El erotismo en Fruta verde, de Enrique Serna

Partamos desde Georges Bataille, quien define al erotismo como “la aprobación de la vida hasta en la muerte”.[1] Bataille divide la experiencia del erotismo en tres: erotismo de los corazones, de los cuerpos y de lo sagrado.[2] No obstante, como él mismo señala, cualquier erotismo es sagrado.[3] Y, sobre lo último, escribe que cualquier “operación del erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento”.[4] El erotismo, en resumen, atañe a la violencia de los cuerpos, en el caso del primer erotismo, cuyo fin es el de la muerte a partir de la destrucción del otro o del yo; en el de los corazones, el fin es fundirse en el ser del otro, sin la violencia de los cuerpos: “el ser amado es para el amante la transparencia del mundo”.[5] Se trata a fin de cuentas de la entrega vinculado con la idea del amor. Estos dos tipos de erotismo son complementos de lo sagrado, en la que el individuo busca ser uno con un “más allá de la realidad inmediata”.[6]

Enrique Serna en “La represión atea” encuentra en el erotismo una conciliación de la inteligencia con las virtudes vulgares de la carne: se hermanan la razón y el cuerpo, para alcanzar el espíritu. Escribe:

El erotismo es el homenaje que la inteligencia rinde a la vulgaridad de la carne. Reconocer sus fueros no significa necesariamente idealizarla: solo admitir humildemente que, a pesar de nuestra orgullosa razón, tenemos que saciar su hidrópica sed o resignarnos a un amargo sucedáneo de la existencia. La tiranía del cuerpo nos exige poner a su servicio la misma facultad intelectual que usamos para emprender los vuelos más altos del espíritu.[7]

La inteligencia necesita de la liberación de la carne para sobrellevar la existencia. Será el erotismo el medio para emprender dichos vuelos espirituales. Por lo mismo, Bataille ha dotado de sacralidad al culto entre el cuerpo y lo que está más allá. Este asunto ha sido señalado ya por Ignacio Solares, cuando dice sobre Fruta verde que lo intelectual y lo sensual resultan ser las servidoras del deseo.[8] Para impedir esto, la concepción represora de la Iglesia judeo-cristiana ha establecido reglamentos morales en la sexualidad de sus súbditos. Sin embargo, Serna no encuentra en lo último una imposibilidad del erotismo: “Nos hemos acostumbrado a pensar que la moral judeocristiana es el peor enemigo del erotismo, pero la verdad es que sus prohibiciones siempre han sido un acicate para la lujuria. De hecho, Georges Bataille creía necesario mantenerlas vigentes para exacerbar el deseo”.[9] Las anteriores palabras de Serna deben tomarse en cuenta para entender los motivos de Fruta verde: sus personajes luchan contra esta represión del cuerpo y el espíritu, y tienden a buscar la liberación a través de estímulos. Las prohibiciones siempre alimentan el deseo carnal. La lucha siempre fracasará, puesto que el olvido o la muerte se imponen ante el ser deseado. Mas como dice un viejo refrán, la curiosidad mató el gato, pero el gato murió satisfecho.

Javier Munguía, en su ensayo “Enrique Serna, el arte como una forma elevada de entretenimiento”, escribe que Enrique Serna “ataca con especial ahínco la represión de los más íntimos deseos en favor de la moral conservadora”.[10] Esto influirá en la construcción de sus héroes y antihéroes pues, como advierte Munguía, “si algunos de sus personajes se frustran por seguir los dictados de la moral retrógrada, otros son transgresores y exploran facetas poco aprobadas de la sexualidad, como la bisexualidad y las relaciones múltiples”.[11] Aquí encontramos las posturas y perspectivas de los protagonistas opuestos en Fruta verde. Por un lado, se encuentra Mauro Llamas, que defiende el derecho de amar a quien se le dé la gana, sin importar las represiones y prejuicios que la sociedad tiene de la homosexualidad. En la otra esquina se encuentra Paula Recillas, quien pone ante todo sus principios morales, representados sobre todo en la fallecida madre, y los cuales defiende sobre todo por la costumbre de defender tradiciones pasadas de moda. No obstante, en su pensamiento sí trasciende esa muralla moral al fantasear con Pável. Sin embargo, su deseo de derrumba llega tarde y encuentra al joven con otra mujer.

Los personajes viven el erotismo de diferentes formas: Germán, en su primera experiencia sexual, concibe un erotismo idealizado, una idealización sagrada tanto de lo carnal como de su amada Berenice. Germán lee a ella las iluminaciones poéticas del Rubaiyat, poemario donde la embriaguez y el deseo exaltan la libertad de las pasiones. El narrador se adentra en la vivencia de Germán para explicar su primera experiencia erótica:

Obediente al mandato superior de la poesía, ella misma tomó la iniciativa y abandonó su lánguida mano entre los dedos de Germán. Pasaron de las palabras a los silencios, de los suspiros a las caricias nerviosas. Germán interrumpió la lectura, o más bien la continuó con el tacto, como si la piel que ahora tocaba fuera una emanación del lenguaje. Ciñó a la odalisca por el talle, y al beber el dulce vino de sus labios, donde el plomo de la vida se transmutaba en oro, sintió que despertaba de un profundo letargo para encontrar el camino de la salvación.[12]

Conviven aquí la experiencia mística de la poesía y la trascendencia del ritual de las palabras al de los silencios, que ofrecen mucho más que el lenguaje; pasan también al lenguaje del tacto, al reconocimiento del otro. Así pues, Germán concibe en este primer encuentro un erotismo de carácter amoroso. Sin embargo, se trata de uno idealizado, como la poesía, pues no es del todo sincero. De la misma manera en que su lectura fue interrumpida, sus sentimientos por Berenice se ven enfrentados a la presencia extremista de la madre de ella, lectora de Juan Salvador Gaviota y que no permite que su amor se consuma. El erotismo se queda sólo en la palabra, mas no llega jamás a la unión.

