La noche que Lalo Mora salvó mi vida

Ahí estaba yo. Solitario y borracho como cada fin de semana. Dispuesto a inhalar otra línea de sal mezclada con tico y tajín. Entonces sonó a lo lejos cierta voz. Una voz hermosa, un ángel perverso. Si Baudelaire hubiese nacido en el norte de México, formaría parte de una banda norteña. Entonces, decía, estaba sonando una rola de las buenas: “Si pecamos por amarnos lo hemos hecho”. Luego la confusión. No sé si eran las moléculas de sodio en mi nariz o la potencia de las palabras. Y dejé de beber y pasé por un oxxo y me compré un powerade para curarme la cruda que se avecinaba. Tenía que regresar a casa, encender la computadora y en chinga poner ese disco sagrado de Los Invasores de Nuevo León que me compré en Sounds por treinta pesos. El dinero mejor invertido de mi puta vida.

Todos estos años perdiendo el maldito tiempo con bandas de rock. No sé en qué estaba pensando. No sé por qué nunca le hice caso a los gustos de mi mamá. Todo este tiempo escuchando tonterías del tipo Poison, Mötley Crüe y Aerosmith. Sonarán cool y toda la cosa, pero ¿alguna vez escribieron un verso con este poder de nostalgia: “Donde quiera que he de ir la he de llevar”? Nunca. Nunca en su maldita carrera. Lo único que supieron esos sujetos fue proporcionar la dosis correcta de fijador en sus cabellos vastos y hermosos. Pero sus letras solo hablaban de situaciones estúpidas y aburridas que concluían con un “oh yeah”. Una tontería así, ¿sabes? Nada como la capacidad de Los Invasores para crear una historia con todas sus complejidades dramáticas: “Dejé mi casa por vivir feliz contigo / y me pagaste como algunas pagan mal”. O más adelante, cuando Lalito concluye: “Mi casa nueva, muy distinta a las demás / tiene un letrero de color en la vidriera / y una cualquiera es la que ocupa tu lugar”. Me encanta. La voz lírica no disminuye jamás a la mujer que ama, sino se degrada a sí mismo: el culpable de esa situación es él. Creo que culpa es lo que transmiten estas canciones. El sentirse un culero, pues. Nos equivocamos. Igual no importa: “Por tus besos no me importaría llorar”. El dolor se siente rico.

Ya saben que dejé de escribir poemas. Me alegro de mi decisión. Una de esas justas, honestas. Una toma de conciencia. Los poetastros de mi generación deberían aprender de la poesía de Los Invasores de Nuevo León, Los Relámpagos del Norte, Los Cadetes de Linares. Mientras fantoches como Ashauri López escriben mamadas como “Te amodio porque te pareces a mi ciudad”, Lalo Mora canta “Recuerda que fue nuestra decisión / amarnos sin perder jamás la libertad”. Estos onanistas se deshacen la cabeza para escribir versos porno terroristas mal hechos: “me acuesto con poemas / porque las personas / me asustan / o me da flojera eso de la interacción social”. Vivimos en crisis, damas y caballeros. Una crisis muy profunda. Este sujeto, un tal Augusto Sonrics, jamás conocerá el significado de meterse unas líneas de sal con tico y tajín por culpa de un desamor porque pasa las noches en la biblioteca eyaculando sobre sus libros de poesía. Seguramente los libros de Ashauri López o Dante Bueno. Ellos jamás serán rescatados como yo por una voz que seduce con estas palabras:

A veces lloro muy cerca de las botellas,

especialmente cuando me acuerdo de ti.

Si amanecen no se miran las estrellas

y oscurece y nunca brillan para mí.

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El ángel más terrible

Simplemente ocurre. Un día te levantas con esa resaca. Por más profundo que intentes meter tus dedos en la garganta no vomitas. La sensación permanece. Ni modo. Hay algo que queda pero no sale hasta que tu cuerpo lo libera por otros medios. El sudor. Un sudor nervioso. Así es. No puedes escribir. Dejar crecer al cáncer: dejar de escribir.

