El chisme como herramienta eficaz para divulgar la literatura

I. Fue primero la palabra. Luego, el chisme.

Durante años, quizá demasiados, se debate el cómo hacer que los más pequeños y los más grandotes lean a los “clásicos”. Mejor escrito: cómo hacerles leer el canon que ha horneado la academia.

No hay que obligar a nadie a interesarse por la lectura. Eso llega a veces solo, a veces por virtudes más allá de nuestra comprensión. Lo que algunos locos llamamos azar y otros milagro.

Sin llegar a podas monumentales y ediciones incompletas de tales obras maestras, una manera eficaz, y por la cual yo llegué a interesarme en la literatura, fue el chisme.

Esto pasó en la preparatoria. Mi profesor de literatura era una persona bastante bizarra y su mirada sigue en mi cabeza con esa sensación parecida a la que produce la voz de Dross o los videos de Björk. Nunca estudió literatura, pero le habían dado esa clase a su pesar.

Sin embargo, este profesor utilizaba el chisme para hacer que sus estudiantes se interesaran en los libros (en las historias, pues).

Era súper efectivo. La prueba está en que todavía recuerdo cómo sucedió y qué lecturas hice por aquellos años en los que la memoria no tiene aportes interesantes. Los darks: Poe, Sabato, Fadanelli. Los amorosos: Sabines, Benedetti, Neruda.

Cierto día el profesor llegó a clase y nos dijo: “Les voy a contar un chisme”. Después se puso a dibujar dos monitos de palo en el pizarrón. “Imagínense a un chico y a una chica. Este se llama Paris Ella, Helena”.

Dispuso a contarnos, con las virtudes de Paty Chapoy, el conflicto que conllevó a la guerra de Troya, no omitiendo jamás los detalles más ricos, pero sí dejándonos con la clásica cosquillita en el estómago que nos obliga a decir “¿y luego?”

Nos chismeó que el tal Paris había generado la discordia entre las diosas. Nos chismeó que Elena era esposa de un vato que se llamaba Menelao; que el Paris se la bajó para llevársela a Troya y que por ese motivo empezó la guerra. Nos chismeó el ingenio de Odiseo. Nos chismeó que Aquiles era un joven bello y fuerte que se había “agarrado a tiros” con un tal Héctor, porque éste había matado a su amigo-novio Patroclo. Nos chismeó el asunto del caballo, en donde ingeniosamente se encontraban ocultos los griegos.

No nos contó qué había pasado dentro de las calles de Troya una vez que la trampa había sido instalada…

II. Hay algo de ontología en el chisme. Podrá o no gustarnos, pero produce complicidad e interés. Los juicios o prejuicios que surgen de una persona o asunto son a causa del chisme que existe detrás. Gracias a éste, podemos emitir nuestra simpatía o rechazo, en el caso de la literatura, hacia las ideas que se transmiten en un texto o hacia la figura del autor.

El chisme literario debería ser suficiente para introducir la espinita de la curiosidad en los autores que leeremos. Esa curiosidad que no satisfacen las listas de mejores libros, por ejemplo, pero sí la entrevista.

Conocer las opiniones o secretos de un autor solo alimentan su carácter mítico. Eso despierta interés en los posibles lectores o en las personas que no lo son. Hay un conocimiento previo a la lectura, una sensación de querer saber qué piensa sobre un tema de nuestro gusto, qué opina acerca de nuestra escritora favorita…

Por ello el éxito editorial de las epístolas y diarios. Los lectores buscan conocer a fondo a sus ídolos. Su inteligencia, sus manías a la hora de escribir o leer. También sus sentimientos, su sensibilidad ante temas como el amor o la familia. Algunos llevaron este género a la maestría, alimentando chismes deliciosos: Henry Miller, Salvador Novo, James Joyce, Joan Didion, Anaïs Nin, Alejandra Pizarnik y Bioy Casares, entre otros y otras.

Alguno encontrará en estos textos algo parecido a sus propias vidas. Y el escritor deja de ser un ídolo para ser nuestro conocido.

Nuestro amigo.

III. Todo chisme es difusor. Difunde información sobre cosas que quizá no debamos saber, pero que nos gusta saberlo. Por eso el chisme es difícil de olvidar. Y después, lo compartimos:

Oye, ¿sí sabías que a Björk le enviaron una bomba a principios de los 2000 y nunca llegó?

 

Oye, ¿sabías que Papasquiaro leía en la regadera?