Paula, en cambio, vive una especie de erotismo de la fantasía. A través de su imaginación, hace aquello que su moral no le permite: entregarse al deseo de ser la tía Julia, para Pável, el escribidor, transgrediendo cualquier prohibición impuesta por la sociedad. De esta manera, en un momento esencial de la novela, donde vemos a Paula decidida a cumplir con sus deseos sin importar el qué dirán, leemos los deseos de ella a través de un narrador omnisciente neutro:

Puso el disco en la tornamesa, encendió un cigarro y con los ojos escuchó la primera canción: “Sabor de fruta verde, de fruta que se muerde, de carne de manzana del bien y del mal…” Un vapor narcótico la condujo en volandas a un huerto encantado. Pável desnudo a la sombra de un manzano, con una corona de pámpanos en las sienes. Sucumbir a los encantos de su inexperiencia, dejarlo pulsar a ciegas las cuerdas del placer, los pezones erguidos para amamantar a la criatura que por fin se atreve a ser hombre. […] Al carajo los impedimentos sociales. Reconocería con valor civil que amaba a ese párvulo ante cualquier tribunal.[13]

Suena el bolero que da título a la novela e inicia la fantasía. Nos adentramos a la imaginación de Paula, “un vapor narcótico” que la ha conducido al cuerpo desnudo de Pável, como si fuese la representación de Adán en un paraíso bucólico que pronto estará perdido. Luego entregarse a él, que ambos cuerpos sucumban a la entrega. Y, por último, todo impedimento social es mandado al carajo. El comportamiento de este personaje, así como el de Germán y Mauro, cambia cuando se pone Fruta verde, cuya letra habla sobre la tentación de lo prohibido. Como si dicho bolero encendiera en ellos sus deseos más íntimos, cual hechizo accidental y erótico: ese sabor agridulce de la perversidad, como dice la canción. El propio Serna, en una entrevista, admite el carácter mágico de los boleros prostibularios de Agustín Lara, Álvaro Carrillo y Roberto Cantoral:

Mi educación sentimental viene mucho del bolero, sin duda. En eso soy un poco anacrónico porque debería venir del rock o de otros géneros musicales, pero me encanta la estética del bolero, en particular de los boleros prostibularios. […] Pienso que realmente hay un arte de amar en el bolero que corresponde mucho a la realidad, por eso lo he utilizado a veces como motivo simbólico en mis libros, concretamente en Fruta verde.[14]

Quizá el motivo simbólico que dice Serna sea el de la entrega al otro. La música, así como la poesía del Rubaiyat, está relacionada con el erotismo sagrado, puesto que hace que los personajes se entreguen al ritual de sus deseos y al sacrifico de su cuerpo, a través de una fuerza abarcadora. En este caso es la melodía de Fruta verde.

Enlazamos esto último con el encuentro sexual que por fin se da entre Mauro y Germán. Lo narra el último en su diario, por lo que leemos otra vez la experiencia de él, pero ahora través de un “yo” narrativo. Suena de nuevo Fruta verde y escribe Germán: “Seguí escuchando con embeleso, transportado a un edén prohibido, con manzanos y naranjos en flor, donde una ninfa desnuda bebía agua en un arroyuelo”.[15] Igual que Paula es transportada por esos vapores del erotismo, Germán entra al mismo “edén prohibido” donde el imaginario del deseo, es decir, manzanos, naranjos, jardines, arroyuelos y ninfas desnudas, funcionan como un indicio hacia la entrega póstuma:

No, por Dios, alcancé a protestar, pero una erección categórica le restó autoridad a mi queja. Caliente y asustado a la vez, intenté una débil y tardía resistencia verbal desmentida por mi quietud. Durante los breves instantes en que Mauro me sacó el pito de la bragueta y se lo metió en la boca, debo haber repetido quince veces la palabra no y en todo momento mi negativa quería decir sí.[16]

Más adelante escribirá la idea mencionada antes acerca de la transgresión de lo prohibido que luego pronunciará su madre: “¿Para qué azotarme entonces como si hubiera cometido un sacrilegio? Al carajo con la culpa cristiana: ni yo ni nadie saldría lastimado por un simple capricho experimental”.[17] En este caso, Germán manda al carajo la “culpa cristiana”. Sin embargo, cataloga su encuentro como un “simple capricho experimental”. Intuimos que el narrador miente, porque dichos “experimentos” serán frecuentes entre ambos.

No obstante, antes de este encuentro, que es el deseo mayor de Mauro, éste ha sido rechazado en diversas ocasiones. En una de sus peleas con Germán, quizá la más dura, Mauro sale en busca de una aventura, para saciar su deseo: leemos aquí el erotismo de los cuerpos, que busca la devastación del yo y del otro. Sin embargo, su búsqueda prostibularia le sale trunca y sube al auto de unos jóvenes homófobos y cristianos. Ellos golpean a Mauro y justo en lo más bajo de su experiencia, en ese infierno previo a la muerte, el narrador añade estas palabras:

El amor siempre fue un lejano punto de fuga, un pálido resplandor en el horizonte, como el paisaje que huye por la ventana de un tren. Por dejar de perseguirlo se había quedado con las manos vacías, buscando a tientas un placer escabroso, que pide la sombra para la consumación de su miseria. Un chisquete de gasolina en los ojos le devolvió la sensibilidad perdida.[18]

Por entregarse a los impulsos de la venganza y, gracias a diversas decepciones en el amor, Mauro deja de buscar al amor, ese “lejano punto de fuga”: con sus manos vacías, se entrega a la miseria, a esa representación de la muerte. En la agonía, Mauro imagina dos cosas: La primera son sus creaciones que jamás nacieron en el papel y que terminaron en su pensamiento. Estos le hablan: “Déjanos nacer, tenemos mucha luz guardada aquí dentro”[19]. La segunda es el llanto distorsionado de Germán, que acompaña los compases de su réquiem. Luego, el narrador se desprende del punto de vista de Mauro y le habla de tú, como un reproche al abandono: “Por renunciar al supremo deseo, por tu indigna servidumbre sin alas, te robaron los días de esplendor en la hierba”.[20] Protagonista que al renunciar al “supremo deseo” ha perdido el paraíso, el pecado de Mauro será entregarse a la destrucción por un impulso de furia hacia el ser amado. Él mismo juzgará, en un ejercicio de autocrítica, su acción: “Esa noche no estabas buscando un encuentro sexual; saliste a buscar la destrucción y por poco la encuentras”.[21]