Las consecuencias son visibles y no dejo de rascar las costras. Dejé de publicar en este blog. Dejé de publicar en las columnas que tenía. Dejé de escribir para Juaritos, querido Juaritos (no le digan al Urani). En los trabajos de la maestría, me llamaron “desangelado” y “rebelde”. Quizá esa sea la alegoría perfecta. En eso creían los griegos. Las musas rebeldes, ángeles de la belleza. Luego llegó la inspiración, que no es otra cosa que una extensión de la musa. Pero más intelectual, ¿no? Después los románticos mezclaron la idea: un ángel maldito. Todo ángel es terrible, dice Rilke: “la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible”. En fin, pues mi ángel me ha abandonado.

Lo peor es tener ideas buenas y no llegar a plasmarlas. Darles vida. Que caminen, que busquen, que seduzcan. Permanece más bien un aborto. Un aborto artístico. De esa manera definiría a mi poesía. Una crisis. Por eso le ha ido tan mal cuando quiero publicarla en ciertos espacios. Frustración. No vale la pena seguir escribiendo. A mi edad quiero llegar a la trascendencia. Soñador.

Ya llegará, supongo, la musa que me amarre con cuero. Que me saque algunas cosas, como esta entrada. Esto es lo único que ha salido en los meses que he puesto mis dedos en la garganta.

El rostro azul de Joni Mitchell

Así suceden las cosas. El azar, siempre. Fue una madrugada de ocio y las vacaciones aún no anunciaban su despedida. Pese al tiempo libre, dediqué casi nada al entretenimiento visual. Leí poco, vi pocas películas y todavía no salgo de la primera temporada de X Files. Mi madre insistía en que viera una película que Netflix, inusualmente provechoso, le había recomendado. Toda la vida he confiado en mi madre. Tardé algunas semanas, pero aquella madrugada de ocio, cuando las vacaciones todavía estaban cómodas en el gran reposo, vi The Kids Are All Right (Lisa Cholodenko, 2010). Quizá en otro tiempo hable de esta película. Pero una feliz coincidencia puso en la colección de LP’s del personaje masculino un disco que me distrajo del asunto dramático. Portada azul. Una mujer entre sombras. Un nombre que reconocía. Mi curiosidad se transformó en deseo cuando Annette Bening cantó las primeras líneas de “All I Want”. Quedé enganchado. Así suceden las cosas.

Esa misma noche, para curarme el final un poco decepcionante de la película, escuché Blue (1971) de Joni Mitchell. Por lo general uno describe sus experiencias musicales a partir del sonido. Pero en Blue imagino a una mujer que recorre todas las posibilidades de su intimidad a través de los sentidos. Sus palabras construyen espacios, olores, imágenes, cuerpos. La voz se encarga de lo pegajoso o lo melancólico. Quizá en un mal momento, alguien llore en los momentos más críticos de Blue. En este álbum, Joni Mitchell habla de su vida. Lo hace al oído. Es una habitación. Ella y su guitarra. Tú escuchas. Como todos somos la repetición del primer ser, naturalmente sufrimos cuando ella canta sus sufrimientos y alegrías que también son nuestras.

Siento la soledad de la mujer que canta. Pero también su resignación ante la melancolía. Y me resigno ante mi tristeza.

Joni Mitchell me habla de la ruina y la desesperación (el color azul y las sombras regresan a mi mente). Pero describe esos sentimientos desde perspectivas más bien conmovedoras. Durante los momentos más tristes de “The River” o “A Case of You”, frente a la desolación descrita, ella se atreve a contar un chiste, a parodiar algún jingle navideño, a emborracharse a mi lado. Como si en su lamentación hubiese un hálito de esperanza. No todo está perdido.

Por ello, “All I Want” habla desde un principio de la soledad en la que ella está inmersa (“I’m on a lonely road / And I’m travelling”) y de inmediato describe un deseo por liberarse y ser independiente. En el caso de “Carey”, una melodía más alegre y pegajosa, Joni parece rendir siempre tributo a las casualidades y al futuro. Hay en ella una tendencia hacia el movimiento y las contradicciones. Desplazarse al bar, a Roma o Amsterdam. Sentirse atraída por el “mean old Daddy” porque le place y ya. La gente que se hunde en explicaciones me aburre. A Joni también.

