Apuntes sobre Cien años de soledad II

(Aquí la primera parte de estos apuntes sobre la obra maestra de García Márquez)

I. A lo largo de Cien años… habrán intervenciones del pasado antes de la fundación de Macondo. Quisiera recordar tres. En el primer capítulo de la novela José Arcadio con la indiferencia propia de quien experimenta, de quien sufre la fiebre del oro, funde en una caldera las monedas de los antepasados de Úrsula. Se tratan éstas de un origen que se pretende olvidar, un pasado proscrito y destruido por las virtudes de la alquimia.

Asimismo, la peste del insomnio no será la primera enfermedad del sueño. Cuando José Arcadio busca establecer comunicación —contrastado con el aislamiento que le provocará la desesperación de encontrar los saberes del mundo— con otros pueblos junto con otros vecinos, su viaje se ve “contaminado” por el recuerdo y la incertidumbre: no pueden dormir porque se ven asediados por la niebla y la memoria: “Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original”. [1] Entran a una región encantada y en este estado permanecen sin hablar, sonámbulos. Lo que encuentran será precisamente un pasado, mas un pasado ajeno, español, en un espacio de soledad y olvido, repleto de flores, belleza: el galeón. Travieso es el destino de la expedición: está huyendo del pasado y encuentra uno ajeno; antaño los tiempos de Macondo buscaban el mar y hoy que no lo buscan por fin encuentran una bellísima frontera invisible de agua de mar.

Por último la aparición casi profetizada de Rebeca establece la fusión de los elementos antes señalados: el pasado con el insomnio. Es ella quien ofrece una vinculación con los orígenes olvidados: proviene de Manaure y se presenta, desde aquella ausencia escrita en una carta, como una pariente lejana de Úrsula. No es reconocida. Tiene la piel verde, no tiene nombre (es nombrada) y tampoco habla español: arrastra los huesos de sus padres, que son vistos por los Buendía como un estorbo. Los restos pertenecen a ese enigma que es el pasado y no existirá un lugar en donde pueda enterrarse.

Pero también su llegada provoca la peste del insomnio. Agrego que la condición del insomnio es la de borrar la noción de las cosas pero también la identidad de los demás:

Lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado. [2]

La degradación del ser, producto del olvido, crisis del insomnio, inicia con el fin de la memoria y culmina con una ciclicidad: la idiotez de vivir sin pasado. En este proceso se empieza por perder el nombre, el sentido y finalmente la identidad de los otros. Rebeca introduce el insomnio, la peste del olvido, para revelar lo que Melquíades, en su resurrección, llama “el olvido de la muerte” que concluye con el abandono absoluto del lenguaje —el único ejemplo es Rebeca, innombrable—: “Continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”. [3]

II. Existe en Cien años… cierto paralelismo con lo que acertadamente señala Reyes en su ensayo “Apolo o de la literatura” cuando el ensayista mexicano imagina el origen del poeta y de su doble, el crítico. El primer poeta surge del Individualismo, cuando su canto adquiere autoridad, además de un tono propio y, sobre todo, un nombre reconocido. En la novela de García Márquez el primer individuo es José Arcadio. El nacimiento del Individuo moderno que se desprende de la Tribu, de la Comunidad, se ve reflejado desde su desesperación en el siguiente pasaje:

Aquello le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer de forma regular y se pasaba el día dando vueltas por la casa.[4]

Para José Arcadio la renovación tecnológica, la capacidad sobrehumana de rejuvenecer y simular que ofrece Melquíades, representa más que una derrota una decepción por la comunidad a la que tanto ofreció durante su fundación. La gente lo recordaba de otra forma:

Al principio, José Arcadio Buendía era una especia de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza.[5]

En conclusión, es necesario por cuestiones ontológicas que surja el individuo para que aparezca la soledad. Asimismo nace también una enfermedad propia de las ciudades modernas: el Tedio. La metamorfosis de José Arcadio aquí parece significativa: “De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán”.[6] La soledad en la palabra no permite el reconocimiento del otro. La muerte dibuja un perfil de la soledad: en la muerte no hay lenguajes. O quizá sí, más absolutos. Pero el terrenal se descompone en el elemento sonoro, en la comunicación primitiva: las cosas reducen su propia identidad hasta convertirse en simples onomatopeyas. Un Melquíades anciano, casi igual que un exiliado que carga la sabiduría del mundo, curará del insomnio a Macondo.