Finalmente, el erotismo sagrado se ve representado en el ejercicio creador de la escritura, que dota a la novela de una estructura circular: Paula transcribe, en vida, el primer cuento de Germán. En la muerte, al final de la novela, Germán, durante un sueño, presenta al espíritu de su madre el manuscrito de su vida. Además, será la literatura el vínculo más fuerte entre los tres protagonistas. Cada personaje tiene sus propias lecturas, que definen su visión de mundo, su manera de vivir las cosas. Dos de ellos se aventuran a la creación, novelista uno y dramaturgo el otro. La poesía y la novela, además de la música de boleros, se presentan no sólo como una abstracción del imaginario, sino igual a un lazo más allá de la muerte y los sueños, donde los dos seres que en vida eran ideológicamente opuestos se toman de la mano y charlan, mientras el “yo” protagonista, que se había ocultado a lo largo de la novela, se acerca lentamente a su madre, que se desvanece poco a poco junto con Mauro. Sin embargo, antes de desaparecer, ella alcanza a recibir el manuscrito de una novela titulada Fruta verde: “—Ten, mamá, mi vida. ¿Me la puedes pasar en limpio?” (310)

 

The Original Vagablond

fruta verde

[1] Georges Bataille, “Introducción” en El erotismo (trad. Antoni Vicens). Tusquets, México, 2011, p. 15.

[2] Ibid., p. 20.

[3] Idem.

[4] Ibid., p. 22.

[5] Ibid., p. 25.

[6] Ibid., p. 23

[7] Enrique Serna, “La represión atea”. Letras libres (julio 2014), p. 92.

[8] Ignacio Solares, “Una agridulce perversidad”. Revista de la Universidad de México, no. 36 (2007), pp. 92-94.

[9] Serna, art. cit., p. 92.

[10] Javier Munguía, “Enrique Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento”. Revista crítica, 149, (julio 17, 2012). En línea http://revistacritica.com/contenidos-impresos/ensayo-literario/enrique-serna-el-arte-como-una-forma-elevada-de-entretenimiento. Consultado el 29 de octubre del 2015.

[11] Idem.

[12] Serna, Fruta…, ed. cit., p. 39

[13] Ibid., p. 285.

[14] Alonso, Guadalupe, “Entrevista con Enrique Serna. La mala educación sentimental” [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2013, no. 115 <http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=22&art=722&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: 29 de octubre del 2015].

[15] Serna, op. cit., p. 216.

[16] Ibid., p. 217.

[17] Ibid., p. 218.

[18] Ibid., p.173.

[19] Idem.

[20] Idem.

[21] Ibid., p.196.

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Fruta Verde, Enrique Serna

Fruta verde (2006) de Enrique Serna es una de mis novelas favoritas. Hablaré aquí de la novela de amor que más he disfrutado y sufrido. Un melodrama perfecto, hermoso y triste. Por ello, he decidido dedicarle dos entrada en mi blog. La primera parte de mi análisis (porque, a fin de cuentas, será un análisis medio académico), explora las distintas voces narrativas del texto. La segunda, expone las formas de erotismo que encuentro en la obra. Me hubiese gustado, sin embargo, desarrollar más el tema queer, pero esa será una promesa a futuro. Sin más, solo queda recomendarles la lectura de, a mi gusto, una de las mejores novelas mexicanas.

Los puntos de vista y el monólogo interior en Fruta verde

Una de las virtudes de Fruta verde es el conglomerado de voces y perspectivas que ofrece. En general, se nos presentan tres líneas narrativas, determinadas por cada uno de los protagonistas: Germán Lugo, un joven escritor que busca a toda costa el aprendizaje, tanto en el ámbito de la literatura, como en el sexual; Mauro Llamas, un respetado dramaturgo homosexual que intenta seducir a Germán, y que será una especie de Virgilio para el último; y Paula Recillas, la mamá de Germán, una mujer divorciada que verá cómo sus principios morales son desestabilizados ante las insinuaciones del mejor amigo de Germán, así como frente a la relación entre su hijo y Mauro.

Para explorar los complejos pensamientos de sus protagonistas, el autor opta por diversas técnicas narrativas que nos presentan, por así escribirlo, a unos personajes al desnudo, exponiendo sus diversos puntos de vista. Cada cual ofrece una visión de mundo diferente, lo que ocasiona una dialéctica acerca de la verdad y la razón. A continuación, expondré algunos aspectos teóricos sobre esta herramienta narrativa.

 

Paul Ricoeur escribe sobre el punto de vista que éste “designa en una narración en tercera o en primera persona la orientación de la mirada del narrador hacia sus personajes y de los personajes entre sí”.[1] Además agrega: “La posibilidad de adoptar puntos de vista variables […] da al artista la ocasión […] de variarlos en el interior de la misma obra, multiplicarlos e incorporar sus combinaciones a la configuración de la obra”.[2]

Complementando las ideas de Ricoeur, Darío Villanueva añade sobre el tema lo siguiente: “El narrador no hará uso de ninguna información referente a la historia que no esté avalada por la perspectiva de uno o varios personajes selectos”.[3] Es decir, la verdad sobre los hechos debe verificarse por medio del pensamiento de los personajes: lo que da a conocer el narrador es la visión del mundo de una de sus creaciones, que puede chocar con la perspectiva de otro personaje. Para ello, Villanueva rescata de la lingüística de Jakobson y Benveniste el concepto de desembrague, o sea, “el tránsito mediante el cual el protagonismo de la enunciación cambia de instancia, de agente”.[4] Por lo que, en conclusión, el punto de vista orienta la mirada del narrador hacia la de sus personajes: se trata de una forma de conocerlos, de saber lo que piensan. Asimismo, la existencia de varios puntos de vista que además son variables, permite al narrador exponer un panorama de ideas que chocan y se complementan entre sí. Por último, a través de la técnica de desembrague, el papel protagonista cambiará de agente, con el fin de presentar diferentes visiones de la vida.

