Las armas secretas de Cortázar

Queremos tanto a Julio. Enormísimo cronopio, con sus trampas verbales, su sinceridad ornamental, sus obsesiones lingüísticas: todas armas que entrañan siempre el secreto. Se lee a Cortázar desde la natural forma del gusto, del placer: su literatura ha sido escrita para disfrutarse y también para reflexionar sobre nosotros mismos. Y después de un tiempo, igual a quien abandona su ciudad por un lapso considerable y carga en su espalda la nostalgia humilde de los días pasados, regreso a su literatura después de la fascinación primera de Un tal lucas (primer libro que leí de Cortázar) la perfección precoz de Bestiario y el maravilloso mundo de Historias de cronopios y de famas.

Regresar a Cortázar es como recibir la llamada de un viejo amigo, “Oye, vamos a tomar un café” y el café está endulzado con un clima nublado, a veces llueve, a veces el viento, y en la atmósfera se respira algo: sé que después de su visita jamás volveré a ser el mismo.

La mayor virtud de estos cinco cuentos que conforman Las armas secretas, impecables todos en su individualidad y complicidad temática, es hacer levantar al lector, encender la computadora (o abrir un cuaderno) y escribir: porque eso provoca Cortázar, el impulso sobrehumano de contar una historia, de explorar la herrumbre de la propia literatura.

Todos los cuentos, insisto, son perfectos. Quisiera perseguir esa perfección en cada uno de ellos de manera breve si desvelar “spoilers” cruciales:

“Cartas de mamá”  inicia esa angustia de la búsqueda del yo y la aceptación de la existencia del otro que termina confirmándose como la única presencia verdadera frente a la obsesión y perversidad de los personajes indefinidos, la pareja vacía, incomunicada por esa presencia muerta, y también ante la aparente locura de ese agente extranjero que es la madre.

En “Los buenos servicios” Cortázar explora, desde la perspectiva ajena de una sirvienta eficaz, la hipocresía y doble moral de las clases sociales altas: sus secretos, su negación del amor y su trágica negación del otro. Cortázar pretende crear una historia sugerida más que una historia relatada: todo se sugiere a través de la ingenuidad conmovedora de la mujer quien narra la historia.

“Las babas del diablo” dialoga en secreto con un ensayo de Cortázar, “Algunos aspectos del cuento” donde expone que un relato debe adueñarse de un pedazo de realidad, de un momento preciso en el espacio tiempo, algo instantáneo, bello. La realidad y la palabra se mezclan aquí con otras vertientes de la propia “realidad” y sin previo aviso el cuento establece sus propias reglas: tanto lingüísticas como narratológicas. En “Las babas del diablo”, quizá uno de los cuentos más complejos de Cortázar, lo fantástico expone elementos trágicos que van desde el conflicto propio de contar una historia hasta la muerte y la complicidad de los objetos: apropiarse de un pedazo de realidad puede fastidiar a cualquiera.

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“El perseguidor” es mi cuento favorito y pretendo dedicarle un ensayo extenso en el futuro. Por ahora puedo comentar sobre algunos temas. En este cuento Cortázar-Bruno trata los no-lugares en los que habita esa presencia  inasible, esa máscara de la realidad que es Johnny Carter. Se tratan de espacios en los que se puede penetrar una conciencia fuera del tiempo y el espacio mismo se presenta como un lugar donde convergen fuerzas sobrehumanas; el arte de Johnny es celestial porque vive fuera del tiempo y se ha abandonado al azar justo de los tranvías, al olvido del artificio. Vive fuera de sí, en completa abstracción.

Finalmente “Las armas secretas” expone de nuevo el tema del doble y reflexiona sobre los destinos del ser humano en distintos planos temporales. Además aparecen dos personajes Roland y Babette, que funcionarán como puente estético a la siguiente obra de Cortázar: ellos formarán parte del Club de la Serpiente en Rayuela.

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