Crónica de un rechazo anunciado

Crónica de un rechazo anunciado

Ayer me rechazaron un poema para una revista (no importa cuando leas esto, siempre será actual).

Esto es normal. Creo que soy un escritor eternamente en la friendzone divulgativa. No me importa mucho. Un poeta, o lo que quede de ello, no necesita publicar para hacer poesía. Tampoco necesita hacer poesía. Una prueba de ello es Nicanor Parra.

El motivo del rechazo fue lo que despertó cierta ansiedad en mí, cierta enfermedad. De esa que te obliga a escribir algo al respecto, para liberar bilis y deyecciones. Parafraseo las palabras y las destaco:

“Esto no es un poema. Usted cortó los versos para que pareciera un poema. Pero en realidad es la idea de un cuento. Una buena idea, pero no es poesía”.

La poesía es otra cosa, siempre: para poetas, para lectores, para mi abuela (requiescat in pace). No niego que quien(es) me escribe(n) esta respuesta tiene(n) algo de razón. Mis amigas y amigos saben que no rindo culto ni amor a mis textos. Pero mi dilema está en lo que la o las personas que dictaminaron conciben como un poema. Y es que de “Poesía eres tú” a “Antipoesía soy yo” hay mucha diferencia. Las definiciones personales son como los calzones: cada quien tiene el suyo y no suele compartirlo.

Tendrán motivos muy grandes para decidir qué es poesía y qué no. Motivos académicos, supongo. De esos que vienen en los diccionarios.

Podría hablar un poco del poema, pero no tengo ganas. Solo puedo confirmar que yo no parto los versos al azar. Las musas me dictan dónde termina un verso. Los fotógrafos suelen llamarle imagen. Los filósofos, idea. Los científicos, respiración. Ese es mi “método”, mi concepción del verso. Podrá no ser efectivo o confiable. Podrá ser el motivo de mis múltiples rechazos. A mí me gusta.

La experiencia lectora me dice que hay excelentes poemas en verso libre y adefesios de rima precoz, como los que publica la revista:

¿Qué fue de tu sueño esquivo y quimérico

de tu alma tan fecunda envuelta en el dolor?

Viajero solitario entre enigma y misterio

errante por la noche eterna e indecisa.

Agradezco al imperio de Cuadernos fronterizos el haberme dado una idea de reciclaje para escribir un cuento. Luego se los mando para que me digan que es un poema accidentalmente escrito en prosa.

23 de febrero, 2016

Han pasado ya dos años desde que escribí este texto. Decido publicarlo aquí porque me divertí mucho al leerlo. Estaba muy enojado y quizá el texto tenga más un valor anecdótico que crítico. Para cerrar este episodio, quiero indicar que Cuadernos fronterizos (dirigida por Víctor Orozco) siempre ha elegido poemas muy malos (mi gusto) para su sección de lírica. Afortunadamente no aparezco entre ellos. Aunque mis textos sean malos. También quiero, al fin, complementar mi exposición. Ya escribí lo anecdótico. Sigue lo «crítico».

La historia de esta revista ha sido desafortunada.  Es un espacio de diálogo, sí, donde un grupo de académicos ha hecho trinchera para publicar. La sección “voces estudiantiles” es hilarante por mínima. ¿Cómo está eso de que una revista universitaria publique solo uno o dos trabajos de sus estudiantes? Las revistas universitarias deben divulgar lo que se está escribiendo en el espacio universitario, mas enfatizando en sus estudiantes.

Un ejemplo de cómo se ignora este último aspecto se los expongo en el siguiente screenshot del número 41 (septiembre-diciembre, 2017) dedicado al centenario de Juan Rulfo que puede consultarse en línea:

Cuadernos fronterizos 1

Todas ellas y ellos respetables académicos del departamento de Humanidades. Aquí lo fastidioso no será la calidad de los ensayos, expuestos en un coloquio el año pasado, sino que dos de ellos tuvieron las muchas y buenas ganas de publicar dos veces: Susana Báez y Roberto Sánchez. Primero en colectivo, buenos amigos. Luego ya por separado, doctores solitarios. Mi memoria es mala, pero recuerdo que aquel día se presentaron más trabajos sobre Rulfo e incluso hubo una mesa de creación. ¿Dónde quedaron estos textos?