En Fruta verde tenemos, siguiendo la clasificación de Norman Friedman, estos puntos de vista: la omnisciencia neutral; el “yo” como protagonista; y el modo dramático.[5] También hay fragmentos en los que leemos el monólogo interior[6] de alguno de los protagonistas, sobre todo Paula. Esto ha sido ya previamente identificado por Noé Cárdenas en su reseña sobre la novela:

Serna alterna distintos estilos y puntos de vista para construir su historia: lo mismo toma la voz —en tercera persona— un narrador sabedor del pasado, presente y futuro de los personajes, así como de sus motivaciones y emociones al modo realista, como —en primera persona— la mente de Paula, proclive al monólogo, y la voz confesional de Germán a través de sus diarios. El relato se convierte por un momento, lúdicamente, en guión dramático para fustigar, en un juicio sumario, la desfachatez de una pareja que sobrepasó los linderos tolerables por la moral de la clase media.[7]

El objetivo de este trabajo versa en lo que escribe Cárdenas: identificar los momentos en los que el relato establece sus puntos de vista, de acuerdo a la focalización de sus personajes. Agrego también que las diferentes voces narrativas de la novela ofrecen distintos registros al momento de experimentar el erotismo, asunto éste que será retomado en la siguiente entrada.

Friedman define la omnisciencia neutral cuando “el autor habla impersonalmente en tercera persona”.[8] Concluye, además, que “aunque en un autor omnisciente puede sentir predilección por las escenas y, en consecuencia, puede permitir que sus personajes hablen y actúen por sí mismos, su tendencia predominante es a ofrecer al lector de propia voz descripciones y explicaciones de ellos”.[9] Siguiendo las tres líneas narrativas, la novela inicia con la presentación de Paula:

Las manos de Paula Recillas volaban por el teclado de la vieja Olivetti como si las teclas del alfabeto fueran una prolongación de sus dedos. Frente a la máquina experimentaba una sensación de poderío, pues sabía que una mecanógrafa como ella, capaz de escribir a ciegas sin faltas de ortografía, hubiera sido oro molido en cualquier oficina, si los deberes maternales no la tuvieran atada al hogar.[10]

De esta manera, el narrador se detiene solo a describir lo que será la escena clave de la novela justo antes del quiebre entre Paula y su hijo: el momento en que Germán dicta a su madre las líneas de primer cuento. El personaje, además, se define cuando el narrador menciona que ella hubiese triunfado en un ambiente laboral (algo inconcebible en el contexto social e histórico de la novela), de no haber estado “atada” al hogar por sus deberes maternales.

El siguiente capítulo se focaliza en Germán justo después de terminar su desayuno, luego de que su madre transcribiera su cuento:

Terminado el desayuno, Germán salió a la calle en pants y camiseta de futbolista, con un cigarro encendido en la boca. Había contraído el vicio por darle gusto a Carmela, una vecina pervertidora, dos años mayor, que lo hacía babear con sus minifaldas a cuadros.[11]

Desde esta primera escena, el instante en que Germán sale de su casa con un cigarro en la boca, el narrador nos conduce al pasado, por medio de una analepsis, donde posiblemente da inició su educación sentimental, sexual, uno de los temas importantes de la novela: el recuerdo de Carmela, que no se vuelve a mencionar, pero que lo “hacía babear con sus minifaldas”.

La última línea narrativa será la de Mauro Llamas, figura que concilia los dos motivos de la novela: el oficio de la escritura y la educación sentimental-sexual. Retomaremos esto más adelante. De momento, el narrador nos lo dibuja de esta manera:

Se anunció en el vestíbulo con una voz enérgica y viril que hacía un ríspido contraste con su lenguaje corporal femenino. No le sorprendió que la recepcionista y el policía de la entrada lo miraran con estupor y luego se rieran a sus espaldas: la hostilidad que a diario encontraba por todas partes era su principal acicate para jotear.[12]

Así pues, Mauro se anuncia en su primera escena como ese ser enérgico, que cautiva la atención de los demás, quienes le miran con estupor. Él es consciente de su personalidad de imán y por lo tanto, encuentra en la hostilidad del mundo “su principal acicate para jotear”. Sin pudor, el narrador define a este personaje: Mauro está orgulloso de su identidad, afirmada en su orientación sexual, en un mundo hostil, o sea, el México homofóbico del siglo pasado (y de siempre).

Centro-Periódicocursis

El siguiente punto de vista, el “yo” como protagonista, es definido por Friedman así: “Comporta el sacrifico de más canales de información y la pérdida de más puntos de observación estratégica”.[13] Finalmente, señala que “el narrador-protagonista, por ende, debe limitarse exclusivamente a sus propios pensamientos, sentimientos y percepciones”.[14] En la novela, ese “yo” narrativo está presente sobre todo en dos partes de la novela, ambas vinculadas a la perspectiva de Germán: el diario que éste mantiene, y la “ofrenda” final. Ejemplifiquemos:

16 de abril de 1979

Después de rascarme como chango tres días, por fin empezó a bajarme un poco la comezón. Bendito sea Dios, ya pensaba que esas ladillas eran inmunes a los ungüentos. Hasta calzones nuevos me tuve que comprar. En mi vida vuelvo a meterme con una puta, mucho menos en esos cuartuchos de burdel donde no cambian nunca las sábanas. Y como soy el pistolero más rápido del oeste, me vine tan pronto que ni siquiera disfruté el palo.[15]

Dicho diario cumple con dos simples funciones: nos muestra la perspectiva de las cosas y los pensamientos de Germán; señala indicios del tiempo que transcurre en la novela, a través de fechas concretas. Por último, es ahí donde Germán irá plasmando sus diversas experiencias sexuales. En este caso, una mala noche con una prostituta.

