I’m Thinking of Ending Things, Charlie Kaufman

Un viejo conserje se dedica a la limpieza de una escuela vacía, casi como un espacio muerto, deshabitado de toda vitalidad juvenil a la que estamos, como espectadores, acostumbrados cuando aparece una escuela en escena. En realidad, toda la espacialidad de I’m Thinking of Ending Things (2020) está pensada de esta manera. Se trata, más que nada, de lugares vacíos colmados de ficción y memoria: una casa donde el tiempo no es lineal; una granja sin animales; un coche aquejado por una tormenta invernal. Esta insistencia en el espacio vacío creo que cumple con su propósito: presentarnos un fresco donde impera la soledad humana.

Ese mismo papel cumplen las obras de arte que aparecen en la película y que ayudan a perfilar el sentimiento de soledad que aqueja a Jake. Desde la pintura, se nos presentan dos puntos de vista sobre la soledad: El caminante sobre las nubes (Caspar David Friedrich) y El mundo de Christina (Andrew Wyeth), por un lado; por otro, Moonlight (Ralph Albert Blakelock). Es importante detenerse en estas imágenes porque en la primera perspectiva la soledad está representada en un personaje de espaldas al espectador: uno puede pensarse un testigo del sentimiento de aventura o misterio que hay en la vastedad del escenario y lo pequeños que son estos seres.


En cambio, la segunda es una soledad más ampliada detenida en el paisaje: el solitario es el espectador, como dirá Lucy al padre de Jake. Lo que uno puede interpretar de estas representaciones es que la condición humana se quebranta ante la experiencia de la vastedad tanto del paisaje como del tiempo y la memoria, los dos temas principales de I’m Thinking of Ending Things.

Ciertamente la narrativa en un principio parece detenida en un argumento amoroso: la relación entre Jake y Lucy. A medida que nos adentramos más en ese vínculo, como los personajes mismos se adentran en la tormenta (que no es más que una metáfora de la memoria misma), se nos revelan muchos detalles tratados con sutileza en su aparente desorden. En primer lugar, que las secuencias se sienten abruptas y, ante todo, controladas por Jake. También son interrumpidas por la «desconectada» historia del conserje. Finalmente, todo este desorden cobra un sentido desde los pequeños detalles hasta el resultado final: Lucy, quien a lo largo de la historia tiene distintos nombre y oficios, no es más que un relato inventado por Jake, un producto de su imaginación. I’m Thinking of Ending Things es una historia acerca del «hubiera»: ¿Qué hubiera pasado si yo, que soy inseguro y no puedo hablar con las mujeres, me hubiera atrevido a hablarle a esa chica de cabello rojo que vi alguna vez?

En realidad, Lucy no es más que una versión platonizada del amor de Jake por el arte, las películas, los musicales y la poesía: en varios momentos del relato dice que esos poemas fueron escritos para él. Y aun en este mundo platónico Jake sabe que una mujer no aceptaría sus arranques nerviosos, sus clichés, sus inseguridades. Incluso en el mundo de la ficción, Jake se siente incómodo, aquejado por la soledad y el verdadero trauma que cuenta la historia: un personaje que abandona sus sueños para entregarse al cuidado de sus padres, dos personas que poco a poco han perdido la memoria y la capacidad de dar nombre a las cosas.

Me gusta mucho cómo la película aborda el tema de la memoria, una constante en Kaufman, desde el desorden y el sin sentido, desde su inminente crueldad y su desesperada nostalgia: en la memoria el tiempo no es lineal, tiende a privilegiar nuestro punto de vista y está repleta de hubieras y arrepentimientos. También la historia aborda una tesis sobre su bestialidad: el ser humano es el único animal que vive la experiencia del futuro y del pasado y para remediar su angustia existencial inventa la esperanza.

El relato amoroso de Jake y Lucy es esa esperanza sostenida en el hubiera, una invención de un conserje que un mal día muere de hipotermia y en su agonía puede agradecer al amor por los grandes éxitos que jamás tuvo, ante el aplauso de un público cadavérico y unos padres orgullosos. Esa escena final, me recuerda al poema que se referencia al principio de la película:

«Gracias al corazón humano

por el cual vivimos;

gracias a sus ternuras, a sus

alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer

puede inspirarme ideas que, a menudo,

se muestran demasiado profundas para las lágrimas».

(Oda a la inmortalidad, de William Wordsworth).