El espacio que ocupan los dos textos que sobran bien pudo utilizarse para aumentar la participación de los estudiantes, cuya sección palidece en número:

Cuadernos fronterizos 2

Aquí entonces seis ensayos de profesores/ras de la UACJ (y una del Colegio de México) y sus doppelgängers vs dos trabajos escritos por estudiantes. (También hay que prestar especial atención a las fechas; cuándo reciben y cuándo se aceptan los trabajos en ambos bandos es para partirse de risa).

Cuando se trata de escritores como Juan Rulfo y Juan José Arreola, la soberbia intelectual siempre reluce: los estudiantes no tienen nada que aportar a las investigaciones de estas vacas sagradas de nuestra literatura. El trabajo hardcore hay que cederlo a los doctores en literatura. A quienes les pagan por tener publicaciones. Ellos tienen la autoridad, aunque sus trabajos sean más bien frágiles.

Me explico en brevedad, porque esto no terminaría nunca. En el trabajo de Báez se hacen afirmaciones difíciles de consultar porque el texto de Perla de la Rosa solo lo conocen ella y Perla de la Rosa. Y en el caso de Sánchez Benítez se idealiza el trabajo de Cristina Rivera Garza, sin tomar en cuenta la abundante crítica (periférica) que ha señalado sus múltiples problemas en cuanto al manejo de la información.

Página aparte, me parece una incoherencia bastante absurda que en clases se exija al estudiante escribir ensayos de ocho a diez cuartillas, pero lo máximo que esta revista pide en cuestión de extensión sea de cinco (¡!). Y ahí está el estudiante de la UACJ que primero tiró su rollo para pasar la clase y ahora tiene que cortarlo porque no tiene dónde más publicar los resultados y Cuadernos fronterizos siempre será su primera opción.

Así es esto. Una de estas dos costumbres debe cambiar.

Como soy un renegado, después de este drama adolescente ocurrido hace dos años, jamás les he compartido más textos y jamás les enviaré nunca más algo, aunque los maestros y maestras que conforman el consejo de esa revista le hayan puesto dieces a mis ensayos en sus clases.

 

Antonio Rubio Reyes

24 de febrero de 2018

 

El chisme como herramienta eficaz para divulgar la literatura

I. Fue primero la palabra. Luego, el chisme.

Durante años, quizá demasiados, se debate el cómo hacer que los más pequeños y los más grandotes lean a los “clásicos”. Mejor escrito: cómo hacerles leer el canon que ha horneado la academia.

No hay que obligar a nadie a interesarse por la lectura. Eso llega a veces solo, a veces por virtudes más allá de nuestra comprensión. Lo que algunos locos llamamos azar y otros milagro.

Sin llegar a podas monumentales y ediciones incompletas de tales obras maestras, una manera eficaz, y por la cual yo llegué a interesarme en la literatura, fue el chisme.

Esto pasó en la preparatoria. Mi profesor de literatura era una persona bastante bizarra y su mirada sigue en mi cabeza con esa sensación parecida a la que produce la voz de Dross o los videos de Björk. Nunca estudió literatura, pero le habían dado esa clase a su pesar.

Sin embargo, este profesor utilizaba el chisme para hacer que sus estudiantes se interesaran en los libros (en las historias, pues).

Era súper efectivo. La prueba está en que todavía recuerdo cómo sucedió y qué lecturas hice por aquellos años en los que la memoria no tiene aportes interesantes. Los darks: Poe, Sabato, Fadanelli. Los amorosos: Sabines, Benedetti, Neruda.

Cierto día el profesor llegó a clase y nos dijo: “Les voy a contar un chisme”. Después se puso a dibujar dos monitos de palo en el pizarrón. “Imagínense a un chico y a una chica. Este se llama Paris Ella, Helena”.

