Tar y la muerte en Fando y Lis

Quien leyó Fando y Lis de Fernando Arrabal o miró la película (que podría analizarse desde una perspectiva distinta) de Alejandro Jodorowsky, sabe que la relación amorosa y destructiva —pues la persona amada busca destruir al otro, para comprobarse a sí mismo, ya que amor para los personajes significa y termina en la “negación de la muerte”— culmina en la destrucción del tambor, objeto simbólico que representa el lazo comunicativo de Fando con el mundo, desembocando en la muerte de Lis a causa de los azotes que le proporciona el mencionado. No obstante, el propósito de este comentario será llevar a cabo una hipótesis: en realidad, Lis es la más cercana a culminar el viaje hacia Tar, lugar al que ningún ser humano llega vivo. Fando solo acelera su progresivo viaje de iluminación: para ello debe destruir al ser amado sin darse cuenta (en la película esto se interpreta de manera diferente). Antes de seguir, apunto que esto no será una apología de la violencia.

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Todo amor carga en sus espaldas una sensación de muerte. Lis, al inicio del cuadro cuarto, afirma estar “mala” luego de que Fando la notara extraña. La enfermedad de Lis se debe a la humillación de Fando: durante la noche, la ha abandonado, desnuda, a las sombras, quienes la tocan y la profanan. Dicha escena pareciera ser una crítica a la vanagloria humana: el hombre, orgulloso del ser al que ama, expone la desnudez de la mujer para que aquellas sombras lo feliciten y aplaudan. Fando querrá justificarse: “Pero yo lo hice para que te vieran los hombres que pasaban…, para que todo el mundo viera lo guapa que eres”.[1] Sin embargo, en la obra, este será el comienzo de la progresiva muerte de Lis. Por ejemplo, leemos el siguiente diálogo que cumple una función casi profética:

     Fando: ¿Qué enfermedad tienes?

Lis: No sé.

Fando: Eso es malo, si yo supiera que enfermedad tienes, todo cambiaría.

Lis: Pero me encuentro muy mal.

Fando (con mucha tristeza): ¡No te irás a morir!

Lis: No sé.[2]

Fando piensa que Lis sufre alguna extraña enfermedad. No obstante, ambos desconocen qué pasa con Lis. Ella se encuentra extraña, “muy mal”, aunque no sabe por qué. Fando, en una desesperada búsqueda de salvación, comenta que si supiera la enfermedad que tiene, “todo cambiaría”. Al final, concluye con ese triste “¡No te irás a morir!”. Lis le otorga el consuelo de la duda.

En estos últimos momentos de Lis, donde ella sabe que morirá pronto, Fando trata de salvarla, de comunicarse con ella de manera angustiosa. Para ello saca su tambor e intenta cantarle algo: busca la felicidad de ella a través de la música. No obstante, Lis, molesta, rompe el tambor. Al destruir el único lazo comunicativo que les quedaba, Lis renuncia a Fando. Éste enfurece y la azota, acelerando la muerte de ella, quien se entrega a los brazos de Tar: “Lis, extendida e inerte y con las manos unidas en el pecho, reposa en el centro del escenario”, señala una acotación.[3] Ella parece alcanzar por fin una paz anhelada. No la mata Fando: muere de tristeza, pues su sueño de llegar a Tar —que comparte de manera ingenua con Fando— se rompe por las humillaciones que ha pasado al lado de aquel a quien ama. Los imperios de la muerte reclaman su espíritu. Y sin embargo, Fando no se entera que Lis está muerta. Su actitud indica que esta situación ha pasado antes. Importa más reparar ese lazo roto. No puede hablar con ella sin el tambor, sin la pureza de la música. Luego, aparecen en escena Mitaro, Namur y Toso que, como las Parcas, anuncian la muerte de Lis. Al final, son ellos quienes llevan a Fando a Tar. Podemos interpretar esta última escena como la muerte de Fando.

Tar, finalmente, simboliza, como Godot, un espacio al que jamás se puede llegar oque más bien no se puede comprender. Es un fin inútil, absurdo, pero da sentido a la existencia de los personajes en la obra. Inalcanzable como la felicidad, Tar también representaría una utopía, un paraíso vacío. Uno, en vida, no puede acceder a los dominios de Tar. Los cinco personajes de la obra buscan su propia Muerte para que les purifique los pecados que han cometido con cierto delirio infantil.

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[1] Fernando Arrabal, Fando y Lis. Madrid, Alianza, p. 86.

[2] Ibid., p. 83.

[3] Ibid., p. 96.

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