El ángel más terrible

Simplemente ocurre. Un día te levantas con esa resaca. Por más profundo que intentes meter tus dedos en la garganta no vomitas. La sensación permanece. Ni modo. Hay algo que queda pero no sale hasta que tu cuerpo lo libera por otros medios. El sudor. Un sudor nervioso. Así es. No puedes escribir. Dejar crecer al cáncer: dejar de escribir.

Las consecuencias son visibles y no dejo de rascar las costras. Dejé de publicar en este blog. Dejé de publicar en las columnas que tenía. Dejé de escribir para Juaritos, querido Juaritos (no le digan al Urani). En los trabajos de la maestría, me llamaron “desangelado” y “rebelde”. Quizá esa sea la alegoría perfecta. En eso creían los griegos. Las musas rebeldes, ángeles de la belleza. Luego llegó la inspiración, que no es otra cosa que una extensión de la musa. Pero más intelectual, ¿no? Después los románticos mezclaron la idea: un ángel maldito. Todo ángel es terrible, dice Rilke: “la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible”. En fin, pues mi ángel me ha abandonado.

Lo peor es tener ideas buenas y no llegar a plasmarlas. Darles vida. Que caminen, que busquen, que seduzcan. Permanece más bien un aborto. Un aborto artístico. De esa manera definiría a mi poesía. Una crisis. Por eso le ha ido tan mal cuando quiero publicarla en ciertos espacios. Frustración. No vale la pena seguir escribiendo. A mi edad quiero llegar a la trascendencia. Soñador.

Ya llegará, supongo, la musa que me amarre con cuero. Que me saque algunas cosas, como esta entrada. Esto es lo único que ha salido en los meses que he puesto mis dedos en la garganta.

Lo viral y el morbo

En Tesis, Alejandro Amenábar reflexiona acerca de la morbosidad que puede provocar en sus espectadores las escenas grotescas y sangrientas a las que ya nos hemos acostumbrado. Toda la película gira en torno a la idea de los videos snuff y de cómo la violencia misma puede crear adicción. No obstante, pienso yo, esto es algo que podría definir lo humano: quiero decir que si bien pareciera que el morbo llega a ser enfermizo en muchos caso, en la antigüedad las batallas de gladiadores eran un éxito porque la gente desea contemplar la muerte. Por ello que la última escena de Tesis sea notable: alienta el deseo del espectador por mirar algo morboso, como al inicio de la película en la que la protagonista se entera que el tren ha parado porque un suicida saltó a las vías y quiere ver lo que quedó.

La sobremodernidad, como Marc Augé define a nuestros tiempos, aunque no ha normalizado al morbo, sí lo ha viralizado. Todo lo que compone el internet está regido por el hastío de la realidad y hace posible que, en nuestra búsqueda de entretenimiento, contemplemos algunos ejercicios del morbo. ¿Qué sucede cuando esto va más allá, al grado de desestabilizar los principios morales de la audiencia que ha motivado los propios ejercicios? Tal es el caso de una youtuber que transmitió su suicidio por internet —no recuerdo si por youtube u otra plataforma—.

Lo que urge reflexionar no es el hecho de que las autoridades hagan hasta lo imposible por eliminar el rastro de dicho video, sino dos cosas: 1) El principio de viralidad que motivó a que esta chica decidiera transmitir su suicidio; 2) No es el primer suicidio que se transmite en vivo y se tuvo que esperar a que una menor de dieciocho años para el escándalo—en los que el hecho hizo famosos a sus trágicos protagonistas.

Las autoridades no pueden eliminar el video de internet por la demanda que rige el principio de viralidad y morbosidad: las personas quieren ver ese video y por ello se ha divulgado por todos lados. Es imposible detener lo viral, y más si a ésta la impulsa el morbo de un público cansado de lo que contempla en sus inútiles vidas: de ahí que nazca ese deseo por mirar algo distinto a lo que se ve en la televisión e incluso en youtube.

El suicidio, desde mi punto de vista, es algo sumamente complejo: las razones por las que cualquier persona decida quitarse la vida siempre escapan a mis principios éticos, morales y filosóficos. Hace unas semanas, por ejemplo, me llegó la noticia del suicidio de un amigo de la secundaria a quien le ocurrió lo contrario que a la niña del video: su muerte ha pasado desapercibida de las redes sociales; de aquellos que lo felicitan en su cumpleaños, pese a que ha muerto desde hace ya meses.

A mí no me impulsa el morbo para hablar de ello, sino el contraste. Pienso en el impulso que tienen algunos ejemplos más de suicidas que quieren volver pública su muerte: que llegue a millones de personas. Y pregunto, ¿es algo reprobable? Ni el suicidio ni la fama son del todo reprobables, aunque sí tristes. La naturaleza de la muerte, en su sentido más absoluto, es espectacular: luego, el olvido.

