El erotismo en Fruta verde, de Enrique Serna

Partamos desde Georges Bataille, quien define al erotismo como “la aprobación de la vida hasta en la muerte”.[1] Bataille divide la experiencia del erotismo en tres: erotismo de los corazones, de los cuerpos y de lo sagrado.[2] No obstante, como él mismo señala, cualquier erotismo es sagrado.[3] Y, sobre lo último, escribe que cualquier “operación del erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento”.[4] El erotismo, en resumen, atañe a la violencia de los cuerpos, en el caso del primer erotismo, cuyo fin es el de la muerte a partir de la destrucción del otro o del yo; en el de los corazones, el fin es fundirse en el ser del otro, sin la violencia de los cuerpos: “el ser amado es para el amante la transparencia del mundo”.[5] Se trata a fin de cuentas de la entrega vinculado con la idea del amor. Estos dos tipos de erotismo son complementos de lo sagrado, en la que el individuo busca ser uno con un “más allá de la realidad inmediata”.[6]

Enrique Serna en “La represión atea” encuentra en el erotismo una conciliación de la inteligencia con las virtudes vulgares de la carne: se hermanan la razón y el cuerpo, para alcanzar el espíritu. Escribe:

El erotismo es el homenaje que la inteligencia rinde a la vulgaridad de la carne. Reconocer sus fueros no significa necesariamente idealizarla: solo admitir humildemente que, a pesar de nuestra orgullosa razón, tenemos que saciar su hidrópica sed o resignarnos a un amargo sucedáneo de la existencia. La tiranía del cuerpo nos exige poner a su servicio la misma facultad intelectual que usamos para emprender los vuelos más altos del espíritu.[7]

La inteligencia necesita de la liberación de la carne para sobrellevar la existencia. Será el erotismo el medio para emprender dichos vuelos espirituales. Por lo mismo, Bataille ha dotado de sacralidad al culto entre el cuerpo y lo que está más allá. Este asunto ha sido señalado ya por Ignacio Solares, cuando dice sobre Fruta verde que lo intelectual y lo sensual resultan ser las servidoras del deseo.[8] Para impedir esto, la concepción represora de la Iglesia judeo-cristiana ha establecido reglamentos morales en la sexualidad de sus súbditos. Sin embargo, Serna no encuentra en lo último una imposibilidad del erotismo: “Nos hemos acostumbrado a pensar que la moral judeocristiana es el peor enemigo del erotismo, pero la verdad es que sus prohibiciones siempre han sido un acicate para la lujuria. De hecho, Georges Bataille creía necesario mantenerlas vigentes para exacerbar el deseo”.[9] Las anteriores palabras de Serna deben tomarse en cuenta para entender los motivos de Fruta verde: sus personajes luchan contra esta represión del cuerpo y el espíritu, y tienden a buscar la liberación a través de estímulos. Las prohibiciones siempre alimentan el deseo carnal. La lucha siempre fracasará, puesto que el olvido o la muerte se imponen ante el ser deseado. Mas como dice un viejo refrán, la curiosidad mató el gato, pero el gato murió satisfecho.

Javier Munguía, en su ensayo “Enrique Serna, el arte como una forma elevada de entretenimiento”, escribe que Enrique Serna “ataca con especial ahínco la represión de los más íntimos deseos en favor de la moral conservadora”.[10] Esto influirá en la construcción de sus héroes y antihéroes pues, como advierte Munguía, “si algunos de sus personajes se frustran por seguir los dictados de la moral retrógrada, otros son transgresores y exploran facetas poco aprobadas de la sexualidad, como la bisexualidad y las relaciones múltiples”.[11] Aquí encontramos las posturas y perspectivas de los protagonistas opuestos en Fruta verde. Por un lado, se encuentra Mauro Llamas, que defiende el derecho de amar a quien se le dé la gana, sin importar las represiones y prejuicios que la sociedad tiene de la homosexualidad. En la otra esquina se encuentra Paula Recillas, quien pone ante todo sus principios morales, representados sobre todo en la fallecida madre, y los cuales defiende sobre todo por la costumbre de defender tradiciones pasadas de moda. No obstante, en su pensamiento sí trasciende esa muralla moral al fantasear con Pável. Sin embargo, su deseo de derrumba llega tarde y encuentra al joven con otra mujer.