Dispuso a contarnos, con las virtudes de Paty Chapoy, el conflicto que conllevó a la guerra de Troya, no omitiendo jamás los detalles más ricos, pero sí dejándonos con la clásica cosquillita en el estómago que nos obliga a decir “¿y luego?”

Nos chismeó que el tal Paris había generado la discordia entre las diosas. Nos chismeó que Elena era esposa de un vato que se llamaba Menelao; que el Paris se la bajó para llevársela a Troya y que por ese motivo empezó la guerra. Nos chismeó el ingenio de Odiseo. Nos chismeó que Aquiles era un joven bello y fuerte que se había “agarrado a tiros” con un tal Héctor, porque éste había matado a su amigo-novio Patroclo. Nos chismeó el asunto del caballo, en donde ingeniosamente se encontraban ocultos los griegos.

No nos contó qué había pasado dentro de las calles de Troya una vez que la trampa había sido instalada…

II. Hay algo de ontología en el chisme. Podrá o no gustarnos, pero produce complicidad e interés. Los juicios o prejuicios que surgen de una persona o asunto son a causa del chisme que existe detrás. Gracias a éste, podemos emitir nuestra simpatía o rechazo, en el caso de la literatura, hacia las ideas que se transmiten en un texto o hacia la figura del autor.

El chisme literario debería ser suficiente para introducir la espinita de la curiosidad en los autores que leeremos. Esa curiosidad que no satisfacen las listas de mejores libros, por ejemplo, pero sí la entrevista.

Conocer las opiniones o secretos de un autor solo alimentan su carácter mítico. Eso despierta interés en los posibles lectores o en las personas que no lo son. Hay un conocimiento previo a la lectura, una sensación de querer saber qué piensa sobre un tema de nuestro gusto, qué opina acerca de nuestra escritora favorita…

Por ello el éxito editorial de las epístolas y diarios. Los lectores buscan conocer a fondo a sus ídolos. Su inteligencia, sus manías a la hora de escribir o leer. También sus sentimientos, su sensibilidad ante temas como el amor o la familia. Algunos llevaron este género a la maestría, alimentando chismes deliciosos: Henry Miller, Salvador Novo, James Joyce, Joan Didion, Anaïs Nin, Alejandra Pizarnik y Bioy Casares, entre otros y otras.

Alguno encontrará en estos textos algo parecido a sus propias vidas. Y el escritor deja de ser un ídolo para ser nuestro conocido.

Nuestro amigo.

III. Todo chisme es difusor. Difunde información sobre cosas que quizá no debamos saber, pero que nos gusta saberlo. Por eso el chisme es difícil de olvidar. Y después, lo compartimos:

Oye, ¿sí sabías que a Björk le enviaron una bomba a principios de los 2000 y nunca llegó?

 

Oye, ¿sabías que Papasquiaro leía en la regadera?

 

¿Sabías que Cervantes leía los papeles que encontraba tirados en la calle?

 

¿Sabías que Julio Cortazar podía tocar la trompeta?

 

¿Que Jorge Luis Borges, ciego, erraba con su madre las librerías buscando gente que le leyese en voz alta?

Son minucias, en efecto, pero nos hemos apropiado de ellas. Ya son nuestras, morbosamente, y luego serán de quienes escuchen o lean el chisme.

Esto evita el hermetismo que nos producen las biografías neutrales, los datos y fechas vacíos de contenido. Ahí falta emoción. Si no existe pasión, la persona que nos escucha no se contagia.

El chisme es una pasión secreta. Cuando es sabroso, se propaga como una enfermedad. La era de internet tiene un mejor término: se vuelve viral.

IV. El chisme puede volverse nocivo. Llega a ser destructivo cuando se lo propone.

Pero se evita esa cualidad destructora cuando chismeamos libros. Si lo hacemos bien, quizá nuestros conocidos, familiares y amigos aventuren a hojear equis novela o a conocer a determinado escritor.

Mi mamá, por ejemplo, solo leyó mi poemario (por publicarse) porque le dije que se lo había dedicado a una mujer. No le dije que esa mujer era Joni Mitchell.

 

 

V.

Los libros son chismes que cuentan los fantasmas de la imaginación.