Por último, ¿es cuestionable el deseo de utilizar estos videos ajenos e imágenes para ganar vistas y likes y el principio inevitable del morbo que nos ha motivado a mirar y compartir dichos videos?

(Ha pasado casi una semana desde que escribí este texto y quiero puntualizar algo. El tema ha sido sobreexplotado y hay miles y miles de videos de youtubers hablando sobre el tema, algunos con mejor fortuna que otros. Lo que me interesa es esto: se ha revelado que la chica fue violada por su padrastro y que ello motivó su suicidio. Ya no se trata de una persona que vio frustrado su sueño de youtuber, como dijo Dross en un video eliminado, sino una medida desesperada: toda desesperación es liberación. Me entristece ahora más el tema puesto que ahora podemos hablar de otro todavía más grave: la cosificación de lo viral. Es decir, el ejercicio de compartir y deglutir información sensible y desestimar este conflicto de género, conflicto social también: somos testigos, pues, de cómo una mujer fue violada por mucho tiempo hasta el punto de suicidarse en vivo. Yo no tengo ningún problema con los motivos por los que la muchacha decidió transmitir el hecho; creo que ella se sentía sola y que las personas que la miraban, gracias a esa ilusión que compartimos todos de compañía en la virtualidad, era lo único que tenía. No lo sé de cierto, pero sigue siendo triste).

Las voces prometedoras de la poesía contemporánea mexicana terminaron conmigo

Este texto generaliza algunas cosas y poco importa.
I. Hace unas semanas apareció en Cultura Colectiva un listado de 10 poetas jóvenes mexicanos que debes conocer tú que no estás leyendo esto. O sea, era uno de esos textos que te exigen un click generoso para regalarte el vacío. La leí con cierto desinterés y terminé decepcionado como siempre: ese arrepentimiento tan común al abrir algo que no queríamos pero el hastío se impone siempre. Si esta es la poesía del futuro, es mejor abandonar el país o dejar que la violencia o Peña Nieto hagan lo suyo. El autor de la lista, Diego Ceras, hace hasta lo imposible por vender la promesa, informando los premios que estos poetas han obtenido, las trayectorias tan ilustres y dignas, los reconocimientos ejemplares que el gobierno de tal estado les ha dado. Todo iba bien hasta que transcribe fragmentos de la poesía de las grandes promesas del genio mexicano:

 

El tabú femenino:

lo que oculta la mantilla, separa y corta;

llega cada mes

la mujer que complementa al monstruo

la transgresión ¿Lilith? ¿Medea

(César Bringas, ganador del premio a la mayor decepción que he tenido)

Otro asunto lamentable es que el autor de la lista, quizá haciéndole el favor a una amiga, recomienda a alguien que no tiene obra, a no ser que consideremos un planquette como tal y no un rico desayuno extranjero. Eso se perdona cuando la poesía de la chica del desayuno escribe mejor que la que publica en Tierra adentro:

Muchas dudas muchas interrogantes muchas

obviamente siempre están las preguntas
a. qué pasó b. por qué
entre mis múltiples respuestas me encontraba que
/lo tenía borrado en el cassette, eh,
lo tenía pero borrado/
eso también lo recordé hace poco/
que una vez la encontré que estaba rompiendo foto

(Yolanda Segura)

Aquí el link para que se degusten con los demás que no merecen el espacio de mi blog: http://culturacolectiva.com/poetas-mexicanos-que-debes-conocer/

 
II. Lo deprimente ya lo he escrito antes, cosa que me obligó a escribir algo de crítica (para que me dijeran poeta frustrado): lo malicioso que es el medio, lo triste, lo mentiroso y desleal y asqueroso y pedante y estúpido. Pero eso nunca será suficiente. Todo está perdido cuando sabes que la literatura es un negocio más, una cadena de oración en Facebook para que te unas a este ejercicio del vacío y dale like y comparte.
 
Aquellas ratillas están aferradas con uñas y dientes a los programas de becas y a los premios, a las recomendaciones de las páginas populares que nadie lee pero todos comparten, al gobierno que rige la poética contemporánea. No resulta sorprendente, puesto que nuestros poetas y narradores reconocidos son unos hipócritas. Por ejemplo, Elsa Cross, quien escribía con ese fervor apasionado e indignado de quien escribe poesías sobre Ayotzinapa aceptó un premio entregado por el mismo Peña Nieto. ¿Ironía o cinismo? Para eso se escribe poesía hoy en día: ganar premios y becas, reconocimiento y dinero.
 