Los personajes viven el erotismo de diferentes formas: Germán, en su primera experiencia sexual, concibe un erotismo idealizado, una idealización sagrada tanto de lo carnal como de su amada Berenice. Germán lee a ella las iluminaciones poéticas del Rubaiyat, poemario donde la embriaguez y el deseo exaltan la libertad de las pasiones. El narrador se adentra en la vivencia de Germán para explicar su primera experiencia erótica:

Obediente al mandato superior de la poesía, ella misma tomó la iniciativa y abandonó su lánguida mano entre los dedos de Germán. Pasaron de las palabras a los silencios, de los suspiros a las caricias nerviosas. Germán interrumpió la lectura, o más bien la continuó con el tacto, como si la piel que ahora tocaba fuera una emanación del lenguaje. Ciñó a la odalisca por el talle, y al beber el dulce vino de sus labios, donde el plomo de la vida se transmutaba en oro, sintió que despertaba de un profundo letargo para encontrar el camino de la salvación.[12]

Conviven aquí la experiencia mística de la poesía y la trascendencia del ritual de las palabras al de los silencios, que ofrecen mucho más que el lenguaje; pasan también al lenguaje del tacto, al reconocimiento del otro. Así pues, Germán concibe en este primer encuentro un erotismo de carácter amoroso. Sin embargo, se trata de uno idealizado, como la poesía, pues no es del todo sincero. De la misma manera en que su lectura fue interrumpida, sus sentimientos por Berenice se ven enfrentados a la presencia extremista de la madre de ella, lectora de Juan Salvador Gaviota y que no permite que su amor se consuma. El erotismo se queda sólo en la palabra, mas no llega jamás a la unión.

Paula, en cambio, vive una especie de erotismo de la fantasía. A través de su imaginación, hace aquello que su moral no le permite: entregarse al deseo de ser la tía Julia, para Pável, el escribidor, transgrediendo cualquier prohibición impuesta por la sociedad. De esta manera, en un momento esencial de la novela, donde vemos a Paula decidida a cumplir con sus deseos sin importar el qué dirán, leemos los deseos de ella a través de un narrador omnisciente neutro:

Puso el disco en la tornamesa, encendió un cigarro y con los ojos escuchó la primera canción: “Sabor de fruta verde, de fruta que se muerde, de carne de manzana del bien y del mal…” Un vapor narcótico la condujo en volandas a un huerto encantado. Pável desnudo a la sombra de un manzano, con una corona de pámpanos en las sienes. Sucumbir a los encantos de su inexperiencia, dejarlo pulsar a ciegas las cuerdas del placer, los pezones erguidos para amamantar a la criatura que por fin se atreve a ser hombre. […] Al carajo los impedimentos sociales. Reconocería con valor civil que amaba a ese párvulo ante cualquier tribunal.[13]

Suena el bolero que da título a la novela e inicia la fantasía. Nos adentramos a la imaginación de Paula, “un vapor narcótico” que la ha conducido al cuerpo desnudo de Pável, como si fuese la representación de Adán en un paraíso bucólico que pronto estará perdido. Luego entregarse a él, que ambos cuerpos sucumban a la entrega. Y, por último, todo impedimento social es mandado al carajo. El comportamiento de este personaje, así como el de Germán y Mauro, cambia cuando se pone Fruta verde, cuya letra habla sobre la tentación de lo prohibido. Como si dicho bolero encendiera en ellos sus deseos más íntimos, cual hechizo accidental y erótico: ese sabor agridulce de la perversidad, como dice la canción. El propio Serna, en una entrevista, admite el carácter mágico de los boleros prostibularios de Agustín Lara, Álvaro Carrillo y Roberto Cantoral:

Mi educación sentimental viene mucho del bolero, sin duda. En eso soy un poco anacrónico porque debería venir del rock o de otros géneros musicales, pero me encanta la estética del bolero, en particular de los boleros prostibularios. […] Pienso que realmente hay un arte de amar en el bolero que corresponde mucho a la realidad, por eso lo he utilizado a veces como motivo simbólico en mis libros, concretamente en Fruta verde.[14]

Quizá el motivo simbólico que dice Serna sea el de la entrega al otro. La música, así como la poesía del Rubaiyat, está relacionada con el erotismo sagrado, puesto que hace que los personajes se entreguen al ritual de sus deseos y al sacrifico de su cuerpo, a través de una fuerza abarcadora. En este caso es la melodía de Fruta verde.

Enlazamos esto último con el encuentro sexual que por fin se da entre Mauro y Germán. Lo narra el último en su diario, por lo que leemos otra vez la experiencia de él, pero ahora través de un “yo” narrativo. Suena de nuevo Fruta verde y escribe Germán: “Seguí escuchando con embeleso, transportado a un edén prohibido, con manzanos y naranjos en flor, donde una ninfa desnuda bebía agua en un arroyuelo”.[15] Igual que Paula es transportada por esos vapores del erotismo, Germán entra al mismo “edén prohibido” donde el imaginario del deseo, es decir, manzanos, naranjos, jardines, arroyuelos y ninfas desnudas, funcionan como un indicio hacia la entrega póstuma:

No, por Dios, alcancé a protestar, pero una erección categórica le restó autoridad a mi queja. Caliente y asustado a la vez, intenté una débil y tardía resistencia verbal desmentida por mi quietud. Durante los breves instantes en que Mauro me sacó el pito de la bragueta y se lo metió en la boca, debo haber repetido quince veces la palabra no y en todo momento mi negativa quería decir sí.[16]

Más adelante escribirá la idea mencionada antes acerca de la transgresión de lo prohibido que luego pronunciará su madre: “¿Para qué azotarme entonces como si hubiera cometido un sacrilegio? Al carajo con la culpa cristiana: ni yo ni nadie saldría lastimado por un simple capricho experimental”.[17] En este caso, Germán manda al carajo la “culpa cristiana”. Sin embargo, cataloga su encuentro como un “simple capricho experimental”. Intuimos que el narrador miente, porque dichos “experimentos” serán frecuentes entre ambos.