III. Existen en la novela claras referencias míticas, lo cual ha llevado a ciertos críticos a denominarla como una novela donde se reinterpretan no solo la historia latinoamericana, fundada en las dictaduras y el poder, sino una ciclicidad propia de los relatos bíblicos. Ciertamente se permite hacer una lectura bíblica sobre la novela. Melquíades se figura como el hacedor de la palabra, aquel que es capaz de confirmar la máxima en el principio era el verbo. Melquíades, un dios o antidios, es quien crea la historia. El tiempo en la novela transcurre en ciclos y pareciera que además de los nombres se repiten también hechos y destinos. El tiempo no existe en esta utopía en la nada que es Macondo, sino hasta la llegada de la modernidad, del lenguaje y la civilización, representada por la primera familia de gitanos. El deseo por el saber conllevará el fin de la utopía y surgirán los vicios del mundo moderno: la muerte, primero, después la guerra y el poder, así como la búsqueda por descifrar los pergaminos del dios.

Hay además un impulso divino, pues el incesto (cíclico) surge de una angustia por contrarrestar la última soledad, la de Dios, con las bases de una familia que habite el paraíso. Por lo que tiene que estar tanto en el origen, en el destierro (la muerte) y en el fin. La angustia y búsqueda de Dios será confirmada por José Arcadio, quien lo busca en los daguerrotipos y en la música.

Por último se puede hacer una lectura bastante aventurada al relacionar a Melquíades con Jesús. Sin embargo hay algunas semejanzas: ambos promueven la parábola; ambos regresan de la muerte, asediados por el mundo; finalmente, ambos marcaron el progreso y el nacimiento de un libro y de una civilización.

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[1] Gabriel García Márquez, 100 años de soledad. Diana, México, 2010, pp. 17-18.

[2] Ibid., p. 52.

[3] Ibid., p. 56.

[4] Ibid., p. 14.

[5] Ibid., p. 15.

[6] Ibid., p. 16

Apuntes sobre Cien años de soledad I

(Al tratarse de un texto de extensión considerable, he dividido la entrada en dos partes. En unos días subiré la conclusión de estos apuntes ensayísticos)

Introducción: Para este ensayo, que peca de ser breve al tratar una obra significativa como lo es Cien años de soledad, he decidido optar por la estructura reyesiana del apunte ensayístico, poco explorado en las regiones de la reflexión: terrible destino, solitario, el de olvidarse en las sucias hojas de un cuaderno tachado, sus manchas de oxidación, su condición de pergamino, de archivo. Sean mis palabras, pues, un acercamiento a la bíblica novela de García Márquez.

I. El sino de los personajes, bien se conoce, es la soledad. Pero en la novela aparecen diversos desdoblamientos de la soledad. Existe, en primera instancia, una soledad moderna, propia del hastío que produce la llegada de la civilización, la cual representan los gitanos, quienes llevan a Macondo, en ese entonces virgen e idílica, inventos, curiosidades, herramientas inútiles que suelen vender. José Arcadio es el único obsesionado con los objetos que compra a Melquíades y progresivamente, en su búsqueda por el saber, termina encerrándose en sí mismo, intentando desentrañar los misterios de la verdad, los mecanismos de la tecnología que poco a poco lo distanciarán del pueblo y de su familia. Atado a un árbol José Arcadio morirá en la locura propia de modernidad: aquella que permite que un hombre muera atado a la vida. No sabrá desafortunadamente que existen enigmas más fascinantes en la lluvia de flores que cae después de su muerte.