 

¿Sabías que Cervantes leía los papeles que encontraba tirados en la calle?

 

¿Sabías que Julio Cortazar podía tocar la trompeta?

 

¿Que Jorge Luis Borges, ciego, erraba con su madre las librerías buscando gente que le leyese en voz alta?

Son minucias, en efecto, pero nos hemos apropiado de ellas. Ya son nuestras, morbosamente, y luego serán de quienes escuchen o lean el chisme.

Esto evita el hermetismo que nos producen las biografías neutrales, los datos y fechas vacíos de contenido. Ahí falta emoción. Si no existe pasión, la persona que nos escucha no se contagia.

El chisme es una pasión secreta. Cuando es sabroso, se propaga como una enfermedad. La era de internet tiene un mejor término: se vuelve viral.

IV. El chisme puede volverse nocivo. Llega a ser destructivo cuando se lo propone.

Pero se evita esa cualidad destructora cuando chismeamos libros. Si lo hacemos bien, quizá nuestros conocidos, familiares y amigos aventuren a hojear equis novela o a conocer a determinado escritor.

Mi mamá, por ejemplo, solo leyó mi poemario (por publicarse) porque le dije que se lo había dedicado a una mujer. No le dije que esa mujer era Joni Mitchell.

 

 

V.

Los libros son chismes que cuentan los fantasmas de la imaginación.

Juan Cartablancas

chismes

 

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Recuérdalo, Coco

¿Desde cuándo nosotros, como espectadores, buscamos la identificación cultural en una obra? Esto es lo que más se le critica a la última película de PixarCoco (2017). La discusión me parece interesante aunque solo en un propósito fuera de la película. La verdad, ésta aparece cada vez que alguna producción enorme imagina desde otros espacios a México. Ocurrió en Sicario, por ejemplo. Hay que tomar lo mejor y lo peor de estas discusiones y poder aplicarlas a la obra en sí, ignorando lo que dicen algunos que incluso nunca ven estos productos por equis o ye motivos.

Yo como espectador, cuando me acerco a una muvi o a un libro, no busco el retrato de mis ambiciones culturales, de mis espacios geográficos o lo que sea. En el caso de Coco, no esperaba en realidad nada. Llegué a ella por azar. Ese día cancelaron la función que había planeado ver: La mosca. Nos dejaron entrar a cualquiera de las funciones y optamos por ella. Quizá por eso me fascinó esta primera vez. Pero como me gusta ser duro con las cosas que más aprecio (de ahí mi fracaso en las relaciones humanas), decidí verla de nuevo. Mi opinión cambió un poco y pretendo en este breve texto exponer los aciertos y errores que encontré.

Escribiré primero las cosas que me gustaron de Coco.

Para mí, lo mejor de esta película: la música. Admito que lloré dos veces aquel día. Y ayer, nuevamente, pero solo una. Siempre lloro en los cines. Por cualquier cosa. Pero esto, es siempre culpa de la música. Aquí me parece utilizada de forma súper efectiva y es complicado no crear un lazo poderoso con nuestros propios recuerdos. Yo pensé en mi abuela. Quizá en este sentido la película sea algo tramposa. Sin embargo, me parece estupendo que la canción “Recuérdame”, que suena cerca de tres veces en diversas versiones, cambie por completo: de un significado en principio vacío y superficial, a uno totalmente conmovedor y triste. En un aspecto social, fue genial que se representara la importancia que en México se le da a la música y creo que por ello es imposible escapar a las ganas de llorar, pues forma parte de una manera cultural de asumir el dolor, el olvido y la muerte.

Otra cosa digna de interés la encuentro en la inspiración melodramática de la que la obra bebe, o sea, toda una tradición visual de México: el cine de oro (representado en el antagonista, retrato de Pedro Infante), las telenovelas y la pintura. Bajo esta perspectiva, la película se toma algunas licencias y parodia estos discursos creativos. Por ello, los personajes no tienen la profundidad característica de otras obras de Pixar. También por esto la creación espacial pareciera imitar la de estas películas, que tienen como escenario no las grandes ciudades sino los ranchos o pueblos pequeños. Esto último no me molesta del todo porque lo importante no son ellos ni este espacio, ni la aventura siquiera, sino la representación del Día de Muertos.

