La casa de las bellas durmientes o de lo perverso

Inicio esta reseña con un consejo. Esta obra corta, poema en prosa de Yasunari Kawabata, escrita en el milagroso 1969, es una de esas novelas en las que es mejor seguir el consejo de la prudencia. Quiero decir que para acercarse a La casa de las bellas durmientes es mejor conocer más bien poco del libro. Lo último debido a una de las premisas en que se erige la novela: la sorpresa, el descubrimiento del alma humana. Ahora bien, si tu curiosidad sobrepasa esta advertencia, si eres de esos escasos pero imprescindibles lectores que prefieren leer reseñas antes de gastar dinero en un libro, o si ya conoces este libro, te invito a continuar la lectura de este texto. Reconociendo que lo delicioso de La casa de las bellas durmientes está en la idea del descubrimiento, prometo que revelaré nada que desestabilice la mencionada experiencia.

Yukio Mishima, amigo y alumno de Kawabata, describe que la novela puede compararse a la imagen de un submarino que se va quedando poco a poco sin aire. El lector está atrapado en el submarino. Me gusta la metáfora pero yo añadiría algo más: no sabrás que el aire se está agotando sino hasta los últimos dos capítulos. Y es que el ritmo está basado en la monotonía, en la percepción del tiempo como una esfera en la que lo único que queda y sobra es el recuerdo. Todo en esta obra se repite: el té, que siempre es y será sabroso; el clima, que podría describirse como hostil; la desnudez; las pláticas con la mujer; las bellas durmientes, que son la duplicación de sí mismas y que están ahí para ser contempladas; el sueño y la pesadilla; la muerte y el erotismo; la nada. Todo esto, como menciona Mishima, se basa en la densidad de la prosa poética, en el esoterismo y lo que se sugiere.

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Es decir que la obra cuenta con un inventario de símbolos y referencias que ocultan algo: lo perverso. La metáfora de lo circular establece vínculos con la vida de Eguchi y sus abstracciones en el sexo, la muerte y el amor: cada bella durmiente provoca la rememoración de una mujer del pasado, de la juventud perdida y el amor marchito. Él no conocerá el nombre de ellas, no sabrá cuál es el color de su voz y por ello implora su despertar, puesto que no soporta las desventuras del silencio, del anonimato y la nada:

Había llegado a un punto en el que el anciano no podía soportar el hecho de que la muchacha durmiera, no hablara, no conociera su rostro y su voz, de que no supiera nada de lo que estaba ocurriendo ni conociera a Eguchi.

El desconocimiento en las relaciones que no son humanas, como las describirá la mujer de la casa, es la angustia de Eguchi en toda la novela. Esto porque hará de su cercanía con las bellas durmientes una ficción. Sin la voz, sin la conciencia, ahora son otras las cosas que comunican: el cuerpo de la mujer y su pureza, en contraste con la degradación de su espíritu que, al igual que sus visitas, se volverá progresiva. Se contempla en la naturaleza de sus recuerdos, cada vez más agresivos, cercanos a las pesadillas y la metáfora de una muerte inevitable y la tentación de los secretos del suicidio involuntario, de la última compañía. Todo se conjuga en una exploración del alma y asimismo, ya lo he mencionado, todo comunica: los olores íntimos, cálidos, la leche y la sangre, la forma de los senos, etc. Y no obstante percibo cierto engaño o quizá evolución.

La “respuesta” a toda incertidumbre de la novela se encuentra al inicio, en la descripción espacial de la casa: “Probablemente porque lo que sucedía allí era un secreto, el portal no tenía ningún letrero. Todo era silencio”. Y más adelante se insiste en ello: “El lugar era como una casa encantada en medio del silencio y la soledad”. Descripciones espaciales que no son gratuitas puesto que se vinculan a la imagen de las bellas durmientes: mujeres que hechizan en medio de su silencio en el sueño y la soledad del viejo Eguchi. Y no obstante atrapadas en la casa, en su pureza y en el peligro de una muerte incierta. La metáfora del encierro se hermana con cierta perspectiva de la divinidad. Mientras que para la mujer ellas son sólo “mujeres dormidas”, creadas para satisfacer a los ancianos que han perdido la esperanza de vivir y que entregan su existencia al propio ejercicio de la contemplación, para Eguchi adquieren representaciones divinas: las compara con Buda, lujuria divina que pasará del erotismo elidido al “sueño” de la destrucción del cuerpo contemplado.

Eguchi siempre es descrito como un ser desprendido, a mitad de camino entre lo senil y lo de alguna forma joven (por sus amantes). Así pues, sus visitas progresivas parten de una obsesión que se muestra al final y que revela en sí la condición de un espíritu corrompido por el tiempo y el vacío: ¿de qué nos sirven los recuerdos? Lo maravilloso es que esto último parte de lo intuitivo, de una interpretación. Pero resulta fácil comprobarlo debido a la transformación de sus reflexiones, a sus últimas charlas con la mujer y con los deseos que se ocultan. No los escribiré: que sigan siendo secretos.

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Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (trad. M.C.). Planeta, México, 2011, 122 pp.