El río enmascarado: apuntes sobre El viaje de Chihiro

                                                                                                          A la pequeña Yoselín

En una época donde la industria cinematográfica se ve agobiada por los intereses económicos, por un mercado devastador y una necesidad patológica por vender productos mediocres, en escasos instantes de iluminación una obra surge para cambiar el paradigma y enamorar a críticos y espectadores. El viaje de Chihiro (2003) es una película que nace del amor al cine, de una necesidad por transmitir algo a través del arte y la sinceridad.

La historia (el viaje) del personaje de Chihiro podría reflexionarse sobre una apología acerca de la identidad con un mensaje: la salvación de la naturaleza a través del amor. A lo largo de la película hay pequeños detalles que denuncian la condiciones deshumanizantes características de la modernidad. Por ejemplo, la condena y castigo de los padres de Chihiro, quienes no tienen nombre, será la gula: roban el alimento de los dioses y los muertos. Son transformados en lo que realmente refleja su personalidad: cerdos.

Por otra parte, la bruja Yubaba representaría en sí a la figura del capitalista explotador, una poderosa mujer que con cinismo organiza su empresa: sus empleados son fantasmas y se asquean ante el olor humano de Chihiro; se “prostituyen” ante los dioses y las sombras. Hay quien ha apuntado sobre el sutil retrato de la trata de blancas en la película y no reniego de esta interpretación. Aunque también veo en Yubaba a la figura poderosa que subordina a las personas en una atmósfera asfixiante dentro de las empresas de las ciudades: lo primero que hace a Chihiro es catalogarla, hacerle olvidar su nombre (el amor salva su identidad). Lo mismo sucede en las maquilas: no eres tú, sino el empleado del departamento tal, eufemismo de “esclavo”.

La revelación y recuperación del nombre de Haku expone toda la crítica a esta desnaturalización del ser, su desprecio hacia la naturaleza. El amor entre Haku y Chihiro conmueve puesto que es sobrehumano. El pasado los une y salva. Haku recupera sus recuerdos: era un dios en un río donde Chihiro, cuando era pequeña, había caído. De hecho es Haku quien luego de ofrecerle comida le recuerda a Sen su verdadero nombre (que ya había olvidado). Y Chihiro llora porque nadie en todo el lugar la había tratado como a una persona: nadie siquiera se había preocupado por ella, menos por sus recuerdos.

La desconfianza de sus padres ante la idea de la muerte se contrasta con la de salvación que percibe y recuerda Chihiro. El nombre de Haku (máscara en japonés) se recupera cuando encuentra la fuente de todo su amor: el amor de una niña por un río. Éste fue consumido por la modernización: unos edificios colocados sobre el río. Haku en realidad es un río muerto, enterrado por la idea del progreso que cuando recupera su nombre se libera del maleficio: fluye en lo invisible, vuela hasta las lágrimas.

Su complementación es el dios apestoso que aparece cuando Chihiro se transforma en Sen, su nombre de empleada. Su primer trabajo consiste en prepararle un baño. Aquí contemplamos la idea del río muerto: apesta, está contaminado, ha perdido su esencia divina. Cuando Sen-Chihiro (en comunidad) rescata al dios, de sus entrañas sale toda clase de basura y despojo: hay inodoros, barcos, pobredumbre, muerte. Pero Chihiro-Sen logra limpiar al río: le regresa su divinidad.

Después de ello, el mundo fantástico se llena de agua. Interpreto esto uniéndolo a la evolución del personaje: de una niña inestable y temerosa a una niña independiente y segura de sí misma. Ahora conoce su destino: rescatar a Haku porque lo ama. Para realizar el viaje de salvación, Chihiro toma el tren, símbolo de la modernidad, no-lugar que permite el reposo y la reflexión. Su rostro ha cambiado, rodeada de sombras. El equilibrio entre un estado natural y otro urbano, aunque ensombrecido. El túnel representa, para mí, el final de la infancia, el regreso hacia el mundo de las ciudades.

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Hay un final feliz, que se observa un poco en el reconocimiento de las identidades: Haku es salvado, los padres de Chihiro dejan de ser cerdos y se les ha concedido el olvido. La escena final es preciosa: el coche, uno de esos símbolos de las ciudades ultra-modernas, sucumbe a la naturaleza, y ese paisaje que en el principio estaba desolado ha recobrado su ecosistema. Chihiro sonríe. Sabe que no todo está perdido, que puede existir un equilibrio entre lo humano y lo divino.