Esta poesía de lo light y lo intrascendente, ya lo expuse, te la venden como una promesa. Cada año, en las listas de “los mejores libros” aparecen ahí sin el mérito literario, sin méritos estéticos, con la sorpresa de sus padres y padrinos. Sin embargo hay que ver cómo son estas listas: reediciones de autores consagrados, antologías de autores muertos, el libro de poesía de fulano o sutano. Quienes escriben las listas no saben ni qué libro publicado en 2016 deben recomendar, de qué amigo deben acordarse, a quién le deben un favor. Todo se siente desalmado.
 
Luego se quejan de que las personas prefieran libros de autoayuda o de youtubers, que la poesía escrita por Dante Tercero o Ashauri López sólo la pueden comprender ciertos afortunados: los elegidos, les llaman los editores de Cultura Colectiva. (Me parece lamentable que yo conozca estos nombres de memoria.) Tan siquiera los youtubers son honestos con el propósito de sus libros. Nunca ocultan sus deseos de ganar lana y lo hacen sin la pretensión de estos escribidores y poetastros.
 
Soy algo ingenuo, algo soñador, pero como muchos me han comentado, también soy sumamente exigente e injusto. Me gustaría ver a la literatura ganar al menos en una ocasión pero este ambiente, que lleva quizá décadas, jamás lo permitirá.

El filo de la luna

No lo sé, no existen reglas precisas, a veces a uno le duele la cabeza porque las ideas, desde aquel cauce semejante a la maldad, a ese pozo perverso, comienzan a acumularse igual que parásitos en el estómago de un animal que agoniza. Puedo decir (o mejor dicho, escribir, porque el acto de decir está siempre separado de la imaginación —y en todo caso es “o mejor escrito”)[1] que llevo siglos tratando de retratar con la fidelidad propiamente infiel de las palabras a mi compañera. Reconozco sin embargo que será solo un acercamiento y espero que el papel o la ilusión de papel que dejaré abandonado en el cadáver solitario de un individuo cualquiera, con seguridad anónimo, decapitada su alma mucosa, ajeno al tiempo, imperceptible en el escenario propio de los muertos, llegue a los hombres y los no-hombres, a los personajes y no-personajes de cualquier zona indómita de la conciencia para que sea interpretado como un milagro. Pero uno siente la fiebre del lenguaje y desespera: ¿qué persona debería contar la historia? ¿qué capacidad ontológica debe tener esa persona? ¿cuáles serán los tiempos verbales? ¿no es mejor escribir un poema? ¿soy un buen poeta? ¿debería usar estrofas clásicas o el artificio de la libertad poética? ¿en el cuento también hay poesía? ¿qué título debería tener mi cuento? ¿cómo serán los personajes? ¿cuántos personajes habrá? ¿cómo hablarán? ¿cuál será el final? ¿en verdad este cuento tiene un final? ¿será abierto o cerrado? (Prescindo de las comas y mayúsculas en virtud de la velocidad: jamás la escritura estará tan avanzada como para subordinar el atropello del pensamiento). Luego vendrán los teóricos, porque los conozco, conozco todo, afirmarán que “un buen cuento siempre tendrá unas primeras líneas atrapantes, magnéticas, y si no se cumple esta regla lo mejor será leer otra cosa en el baño”[2] y eso basta para desanimar a cualquiera que ni es teórico ni tiene la virtud de juzgar si unas primeras líneas valen o no la pena. Al principio creía prudente cuando Ella y es la segunda vez que te nombro los desaparecía. Hoy lo considero una necesidad. Basta un ¡plaf!, un ¡guaj! o alguna onomatopeya corporal que intente abarcar lo indescriptible. Y de nuevo el lenguaje se me escapa, regresa a una conciencia primigenia, articulando ruidos guturales, nombrando y significando las innombrables cosas. Algo sí es seguro después de nuestra visita: los doctores, críticos y teóricos de la literatura universal y hasta los escritores no regresan con sus recetas para intentar curar las patologías de la escritura. Lo último de cierta forma me emociona. Si algo hay de lugar común son los cuerpos entregándose a la descomposición. Ella aparece precisa, jamás al azar aunque tu condena y quizá nuestra condena la que lleva nuestros nombres la arrastran arrastramos ustedes nosotros toda la existencia… y aún más allá. Podrás estar leyendo un libro de Bajtín o Bachelard en el camión y te arrepentirás de tu última lectura, el accidente donde solo tú terminas con los vidrios en el cuello. Podrás escribir un ensayo que jamás se publicará porque Ella ha decidido que tu cabeza caiga con firmeza en las letras desordenadas y tus ojos abiertos no verán nunca el producto de tu investigación. Podrías estar escribiendo un cuento que inicie con un No lo sé, no existen reglas precisas y la sombra de Ella, la suavidad invisible de sus dedos detendrá los tuyos, una como tiniebla destejida que paraliza hasta al lenguaje y de pronto el silencio.