En la “Ofrenda”, no obstante, penetramos ahora los sentimientos de un Germán maduro, escritor consagrado y casado. Pasan cerca de veinte años y las circunstancias son difíciles pues el destino le ha regalado las ofrendas de la pérdida. Leamos un fragmento:

Por fortuna, mi bloque de hielo se derritió cuando el animador del acto pidió despedir al maestro […] con un minuto de aplausos, como se estila en el medio teatral, y de las alturas del escenario cayó sobre el ataúd una lluvia de pétalos blancos y rojos. Conmovido por ese golpe melodramático, que tanto le hubiera gustado a Mauro, cedí por fin al oleaje del sentimiento y me solté a llorar en brazos de una querida amiga…[16]

Germán, luego de comentar que sufre de una sequía emocional, pues se encuentra imposibilitado para llorar, recuerda en el sepelio de alguien a quien no nombraré para no arruinarle la lectura a algún desprevenido, aquel otro funeral en donde mantuvo una compostura glacial (sí, dos personajes mueren, pero así es la vida después de veinte años: muchos mueren y otros lloran). En el Anexo al final de esta entrada concluyo mi idea sobre la contraposición diario-ofrenda, hablando, ya con spoilers, del sentido final del texto…

En efecto, predomina en la novela una dialéctica de ideas, mencionada anteriormente, establecida sobre todo por el modo dramático, que es definido por Friedman como una perspectiva en la que “se restringe, en su mayor parte, a los actos y palabras de los personajes”.[17] Villanueva complementa escribiendo que “todo se confía a la voz de los personajes, que son a la vez, pero alternativamente, narradores y narratarios”.[18] Debido a la abundancia de ejemplos dignos de mención, optamos por la siguiente discusión entre Germán contra su madre y su tía Milagros:

—Los niños deben saber que existen homosexuales —repuse. [Quien habla es Germán] — y aprender a verlos como algo natural

—Natural, ¡leches! —se encrespó mi madre—. Dios o la naturaleza, como quieras llamarle, creó al hombre y a la mujer con órganos distintos para que se unieran, y lo demás son cochinadas de gente enferma. […]

—Te equivocas, mamá: la homosexualidad es algo natural. La prueba es que se practica muchos entre los animales. Eso lo saben los biólogos desde tiempos de María Castaña. Y nadie puede ser más inocente que un animal.

—Estaríamos fritos si los seres humanos nos rebajáramos a la categoría de los animales —contraatacó la tía Milagros […] —. ¿O qué? ¿Vas a imitar a un chango porque lo viste montar a un macho? Lo que distingue al hombre de las bestias es la educación.

— No confundas la educación con la represión […]. Pero si a esas vamos, los homosexuales son gente muy educada.

—Si tuvieran educación harían en privado sus cochinadas —insistió mi madre.

—¿Cuáles cochinadas? Se están rebelando contra una sociedad que los condena a las catacumbas.

—¿Y para eso tienen que besarse en plena calle? […]. Pues entonces yo puedo bajarme los calzones y ponerme a cagar en Paseo de la Reforma.

—Ay, mamá, necesitas un psiquiatra […]. Qué obsesión tienes de mezclar el amor con la escatología.[19]

Los diálogos nos exponen una mesa de discusión, que es narrada por Germán en su diario, y que, en este caso, chocan la supuesta visión moralista y cerrada de Paula, la cual es toda apariencia, frente a la denuncia de Germán: cualquier ser humano tiene la libertad de manifestar su manera de vivir el amor, ya sean homosexuales o heterosexuales. Idea que predomina en toda la novela y que será el fracaso y la frustración de Paula: el hecho de no poder expresar sus deseos de poseer a Pável, un amigo de Germán, debido a las restricciones que ella misma se ha impuesto, y que son asimismo de toda una sociedad que la apunta con el dedo cuando algo no es moralmente correcto. Su fracaso ocurre al final de la novela, cuando Pável regresa de su viaje acompañado de una novia gringa, luego de que Paula se pusiera sus mejores vestidos para darle la bienvenida.

Por último, el monólogo interior se presenta sobretodo en las escenas en las que Paula habla con el retrato de su madre. Aquí un ejemplo: “Cuánta suerte tuviste de morirte a tiempo, Manuela. Por lo menos Dios te evitó la pena de ver a tus nietos convertidos en escorpiones”.[20] Se trata de un monólogo que quiere ser diálogo, pues Paula habla con su madre pero jamás recibirá respuesta: habla con ella, la efigie de la buena conducta y el respeto, para juzgarse a sí misma y justificar sus pensamientos, así como para admitir sus culpas y pecados.

Esto con respecto a los puntos de vista expuestos en Fruta verde, demostrando, pienso, su complejidad narrativa y la habilidad del Serna para apropiarse de diferentes registros y puntos de vista, uno de los mayores logros de la novela. Los invitaría, en fin, a que lean Fruta verde, que recientemente se publicó ahora en Seix Barral y puede mandarse a pedir por Gandhi.

Y esperen la segunda parte, sobre el erotismo.

Anexo final 

Dos vínculos que chocaban en la vida de Germán, es decir, la madre y Germán, se dan las paces luego del llanto y el recuerdo. Al haberlo perdido todo, Germán concilia las dos voces y las conforma en una sola: la de él, quien escribe la novela que el lector tiene en sus manos.

Obras Citadas

[1] Paul Ricoeur, “Los juegos con el tiempo” en Tiempo y narración (trad. Agustín Neira). Siglo XXI, México, vol. II, 2001, 3ª ed., p. 522.

[2] Ibid., p. 523.

[3] Darío Villanueva, El comentario de textos narrativos: la novela. Júcar, Valladolid, España, 1989, p. 25.

[4] Ibid., pp. 24-25.

[5] Norman Friedman, “Los puntos de vista” (trad. Gonzalo García) en Teoría de la novela. Antología de textos del siglo XX (ed. Enric Sullá). Crítica, Barcelona, 1996, pp. 88-94.

[6] Momentos en la narración donde “se pretende darnos la realidad aún caliente, en el momento mismo, con la prodigiosa ventaja de poder seguir todas las peripecias del acontecimiento en la memoria del narrador, todas las transformaciones que habrá sufrido, todas sus interpretaciones sucesivas”, Michel Butor, “Los pronombres personales” (C. Pujol) en Teoría de la… ed. cit., p. 92.

[7] Noé Cárdenas, “Fruta verde, de Enrique Serna”. Letras libres, (febrero 2007), p. 84.

[8] Friedman, “Los puntos de…” op. cit., p. 81.

[9] Ibid., p. 82.

[10] Enrique Serna, Fruta verde. Planeta, México, 2013, p. 9.