Y aquí es donde ciertamente la película enflaquece. Su visión del “más allá” es, sin quererlo, ofensiva. Visualmente es linda la representación, pero idealizada. También me gusta el papel de Dante (el perro) y los alebrijes, que son guías espirituales y recuerdan a ese mito prehispánico que reza que los animales nos ayudan a cruzar el río del olvido. Sin embargo, a pesar de tener además algo de “mitología” propia (que exista otra “Muerte”, un olvido definitivo), la representación de una “metrópolis”, con sus propios estratos sociales y demás, solo pudo haber salido de una ideología norteamericana. Al retratar una tradición mexicana como tal, resulta incluso traumático crear, en esta región imaginaria, una especie de aduana para cruzar la frontera (¡hay un maldito puente hecho de cempasúchil!) donde los cementerios representan el lugar deseado y en el cual, si no tienes el prudente permiso, no puedes cruzar. Al contario, primero te detienen, impidiendo que no veas a tus seres amados (¡deportación, migración y familia, por dios, qué pensaban!). La burocracia gringa en su estado más trumpiano y horrible.

En fin, otras cosas menores que me molestan (solo a mí): cuando los protagonistas interpretan canciones, mandan al demonio los micrófonos; que al ser una película sobre la familia, se explore tan poco la relación que tiene Miguel con sus papás (cómo rayos se llaman). Este retrato de la familia tradicional mexicana que en contraste con la estadounidense, se edifica como “lo más importante”, será el mensaje, bastante obvio, de la película. Sin embargo, al enfocarse en un público infantil, no molesta o empalaga dicho propósito, aunque tampoco sea notable.

En fin… Coco, entrañable, imperfecta y triste, merece todos los comentarios, justos e injustos, que despierta.

Juan Cartablanca

COCONUT

Plagiar: una tarea fácil

Si no he publicado nada como Zapallo, no es porque haya dejado de escribir. En realidad, estoy pasando por un proceso creativo. Tengo bastante material acumulado que poco a poco iré subiendo al blog. Pero no tengo tiempo. La escuela me consume y apenas hoy me regalé el tiempo para meditar sobre un tema que me interesa particularmente: el plagio.

I. Estaba yo en una serie de conferencias en donde académicos y vagos de todo el mundo se presentaron en Ciudad Juárez. Se llamó “Entre pares” y quizá alguien de por aquí haya asistido a alguna de las charlas. No asistí a todos los eventos porque soy más vago que académico. Sin embargo, me apunté a dos pláticas sobre el plagio académico y su relación con la ética, movido más por el morbo-chisme que en sí para informarme de conceptos y repertorio teórico. Para desfortuna de mi hastío, fueron en inglés. Así que presté mucha atención para entender la mitad. Acá mi reflexión. En chinga porque me quedo sin tiempo y hay tarea.

II. Lo sabemos. El plagio es, en pocas palabras, un robo: de información intelectual; de resultados de investigación; de ejercicio creativo. También es robo de identidad: hacer pasar el trabajo de otra persona como tuyo, sin darle mérito alguno. En el menor de los casos, puede ser accidental: un mal uso del marco teórico; mal uso del sistema de citado. Finalmente, el plagio es un acto antiético, puesto que la persona que plagia está consciente de ello. Se trata de terrorismo intelectual.

Las charlas sobre este tema las impartieron una alemana y una inglesa. La última expuso que hay una asociación (netamente anglosajona) que se encarga de detectar el plagio a nivel internacional. Esto quiere decir que ya en el “primer mundo” hay una consciencia sobre este problema y se están buscando soluciones para él: sanciones, sobre todo.

¿Pero qué ocurre en México? Desafortunadamente el plagio aquí es un ejercicio común. No hay que ir más lejos: Enrique Peña Nieto fue acusado de plagiar en su tesis de maestría hace ya algunos años. Y si bien nuestro querido y amado presidente más bien no supo citar correctamente o supo utilizar la “paráfrasis”, lo cierto es que en el sistema educativo mexicano no solo no se sanciona al estudiante “plagiador”, sino que se le anima a “copiar” la información de internet. La santa Wikipedia ha salvado a tantos estudiantes de reprobar y ellos tan ingratos jamás le dedican un “tomado de la Wikipedia”.

El acto de “copiar y pegar” lo hemos hecho todos durante nuestra vida estudiantil. Yo mismo admito este rollo y por eso escribo más desde la memoria de aquellos tiempos. Y esto se debe a que los maestros que me dieron clase jamás se preocuparon por animarme a escribir, a desarrollar mis ideas. La frase común era “con tus propias palabras”. Al principio me animaba, porque siempre he tenido el gusto por escribir. Pero como nunca me leían y uno tiene cosas que hacer, pues buscaba la información en Dios Google y ya está. Sin referencia, porque hasta la universidad supe hacerlo.

