Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso

I. Aunque pareciera que Augusto Monterroso fuese un autor conocido sobre todo como el padre hispanoamericano de la microficción y el relato corto (“El dinosaurio”, “El eclipse”) a pesar de sus libros y de otros autores como Gómez de la Serna, Obras completas (y otros cuentos) (1959) es uno de los cuentarios más originales que existen. Miguel Oviedo comenta que “no busca nuestro aplauso, sino nuestro placer”. Es así, el autor no busca impresionar al lector, no busca ser como Leopoldo o Fombona, no busca la erudición, la memoria. Pero sí desea que el lector disfrute de los cuentos. Punto. Esta ausencia de la gloria es lo que hace de Obras completas… un libro perfecto.

Desde el título Monterroso nos invita a un juego verteginoso, una aventura simbólica con el lenguaje y sus transformaciones humorísticas: parodia, sarcasmo, ironía. Alguien de la escuela, cuando leyó el título, se impresionó de que estas fueran las Obras completas de Augusto Monterroso (ni Rulfo, ni Bombal escribieron tan poco). Lo cierto es que con el tiempo el título pasó de la sinceridad a la paradoja. Al ser la primera obra de Monterroso, los trece cuentos incluidos en este libro eran sus obras completas.

Sin embargo, aventuro otro significado del título, retomado del último cuento del libro. Resumo, a mi pesar, la trama: Unos eruditos de traje y corbata son especialistas en Quintiliano, Lope de Vega y Rodó. En este ambiente de doctores, en donde se recuerda todo en un libro (pie de imprenta, fecha, cambios, erratas, número de ediciones) menos lo esencial en un libro, aparece un joven poeta, Feijoo, quien busca primero el reconocimiento de su poesía, criticada siempre desde aquella bestia que es la envidia pero aceptada como una posible promesa tiempo después. El elogio para Feijoo es la destrucción: “Pertenecía a esa clase de personas a quienes los elogios hacen daño” (129). Al no leer ningún libro de los autores de siempre, poco a poco el poeta abandona el mundo subjetivo y de cierta forma idílico de la creación para encaminarse hacia la academia de la mano metafísica de Miguel de Unamuno y de la menos real del doctor Fombona , experto en prólogos, monografías, estudios, investigaciones y conferencias que nadie lee ni recuerda salvo él. El abandono total de la creación —quizá el único medio para trascender la angustia y reafirmar la identidad— es producto de una presentación y un comentario de Fombona: “—Maestro, quiero presentarle a Feijoo. Es especialista en Unamuno; prepara una edición de sus obras completas” (133). El doctor, quien pudo salvarlo en su momento del ambiente de los doctores buitres, ahora lo presenta como una promesa para la investigación. Quizá porque no podía permitir que alguien de su círculo fuese un poeta. Quizá porque él nunca pudo escribir algo memorable. Lamentablemente ya no se espera de Feijoo un gran libro de poesía, sino la edición de una obra que no es la suya, que conoce poco y que consumirá todo su tiempo. El producto quizá sea reconocido, mas sólo por el valor de la obra en sí, la de Unamuno.

Las “obras completas” exponen entonces el vacío al que el hombre se entrega por buscar un reconocimiento que no le pertenece, identidad que no es la suya. La tragedia (que leemos como comedia) de Feijoo la comparten asimismo los demás personajes del libro: responden a instintos ridículos de supervivencia social para elidir la soledad y el encierro.

II. Monterroso ridiculiza a una sociedad hipócrita: instituciones culturales, a la literatura y sus estructuras, a políticos, a religiosos a escritores, a puercoespines, a perros, a dinosaurios, a vacas. Nada se escapa de la pluma mordaz. De hecho, uno puede sentir cómo en una página no escrita hay un párrafo dedicado al pecado del lector.

No quiero comentar los demás cuentos. Cada uno está escrito con la indiferencia propia de un clásico. Destaco sobre todo “Mr. Taylor”. Así debe iniciarse un libro, carajo: con una patada en la garganta. También vale la pena detenerse en “Leopoldo (sus obras)”, cuyo protagonista escribe un cuento interminable, inútil (cualquier escritor se sentirá identificado) y en “El dinosaurio”, la mejor broma de los últimos tiempos.
Dejo aquí, para la degustación del posible lector, el cuento “Mr Taylor”:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/mister_taylor.htm

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