The Apartment, Billy Wilder

Pocas películas para reír y llorar, para creer en el amor sin necesidad de besos y romanticismos, para identificarnos con el héroe cotidiano de la ciudad gris, atestada de gente, Nueva York, 1959 y más de ocho millones de personas que en línea recta abarcarían desde Times Square hasta Paquistán. Y de entre la multitud esta historia versa sobre dos seres humanos, como cualquier otros, como nosotros: C.C. Baxter, un ambicioso contador que hará todo lo posible por ascender en su monótono trabajo, pisoteado por sus compañeros, sus jefes, sus vecinos; Fran Kubelik, una ascensorista que no sabe de gramática y que tiene la sonrisa más bella del mundo.

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Lo interesante de esta película, sin embargo, es la construcción espacial del apartamento de Baxter, sus cambios a lo largo de la película y su función para perfilar a los personajes. Desde un principio, durante los créditos, contemplamos lo que sería el exterior del apartamento y vemos cómo es el único que tiene la luz encendida. Magistralmente el director nos expone que este lugar vive dos vidas, dos líneas narrativas: la mediocridad hogareña de Baxter; las aventuras amorosas de sus jefes en ese lugar. Aquí, desde el principio, justo antes de que sepamos qué sucede en ese espacio, Wilder ya nos comunica que suceden cosas en la intimidad de la noche, cuando todos duermen o fingen dormir mientras escuchan e imaginar a otro Baxter. Por lo que este apartamento es un espacio de ficción: no existe, puesto que Baxter no hace lo que los vecinos piensan.

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Antonio Garrido menciona que el espacio “funciona como metonimia o metáfora del personaje”. En este caso el apartamento, a través de la creación de atmósferas y tensión, refleja o justifica los sentimientos de los personajes  o  incluso  pueden  establecer  características  similares:  como  la  ciudad  que  refleja  los vicios  de  sus  habitantes  en  su  condición  de  herrumbre o, en este caso, el encierro y la renuncia a la libertad de lo íntimo. Claramente este espacio refleja el perfil de Baxter.

¿Cómo está construido su apartamento en relación con él? En primera instancia vemos a otras personas ocupándolo, mientras Baxter se queda a esperar afuera bajo la lluvia. Justo después de la invasión de su privacidad, en donde siquiera puede dormir, Wilder realiza algunas tomas donde podemos ver en totalidad al apartamento de Baxter. Lo primero que expone es la falta de luz. Vemos cómo el foco de la cocina ilumina gran parte del centro del apartamento, mientras que la oscuridad se apodera de la otra mitad del escenario, donde podemos contemplar pocas cosas: un Picasso, una cama, libros y pocos muebles.

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En la segunda imagen Baxter se deshace de los despojos de sus invitados mientras contemplamos un poco más de luz y un apartamento más bien pequeño, con una lámpara para iluminarlo y un sillón.

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En la cocina encontramos el desorden de los otros que Baxter tiene que limpiar. Botellas y herrumbre por doquier y nuestro personaje bebiéndose el licor que sobra. Asimismo vemos una estufa pequeña y un lavadero donde el grifo gotea. Más adelante, cuando Baxter cocina fideos a Fran, nos daremos cuenta que utiliza una raqueta para filtrar el agua de los mencionados.

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Y finalmente, antes de que llamen a su puerta para otra aventura en la cual no será invitado, Baxter se prepara una cena recalentada, con una cerveza, y enciende el televisor para mirar… anuncios: el vacío. Lo que pretenden reflejar estas escenas es sin duda la soledad y el ambiente opresivo en el que habita el personaje. Los espacios del trabajo, como las oficinas, apoyan esta idea de la carga de la monotonía en la que están inmersos los personajes, donde deben ceder a su privacidad con tal de poder cumplir sus ridículas ambiciones. Estos lugares cerrados, donde se permite el desprecio al otro, el chisme y la misoginia, ofrecerán asimismo un quiebre: conforme cambian los personajes, los espacios también lo hacen. Cada oficina nueva de Baxter estará más vacía, más superficial.

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Lo mismo ocurre en el apartamento durante la secuencia final. Lo que nos presenta como clímax Wilder es la sensación del fracaso. Los dos protagonistas se embarcan en la miseria de lo superficial. Pero es año nuevo y justo en un momento de iluminación, Fran se percata de que su libertad se encuentra en lo que comparte con Baxter: la soledad. Dos don nadie subordinados por el típico jefe abusador y machista, que no se atreve a renunciar al vacío y amar, se encuentran en un apartamento en proceso de abandono que contrasta con el bar chino repleto de personas. Baxter también añora la libertad: renuncia a su trabajo, renuncia al apartamento (sólo en los momentos con Fran, en su salvación, le perteneció ese lugar) y quiere explorar nuevas posibilidades. Es ahí cuando se encuentra con Fran y lo cotidiano, lo nimio e insignificante, las pequeñas cosas de la vida, los une.

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Son ocho millones de personas en Nueva York y estos dos se enamoran: entonces qué, Baxter, ¿te atreves a repartir la mano?

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