Ya para concluir, es clara la indiferencia que el plagio despierta en nuestro entorno cultural. Esto queda demostrado cuando descubro que no existe en México una asociación organizada (con todo y siglas) que busque, detecte y sancione el plagio no solo en el nivel académico, sino en un ámbito aunque sea creativo. Los casos famosos, los que despiertan la curiosidad de algunos como yo, han sido expuestos gracias al periodismo serio o a lectores agudos como Gabriel Zaid o Guillermo Sheridan. La falta es aún más grave y cínica cuando estos señalamientos evidencian no a estudiantes de licenciatura sino a escritores consagrados y famosos (Carlos Monsiváis, quien plagió al mismo Zaid), ganadores de premios importantes como el Xavier Villaurrutia, doctores y académicos que gozaron de estos títulos a través de falsas investigaciones, o el mencionado presidente Enrique Peña Nieto.

III. ¿Y qué queda? Se hace la noticia. Se pierden empleos. Se hacen sanciones. Se pierden grados académicos. Pero creo que sigue sin tomarse en cuenta la seriedad del asunto. Quizá esto se deba a que el robo atañe a algo que no existe en un plano físico: las ideas. No lo sé de cierto. El año pasado, como algunos saben, el mismo Diario de Juárez escribió una nota basada en mi entrada sobre Bob Dylan en Juaritos Literario, que pueden consultar aquí. Jamás se hace referencia a mi texto. Y no es que descadaramente el autor transcriba mal la traducción de mi autoría, sino que esta acusación jamás fue tomada en serio. Los acusados nunca respondieron y como siempre, esto quedó sepultado entre el tiempo y el hastío.

Esta práctica es común en la manera en que distribuimos la información hoy en día. Y si no se toma en serio en el más mínimo de sus detalles…

La noche que Lalo Mora salvó mi vida

Ahí estaba yo. Solitario y borracho como cada fin de semana. Dispuesto a inhalar otra línea de sal mezclada con tico y tajín. Entonces sonó a lo lejos cierta voz. Una voz hermosa, un ángel perverso. Si Baudelaire hubiese nacido en el norte de México, formaría parte de una banda norteña. Entonces, decía, estaba sonando una rola de las buenas: “Si pecamos por amarnos lo hemos hecho”. Luego la confusión. No sé si eran las moléculas de sodio en mi nariz o la potencia de las palabras. Y dejé de beber y pasé por un oxxo y me compré un powerade para curarme la cruda que se avecinaba. Tenía que regresar a casa, encender la computadora y en chinga poner ese disco sagrado de Los Invasores de Nuevo León que me compré en Sounds por treinta pesos. El dinero mejor invertido de mi puta vida.

Todos estos años perdiendo el maldito tiempo con bandas de rock. No sé en qué estaba pensando. No sé por qué nunca le hice caso a los gustos de mi mamá. Todo este tiempo escuchando tonterías del tipo Poison, Mötley Crüe y Aerosmith. Sonarán cool y toda la cosa, pero ¿alguna vez escribieron un verso con este poder de nostalgia: “Donde quiera que he de ir la he de llevar”? Nunca. Nunca en su maldita carrera. Lo único que supieron esos sujetos fue proporcionar la dosis correcta de fijador en sus cabellos vastos y hermosos. Pero sus letras solo hablaban de situaciones estúpidas y aburridas que concluían con un “oh yeah”. Una tontería así, ¿sabes? Nada como la capacidad de Los Invasores para crear una historia con todas sus complejidades dramáticas: “Dejé mi casa por vivir feliz contigo / y me pagaste como algunas pagan mal”. O más adelante, cuando Lalito concluye: “Mi casa nueva, muy distinta a las demás / tiene un letrero de color en la vidriera / y una cualquiera es la que ocupa tu lugar”. Me encanta. La voz lírica no disminuye jamás a la mujer que ama, sino se degrada a sí mismo: el culpable de esa situación es él. Creo que culpa es lo que transmiten estas canciones. El sentirse un culero, pues. Nos equivocamos. Igual no importa: “Por tus besos no me importaría llorar”. El dolor se siente rico.

