Dave Brubeck’s Time Out

El 14 de diciembre se cumplirán 57 años de Time Out, un ejemplo del genio y quizá el álbum más importante del jazz contemporáneo, que obtuvo primero el desconcierto y la negatividad de una crítica sumamente conservadora: la ironía, en fin, pues el jazz ajusta sobre todo los principios salvajes de la liberación y el desenfreno. Y otra ironía, pues desde mi punto de vista, Time out es atrevido, experimental pero siempre con una base de inteligencia matemática y exactitud metódica impresionantes: venga, que Brubeck se inspiró para “Blue rondo a la turk” en ritmos totalmente desconocidos para mí (y el mundo salvo Brubeck), con nombres turcos y griegos impronunciables, ritmos extraños que no se habían escuchado en el ambiente musical de su tiempo. La crítica, como el Bruno cortazariano de “El perseguidor”, se arrepentiría de sus juicios y hoy el álbum es considerado un pilar de la música moderna. In your face.

Aquí Brubeck y su cuarteto mezclan los ritmos del jazz con elementos de vals, con tiempos desconcertantes e inusuales —en una música tan inusual como el jazz— como compases de 9/4 y de 5/4 y demás cosas wikipediosas que puedo apuntar para que me crean que Time out es complejo desde el aspecto estructural y compositivo.

Lo que conmueve, sin embargo, es la belleza de todas las piezas, donde cada nota parece transmitir una imagen, una emoción y un sentimiento de grandeza: “estás escuchando algo magnánimo, algo fuera del tiempo”. Y es que Time out maneja una idea de lo accesible, de lo armónico, digno de admiración, que lo distingue del jazz más salvaje a lo Parker y  Coltrane, cuya obra se me antoja algo más difícil de digerir. “Take five”, quizá la canción más reconocida, será un digno ejemplo: todos los instrumentos destacan y se siente esa atmósfera que mezcla los elementos más bohemios con esa perfección musical, donde resulta difícil denotar si hay algo de improvisación que, creo yo, es su rasgo notable. En un sentido coloquial, las canciones de Time out son pegajosas: de ahí su popularidad y el enojo de los críticos, que tienen ese prejuicio ñoño de todo lo popular, toda la masa, es un ejemplo de decadencia y salvajismo. De hecho fue la gente quien primero otorga ese estatus de culto al álbum y también por ello es uno de los discos de jazz mejor vendidos de la historia.

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Este fue mi disco favorito de todo lo poco que escuché en 2016. Para mí fue uno de esos descubrimientos del azar que te cambian por completo el panorama, tu percepción de belleza, los principios más elementales del jazz y aquello que llamamos gusto. Antes de Time out no había leído nada acerca de jazz contemporáneo. Se trata de un capricho crítico, esa tontería de las etiquetas, de las distinciones, para poder ordenar, para distinguir el jazz del jazz (así de absurdo como se lee). Para mí es uno de los mejores discos de jazz (así a secas) que he escuchado, muy cercano a las atmósferas e imágenes, a esos ritmos pegajosos y calculados de George Gershwin, la sensación de vivir en esos suburbios llenos de color y humo, de secretos y dramas cotidianos a lo Mad Men, esa tristeza que hay en los ojos que no miro de la gente.

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