El chisme como herramienta eficaz para divulgar la literatura

I. Fue primero la palabra. Luego, el chisme.

Durante años, quizá demasiados, se debate el cómo hacer que los más pequeños y los más grandotes lean a los “clásicos”. Mejor escrito: cómo hacerles leer el canon que ha horneado la academia.

No hay que obligar a nadie a interesarse por la lectura. Eso llega a veces solo, a veces por virtudes más allá de nuestra comprensión. Lo que algunos locos llamamos azar y otros milagro.

Sin llegar a podas monumentales y ediciones incompletas de tales obras maestras, una manera eficaz, y por la cual yo llegué a interesarme en la literatura, fue el chisme.

Esto pasó en la preparatoria. Mi profesor de literatura era una persona bastante bizarra y su mirada sigue en mi cabeza con esa sensación parecida a la que produce la voz de Dross o los videos de Björk. Nunca estudió literatura, pero le habían dado esa clase a su pesar.

Sin embargo, este profesor utilizaba el chisme para hacer que sus estudiantes se interesaran en los libros (en las historias, pues).

Era súper efectivo. La prueba está en que todavía recuerdo cómo sucedió y qué lecturas hice por aquellos años en los que la memoria no tiene aportes interesantes. Los darks: Poe, Sabato, Fadanelli. Los amorosos: Sabines, Benedetti, Neruda.

Cierto día el profesor llegó a clase y nos dijo: “Les voy a contar un chisme”. Después se puso a dibujar dos monitos de palo en el pizarrón. “Imagínense a un chico y a una chica. Este se llama Paris Ella, Helena”.

Dispuso a contarnos, con las virtudes de Paty Chapoy, el conflicto que conllevó a la guerra de Troya, no omitiendo jamás los detalles más ricos, pero sí dejándonos con la clásica cosquillita en el estómago que nos obliga a decir “¿y luego?”

Nos chismeó que el tal Paris había generado la discordia entre las diosas. Nos chismeó que Elena era esposa de un vato que se llamaba Menelao; que el Paris se la bajó para llevársela a Troya y que por ese motivo empezó la guerra. Nos chismeó el ingenio de Odiseo. Nos chismeó que Aquiles era un joven bello y fuerte que se había “agarrado a tiros” con un tal Héctor, porque éste había matado a su amigo-novio Patroclo. Nos chismeó el asunto del caballo, en donde ingeniosamente se encontraban ocultos los griegos.

No nos contó qué había pasado dentro de las calles de Troya una vez que la trampa había sido instalada…

II. Hay algo de ontología en el chisme. Podrá o no gustarnos, pero produce complicidad e interés. Los juicios o prejuicios que surgen de una persona o asunto son a causa del chisme que existe detrás. Gracias a éste, podemos emitir nuestra simpatía o rechazo, en el caso de la literatura, hacia las ideas que se transmiten en un texto o hacia la figura del autor.

El chisme literario debería ser suficiente para introducir la espinita de la curiosidad en los autores que leeremos. Esa curiosidad que no satisfacen las listas de mejores libros, por ejemplo, pero sí la entrevista.

Conocer las opiniones o secretos de un autor solo alimentan su carácter mítico. Eso despierta interés en los posibles lectores o en las personas que no lo son. Hay un conocimiento previo a la lectura, una sensación de querer saber qué piensa sobre un tema de nuestro gusto, qué opina acerca de nuestra escritora favorita…

Por ello el éxito editorial de las epístolas y diarios. Los lectores buscan conocer a fondo a sus ídolos. Su inteligencia, sus manías a la hora de escribir o leer. También sus sentimientos, su sensibilidad ante temas como el amor o la familia. Algunos llevaron este género a la maestría, alimentando chismes deliciosos: Henry Miller, Salvador Novo, James Joyce, Joan Didion, Anaïs Nin, Alejandra Pizarnik y Bioy Casares, entre otros y otras.

Alguno encontrará en estos textos algo parecido a sus propias vidas. Y el escritor deja de ser un ídolo para ser nuestro conocido.

Nuestro amigo.

III. Todo chisme es difusor. Difunde información sobre cosas que quizá no debamos saber, pero que nos gusta saberlo. Por eso el chisme es difícil de olvidar. Y después, lo compartimos:

Oye, ¿sí sabías que a Björk le enviaron una bomba a principios de los 2000 y nunca llegó?

 

Oye, ¿sabías que Papasquiaro leía en la regadera?

 

¿Sabías que Cervantes leía los papeles que encontraba tirados en la calle?

 

¿Sabías que Julio Cortazar podía tocar la trompeta?

 

¿Que Jorge Luis Borges, ciego, erraba con su madre las librerías buscando gente que le leyese en voz alta?

Son minucias, en efecto, pero nos hemos apropiado de ellas. Ya son nuestras, morbosamente, y luego serán de quienes escuchen o lean el chisme.

Esto evita el hermetismo que nos producen las biografías neutrales, los datos y fechas vacíos de contenido. Ahí falta emoción. Si no existe pasión, la persona que nos escucha no se contagia.

El chisme es una pasión secreta. Cuando es sabroso, se propaga como una enfermedad. La era de internet tiene un mejor término: se vuelve viral.

IV. El chisme puede volverse nocivo. Llega a ser destructivo cuando se lo propone.

Pero se evita esa cualidad destructora cuando chismeamos libros. Si lo hacemos bien, quizá nuestros conocidos, familiares y amigos aventuren a hojear equis novela o a conocer a determinado escritor.

Mi mamá, por ejemplo, solo leyó mi poemario (por publicarse) porque le dije que se lo había dedicado a una mujer. No le dije que esa mujer era Joni Mitchell.

 

 

V.

Los libros son chismes que cuentan los fantasmas de la imaginación.

Juan Cartablancas

chismes

 

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