Ya saben que dejé de escribir poemas. Me alegro de mi decisión. Una de esas justas, honestas. Una toma de conciencia. Los poetastros de mi generación deberían aprender de la poesía de Los Invasores de Nuevo León, Los Relámpagos del Norte, Los Cadetes de Linares. Mientras fantoches como Ashauri López escriben mamadas como “Te amodio porque te pareces a mi ciudad”, Lalo Mora canta “Recuerda que fue nuestra decisión / amarnos sin perder jamás la libertad”. Estos onanistas se deshacen la cabeza para escribir versos porno terroristas mal hechos: “me acuesto con poemas / porque las personas / me asustan / o me da flojera eso de la interacción social”. Vivimos en crisis, damas y caballeros. Una crisis muy profunda. Este sujeto, un tal Augusto Sonrics, jamás conocerá el significado de meterse unas líneas de sal con tico y tajín por culpa de un desamor porque pasa las noches en la biblioteca eyaculando sobre sus libros de poesía. Seguramente los libros de Ashauri López o Dante Bueno. Ellos jamás serán rescatados como yo por una voz que seduce con estas palabras:

A veces lloro muy cerca de las botellas,

especialmente cuando me acuerdo de ti.

Si amanecen no se miran las estrellas

y oscurece y nunca brillan para mí.

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El ángel más terrible

Simplemente ocurre. Un día te levantas con esa resaca. Por más profundo que intentes meter tus dedos en la garganta no vomitas. La sensación permanece. Ni modo. Hay algo que queda pero no sale hasta que tu cuerpo lo libera por otros medios. El sudor. Un sudor nervioso. Así es. No puedes escribir. Dejar crecer al cáncer: dejar de escribir.

Las consecuencias son visibles y no dejo de rascar las costras. Dejé de publicar en este blog. Dejé de publicar en las columnas que tenía. Dejé de escribir para Juaritos, querido Juaritos (no le digan al Urani). En los trabajos de la maestría, me llamaron “desangelado” y “rebelde”. Quizá esa sea la alegoría perfecta. En eso creían los griegos. Las musas rebeldes, ángeles de la belleza. Luego llegó la inspiración, que no es otra cosa que una extensión de la musa. Pero más intelectual, ¿no? Después los románticos mezclaron la idea: un ángel maldito. Todo ángel es terrible, dice Rilke: “la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible”. En fin, pues mi ángel me ha abandonado.

Lo peor es tener ideas buenas y no llegar a plasmarlas. Darles vida. Que caminen, que busquen, que seduzcan. Permanece más bien un aborto. Un aborto artístico. De esa manera definiría a mi poesía. Una crisis. Por eso le ha ido tan mal cuando quiero publicarla en ciertos espacios. Frustración. No vale la pena seguir escribiendo. A mi edad quiero llegar a la trascendencia. Soñador.

Ya llegará, supongo, la musa que me amarre con cuero. Que me saque algunas cosas, como esta entrada. Esto es lo único que ha salido en los meses que he puesto mis dedos en la garganta.

El rostro azul de Joni Mitchell

Así suceden las cosas. El azar, siempre. Fue una madrugada de ocio y las vacaciones aún no anunciaban su despedida. Pese al tiempo libre, dediqué casi nada al entretenimiento visual. Leí poco, vi pocas películas y todavía no salgo de la primera temporada de X Files. Mi madre insistía en que viera una película que Netflix, inusualmente provechoso, le había recomendado. Toda la vida he confiado en mi madre. Tardé algunas semanas, pero aquella madrugada de ocio, cuando las vacaciones todavía estaban cómodas en el gran reposo, vi The Kids Are All Right (Lisa Cholodenko, 2010). Quizá en otro tiempo hable de esta película. Pero una feliz coincidencia puso en la colección de LP’s del personaje masculino un disco que me distrajo del asunto dramático. Portada azul. Una mujer entre sombras. Un nombre que reconocía. Mi curiosidad se transformó en deseo cuando Annette Bening cantó las primeras líneas de “All I Want”. Quedé enganchado. Así suceden las cosas.