Juan Cartablancas

chismes

 

La violencia en la ficción no es la misma que en la realidad

I. Dado los trágicos hechos de ayer que no viene al caso describir, se han abierto varios debates que de alguna u otra forma abordan el tema de la violencia en las instituciones y en el propio sistema.

Sin embargo, creo preciso aclarar que la violencia en la ficción cumple funciones diferentes que en nuestro plano real: nos afecta de otra manera y también cada persona tiene su concepción del asunto, respetable o no.  Además, la violencia como concepto es en sí sumamente complejo y responde a cuestiones sociales, políticas e ideológicas que en este texto no pretendo desarrollar..

En primera instancia, eliminar la idea lo violento en la ficción me vuelve violento. La violencia en las películas y los videojuegos (la literatura no se ve afectada por la sentencia en cursivas) es una herramienta: entretenimiento, abstracción, diversión, etcétera. No es el fin de las películas y videojuegos de masa explorar a la violencia como idea filosófica o social: pretenden crear atmósferas realistas, impactantes. Es, entonces, un artificio. En ejemplos más afortunados, cumple con efectos estéticos. No por ello, también, deja de ser un reflejo preciso de nuestra realidad. No se puede prescindir del elemento violento, puesto que en las propias acciones hay ejercicios de violencia pasiva y activa: una historia tradicional sin acciones no cumple con su función artística o de entretenimiento.

II. Es mítico el prejuicio que tiene alguna parte de la sociedad sobre los videojuegos. Esto se debe al alcance que tiene esta industria con los niños y niñas y con los jóvenes. De ahí que los padres sientan que sus hijos se pervierten con escenas de violencia y que los medios de comunicación utilicen esta idea ya superada: los videojuegos vuelven violentos a los niños. Y quiero dejar muy en claro lo falaz que es este argumento. Siento que los videojuegos han superado el espectáculo de la violencia y han explorado otras vertientes y posibilidades. De hecho, hoy en día creo que hay pocos juegos en los que la violencia protagonice o sea relevante. En el caso famoso de los shooters, que tanta polémica despiertan, compruebo por experiencia propia que lo divertido y emocionante no es el ejercicio violento sino las estrategias y situaciones de inteligencia, trabajo en equipo y comunicación que puede ofrecer un gameplay.

La ficción no promueve la violencia, no vuelve a sus espectadores un monstruo que busca sed de sangre. Yo, que he visto y jugado películas y videojuegos aún me impacto cuando contemplo un perro atropellado en las avenidas. Me impacta bastante ver a los conductores, padres y madres de familia, estudiantes rumbo a la escuela, señoritas que se dirigen al trabajo, pasando por encima del animal hasta desentrañarlo.

No he sido deshumanizado por la ficción aún.

Lo que sí hay que criticar, puesto que es ahí donde se divulga esta idea, es la postura amarillista de los medios de comunicación, quienes se encargan de publicar en sus páginas de internet videos e imágenes («virales») en los que la violencia se promueve y comparte con naturaleza significativa. La diferencia es clara: esta violencia existió, fue real. Alguien resulta afectado en la escena.

Son los medios los que de alguna u otra forma deshumanizaron a los habitantes de Ciudad Juárez en donde, como dijo alguna vez Perla de la Rosa, las películas de Tarantino son ejercicios casuales que vemos cada día en las noticias. Fue tan importante este momento en la historia de la televisión local que al fin se contempló algo antes nunca visto: rating.

Ocurrió además en la realidad algo que también hay que criticar como espectadores, lectores y jugadores: el espectáculo de la violencia y la caricaturización de sus víctimas. Evitar, en fin, la costumbre. A fin de cuentas, ante estas situaciones creo que no hay necesidad de buscar una causa que las explique, porque puede no existir una.

