Y ayer, nuevamente, pero solo una. Siempre lloro en los cines. Por cualquier cosa. Pero esto, es siempre culpa de la música. Aquí me parece utilizada de forma súper efectiva y es complicado no crear un lazo poderoso con nuestros propios recuerdos. Yo pensé en mi abuela. Quizá en este sentido la película sea algo tramposa. Sin embargo, me parece estupendo que la canción “Recuérdame”, que suena cerca de tres veces en diversas versiones, cambie por completo: de un significado en principio vacío y superficial, a uno totalmente conmovedor y triste. En un aspecto social, fue genial que se representara la importancia que en México se le da a la música y creo que por ello es imposible escapar a las ganas de llorar, pues forma parte de una manera cultural de asumir el dolor, el olvido y la muerte.

Otra cosa digna de interés la encuentro en la inspiración melodramática de la que la obra bebe, o sea, toda una tradición visual de México: el cine de oro (representado en el antagonista, retrato de Pedro Infante), las telenovelas y la pintura. Bajo esta perspectiva, la película se toma algunas licencias y parodia estos discursos creativos. Por ello, los personajes no tienen la profundidad característica de otras obras de Pixar. También por esto la creación espacial pareciera imitar la de estas películas, que tienen como escenario no las grandes ciudades sino los ranchos o pueblos pequeños. Esto último no me molesta del todo porque lo importante no son ellos ni este espacio, ni la aventura siquiera, sino la representación del Día de Muertos.

Y aquí es donde ciertamente la película enflaquece. Su visión del “más allá” es, sin quererlo, ofensiva. Visualmente es linda la representación, pero idealizada. También me gusta el papel de Dante (el perro) y los alebrijes, que son guías espirituales y recuerdan a ese mito prehispánico que reza que los animales nos ayudan a cruzar el río del olvido. Sin embargo, a pesar de tener además algo de “mitología” propia (que exista otra “Muerte”, un olvido definitivo), la representación de una “metrópolis”, con sus propios estratos sociales y demás, solo pudo haber salido de una ideología norteamericana. Al retratar una tradición mexicana como tal, resulta incluso traumático crear, en esta región imaginaria, una especie de aduana para cruzar la frontera (¡hay un maldito puente hecho de cempasúchil!) donde los cementerios representan el lugar deseado y en el cual, si no tienes el prudente permiso, no puedes cruzar. Al contario, primero te detienen, impidiendo que no veas a tus seres amados (¡deportación, migración y familia, por dios, qué pensaban!). La burocracia gringa en su estado más trumpiano y horrible.

En fin, otras cosas menores que me molestan (solo a mí): cuando los protagonistas interpretan canciones, mandan al demonio los micrófonos; que al ser una película sobre la familia, se explore tan poco la relación que tiene Miguel con sus papás (cómo rayos se llaman). Este retrato de la familia tradicional mexicana que en contraste con la estadounidense, se edifica como “lo más importante”, será el mensaje, bastante obvio, de la película. Sin embargo, al enfocarse en un público infantil, no molesta o empalaga dicho propósito, aunque tampoco sea notable.

En fin… Coco, entrañable, imperfecta y triste, merece todos los comentarios, justos e injustos, que despierta.

Juan Cartablanca

COCONUT

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