[11] Ibid., p. 23.

[12] Ibid., p. 45.

[13] Friedman, op. cit., p. 85.

[14] Idem.

[15] Serna, op. cit., p. 183.

[16] Ibid., p. 209.

[17] Friedman, op. cit., p. 85.

[18] Villanueva, El comentario… op. cit., p. 38.

[19] Serna, op. cit., p. 190.

[20] Ibid., p. 279.

 

Diógenes Sufrelambre

 

fruta verde

 

El poema que no era poema

Panorama de la mujer en tu balcón

Para Diego

Ella contempla la paraselene de hoy

y arroja las plumas de tu almohada

 

telarañas blancas tejen el viento de su noche

 

fue el día siguiente

 

y las niñas saldrán a la calle

a jugar con la nieve

 

esculturas de brizne y ángeles en el concreto

otra ciudad esculpida por sus manos

 

algunas harán alas y se arrojarán a las alcantarillas

para compartir el milagro con las ratas

 

triste como un cristal empañado

en tu balcón ella ofrece una sonrisa

 

nadie mira

 

ayer pensaban las niñas

en una estatua repleta de telarañas

 

y se preguntaban si la viuda negra

habita aún la boca o el pecho

 

sin plumas en la almohada

sin insectos en la voz

la mujer se pone a cantar

 

y cierra la ventana en silencio y para siempre

 

después sueña con la viuda

devorando las bocas y los pechos

de las niñas que jugaban en la seda

la araña que enreda entre sus patas

la frágil arquitectura de una ciudad

—porque a estas ciudades de los ángeles

siempre las derriba la brisa de los sueños—

cuando un extraño sueña con una mujer

que se arroja desde el balcón

con tu almohada entre sus brazos

 

Algunas amigas y amigos me pidieron que compartiera el poema rechazado. El que debería ser un cuento. Aquí está. Ha cambiado bastante en dos años.

Está dedicado a Diego Ordaz. Una vez dijo que le gustaba mucho.

 

Johnny Carteras

Crónica de un rechazo anunciado

Crónica de un rechazo anunciado

Ayer me rechazaron un poema para una revista (no importa cuando leas esto, siempre será actual).

Esto es normal. Creo que soy un escritor eternamente en la friendzone divulgativa. No me importa mucho. Un poeta, o lo que quede de ello, no necesita publicar para hacer poesía. Tampoco necesita hacer poesía. Una prueba de ello es Nicanor Parra.

El motivo del rechazo fue lo que despertó cierta ansiedad en mí, cierta enfermedad. De esa que te obliga a escribir algo al respecto, para liberar bilis y deyecciones. Parafraseo las palabras y las destaco:

“Esto no es un poema. Usted cortó los versos para que pareciera un poema. Pero en realidad es la idea de un cuento. Una buena idea, pero no es poesía”.

La poesía es otra cosa, siempre: para poetas, para lectores, para mi abuela (requiescat in pace). No niego que quien(es) me escribe(n) esta respuesta tiene(n) algo de razón. Mis amigas y amigos saben que no rindo culto ni amor a mis textos. Pero mi dilema está en lo que la o las personas que dictaminaron conciben como un poema. Y es que de “Poesía eres tú” a “Antipoesía soy yo” hay mucha diferencia. Las definiciones personales son como los calzones: cada quien tiene el suyo y no suele compartirlo.

Tendrán motivos muy grandes para decidir qué es poesía y qué no. Motivos académicos, supongo. De esos que vienen en los diccionarios.

Podría hablar un poco del poema, pero no tengo ganas. Solo puedo confirmar que yo no parto los versos al azar. Las musas me dictan dónde termina un verso. Los fotógrafos suelen llamarle imagen. Los filósofos, idea. Los científicos, respiración. Ese es mi “método”, mi concepción del verso. Podrá no ser efectivo o confiable. Podrá ser el motivo de mis múltiples rechazos. A mí me gusta.

La experiencia lectora me dice que hay excelentes poemas en verso libre y adefesios de rima precoz, como los que publica la revista:

¿Qué fue de tu sueño esquivo y quimérico

de tu alma tan fecunda envuelta en el dolor?

Viajero solitario entre enigma y misterio

errante por la noche eterna e indecisa.

Agradezco al imperio de Cuadernos fronterizos el haberme dado una idea de reciclaje para escribir un cuento. Luego se los mando para que me digan que es un poema accidentalmente escrito en prosa.

23 de febrero, 2016

Han pasado ya dos años desde que escribí este texto. Decido publicarlo aquí porque me divertí mucho al leerlo. Estaba muy enojado y quizá el texto tenga más un valor anecdótico que crítico. Para cerrar este episodio, quiero indicar que Cuadernos fronterizos (dirigida por Víctor Orozco) siempre ha elegido poemas muy malos (mi gusto) para su sección de lírica. Afortunadamente no aparezco entre ellos. Aunque mis textos sean malos. También quiero, al fin, complementar mi exposición. Ya escribí lo anecdótico. Sigue lo “crítico”.

La historia de esta revista ha sido desafortunada.  Es un espacio de diálogo, sí, donde un grupo de académicos ha hecho trinchera para publicar. La sección “voces estudiantiles” es hilarante por mínima. ¿Cómo está eso de que una revista universitaria publique solo uno o dos trabajos de sus estudiantes? Las revistas universitarias deben divulgar lo que se está escribiendo en el espacio universitario, mas enfatizando en sus estudiantes.

Un ejemplo de cómo se ignora este último aspecto se los expongo en el siguiente screenshot del número 41 (septiembre-diciembre, 2017) dedicado al centenario de Juan Rulfo que puede consultarse en línea:

Cuadernos fronterizos 1

Todas ellas y ellos respetables académicos del departamento de Humanidades. Aquí lo fastidioso no será la calidad de los ensayos, expuestos en un coloquio el año pasado, sino que dos de ellos tuvieron las muchas y buenas ganas de publicar dos veces: Susana Báez y Roberto Sánchez. Primero en colectivo, buenos amigos. Luego ya por separado, doctores solitarios. Mi memoria es mala, pero recuerdo que aquel día se presentaron más trabajos sobre Rulfo e incluso hubo una mesa de creación. ¿Dónde quedaron estos textos?