Se presenta desde la prudencia de la casualidad, charla contigo, algo feliz, Buenos días, ¿puede decirme la hora? o Buenas noches, ¿puede decirme en qué lugar estamos?, sus ojos comparables solo al amor, un vestido negro que esconde el cuerpo deliciosamente misterioso. Por supuesto cualquiera, sea bestia, hombre, mujer o dios contestará con la certeza de lo obvio y después las naranjas ruedan por el suelo, es en ese momento cuando hasta las cosas inmortales callan, un ruido absoluto, la verdad: las piedras tienen pesadillas con lo que suelen contemplar, cómplices de un espectáculo al que no fueron invitadas y al que no querían asistir.

 Todo parecido a rebanar una naranja y por eso las nombro, porque sé que esa comparación la has mencionado mientras hablas cuando crees que estás sola. La sustancia del alma es semejante a la dulzura seca de la naranja, cuya intrascendencia desata todo un terremoto de significados. Los engranajes de la historia me permitieron pensar en ellos, recopilar muecas de horror y sabiduría, una sorpresa adulta o una indiferencia infantil.

Desde la esquina la miro en su sincera desnudez mientras lee la mano del escritor. Segundos antes fui prisionero de su palma. Fue casi sexual. Me empuñó con levedad y en ocasiones me imagino extensión justa de sus dedos (cuando escribo “dedos” me refiero a algo parecido a dedos). Juraría que se excita, tiembla. Le fascina su trabajo y lo siento más cercano a la carne que describen escritores como Georges Bataille o Henry Miller, quienes buscaban habitar los escenarios del deseo con el torpe artificio de lo humano.

Su felicidad resulta menos trágica que su efigie sensual. Ella sonríe porque sabe que otra presencia está trabajando desde una forma parecida al olvido un asesinato infalible, irremediable, perfecto. De Sófocles he aprendido que el sino es algo inevitable y comprendo que cada escritor degollado, cada investigador muerto en la regadera de su inmundicia es un tierno paso que nos acerca porque tu desaparición es mi desaparición a aquella región donde los inmortales tejen la memoria y el destino de todas las cosas, existan o no.

Borges describe laberintos lingüísticos y ontológicos sin salida. La única luz, hablando desde la experiencia secular, es la misma literatura, sus aperturas infinitas que refutan el tiempo y el espacio al confirmarlos.[3] Si el ser humano trascendió ha sido por gracia de los secretos que el lenguaje en todas sus formas y desdoblamientos le ha otorgado. Homero fue y no, la voz de una comunidad, de un sentir histórico reflejado en escritura de piedra, el anónimo que debía ser nombrado. Pertenezco a un simulacro de la edad en la que he podido aprender y escuchar idiomas en sus formas reconocibles e inauditas y tú que has estado aquí desde antes hablas de otras formas que desaparecieron o que escaparon felizmente de la memoria. La sola referencia pretende el infinito. Recuerdo a Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Víctor Hugo, Cortázar, Rulfo, Arreola, Borges, Macedonio, Reyes, Garro, Highsmith, Dávila, Kundera, Parra, Márquez, Faulkner, Hemingway, Mishima, Kawabata, Elizondo, Dylan, Villoro, Serna; también literatura desmitificada, ausente y desconocida, literatura fantasmal, literatura divina, breviario de los ángeles, archivo de las memorias, reflexiones del polvo, literatura escrita por las partículas invisibles, literatura escrita por hormigas, literatura ramificada en lo que escribieron las hormigas, literatura descrita por las ciudades, por las ciudades y su deseo, por las ciudades y sus calles, por las ciudades y sus huellas, por las ciudades y sus voces, sus dobles, su clara arquitectura regida por las estrellas, literatura por la literatura, por los personajes de cualquier ficción, por las propias ficciones, por los sueños y recuerdos de esas ficciones, por sus angustias, literatura de los muertos, de los descompuestos, libros eternos, libros vacíos que contienen la verdad, verdades vacías que contienen a los libros, escritura de la imaginación, de la soledad, de la angustia, del silencio, de los sueños, y claro, lo que estás pensando, lo que imaginas mientras lees, mientras sueñas, tus escritos y lo que no has escrito ni escribirás porque no tienes tiempo, porque otra persona en cualquier parte del espacio y el tiempo está escribiendo lo que tú no escribes. Ya que todo yace aquí, nada está y todo está: la sustancia de la que estoy hecho contiene todo lo que hemos sido. ¿Cómo describir lo absoluto desde la nada? Resulta una experiencia infinita comparable solo al conocimiento y reconocimiento de estar con Ella.

