La broma, Milan Kundera

Si bien en La insoportable levedad del ser (1984) Milan Kundera magnificará sus angustias sobre el tiempo y el eterno retorno e irá un paso más allá con las reflexiones filosóficas acerca de la misma novela, La broma (1967), su primera novela, obra de extrema madurez, refleja el sentimiento de toda una época desde el punto de vista de cuatro individuos que con sus angustias reflejan al mismo ser: el hombre moderno. Ludvik Jahn pertenece al partido comunista y si bien comparte la ideología, él se caracteriza por no compartir patológicamente el optimismo por el cambio. Ludvik se acusa de usar máscaras naturales como todo joven. Con el paso del tiempo, luego de que la chica con la que salía decide distanciarse de él para entrar a un cursillo del partido en los veranos en que él planeaba visitarla, cargado de cierto reproche y rencor, Ludvik decide enviarle por una carta La Broma. Después de ella, la existencia de Ludvik se convertirá asimismo en otra broma más ridícula y por lo tanto más cruel: su vida se vendrá abajo y el personaje verá cómo el mundo en el que confiaba no cree en la verdad y no le interesa la intimidad de las personas. Su castigo es aferrarse a la verdad.

En la entrada de Conversación en la catedral, y en otras anteriores, me he quejado de la plasticidad en los personajes. Pues bien, en este caso los personajes son de una carnalidad existencial sincera y se encuentra perfilado en el mismo estilo narrativo. Lo último es interesante puesto que desde el narrador-personaje se comunica una forma de ser, una manera de narrar y contemplar la existencia. Ludvik es sincero al momento de describir su vida; pero también tiene momentos en los que se abandona a la búsqueda de una identidad: la del otro, la del ser amado. Y al buscar definir su alteridad él mismo encuentra el significado de su existencia, interrumpido por las circunstancias históricas:

A lo largo de esos años el tiempo ha impreso sobre su rostro verdadero una máscara falsa, pero por suerte la máscara tiene dos orificios a través de los cuales pueden volver a mirarme sus reales y verdaderos ojos, tal como los conocí

En medio del reconocimiento del ser se encuentran las máscaras del tiempo, una señal de que las personas, al estar separadas, cambian junto con la historia: pero la mirada, donde nace el amor, no envejece. Ludvik describe en esta parte que el amor nace de los sentidos y al escuchar al otro no buscará creer en la voz, sino en el tacto:

Quería reconocerla por las manos; intentaba averiguar, según la amabilidad con que me tocaba, si era ella y si me había reconocido.

Sin embargo, luego se impondrá la propia decepción ante el desconocimiento y la angustia existencial caerá sobre sus hombros al dudar de la existencia del rostro, la alteridad complementaria:

Con una extraña insatisfacción salí del local; lo único que sabía era que no sabía nada y que es una gran grosería perder la seguridad sobre la identidad de una cara a la que una vez se amó tanto.

Lo que me encanta de esta relación amorosa es que jamás encontraremos la voz de Lucie, pero sí su silencio: siempre estará descrita a la distancia, siempre habrá barreras comunicativas con ella. Y a pesar de no escuchar su voz, su versión de los hechos, nos conmueve por la sinceridad de sus acciones vistas por los demás personajes. En contraste estará Helena, que no conoce el silencio. Su voz narrativa es desesperada, extensa, reiterativa, llena de giros lingüísticos y pocas pausas, lo que la define como un ser al borde del abismo, confundida y acelerada:

Hoy me voy a acostar temprano, no sé si me dormiré, pero me voy a acostar temprano, Pavel se fue por la tarde a Bratislava, yo, mañana por la mañana temprano tomo el avión para Brno y después del autobús, Zdenicka se quedará dos días sola en casa, no creo que le importa, no le interesa nuestra compañía, es decir, no le interesa mi compañía…

No es el espacio para describir y analizar el discurso de las voces narrativas de esta magnífica novela, pero, siguiendo a Bajtín, La broma es una novela polifónica, donde los puntos de vista chocan y se complementan en una dialéctica del ser. La broma, en conclusión, es una estupenda reflexión sobre el espíritu de una época en la que estaba prohibido reír, donde el humor desemboca en desesperación, angustia, donde la tradición es el único chiste; la gran broma es tomada con frialdad y la risa sólo está hermanada con las lágrimas: quizá se traten de tiempos demasiado serios. La efigie de la modernidad, es decir, la ciudad recibe con su peste a los individuos: siempre hostil, siempre bestial, como una especie de encierro.

broma

Milan Kundera, La broma (trad. Fernando Valenzuela). Tusquets, México, 2012, 325 pp.

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