El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina

He decidido escribir aquí algo personal sobre ti. Quizá te deba otro tipo de análisis. Pero no quiero contaminar mi experiencia contigo. No quiero escribirte con esas palabras grandilocuentes que he aprendido de la escuela y que ojalá pudiese olvidar. Yo quiero escribirte desde la fuente más pura.

En las últimas semanas he pensado mucho en ti. En tus palabras. En tus personajes. En tu historia. Yo nunca he llorado con libros pero contigo me di cuenta que quizá me quedé sin lágrimas porque lloraba como nube negra sobre un desierto.

Algunas veces confieso que te imité. La manera de alargar las frases, el uso rebelde de la puntuación, la forma de describir imágenes. Cómo se enojaron mis profesores por tu culpa. Quise escribir una novela como tú. Quise escribir. Solo la mejor literatura te patea el culo para levantarte. Y entonces empiezas a garabatear. En los cuadernos, en las servilletas, en la computadora. Escritura.

Eres un retrato tan fino, tan sutil, de la historia reciente y trágica de España. Nunca olvidaré esa escena en la que describes la llegada ilegal de la música de los Doors y Jimi Hendrix. Eran ídolos. Los amigos buscaban esa música con una energía enfermiza. Querían ser como ellos. Llevar el cabello largo y la vida de excesos que una dictadura como la de Franco no podría permitir. Pero Hendrix y Morrison llevaban ya años muertos y solo lo supieron cuando los muros comunicativos del franquismo se derribaron. Nunca olvidaré esa escena porque me causa tanto dolor. Porque cuando era niño yo también admiraba a Morrison y quise llorar al enterarme que él llevaba décadas muerto y que me hablaba desde un recinto sagrado.

Eres una historia de amor. Tu evocación de Mágina está llamada a convertirse en uno de los ejemplos más poderosos en la historia de la literatura: Macondo, Comala, Mágina. Manuel y Nadia aman su origen pero motivados por el dolor deben abandonar ese espacio que solo pueden recordar bien a través de los recuerdos, de las fotografías y de su propio amor. Eres las fotografías en el baúl de Ramiro. Eres una serie de rostros que ya han muerto pero que sonríen desde ese ritual del tiempo.

Eres una historia de amor. La más sincera que he encontrado porque yo he vivido con pasión las emociones que describes. No hay placer más rico, más intelectual, que el de encontrar en una página de palabras un descubrimiento sobre mí. Sé que al escribir esto pienso en ti, pero también pienso en la mujer que amo. A quien le leo mientras duerme las palabras que subrayé de ti. Y cuando Manuel amaba a Nadia yo sentía que era Manuel y que también era Nadia y que Ella era Manuel y que Nadia era Ella. Cuántos amantes en el mundo habrán imaginado lo que yo. Que por un momento Manuel era un lector que ama.

He aprendido, en fin, que el amor solo se puede nombrar desnudo. En la oscuridad. En ese silencio que surge desde las entrañas de la otra persona. De ese sonido vital: la respiración, la digestión, el ruido de la lengua al golpear los dientes, los labios que chocan entre sí.

Qué hermosa novela eres. Han pasado dos años, pero nunca dejaré de pensar en ti. Siempre serás un ejemplo. Una recomendación.

Si tuviera que salvar a un libro de la catástrofe universal, sin duda te elegiría.

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Beltenebros

En un contexto donde pareciese que el género negro —la novela policiaca es otra cosa— se antojaba estancado, añejo, placer culposo, aparece Beltenebros. Antonio Muñoz Molina, quizá el escritor español vivo más entregado al amor de la buena literatura, ha sabido conjugar las tramas clásicas del film noir de Billy Wilder (véase Sunset Boulevard), la estructura clásica de la novela negra (de la que hablaré en seguida), las angustias existenciales basadas en los experimentos de Julio Cortázar (el tema del doble y el eterno retorno) y Juan Carlos Onetti, así como claras referencias a la fragmentación espacial de Pedro Páramo (“Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca”). El resultado es una novela original que funciona como una renovación tanto estética como formal del mismo género: puede ser un buen ejemplo para argumentarles a los críticos de éste que también en este tipo de novela existe la reflexión, renunciando o, mejor, renovando lo que serían los preceptos del género.

Lo que pretende el narrador de la novela es establecer la repetición del tiempo, del destino: no puede escapar de la angustia de Madrid, del olvido de un amor ni de la traición y siente que el pasado y el presente son el mismo. Molina se atreve a profundizar y darle un giro a las características mismas del género negro: hay violencia, pero no está deshumanizada, sino que es utilizada en favor de perfilar a los personajes que giran en torno a ella. Dota a los protagonistas del elemento de la traición y el lector se siente cómplice de crímenes que no deberían ser cometidos pero que, semejante a las tragedias de Sófocles, el destino es irremediable y triste. Molina además apuesta por un protagonista producto de dilemas existenciales que aportan a su humanidad: lo vemos sufrir, cuestionar sus decisiones, abrazarse al cálido abrazo del anonimato y a su angustia por verse repetido en los espejos del pasado realizando las mismas acciones, encontrando los mismos nombres. No es un detective peculiar, más bien pretende indagar en el devenir humano: él es una luz pálida que contrasta con la oscuridad de Beltenebros, personaje-monstruo que podría simbolizar la misma misoginia del género negro. Pero este es un apunte algo pretencioso. Por último, Molina prefiere al hermetismo antes que a la simple prosa: todos los tiempos convergen y confunden a propósito al lector porque el mismo Darman está confundido.

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Quizá el aporte de Molina al género es la construcción de un espacio y una atmósfera. La novela está basada en los elementos del espacio y el tiempo, y la problemática misma de la obra concluye en una elisión del espacio-tiempo: el final de Beltenebros transcurre en el castillo de la memoria donde Darman se reencuentra con la figura decrépita de Rebeca. Es un espacio anegado en la oscuridad y la locura:

Es él quien está loco, pensé mientras lo oía hablarme, y ha convertido este lugar en una visión de su locura, en una cripta del tiempo fortificada contra la realidad y la luz y el paso de los días: ése era su verdadero y único reino, su castillo de irás y no volverás y el santuario donde oficiaba para nadie el culto a los muertos y celebraba sacrificios.

Es de notar la enumeración de detalles: Beltenebros ha construido desde la oscuridad un reino de castillos y santuarios; el vacío lo consume todo; la oscuridad es la negación del espacio. Además, leo en esta novela una poética de la desubicación: Darman ha recorrido las calles de Madrid, pero olvida los nombres de sus calles, y el espacio pareciera tragárselo en silencio, aumentando su angustia por no pertenecer a ningún lugar.

Estos son algunos elementos que señalo en la brevedad de este texto. La novela da para un análisis mucho más extenso que quizá en otro tiempo lo haga. Puedo decir finalmente que la novela me agrada porque sus aciertos son renovadores y sus defectos sólo llegan a molestar a quien se fastidie de la monotonía al momento de redactar un párrafo: en este caso, todos terminan con una metáfora o un símil del tipo “como…” que hace previsible lo que escribirá o metaforizará el narrador.

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Antonio Muñoz Molina, Beltenebros. Barcelona, Seix Barral, 2006.