Ella suele escuchar música mientras habla y yo leo la poesía de Pavese, de Marcial, de Villaurrutia. Pero no comparte mi angustia por comprender su existencia y afirma con soberbia que ni los espejos de Villaurrutia ni la ironía de Marcial ni la mirada de Pavese se han acercado a retratar nuestro devenir existencial. Mira, hasta yo desconozco el fin último de todo. En seguida ríe y se me antoja una risa repleta de espuma. Por lo general Ella me confiesa pocas cosas pese a que habla con frecuencia. Aventuro que su voz le otorga la ilusión de compañía que no puedo otorgarle.

Borges habla de espejos que nos espantan porque la imagen reflejada escapa a todo artificio de la escritura: jamás podremos describir lo que vemos. También nosotros estamos desfocalizados, carecemos de identidad puesto que nadie se atreve a nombrarnos, a significarnos. Ella no escapa de ella. Yo soy nadie.[4]

No sabría explicar si fui yo primero o si Ella estaba antes de nuestro tiempo porque eso sí es seguro: antes del tiempo estábamos cuando con tenues movimientos de la mano porque si existe suavidad está en tus manos como quien elabora la soga que ornamenta el patíbulo o la habitación del suicida, forjó la firmeza de mi cuerpo, las entrañas petrificadas, el filo de la luna. Fui la invención propia de las horas. Mi primera víctima fue el orden. Tras mi creación, surgió el principio de movimiento. Los relojes iniciaron su marcha sin retorno.

Desconozco también si Ella existió antes que Él.[5] Él solo existe para complicar las cosas, con toda su solemnidad y omnipotencia, con sus pactos burocráticos y su resplandor institucional. Él era la extensión de toda la podredumbre y maldad que existen, estableciendo reglas, quemando libros y conocimiento, negando la posibilidad de las formas. A través de un goce carnal Ella quedó prendida a él y satisfizo toda clase de caprichos. Si alguien no le gustaba, Ella acudía y lo eliminaba. Su discurso era ridículo y cursi, pero emanaba la confianza propia de los que mienten: “Ellos creen en mí, en mi palabra, llevan en su fe el nacimiento de toda mi civilización. Hemos sido perseguidos y ahora tenemos el poder. Ayúdame. Haz que agonice en la cruz. Haz que exista la luz después de ti, que regrese de ti como si fueras su madre”.[6] Después la desaparición de grandes geografías, de culturas espectaculares, de literatura y conocimiento ardiendo en la mierda del fuego.

Las consecuencias de su imperio fueron nuestra reducción y fin. Ella pasó de lo colectivo a lo individual y se dedicó al llamado del ser solitario. Las resurrecciones eran más frecuentes. Fracasaba. Aprendió a hablar sola y ahora finge impuntualidad acudiendo a las falsas virtudes de la piedad: hombres de ciento veinte años implorando su llegada, mujeres que se transforman en un polvo consciente. Sacrificó su esencia divina y se desmitificó en la soledad: lo sacro se volvió vulgar y lo vulgar fue erradicado en la vergüenza propia de la rabia, de la ausencia. Él sufrió un devenir ontológico y los seres humanos progresaron después de su partida final, aunque queden rastros de su doctrina que se manifiestan como virus del mundo: el fascismo, el imperialismo, las dictaduras, la violencia.

Hoy Él se halla ausente y siquiera Ella sabe en qué patíbulos celestiales se encuentra.