“The River”, la mejor canción de disco, es un poema bellísimo sobre la soledad de una mujer en vísperas de navidad. La interpretación vocal de Joni aquí es preciosa y sus palabras logran evocar una pérdida irremediable mezclada con esa sensación de libertarse-escapar: “I wish I had a river so long / I would teach my feet to fly / I wish I had a river / I could skate away on”. Así como transmitir esa sensación de desprecio por ella misma que se me antoja tan sincero, humano: “I’m so hard to handle / I’m selfish and I’m sad”. Me encantan esos momentos donde Joni me susurra la verdad. Para ella, el amor no es dulce sin un dejo perversidad “And he loved me so naughty / Made me weak in the knees”. Me enciendo. Quisiera sentirme así. Pero todas las mujeres que conozco son de humo.

Joni se deshace, su voz como un fantasma.

Suena “A Case of You” y quiero emborracharme con el vino que recorre la sangre de Joni, quiero ser un artista solitario que vive en una cajita de pinturas y buscarla en el bar donde bebe sin mí. Pero con estos versos de ella, nos despedimos:

Me aterra el diablo

pero me atraen los que no le temen.

Recuerdo aquella vez que me dijiste:

Amor es el tacto de las almas.

Claro que tocaste la mía,

partes de ti se desprenden de mí

en estos versos de vez en cuando.

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Un año de Memorias del Zapallo

Generalmente los blogs son ejercicios del instante. El instante, como herramienta filosófica del tiempo, siempre será efímero. Sin embargo, pese a lo poco que he publicado en estos últimos meses, Memorias del Zapallo cumple un año. Siendo sincero, nunca creí pasar de los seis meses. Me he encariñado tanto con este blog que cada día que paso sin publicar es un proceso doloroso.

Todos los días pienso en agregar algo aquí, sin éxito. Tantas cosas que exponer, que discutir, que charlar. De esta manera nació la necesidad por divulgar mis opiniones sobre literatura y ocio. Siento que he cumplido, no obstante, mi propósito: crear un espacio para mí y los libros que leo.

Quizá lo más bonito de este año fue contemplar el impacto que tuvieron las Memorias en el ambiente cultural de mi ciudad. Me satisfizo observar cómo, progresivamente, en silencio, amigos y amigas, conocidos y conocidas, abrieron o regresaron a sus espacios blogueros para iniciar sus propios proyectos, con perspectivas distintas a la mía. Así me di cuenta que esta idea no fue vacía. Y espero que esto no desaparezca, aunque yo deje de publicar.

La ironía está en que este blog recibe más visitas cuando yo desaparezco.

Por último, Memorias en el presente simboliza para mí un espacio de catarsis. En este momento sentía una necesidad enferma por escribir algo, cualquier cosa. Ni siquiera es el aniversario preciso del blog. Eso creo que es la próxima semana. No lo sé de cierto. Poco importa.

El que indica

Muchos amigos (en facebook) me han pedido que les role (facilite) el cuento que recibió una mención en el blog de Alberto Chimal. La dinámica de este concurso es sencilla: imaginar una historia corta a través de una fotografía.

Sin más, aquí les dejo el relato para que no batallen.

El que indica

I. Atravesaron el muro durante la madrugada. Alguien se quejaba de haber olvidado el sombrero. Otros hablaban de la inmensidad del desierto, de la tristeza de no haber visto nunca el mar, de la imagen poderosa de los tranvías y los edificios en las grandes ciudades de allá. Todo descrito como una mezcla entre seriedad y ensueño.

Al mediodía se detuvieron un momento debajo de un árbol: la civilización no estaba lejos, una hora de camino, quizá dos, puedo oler ya los ranchos, la obra, alguien decía mientras tragaba sotol. Otros discutían sobre el recurso de las horas y el clima extremo: Cuando lleguemos el tiempo y la tierra seguirán en los ojos. El más joven, aburrido, dibujaba círculos con el pie, luego con el índice: rostros sin expresión que serán borrados por la tormenta de la noche, casas deshabitadas, figuras tal vez humanas.

II. Escucharon un ruido de multitudes. Observaron al sujeto encima de una colina que los señalaba con el índice, con firmeza, con esa seguridad de quien ha gritado una maldición. Los hombres sobre ellos murmuraban algo que no entendieron. Se sintieron ofendidos. No dijeron nada. La mirada cada vez más intensa, pero no dijeron nada cuando los hombres gritaban con más fuerza: voces rasposas y bestiales, primitivas.

De nuevo el índice álgido y estupendo que sobrellevó al silencio de todos. Luego un disparo y otro, otro.

Empezaron a correr levantando una tolvanera, menos el joven, que siguió dibujando círculos hasta que una sombra de arena se posó sobre sus hombros.

