La casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca

La trayectoria trunca del Lorca dramaturgo es incluso más fascinante y rica que su desempeño como poeta. Es una obra que recorre desde lo más experimental y vanguardista (El público, 1930 y estrenada hasta 1978) hasta un teatro enfocado en el perfil humano y el drama social (Bodas de sangre, 1931 y estrenada en 1933). Ya a sus treinta años Lorca había cambiado para siempre al teatro y la poesía española. Estamos discutiendo, entonces, sobre un genio en el sentido profundo y filosófico de esta palabra: una personalidad única; aquel que ha logrado comprender lo sublime gracias a su talento e inteligencia a la hora de leer una memoria literaria, pero también a las herramientas aprendidas de una tradición popular, clásica y contemporánea.

Antes de ser asesinado, Lorca escribió, en 1936, La casa de Bernarda Alba. La obra no pudo ser publicada de inmediato. Fue hasta 1945 que, gracias al trabajo de Margarita Xirgu, una actriz exiliada muy cercana al dramaturgo, quien actúo en varias de sus obras más famosas, como Yerma o La zapatera prodigiosa, que la obra pudo publicarse en Buenos Aires. De hecho, Xirgu hizo el papel de Bernarda Alba en su primera representación.

Considero que La casa de Bernarda Alba es un texto fundamental para entender la evolución de Lorca. Todos sus experimentos con lo popular y la vanguardia logran armonía con una historia sobre el encierro y el control maternal. Bernarda Alba me parece un personaje fascinante porque no puede impedir su propia desgracia. Viuda en dos ocasiones, ella misma magnifica los conflictos dentro del núcleo familiar femenino que, a fin de cuentas, explota por una fiebre sexual que solo la hija menor puede transgredir. Esa transgresión será fatal y el chisme aquí tiene un papel protagónico. Las cosas que se oyen y que no se dicen determinan en varias ocasiones las acciones de estos personajes, como se narra al final del acto dos con el acontecimiento de la mujer que deja morir a su hijo recién nacido. Narrativamente, este suceso no parece tener importancia. Sin embargo, en las emociones de los personajes cala a profundidad.

También espacialmente la obra da lecciones sobre cómo narrar una historia sin mostrar, sin obviedades. Esta espacialidad cerrada magnifica el encierro y la tensión que se vive en las paredes del hogar. En ese espacio, no puede acceder ninguna figura masculina salvo con la palabra. La primera escena nos expone de hecho la muerte de una figura “paternal” y es mencionado en pocas ocasiones. Pepe, el Romano, tampoco aparece en escena. El propósito de Lorca evidencia que la búsqueda de la libertad es necesaria, pero también tiene un precio si esa libertad responde a la cobardía o la apariencia, como se deja leer en las acciones de Pepe.

El final de la obra es un clímax maravilloso, triste. Una madre que, como en las lecciones trágicas de Esquilo y Sófocles, ha querido evitar una desgracia y solo ha encaminado a todas hacia ella, debido a su egoísmo y «ceguera verbal» (no reconoce que los chismes que vagan también por su casa pueden ser verdades). Me parece triste, claro, debido a que detrás de esta acción autoritaria, Bernarda Alba buscaba proteger a sus hijas de una desgracia como esta: una madre que, en medio del Alba, miente, pero también se atreve a exigir el silencio.

La Casa de Bernarda Alba, un clásico de la actualidad