En un principio comentaba que llegará el momento en que otra fuerza nos destruya me incluyo porque sin ti sin la calidez de tus dedos sin tu fuerza y precisión no funciono. Presencia que siempre está detrás de todo lo existente e inexistente. Cada ser y no ser tiene su reflejo, su cualidad literaria, imaginaria. De hecho este reflejo será la confirmación de nuestra esencia. Probablemente aquel no ser absoluto, cuyo nombre abarca más allá del significado (y de nuevo la angustia de escribir desde este escaso lenguaje que he aprendido de todos los libros y que hoy es inútil) termine decapitándolo, trabajo que Ella jamás se atrevió a cumplir. El amor concibe formas siempre misteriosas, tal vez un vínculo con la inmortalidad que la literatura desafortunadamente pretende y no cumple. Después, sin piedad, porque estoy seguro que aquella nueva forma será perfecta en su frialdad, Ella terminará suicidándose si es que para ti pueda existir algo semejante al suicidio. Abrirá sus venas (y cuando escribo “venas” quiero describir algo más absoluto que venas y que en estas fluye algo más que sangre) y beberé de Ella, su fragancia oscura. Mi destino será sin embargo amable primero, después obsesivo y por último aburrido. Me dedicaré a hacer ficciones eternas, de páginas o formas infinitas y simétricas para pasar luego a lo micro, a las formas de lo invisible que tanto me han fascinado. Con mi soledad el tiempo estará detenido y cuando haya escrito toda la literatura posible, reescrito para siempre las obras maestras del lenguaje, recordando el chiste que contó Aristófanes a las Parcas primeras, lo que no escribió Cervantes pero imaginó cierto día de invierno, la aventura de Sherlock Holmes que Conan Doyle olvidó a propósito, el enigma metafísico que no pudo pensar Chesterton, lo que por ahora contemplan tus ojos, en fin, cuando haya destruido la memoria de todos, seré una ficción de mí mismo y dejaré de escribir. Tal vez termine oxidándome en los cauces detenidos de las horas, aguardándote en la nada, allí donde no germinan ni dioses, ni muertes, ni hombres, ni estrellas, ni espacios, ni siquiera la letra de los libros.

[1] Roberto Biorges escribe que “el uso y abuso del paréntesis tiene a veces una justificación: se trata de un discurso ajeno al del narrador. Es por así decirlo un doble que interrumpe a la voz y a veces complementa una tesis. Pero igual que en la música estas voces dialécticas jamás conforman una”. Roberto Biorges, Todo lo que querías saber sobre la escritura y nunca te atreviste a preguntar. México, Siglo XXI, 1989, pp. 67-68.

[2] Felisberto Reyes, Manual del perfecto tallerista. México, FCE, 2026, p. 15.

[3] Tomo esta idea de una charla que tuvieron Borges y Leibniz en un sueño, en los tiempos en que el primero redactaba Historia de la eternidad.

[4] Jorge Luis Borges, El espejo y la identidad. Texto escrito en su memoria la tarde en que murió, 14 de junio de 1986.

[5] Aprovecho para comentar que en realidad Él no es Él y Ella no es Ella.

[6] Santo Tomás de Aquino, Los discursos de la divinidad. Imaginado o soñado la tarde del 19 de abril de 1273.

También las hormigas comen plástico

El niño sueña que se desvanece en torbellino de palabras, arrastrado por las hormigas hacia la transparente grieta, muerto piensa, los árboles vuelan cuando nadie los mira. Una pata por ahí, por acá la antena, el abdomen, las hormigas dejan partes de sí, despojándose de toda banalidad carnal, espejo hecho de sombras, siento temblar la carne igual a la mosca que se ahoga en el charco de aguas negras, en un vaso de lodo, en el salitre de la existencia. Los insectos siguen infalibles en su festival lúgubre, el deseo por mantener intacto, inmaculado, al niño muerto, llevarlo a la grieta donde su corazón será el alimento porvenir, una verdad más allá del lenguaje, la mano de Dios tan inasible, abandonada.

Cayeron poco a poco las hormigas, se retuercen entre migajas de cemento y pan, mientras unas cuantas que no desisten de su labor inútil frente a la agonía terminan pisando sobre sus entrañas líquidas, sangre invisible, la muerte tiene un tacto como de hojas y polvo. La efigie del niño-cadáver, fui crucifijo roto, siempre ante mi padre putrefacto que desliza su pie igual a un péndulo sin tiempo desde su soga de porcelana, entre el olor descompuesto, sutil de las muertas, pero la muerte sucede y mi olor es parecido al presagio entre sueños, al abandono de mamá, desaparecida en el desierto, encontrándose con otra clase de olvido, construye su silencio en cuyo reflejo están algunas plegarias no escuchadas, murmullos previos a otro silencio más complejo y absoluto, el artificio de la inanición, devorar los propios labios, los dedos, esa desesperación previa al sueño y es que la soledad no se come y tengo un deseo inmenso de asistir al banquete celeste de tinieblas y sólo estás invitado si cierras los ojos mientras las hormigas se mezclan con la carne suelta.

La desmemoria

He nacido de ti, dolor de cuervo,
como desolada calle
en la que resuenan míticos
ecos del paso,
persiguiendo lágrima
única y roja entre árboles
y piedras que callan todos los secretos,
cómplices quizá de un espectáculo
al que no quisieron ser invitados,
aplaudiendo hasta destrozar sus cuerpos.