Lo viral y el morbo

En Tesis, Alejandro Amenábar reflexiona acerca de la morbosidad que puede provocar en sus espectadores las escenas grotescas y sangrientas a las que ya nos hemos acostumbrado. Toda la película gira en torno a la idea de los videos snuff y de cómo la violencia misma puede crear adicción. No obstante, pienso yo, esto es algo que podría definir lo humano: quiero decir que si bien pareciera que el morbo llega a ser enfermizo en muchos caso, en la antigüedad las batallas de gladiadores eran un éxito porque la gente desea contemplar la muerte. Por ello que la última escena de Tesis sea notable: alienta el deseo del espectador por mirar algo morboso, como al inicio de la película en la que la protagonista se entera que el tren ha parado porque un suicida saltó a las vías y quiere ver lo que quedó.

La sobremodernidad, como Marc Augé define a nuestros tiempos, aunque no ha normalizado al morbo, sí lo ha viralizado. Todo lo que compone el internet está regido por el hastío de la realidad y hace posible que, en nuestra búsqueda de entretenimiento, contemplemos algunos ejercicios del morbo. ¿Qué sucede cuando esto va más allá, al grado de desestabilizar los principios morales de la audiencia que ha motivado los propios ejercicios? Tal es el caso de una youtuber que transmitió su suicidio por internet —no recuerdo si por youtube u otra plataforma—.

Lo que urge reflexionar no es el hecho de que las autoridades hagan hasta lo imposible por eliminar el rastro de dicho video, sino dos cosas: 1) El principio de viralidad que motivó a que esta chica decidiera transmitir su suicidio; 2) No es el primer suicidio que se transmite en vivo y se tuvo que esperar a que una menor de dieciocho años para el escándalo—en los que el hecho hizo famosos a sus trágicos protagonistas.

Las autoridades no pueden eliminar el video de internet por la demanda que rige el principio de viralidad y morbosidad: las personas quieren ver ese video y por ello se ha divulgado por todos lados. Es imposible detener lo viral, y más si a ésta la impulsa el morbo de un público cansado de lo que contempla en sus inútiles vidas: de ahí que nazca ese deseo por mirar algo distinto a lo que se ve en la televisión e incluso en youtube.

El suicidio, desde mi punto de vista, es algo sumamente complejo: las razones por las que cualquier persona decida quitarse la vida siempre escapan a mis principios éticos, morales y filosóficos. Hace unas semanas, por ejemplo, me llegó la noticia del suicidio de un amigo de la secundaria a quien le ocurrió lo contrario que a la niña del video: su muerte ha pasado desapercibida de las redes sociales; de aquellos que lo felicitan en su cumpleaños, pese a que ha muerto desde hace ya meses.

A mí no me impulsa el morbo para hablar de ello, sino el contraste. Pienso en el impulso que tienen algunos ejemplos más de suicidas que quieren volver pública su muerte: que llegue a millones de personas. Y pregunto, ¿es algo reprobable? Ni el suicidio ni la fama son del todo reprobables, aunque sí tristes. La naturaleza de la muerte, en su sentido más absoluto, es espectacular: luego, el olvido.

Por último, ¿es cuestionable el deseo de utilizar estos videos ajenos e imágenes para ganar vistas y likes y el principio inevitable del morbo que nos ha motivado a mirar y compartir dichos videos?

(Ha pasado casi una semana desde que escribí este texto y quiero puntualizar algo. El tema ha sido sobreexplotado y hay miles y miles de videos de youtubers hablando sobre el tema, algunos con mejor fortuna que otros. Lo que me interesa es esto: se ha revelado que la chica fue violada por su padrastro y que ello motivó su suicidio. Ya no se trata de una persona que vio frustrado su sueño de youtuber, como dijo Dross en un video eliminado, sino una medida desesperada: toda desesperación es liberación. Me entristece ahora más el tema puesto que ahora podemos hablar de otro todavía más grave: la cosificación de lo viral. Es decir, el ejercicio de compartir y deglutir información sensible y desestimar este conflicto de género, conflicto social también: somos testigos, pues, de cómo una mujer fue violada por mucho tiempo hasta el punto de suicidarse en vivo. Yo no tengo ningún problema con los motivos por los que la muchacha decidió transmitir el hecho; creo que ella se sentía sola y que las personas que la miraban, gracias a esa ilusión que compartimos todos de compañía en la virtualidad, era lo único que tenía. No lo sé de cierto, pero sigue siendo triste).