El espacio que ocupan los dos textos que sobran bien pudo utilizarse para aumentar la participación de los estudiantes, cuya sección palidece en número:

Cuadernos fronterizos 2

Aquí entonces seis ensayos de profesores/ras de la UACJ (y una del Colegio de México) y sus doppelgängers vs dos trabajos escritos por estudiantes. (También hay que prestar especial atención a las fechas; cuándo reciben y cuándo se aceptan los trabajos en ambos bandos es para partirse de risa).

Cuando se trata de escritores como Juan Rulfo y Juan José Arreola, la soberbia intelectual siempre reluce: los estudiantes no tienen nada que aportar a las investigaciones de estas vacas sagradas de nuestra literatura. El trabajo hardcore hay que cederlo a los doctores en literatura. A quienes les pagan por tener publicaciones. Ellos tienen la autoridad, aunque sus trabajos sean más bien frágiles.

Me explico en brevedad, porque esto no terminaría nunca. En el trabajo de Báez se hacen afirmaciones difíciles de consultar porque el texto de Perla de la Rosa solo lo conocen ella y Perla de la Rosa. Y en el caso de Sánchez Benítez se idealiza el trabajo de Cristina Rivera Garza, sin tomar en cuenta la abundante crítica (periférica) que ha señalado sus múltiples problemas en cuanto al manejo de la información.

Página aparte, me parece una incoherencia bastante absurda que en clases se exija al estudiante escribir ensayos de ocho a diez cuartillas, pero lo máximo que esta revista pide en cuestión de extensión sea de cinco (¡!). Y ahí está el estudiante de la UACJ que primero tiró su rollo para pasar la clase y ahora tiene que cortarlo porque no tiene dónde más publicar los resultados y Cuadernos fronterizos siempre será su primera opción.

Así es esto. Una de estas dos costumbres debe cambiar.

Como soy un renegado, después de este drama adolescente ocurrido hace dos años, jamás les he compartido más textos y jamás les enviaré nunca más algo, aunque los maestros y maestras que conforman el consejo de esa revista le hayan puesto dieces a mis ensayos en sus clases.

 

Antonio Rubio Reyes

24 de febrero de 2018

 

Plagiar: una tarea fácil

Si no he publicado nada como Zapallo, no es porque haya dejado de escribir. En realidad, estoy pasando por un proceso creativo. Tengo bastante material acumulado que poco a poco iré subiendo al blog. Pero no tengo tiempo. La escuela me consume y apenas hoy me regalé el tiempo para meditar sobre un tema que me interesa particularmente: el plagio.

I. Estaba yo en una serie de conferencias en donde académicos y vagos de todo el mundo se presentaron en Ciudad Juárez. Se llamó “Entre pares” y quizá alguien de por aquí haya asistido a alguna de las charlas. No asistí a todos los eventos porque soy más vago que académico. Sin embargo, me apunté a dos pláticas sobre el plagio académico y su relación con la ética, movido más por el morbo-chisme que en sí para informarme de conceptos y repertorio teórico. Para desfortuna de mi hastío, fueron en inglés. Así que presté mucha atención para entender la mitad. Acá mi reflexión. En chinga porque me quedo sin tiempo y hay tarea.

II. Lo sabemos. El plagio es, en pocas palabras, un robo: de información intelectual; de resultados de investigación; de ejercicio creativo. También es robo de identidad: hacer pasar el trabajo de otra persona como tuyo, sin darle mérito alguno. En el menor de los casos, puede ser accidental: un mal uso del marco teórico; mal uso del sistema de citado. Finalmente, el plagio es un acto antiético, puesto que la persona que plagia está consciente de ello. Se trata de terrorismo intelectual.

Las charlas sobre este tema las impartieron una alemana y una inglesa. La última expuso que hay una asociación (netamente anglosajona) que se encarga de detectar el plagio a nivel internacional. Esto quiere decir que ya en el “primer mundo” hay una consciencia sobre este problema y se están buscando soluciones para él: sanciones, sobre todo.

¿Pero qué ocurre en México? Desafortunadamente el plagio aquí es un ejercicio común. No hay que ir más lejos: Enrique Peña Nieto fue acusado de plagiar en su tesis de maestría hace ya algunos años. Y si bien nuestro querido y amado presidente más bien no supo citar correctamente o supo utilizar la “paráfrasis”, lo cierto es que en el sistema educativo mexicano no solo no se sanciona al estudiante “plagiador”, sino que se le anima a “copiar” la información de internet. La santa Wikipedia ha salvado a tantos estudiantes de reprobar y ellos tan ingratos jamás le dedican un “tomado de la Wikipedia”.

El acto de “copiar y pegar” lo hemos hecho todos durante nuestra vida estudiantil. Yo mismo admito este rollo y por eso escribo más desde la memoria de aquellos tiempos. Y esto se debe a que los maestros que me dieron clase jamás se preocuparon por animarme a escribir, a desarrollar mis ideas. La frase común era “con tus propias palabras”. Al principio me animaba, porque siempre he tenido el gusto por escribir. Pero como nunca me leían y uno tiene cosas que hacer, pues buscaba la información en Dios Google y ya está. Sin referencia, porque hasta la universidad supe hacerlo.

Ya para concluir, es clara la indiferencia que el plagio despierta en nuestro entorno cultural. Esto queda demostrado cuando descubro que no existe en México una asociación organizada (con todo y siglas) que busque, detecte y sancione el plagio no solo en el nivel académico, sino en un ámbito aunque sea creativo. Los casos famosos, los que despiertan la curiosidad de algunos como yo, han sido expuestos gracias al periodismo serio o a lectores agudos como Gabriel Zaid o Guillermo Sheridan. La falta es aún más grave y cínica cuando estos señalamientos evidencian no a estudiantes de licenciatura sino a escritores consagrados y famosos (Carlos Monsiváis, quien plagió al mismo Zaid), ganadores de premios importantes como el Xavier Villaurrutia, doctores y académicos que gozaron de estos títulos a través de falsas investigaciones, o el mencionado presidente Enrique Peña Nieto.