He habitado todas las identidades
y me han nombrado
igual a todas las cosas sin acertar nunca:
fui una casa, un reloj, tu rostro,
la sombra de tus palabras, lo que callas,
y vago contrario a las manecillas del reloj.
Pero me falta lenguaje para asumirme,
encontrar mi lengua en  hálitos de espejo:
olvidé mi nombre en los laberintos del tiempo;
sangro de las manos, bestia de la ira,
y el vidrio en saliva se deshace.

Desperté de ti vacío de plástico
y tu ojo revela el pecado mejor callado.
Alguien saca con dedos desde el lodo
la pupila y lame para que deje de llorar.

Tristeza común de ser santos
en un páramo sin Dios,
lejos de toda conciencia, nombre intacto,
incapaces de hablar para evitar cualquier daño,
crucificados por las cenizas del silencio.
Habitamos desiertos desde
nostalgia de lluvia.

La hoja se desangra y despedida
es un sinfín de posibilidades
enteramente muertas,
hasta que alguien dice
desde un llano de sueños, buena suerte,
la sílaba codiciada.

Chandie Bong, crítico literario

I. Más sano resulta golpearse en múltiples ocasiones la cabeza antes que leer una página más de la novela El narquillo sinvergüenza del señor Felibestuardo Rodríguez. Recomiendo, por supuesto, que se comprenda esta novela como una enseñanza de la mala literatura que hoy se publica en nuestra ciudad. Chandie Bong, pseudónimo de nuestro querido protagonista, escribe el punto final de una reseña que sabe que no podría publicar en cualquier sitio. Claro, había publicado elogios forzados en otros tiempos, pero una musa —más bien una idea— le ha comentado que la sinceridad en asuntos literarios es quizá tan devastadora como un puñetazo en la cara. Nadie leía sus reseñas cuando alababa la obra de, por ejemplo, Rafael Molina o Ramón Huizar o María Wong. En ese entonces Chandie firmaba sin miedo: Alfonso Saucedo. Aún antes, en sus tiempos de egresado hambriento, se había dedicado al feliz anonimato de las contraportadas, donde conviven con dichosa alegría neutralidad e ingenuidad. Sus venganzas en aquel entonces eran más exquisitas: si una novela no le gustaba, escribía o arruinaba el final de la misma.

Un día, sin embargo, “y era un día soleado, un día en el que presientes que algo raro pasará”[1] un amigo le pidió que reseñara la segunda novela de Miguel Travieso, conocido escritor y activista:

—Se está vendiendo muy bien. La editorial sólo le ha pedido que cambiase el nombre, cosa a la que no se negó. Sabes, qué importa. El chiste es sacarle dinero al asunto.

—Está bien. Yo la reseño.

Durante su lectura (y para él tal ejercicio era semejante a un ritual: incluso la iluminación tenía que ser la correcta) Alfonso Saucedo comprendió a su musa, el piquete sucio de la crítica. Por miedo a represalias, ya que Miguel era un escritor renombrado en el círculo literario de la ciudad, el único que había logrado vender más de 1000 ejemplares de su novela, Alfonso se cambió el nombre a Chandie Bong y escribió: La novela de Travieso es el cáncer que ha carcomido la literatura de nuestra ciudad: violencia deshumanizada, personajes aburridos y estúpidos, explosiones a lo Michael Bay, relaciones de cartón… Recomiendo que el papel que se gastó en Balas sobre el Río Bravo sea reutilizado. Quizá en su nueva vida de papel higiénico tenga alguna utilidad estética.

II. La reseña de Balas sobre el Río Bravo se publicó en la Revista de la Universidad en el número de primavera y pasó sin pena ni gloria los primeros días. Alfonso sintió milagrosa su publicación: nadie quería publicarla y de no haber sido por su buen amigo en la redacción, quien insistió hasta el final, la reseña jamás habría visto la luz.

Una reseña elogiosa, en general, no es leída ni por el elogiado. Sin embargo, un comentario venenoso, un palpitar crítico será siempre como un virus. El texto de Chandie empezó a ser comentado progresivamente y la revista vendió más números que en toda su existencia: algunas docenas. Aparecieron trabajos en Internet alabando su sinceridad, surgieron opiniones del tipo “alguien por fin dice lo que todos piensan pero nadie dice”, ensayos duros sobre la novela de Travieso, se habló de “una crítica literaria en la ciudad que por fin acude a la verdad, sin andar besando pies, sin compadrismos”.[2]

Una semana después la revista Sinismo le ofreció su primer trabajo a nuestro protagonista: debía “destruir novelas malas, a las instituciones culturales, a los personajes pseudoliterarios del momento”.[3] Chandie aceptó pero siguió escribiendo para adornar las contraportadas de los libros que tiempo después criticaría.

