Crónicas marcianas, Ray Bradbury

En enero de 1999 despegó un cohete. Las personas se asomaban desde sus porches y miraban un cielo cada vez más rojo. En cierta forma, aprendieron a mirar de nuevo. Los viajes interplanetarios nos han devuelto la infancia, dice el filósofo, y ese cohete partía hacia Marte.

Esta imagen, repleta de maravilla y lirismo, expone el asombro que nos producen las grandes hazañas pese a estar condenadas a la derrota. El primer viaje interplanetario aterriza en Marte para luego desaparecer. La segunda expedición también fracasa debido a los caprichos del género humano: el capitán y los tripulantes esperan el reconocimiento; ser vistos como héroes por la cultura marciana. Esperan un reconocimiento humano: estatuas, fama. En la ingenuidad e insistencia recae su desgracia.

El marciano que erradica a estos hombres también se contagia: es la primera víctima del virus humano. Recorre en la mayoría de estas crónicas la idea de que la raza humana es una enfermedad. La Tierra padece una crisis que al final del libro culminará en una catástrofe nuclear. Contagian su destino trágico a la civilización marciana, la cual desaparece por una pandemia de varicela: “Este planeta está acabado”, menciona Spender cuando la tercera expedición arriba al planeta rojo. El pasaje, sobre todo en estos tiempos del Covid-19, me parece aterrador:

“Una raza se desarrolla durante un millón de años, se civiliza, levanta ciudades como esas de ahí, hace todo lo que puede por ennoblecerse y embellecerse, y luego muere. Parte de esa raza muere lentamente, dentro del ciclo de su propia existencia, con dignidad. ¡Pero el resto! ¿Ha muerto el resto de los marcianos de una enfermedad de nombre adecuado o de nombre terrorífico o de nombre majestuoso? ¡No, por todos los santos, no! ¡Tenía que ser varicela, una enfermedad infantil, una enfermedad que en la tierra no mata ni a los niños!”

Es una enfermedad, de acuerdo con Spender, poco adecuada para las arquitecturas vacías e impresionantes erigidas y abandonadas por la civilización marciana. Podríamos aplicar esta misma reflexión a la sentencia de la Tierra: ¿Ha desaparecido la humanidad por un acontecimiento de nombre terrorífico o majestuoso? Los humanos se erradicaron a sí mismos: las bombas terminaron por dar al planeta un aura verde. La erradicación es un acontecimiento terrible y hermoso.

Crónicas marcianas narra la historia de una colonización. La mirada de Bradbury es penetrante porque utiliza un lenguaje poético que describe finalmente la fragilidad de las cosas, que todas las cosas sucumben a su propia soledad, como se cuenta en “Vendrán lluvias suaves”: una casa deja de ser casa sin el calor humano; una casa que termina por incendiarse a sí misma con el tiempo, sabia metáfora de la humanidad. ¿No nos regresa “Vendrán lluvias suaves” el reflejo de nuestra propia insignificancia? Leemos cómo el fuego de la casa se “nutre” de Picassos y de Matisses y, después, en uno de mis pasajes favoritos del libro, el fuego acaba con la poesía: “Y en la llameante biblioteca, una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos”. El final de esta crónica parece denotar que el tiempo del género humano ha terminado: un tiempo que repite unas cifras que no significan nada.

Ciertamente en el libro se siente un aire épico, como suele ocurrir en esos documentos históricos donde se escribe con pasión la gran hazaña humana según la Historia: los descubrimientos y las conquistas, la enfermedad y la guerra. Crónicas marcianas es, en efecto, un relato sobre héroes, sacrificios y aventuras. Pero es un libro triste, más cercano a la literatura de terror que a la literatura de Bernal Díaz del Castillo, Marco Polo o Antonio Pigafetta: conquistaron el espacio, pero, finalmente, desencadenaron el fin de su mundo y también, en su ignorancia, el del mundo marciano.

Uno de mis momentos favoritos ocurre cuando los marcianos sobrevivientes muestran a Sam Parkhill la destrucción de la Tierra. Es un acontecimiento hermoso en el cielo, que recuerda al cielo rojo que dejó atrás el primer cohete. Las personas observan desde los porches, “extendieron las manos como para apagar el incendio”. Y la gente, al contemplar el final de su hogar, aprende a mirar por última vez.

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Ray Bradbury, Crónicas marcianas (traducción de Francisco Abelenda y prólogo de Jorge Luis Borges). Booket, Ciudad de México, 2016, 263 pp.