II. Relaciono el final de José Arcadio con el segundo desdoblamiento de la soledad: aquella que reside en la muerte. Al inicio de la novela el narrador, en apariencia distanciado de las circunstancias del relato, apunta que Macondo en ese entonces era tan reciente que nadie había muerto: “Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto”.[1] Sin embargo el primero en morir en la historia de Macondo es Melquíades. Justo, esta ocurre fuera de la geografía de Macondo, pero dentro del tiempo cíclico. Melquíades no obstante regresa, confirmando su conflicto con el tiempo: es un ser atemporal, para quien la muerte pareciera ser un estado ajeno, casi una etapa, como el sueño o la siesta. Así, ante su primera resurrección afirma que regresa de la muerte porque se sentía solo. Además, otro de sus regresos proféticos ocurren cuando, según sus palabras, viene al sepelio del rey: la vuelta de Melquíades confirma su ciclicidad ante la muerte de José Arcadio. En cierta forma, acompaña al muerto, lo habita para que su viaje a las regiones de la muerte no sean tan solitarias.

HOMENAJE A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
40421139. México, D.F.- Al término del homenaje luctuoso al escritor, Gabriel García Márquez (1927-2014), miles de mariposas amarillas surcaron el cielo de la explanada del Palacio de Bellas Artes.

Con el paso del tiempo, lo que leerá (leeremos) Aureliano Babilonia, el incestuoso, quien asegura el sino irremediable que está presente desde antes del principio, será la confirmación de la muerte y el fin sobre todas las cosas: incluso por encima del lenguaje: “Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte”.[2]

III. Con cierta reiteración, cual virus o enfermedad irremediable, la soledad del lenguaje aparece en la novela desde distintas perspectivas e interpretaciones: por un lado, no resulta novedoso señalar la complicidad que hay con el lector al reflexionar que lo que se está leyendo son los pergaminos de Melquíades. A lo largo del relato, distintos Buendía, tan diferentes entre sí, buscan descifrar, sin éxito hasta Aureliano Babilonia, el lenguaje del gitano. Su actitud filológica los amarrará a un trabajo solitario, obsesivo, enfermo. Otro pasaje relevante está en el principio de la novela. Si lo que leemos son las palabras de Melquíades, es simbólicamente importante la condición de una ausencia del lenguaje para nombrar las cosas tan recientes: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas habría que señalarlas con el dedo”.[3] Se describe la prehistoria, donde las cosas son innombrables y para reafirmar su existencia deben ser señaladas: sólo el narrador, por medio de la escritura, es capaz de realizar un proceso de Historia, o sea, fijar la memoria de sus personajes. Señala González Echeverría que no puede existir una civilización ajena a la escritura, y el individuo no puede vivir fuera ni de la comunidad ni del lenguaje.[4]

Por último en otro pasaje que demuestra la importancia del lenguaje, así como su condición inasible, es la célebre peste del insomnio: “No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio”. [5] Será Aureliano el primer desesperado por establecer no solo los nombres de las cosas, sino su función. Al ser incapaces de soñar, “la nostalgia de los sueños”, el olvido empieza a desmitificar todo lenguaje hasta someterlo a cierta especie de escritura: por ello los habitantes recurren a la oralidad, para así evitar la no-espacialidad, la no-existencia y sobre todo el aburrimiento. Así, justo antes de encontrar la cura del insomnio, un bello anuncio en la entrada del camino: Macondo. Y otro, mucho más subjetivo, en la calle central: Dios existe. La existencia del pueblo, así como la de Dios, se prueban gracias a la soledad de la escritura y del lenguaje.

Citas

[1] Gabriel García Márquez, 100 años de soledad. Diana, México, 2010, p. 15.

[2] Ibid., p. 432.

[3] Ibid. p. 7.

[4] Roberto González Echeverría, “Un claro en la selva: de Santa Mónica a Macondo” en Mito y archivo. Una teoría de la narrativa latinoamericana (trad. Virginia Aguirre Muños). FCE, México, 2000, p. 30.

[5] García Márquez, op. cit., p. 55.