Los Sacramentos: Apopcalipsis

Carta final del apóstol Antonio a los juareños

0. El pasado 21 de abril se ofreció el último sacramento, «Los santos óleos». Con éste, culminaba la propuesta más ambiciosa de Grupo Nora. El propósito de este texto es reflexionar sobre Los sacramentos en un ámbito creativo general.

1. Los sacramentos no puede solo pensarse como una obra teatral. Sería reducir su proceso, su identidad. Se trata de un acontecimiento  (pop) performático. Es la experiencia de una crisis. Como tal, es una experiencia que desestabiliza al espectador. También a la comunidad.

La comunidad, la iglesia, responde a sus signos, los difunde. Por ello, la obra debe contemplarse en su totalidad. En mi opinión, cada una de las siete partes de Los sacramentos se sostiene de forma independiente. No sé si alguien más haya vivido la experiencia completa. Tampoco sé si eso importa. Lo que sí sé es qué partes son más esenciales en otras: «El bautizo», «La primera comunión» y «Los santos óleos».

2. La introducción de Los sacramentos me sigue pareciendo la mejor parte. Todas las demás, me remitían de inmediato a la primera experiencia con el evangelio pop. Su mensaje era fresco, crítico y enigmático. Además, había una seriedad en la propuesta que, ya en los últimos sacramentos, se fue perdiendo. En virtud de ello, puedo afirmar que es muy pop cómo la obra creativa se fue consumiendo a sí misma en su lenguaje visual y narrativo. Durante «El bautizo» se establecieron algunas constantes: una relación poderosa con el público, ciertos símbolos que se complementan con otros religiosos, la decadencia y el consumismo, los elementos paródicos, etc.

3. Después de «El bautizo» con coca-cola, la propuesta sacramental siguió estable hasta el final. Sigo creyendo que les sostenía la reacción e intervención del público. Esto es lo natural en cualquier performance: «el teatro es producto del público y sus servidores [los actores]», dice Max Herrmann pensando en escenas performáticas.

Aún así, en «La primera comunión» se ejemplifican otros aportes esenciales a la puesta en escena: se crean los mandamientos pop, se ofrece una anti-comunión y el público sigue espantado por verse reflejados a ellos mismos y a lo peor de sí en estos anti-sacramentos. Como no podía ser de otra forma, solo queda reír.

4. Al concluir «La confirmación» dejé de escribir. Esto se debe a asuntos de carácter social que ocurrieron después de «La ordenanza», en el mismo lugar y día.

Apunto mi opinión aquí, sin inventar o alimentar más la mitología de la propuesta apostólica. Ha terminado eso.

5. La ordenanza fue el espectáculo participativo más fuera de tono de los sacramentos. También, el más ágil y digerible. Recuerdo el impacto que me causó observar los trajes «papales» en la pared. Colgados, como dos caparazones. Dos exoesqueletos. Después del magno-evento de confirmación, Nora debía re-inventar el camino de sus sacramentos. Lo lograron, aunque parodiándose a sí mismos. Pienso que esa interacción con los espectadores en La ordenanza se volvió aún más esencial. Eran ahora personas que debían hacer la obra. Incluso dos personas casuales tomaron el papel de papas. Con esto, se daba a entender que no existían aquí protagonistas, sino guías. Incluso el «ordenado». Fallaron las imágenes y la música. En este punto, esa insistencia con la misma canción y con las imágenes consumistas ya era fácil de ignorar por aprendidas.

Hay algo que ocurrió en El matrimonio que quisiera relatar. En efecto, el «salvador» (que al final resulta ser una figura que por casualidad protagoniza los rituales) se casa con su maquina de tatuar hecha en china. Hasta ahí ha llegado al consumismo: matrimoniarse con los objetos que nos dan de comer, que nos ayudan a crear o dan sentido a nuestra existencia. El amor a los objetos dura más —o eso creemos— que nuestro amor por las personas. Como esos gringos de la televisión que se casan con sus automóviles. El capitalismo puede ser conmovedor, diría algún anuncio de Coca-Cola. Lo interesante, por supuesto, fue observar la reacción no de los espectadores que ya conocíamos la propuesta artística de Nora, sino la de los accidentales observadores que se encontraban en la línea fronteriza a esa hora, agobiados por la espera y el clima, y que contemplaban quizá sorprendidos y ciertamente incrédulos el evento ritual. Algunos, grabaron con sus celulares y sonreían. En ese momento me di cuenta que Grupo Nora cumplía con su propósito: la viralización efímera. ¿Qué será de esos videos ahora?

6. Mi momento favorito de Los sacramentos ocurre en su cierre. Aquí se derrumban varias ideas que había apuntado en reflexiones anteriores. También cierta narrativa pop. En lo general, esta narrativa no se sostuvo después de La confirmación y pienso que la figura protagonista perdió gravedad, a pesar de su matrimonio. Aún así, se las arreglaron para crear tanto con tan poco en Los santos óleos. Es fascinante protagonizar tu propia muerte-pop.

Las mejores partes de la propuesta de Nora ocurrieron con los ojos cerrados. Cuando desde la imaginación accedes al escenario de tu muerte. Dos monedas hacen una casa. Esta fue una experiencia espiritual: tranquila, silenciosa. Y me gusta cómo se rompe con esta espiritualidad para meter el mensaje pop: tus monedas, tu casa, alimentan a la iglesia. Entrégalas. Tú no vales nada. No tienes casa. Y no importa: baila. Es un final duro y me agrada, hasta aquí.

Lo que siguió después, es parte del show nada más. Agregados. El Papa se tatúa unas fechas y nosotros observamos otra vez. No es una conclusión esta, sino un epílogo. Si bien no hay una sensación de cierre, no me quejo después de la experiencia anterior.

7. Hay que comprender al evangelio pop como una experiencia crítica. Debido a la naturaleza del performance, entiendo algunas de las fallas argumentales de Los sacramentos. Esta dependencia del público era la que realmente construía historias y experiencias que, por supuesto, los actores provocaban o incitaban.

No obstante sí me preocupa que se quede esta idea del pop en un simple guiño chistoso desaprovechado. Se puede construir una propuesta más solida en una revisitación a las mismas ideas de los sacramentos. Una revisión del tono y los episodios podría ser más saludable para la propuesta. Claro, la experiencia performática es única e irrepetible. Pero el teatro tiene una virtud que la literatura, el cine o la música no: su esencia anclada en la repetición, en el regreso, en la temporada. La mitología pop puede crear otras historias. Con otros personajes y quizá otras propuestas visuales, teatrales y narrativas.

Aplaudo a Grupo Nora su potencia experimental, su iniciativa fresca y su manera de volver realidad las ideas más atrevidas. Son los que se encerraron 24 horas en El Paso del Norte. Los que suspendieron con ganchos a un hombre que tatúa. Los que bautizaron a ese mismo hombre con Coca-Cola. Los que unieron a ese hombre y su maquina de tatuar en santo matrimonio. Los que nos ayudaron a asistir a nuestra propia muerte Pop.

¿Quién más hace estas geniales locuras en Ciudad Juárez?

Oh no, Pop is dead: ¡long live Pop!

—Antonio Rubio Reyes, el apóstol—

pop vitae