III. ¿Y qué queda? Se hace la noticia. Se pierden empleos. Se hacen sanciones. Se pierden grados académicos. Pero creo que sigue sin tomarse en cuenta la seriedad del asunto. Quizá esto se deba a que el robo atañe a algo que no existe en un plano físico: las ideas. No lo sé de cierto. El año pasado, como algunos saben, el mismo Diario de Juárez escribió una nota basada en mi entrada sobre Bob Dylan en Juaritos Literario, que pueden consultar aquí. Jamás se hace referencia a mi texto. Y no es que descadaramente el autor transcriba mal la traducción de mi autoría, sino que esta acusación jamás fue tomada en serio. Los acusados nunca respondieron y como siempre, esto quedó sepultado entre el tiempo y el hastío.

Esta práctica es común en la manera en que distribuimos la información hoy en día. Y si no se toma en serio en el más mínimo de sus detalles…

La noche que Lalo Mora salvó mi vida

Ahí estaba yo. Solitario y borracho como cada fin de semana. Dispuesto a inhalar otra línea de sal mezclada con tico y tajín. Entonces sonó a lo lejos cierta voz. Una voz hermosa, un ángel perverso. Si Baudelaire hubiese nacido en el norte de México, formaría parte de una banda norteña. Entonces, decía, estaba sonando una rola de las buenas: “Si pecamos por amarnos lo hemos hecho”. Luego la confusión. No sé si eran las moléculas de sodio en mi nariz o la potencia de las palabras. Y dejé de beber y pasé por un oxxo y me compré un powerade para curarme la cruda que se avecinaba. Tenía que regresar a casa, encender la computadora y en chinga poner ese disco sagrado de Los Invasores de Nuevo León que me compré en Sounds por treinta pesos. El dinero mejor invertido de mi puta vida.

Todos estos años perdiendo el maldito tiempo con bandas de rock. No sé en qué estaba pensando. No sé por qué nunca le hice caso a los gustos de mi mamá. Todo este tiempo escuchando tonterías del tipo Poison, Mötley Crüe y Aerosmith. Sonarán cool y toda la cosa, pero ¿alguna vez escribieron un verso con este poder de nostalgia: “Donde quiera que he de ir la he de llevar”? Nunca. Nunca en su maldita carrera. Lo único que supieron esos sujetos fue proporcionar la dosis correcta de fijador en sus cabellos vastos y hermosos. Pero sus letras solo hablaban de situaciones estúpidas y aburridas que concluían con un “oh yeah”. Una tontería así, ¿sabes? Nada como la capacidad de Los Invasores para crear una historia con todas sus complejidades dramáticas: “Dejé mi casa por vivir feliz contigo / y me pagaste como algunas pagan mal”. O más adelante, cuando Lalito concluye: “Mi casa nueva, muy distinta a las demás / tiene un letrero de color en la vidriera / y una cualquiera es la que ocupa tu lugar”. Me encanta. La voz lírica no disminuye jamás a la mujer que ama, sino se degrada a sí mismo: el culpable de esa situación es él. Creo que culpa es lo que transmiten estas canciones. El sentirse un culero, pues. Nos equivocamos. Igual no importa: “Por tus besos no me importaría llorar”. El dolor se siente rico.

Ya saben que dejé de escribir poemas. Me alegro de mi decisión. Una de esas justas, honestas. Una toma de conciencia. Los poetastros de mi generación deberían aprender de la poesía de Los Invasores de Nuevo León, Los Relámpagos del Norte, Los Cadetes de Linares. Mientras fantoches como Ashauri López escriben mamadas como “Te amodio porque te pareces a mi ciudad”, Lalo Mora canta “Recuerda que fue nuestra decisión / amarnos sin perder jamás la libertad”. Estos onanistas se deshacen la cabeza para escribir versos porno terroristas mal hechos: “me acuesto con poemas / porque las personas / me asustan / o me da flojera eso de la interacción social”. Vivimos en crisis, damas y caballeros. Una crisis muy profunda. Este sujeto, un tal Augusto Sonrics, jamás conocerá el significado de meterse unas líneas de sal con tico y tajín por culpa de un desamor porque pasa las noches en la biblioteca eyaculando sobre sus libros de poesía. Seguramente los libros de Ashauri López o Dante Bueno. Ellos jamás serán rescatados como yo por una voz que seduce con estas palabras:

A veces lloro muy cerca de las botellas,

especialmente cuando me acuerdo de ti.

Si amanecen no se miran las estrellas

y oscurece y nunca brillan para mí.

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El ángel más terrible

Simplemente ocurre. Un día te levantas con esa resaca. Por más profundo que intentes meter tus dedos en la garganta no vomitas. La sensación permanece. Ni modo. Hay algo que queda pero no sale hasta que tu cuerpo lo libera por otros medios. El sudor. Un sudor nervioso. Así es. No puedes escribir. Dejar crecer al cáncer: dejar de escribir.

Las consecuencias son visibles y no dejo de rascar las costras. Dejé de publicar en este blog. Dejé de publicar en las columnas que tenía. Dejé de escribir para Juaritos, querido Juaritos (no le digan al Urani). En los trabajos de la maestría, me llamaron “desangelado” y “rebelde”. Quizá esa sea la alegoría perfecta. En eso creían los griegos. Las musas rebeldes, ángeles de la belleza. Luego llegó la inspiración, que no es otra cosa que una extensión de la musa. Pero más intelectual, ¿no? Después los románticos mezclaron la idea: un ángel maldito. Todo ángel es terrible, dice Rilke: “la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible”. En fin, pues mi ángel me ha abandonado.

Lo peor es tener ideas buenas y no llegar a plasmarlas. Darles vida. Que caminen, que busquen, que seduzcan. Permanece más bien un aborto. Un aborto artístico. De esa manera definiría a mi poesía. Una crisis. Por eso le ha ido tan mal cuando quiero publicarla en ciertos espacios. Frustración. No vale la pena seguir escribiendo. A mi edad quiero llegar a la trascendencia. Soñador.

Ya llegará, supongo, la musa que me amarre con cuero. Que me saque algunas cosas, como esta entrada. Esto es lo único que ha salido en los meses que he puesto mis dedos en la garganta.