The Babadook o la metáfora del insomnio

Hasta hace poco era un cobarde nato. Es por ello que, salvo muy contadas excepciones, no atrevía a ver películas de miedo. Sin embargo, gracias a las virtudes de la repetición y el azar, me acostumbré a cierto tipo cliché del género de terror que sólo denota una carencia de imaginación en los temas, imploraciones por el susto fácil y tramas estúpidos. Pienso que esto se debe a la relevancia del espectáculo al momento de exponer al “monstruo”, al verdadero protagonista, antes de presentar bien a los afectados que de cierta forma representan al espectador. El miedo, en teoría, es la vulnerabilidad hacia lo desconocido. Lo que hace preguntarnos: “no es real pero… ¿podría pasarme?” El buen terror y horror desempeñan con maestría ese trabajo, esa sensación: cuestiona a la realidad y permite posibilidades. Insisto en el azar, que me ha permitido ver algunas películas notables o por lo menos novedosas en este sentido: It folllows habla sobre la represión sexual y la angustia de la persecución; Cloverfield explora el tema de la destrucción; The Conjuring trata sobre cómo lo paranormal o lo inexplicable puede arruinar las vidas de los afectados. Pero creo que ninguna de éstas se acerca al descubrimiento y hallazgo de The Babadook.

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En primera instancia puede decepcionar a los que busquen el susto fácil. Aquí el terror se cuenta en la historia que no se cuenta. Es famoso y reglamentario aquel axioma narratológico que dice no describas, elide. Y The Babadook asume lo último como la verdad. Si me quejo de las malas películas de miedo es porque lo desconocido, lo sobrehumano es inmortal y siempre cumple de forma inverosímil su representación en la realidad. En esta película el monstruo Babadook surge desde la ficción: los libros que utiliza Amelia para hacer dormir a su hijo. La figura del libro simboliza más bien un paliativo que oculta los verdaderos problemas familiares que la película asume con una responsabilidad impactante: cómo los fantasmas de la ausencia pueden llevar a una mujer a la locura. Este tema, que remite a la problemática familiar de We need to talk about kevin se cuenta aquí en los pequeños detalles erigidos en la relación entre madre e hijo que deben hacer frente hacia el peor de los miedos: la soledad. Son personajes afectados por la ausencia y el terror gira en torno a ello para así introducir a la figura del monstruo que no es sino la representación de ella, de su “lado oscuro” por así describirlo, un descontrol hacia lo que ella percibe como su realidad.

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Aquí aparece la metáfora del insomnio y su vinculación con la locura. En diversas escenas, hay una imploración por el deseo de dormir y soñar pero ocurre más bien en pocas ocasiones, porque ambos personajes son atormentados por el insomnio metaforizado tanto en el Babadook como en la pesadilla. El terror radica en lo verosímil del tema: el impacto del insomnio en la vida humana y cómo afecta nuestra noción de existencia: lo terrible de la historia ocurre. Asimismo hay una crítica sobre las drogas del sueño. En un principio se expone como un descanso tanto en la acción como literalmente: es una parte de la película en donde las cosas van bien. Sin embargo, es el prólogo para lo peor, para la locura completa, el “let me in” en el que insiste el Babadook. A través de símbolos como la náusea y sinceridad del niño y su reacción negativa hacia las pastillas, las cucarachas que surgen como plaga invisible y la locura de la madre, se expone un problema real: los paliativos del sueño, como la televisión y las drogas, son más bien causas del insomnio, de nuestro pasaje hacia la locura. Hace falta contemplar el rostro de Amelia para percatarse del desgastamiento físico y moral de una persona que no duerme bien. Es en su rostro donde podemos ver al monstruo. Es ella quien produce el miedo, sobre todo en su conversión final que también confirma otra de las reglas en el género: el poder de la maldad siempre recae en los personajes más inocentes. La locura, trastornada por la necesidad del sueño, la convierte en una bestia violenta: ha sido poseída por ella misma y esto se ve claramente en la evolución de sus rasgos faciales, su cabello y su vestimenta, que además ocultan terrores más profundos, horror psicológico: la tristeza y la soledad, la discriminación, la muerte. En fin, sólo hace falta reflexionar sobre el final: la fiesta de cumpleaños es un festín para la soledad a la que nada más acuden los solitarios: Amelia, la anciana y el niño… así como el monstruo.

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La metáfora final ciertamente es sencilla y efectiva: no podemos desaparecer a la bestia, al odio que yace dentro de nosotros; pero podemos domesticarnos, tragar tierra y lombrices en un homenaje al mundo dual y fétido Lynchiano que siempre se oculta en la normalidad.

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