No obstante, antes de este encuentro, que es el deseo mayor de Mauro, éste ha sido rechazado en diversas ocasiones. En una de sus peleas con Germán, quizá la más dura, Mauro sale en busca de una aventura, para saciar su deseo: leemos aquí el erotismo de los cuerpos, que busca la devastación del yo y del otro. Sin embargo, su búsqueda prostibularia le sale trunca y sube al auto de unos jóvenes homófobos y cristianos. Ellos golpean a Mauro y justo en lo más bajo de su experiencia, en ese infierno previo a la muerte, el narrador añade estas palabras:

El amor siempre fue un lejano punto de fuga, un pálido resplandor en el horizonte, como el paisaje que huye por la ventana de un tren. Por dejar de perseguirlo se había quedado con las manos vacías, buscando a tientas un placer escabroso, que pide la sombra para la consumación de su miseria. Un chisquete de gasolina en los ojos le devolvió la sensibilidad perdida.[18]

Por entregarse a los impulsos de la venganza y, gracias a diversas decepciones en el amor, Mauro deja de buscar al amor, ese “lejano punto de fuga”: con sus manos vacías, se entrega a la miseria, a esa representación de la muerte. En la agonía, Mauro imagina dos cosas: La primera son sus creaciones que jamás nacieron en el papel y que terminaron en su pensamiento. Estos le hablan: “Déjanos nacer, tenemos mucha luz guardada aquí dentro”[19]. La segunda es el llanto distorsionado de Germán, que acompaña los compases de su réquiem. Luego, el narrador se desprende del punto de vista de Mauro y le habla de tú, como un reproche al abandono: “Por renunciar al supremo deseo, por tu indigna servidumbre sin alas, te robaron los días de esplendor en la hierba”.[20] Protagonista que al renunciar al “supremo deseo” ha perdido el paraíso, el pecado de Mauro será entregarse a la destrucción por un impulso de furia hacia el ser amado. Él mismo juzgará, en un ejercicio de autocrítica, su acción: “Esa noche no estabas buscando un encuentro sexual; saliste a buscar la destrucción y por poco la encuentras”.[21]

Finalmente, el erotismo sagrado se ve representado en el ejercicio creador de la escritura, que dota a la novela de una estructura circular: Paula transcribe, en vida, el primer cuento de Germán. En la muerte, al final de la novela, Germán, durante un sueño, presenta al espíritu de su madre el manuscrito de su vida. Además, será la literatura el vínculo más fuerte entre los tres protagonistas. Cada personaje tiene sus propias lecturas, que definen su visión de mundo, su manera de vivir las cosas. Dos de ellos se aventuran a la creación, novelista uno y dramaturgo el otro. La poesía y la novela, además de la música de boleros, se presentan no sólo como una abstracción del imaginario, sino igual a un lazo más allá de la muerte y los sueños, donde los dos seres que en vida eran ideológicamente opuestos se toman de la mano y charlan, mientras el “yo” protagonista, que se había ocultado a lo largo de la novela, se acerca lentamente a su madre, que se desvanece poco a poco junto con Mauro. Sin embargo, antes de desaparecer, ella alcanza a recibir el manuscrito de una novela titulada Fruta verde: “—Ten, mamá, mi vida. ¿Me la puedes pasar en limpio?” (310)

 

The Original Vagablond

fruta verde

[1] Georges Bataille, “Introducción” en El erotismo (trad. Antoni Vicens). Tusquets, México, 2011, p. 15.

[2] Ibid., p. 20.

[3] Idem.

[4] Ibid., p. 22.

[5] Ibid., p. 25.

[6] Ibid., p. 23

[7] Enrique Serna, “La represión atea”. Letras libres (julio 2014), p. 92.

[8] Ignacio Solares, “Una agridulce perversidad”. Revista de la Universidad de México, no. 36 (2007), pp. 92-94.

[9] Serna, art. cit., p. 92.

[10] Javier Munguía, “Enrique Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento”. Revista crítica, 149, (julio 17, 2012). En línea http://revistacritica.com/contenidos-impresos/ensayo-literario/enrique-serna-el-arte-como-una-forma-elevada-de-entretenimiento. Consultado el 29 de octubre del 2015.

[11] Idem.

[12] Serna, Fruta…, ed. cit., p. 39

[13] Ibid., p. 285.

[14] Alonso, Guadalupe, “Entrevista con Enrique Serna. La mala educación sentimental” [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2013, no. 115 <http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=22&art=722&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: 29 de octubre del 2015].

[15] Serna, op. cit., p. 216.

[16] Ibid., p. 217.

[17] Ibid., p. 218.

[18] Ibid., p.173.

[19] Idem.

[20] Idem.

[21] Ibid., p.196.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s