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Juárez es the number one

¡Qué tal! Les comparto esta entrada que escribí sobre Juan Gabriel y Ciudad Juárez, su querida frontera, the number one.

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I. No hay día que no se hable de Juan Gabriel en los programas de chisme que ve mi mamádesde que el 28 de agosto se anunció la noticia de su muerte. Antes dedicábamos las mañanas a la contemplación de sus videos gracias al descubrimiento de youtube. Y antes, cuando estaba preparándome para ir a […]

a través de Juárez es the number one —

The Books of Magic y una comparación irremediable

Es triste e infravalorado el rico mundo de la novela gráfica. Sobre todo en el mercado. Quiero decir que me considero una persona afortunada pues logré adquirir los cuatro números limitados de The Books of Magic, una historia escrita por Neil Gaiman y que según la introducción a, es uno de los cómic más influyentes. Yo no lo sé de cierto y la verdad es que tiene poca relevancia. Mi fortuna está en la desgracia del posible lector aquí, ya que conseguir esta obra en México será hoy una hazaña extraordinaria.Por otro lado, resulta una pequeña victoria: es la primera colección que termino. La espera tras la entrega mensual, etcétera, siempre se compensa. Pero soy un lector algo impaciente y no me atreví a leerlo hasta ya tener los cuatro capítulos.

Considero que la historia es un tanto vertiginosa y bien pensada. Me gusta que Gaiman haya optado por narrar la trama del aprendizaje y la promesa en lugar de aquello que logra intuirse hacia el final:Timothy Hunter convertido en un poderoso mago. Esto sucederá en el futuro de la saga, que no he leído y hasta hace poco desconocía. Aquí en cambio se describe a un chico que sin pedirlo ni saberlo debe elegir entre el camino de la magia frente al de la razón. Al tratarse de una fábula de iniciación Gaiman aprovecha para hacer lo que mejor sabe: exprimir su imaginación e inventar toda una genealogía e historia de la magia. Por esta razón el primer libro-capítulo funciona de maravilla: se trata de una introducción a las vertientes de la magia; el lector aprende junto al joven Hunter, se vuelve cómplice de la incertidumbre y escepticismo del chico. Al final se duda de la existencia de ese mundo invisible para la razón, sólo accesible con los ojos de la fe.

No hay placer más allá que la del conocimiento en The Books of Magic. Curiosamente lo que a mi gusto está peor llevado son los conflictos. Y no por que lo que se cuenta sea poco interesante, sino por cuestiones rítmicas: todo sucede tan rápido que el peligro deja de importar. Esto sucede sobre todo en el segundo libro, “El mundo de las sombras”, que si bien John Constantine con su carisma y cinismo es lo más destacable, la conclusión resulta forzada e incluso tonta. Afortunadamente para nosotros, los últimos dos capítulos de la historia son maravillosos. De hecho, me es indiferente lo previsible que es el hecho de que el ciego esté cerca de asesinar a Hunter, porque se siente tensión y fuerza en los dibujos y colores, que mejoran lo acuoso aunque novedoso de las dos entregas iniciales.

Ahora bien, ¿cuál es la comparación irremediable? La razón por la cual muchos fans de esta novela gráfica detestan Harry Potter. Y es que si bien Gaiman ha señalado que nada tiene que ver la aventura de Hunter frente a la de Harry, hay cosas bastante interesantes dejando de lado la estúpida discusión de quién es mejor. Leo la influencia de Gaiman en La piedra filosofal, y no me resulta sorprendente pensar que Rowling se haya inspirado en la descripción física de Hunter para la de Harry. Y aunque el primero no tenga el carisma de Potter, cierto es que sus dudas existenciales y las peripecias que vive son algo parecidas a las del mago de Hogwarts: ambos son elegidos, ambos deben elegir entre la fe y la razón y hay un loco poderoso que desea asesinarlos para establecer cierto orden.

La verdad es que de ahí en más, Gaiman tiene razón: Harry Potter es la historia sobre el crecimiento y la amistad; Timothy Hunter es el acercamiento y aprendizaje hacia el corazón de la magia. Allá la magia es algo que se asume y vive; aquí, algo que se busca o evita, que confirma la realidad invisible, cuyo origen está en el principio del tiempo y el caos y cuyo fin es La Muerte y El Destino.

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