Esa misma noche, para curarme el final un poco decepcionante de la película, escuché Blue (1971) de Joni Mitchell. Por lo general uno describe sus experiencias musicales a partir del sonido. Pero en Blue imagino a una mujer que recorre todas las posibilidades de su intimidad a través de los sentidos. Sus palabras construyen espacios, olores, imágenes, cuerpos. La voz se encarga de lo pegajoso o lo melancólico. Quizá en un mal momento, alguien llore en los momentos más críticos de Blue. En este álbum, Joni Mitchell habla de su vida. Lo hace al oído. Es una habitación. Ella y su guitarra. Tú escuchas. Como todos somos la repetición del primer ser, naturalmente sufrimos cuando ella canta sus sufrimientos y alegrías que también son nuestras.

Siento la soledad de la mujer que canta. Pero también su resignación ante la melancolía. Y me resigno ante mi tristeza.

Joni Mitchell me habla de la ruina y la desesperación (el color azul y las sombras regresan a mi mente). Pero describe esos sentimientos desde perspectivas más bien conmovedoras. Durante los momentos más tristes de “The River” o “A Case of You”, frente a la desolación descrita, ella se atreve a contar un chiste, a parodiar algún jingle navideño, a emborracharse a mi lado. Como si en su lamentación hubiese un hálito de esperanza. No todo está perdido.

Por ello, “All I Want” habla desde un principio de la soledad en la que ella está inmersa (“I’m on a lonely road / And I’m travelling”) y de inmediato describe un deseo por liberarse y ser independiente. En el caso de “Carey”, una melodía más alegre y pegajosa, Joni parece rendir siempre tributo a las casualidades y al futuro. Hay en ella una tendencia hacia el movimiento y las contradicciones. Desplazarse al bar, a Roma o Amsterdam. Sentirse atraída por el “mean old Daddy” porque le place y ya. La gente que se hunde en explicaciones me aburre. A Joni también.

“The River”, la mejor canción de disco, es un poema bellísimo sobre la soledad de una mujer en vísperas de navidad. La interpretación vocal de Joni aquí es preciosa y sus palabras logran evocar una pérdida irremediable mezclada con esa sensación de libertarse-escapar: “I wish I had a river so long / I would teach my feet to fly / I wish I had a river / I could skate away on”. Así como transmitir esa sensación de desprecio por ella misma que se me antoja tan sincero, humano: “I’m so hard to handle / I’m selfish and I’m sad”. Me encantan esos momentos donde Joni me susurra la verdad. Para ella, el amor no es dulce sin un dejo perversidad “And he loved me so naughty / Made me weak in the knees”. Me enciendo. Quisiera sentirme así. Pero todas las mujeres que conozco son de humo.

Joni se deshace, su voz como un fantasma.

Suena “A Case of You” y quiero emborracharme con el vino que recorre la sangre de Joni, quiero ser un artista solitario que vive en una cajita de pinturas y buscarla en el bar donde bebe sin mí. Pero con estos versos de ella, nos despedimos:

Me aterra el diablo

pero me atraen los que no le temen.

Recuerdo aquella vez que me dijiste:

Amor es el tacto de las almas.

Claro que tocaste la mía,

partes de ti se desprenden de mí

en estos versos de vez en cuando.

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Un año de Memorias del Zapallo

Generalmente los blogs son ejercicios del instante. El instante, como herramienta filosófica del tiempo, siempre será efímero. Sin embargo, pese a lo poco que he publicado en estos últimos meses, Memorias del Zapallo cumple un año. Siendo sincero, nunca creí pasar de los seis meses. Me he encariñado tanto con este blog que cada día que paso sin publicar es un proceso doloroso.

Todos los días pienso en agregar algo aquí, sin éxito. Tantas cosas que exponer, que discutir, que charlar. De esta manera nació la necesidad por divulgar mis opiniones sobre literatura y ocio. Siento que he cumplido, no obstante, mi propósito: crear un espacio para mí y los libros que leo.

Quizá lo más bonito de este año fue contemplar el impacto que tuvieron las Memorias en el ambiente cultural de mi ciudad. Me satisfizo observar cómo, progresivamente, en silencio, amigos y amigas, conocidos y conocidas, abrieron o regresaron a sus espacios blogueros para iniciar sus propios proyectos, con perspectivas distintas a la mía. Así me di cuenta que esta idea no fue vacía. Y espero que esto no desaparezca, aunque yo deje de publicar.

La ironía está en que este blog recibe más visitas cuando yo desaparezco.

Por último, Memorias en el presente simboliza para mí un espacio de catarsis. En este momento sentía una necesidad enferma por escribir algo, cualquier cosa. Ni siquiera es el aniversario preciso del blog. Eso creo que es la próxima semana. No lo sé de cierto. Poco importa.