III. En una especie de recreación de Juan Rulfo, Mesier López escribe su peor poemario desde… su último peor poemario

Me sorprende que la novela de Augusto Rojas haya sido publicada. Lo considero un milagro divino, de esos que anuncia el mensaje en las montañas de nuestra ciudad.

Lamentablemente, la novela de Ricardo Buendía retrata una ciudad en donde la violencia no justifica su falta de certidumbre estética: la acción es opacada por una pésima redacción de niño de primaria.

                                   Todo el colectivo Joplin comparten una sola cosa: la falta de talento.

Leo de nuevo otra novela de Miguel Travieso y siento cómo poco a poco, mientras repaso cada letra de este adefesio literario, mis neuronas se suicidan.

Toda la redacción de la revista Sinismo está apadrinada por la amistad. Fuera de ello, no podrían sobrevivir en solitario, puesto que no tienen talento para redactar bien un simple cuento

La poesía de Antonio Reyes pertenece a una nueva forma de escribir y sentir la poesía: bautizo este género como Narrativa Guillotinada. Es decir, poemas sin un sentido del ritmo y la métrica. Prosa recortada. Prosa sin un sentido poético.

IV. La primera carta llegó a casa de Chandie una semana después de aceptar el trabajo. Recordaba muy bien las palabras de aquel breve mensaje: te vas a morir por andar pendejeando. A Chandie, sin embargo, le sorprendió que todavía se siguieran escribiendo cartas y lo tomó como una bromilla hater. Pensaba con felicidad que se había ganado justamente su primer enemigo.

No obstante, luego de haber reseñado la última novela de Miguel Travieso, quien seguía siendo el best-seller de la ciudad y el padrote del género al que Chandie bautizó como Novela narcagada empezó a encontrar mensajes afuera de su casa que podrían resumirse de la siguiente manera: Ya valiste verga, pendejo.

Dejando de lado las amenazas y los vidrios rotos, dejaron de invitarlo a las presentaciones de libros (donde la gente va a tomar vino y a comer galletas de sabor dudoso). De hecho, algún gracioso colgó en la puerta del teatro, cuando se presentaba el poemario de Antonio Reyes (seguramente él): No se permite la entrada de este raro espécimen (y la cara melancólica de nuestro personaje).

A Chandie se le dificultaba reseñar malos libros porque no tenía acceso a ellos. Nadie quería aparecer en la columna del crítico “sínico”.

En las librerías tampoco le vendían libros, siquiera de literatura universal:

—Lo sentimos pero no podemos venderle libros a quien no los disfruta.

—¡Es la nueva novela de Kundera!

—Lo sentimos pero no podemos permitirle que critique al maestro Kundera.

—¡No quiero reseñarlo!

—No le vamos a vender nada. Ahí está la puerta. Adiós.

Sinismo tampoco se quedó atrás y luego de seis meses la redacción decidió despedir a Chandie. No tenía amigos ahí (pese al cordial saludo) y todos firmaron una carta hipócrita.

No me importa. Haré un blog. Y colgó todas sus reseñas en la red donde alcanzó un mayor público, no obstante también recibió diversos insultos: eres un pendejo y no te gusta nada / no puedo creer que hables así de un poeta como Reyes / no más me entero dónde vives y te parto la madre / pinche puto, ni sabes escribir.

V. Alfonso mató a Chandie antes que nadie. Dejó de escribir reseñas críticas y de puro milagro publicó una novela breve, Las aventuras del mal policía, que pasó desapercibida por absolutamente todo el círculo literario de la ciudad. No hubo reseñas ni comentarios al respecto. Tampoco tuvo ventas.

En abril del 2012, Alfonso caminaba hacia su casa cuando lo “levantaron”. Su cuerpo presentaba diversas manifestaciones de tortura que no se describirán en este relato.

VI. El final de este texto, como la carrera de Chandie, es abrupto y funciona más bien como una apología mítica y descriptiva sobre la reinterpretación del destino a la manera de Sófocles:

Miguel Travieso, en junio del 2012, fue el primero en rendirle un homenaje: al recuerdo de Chandie, el gran crítico de la literatura de la ciudad. Rescataba su sinceridad, su ingenio, su mordaz pluma.

Aplausos, aplausos.

La editorial de la Universidad publicó A cuentagotas. La crítica literaria en Chandie Bong. En esta colección de ensayos, especialistas en literatura, teóricos herméticos y grandes hipócritas del ambiente institucional, comentaban desde un acercamiento posposmoderno las reseñas de Chandie y su relación con la crítica literaria posposposmoderna.

Los alumnos de Literatura organizaron unas Jornadas durante el aniversario luctuoso de Alfonso y muchas ponencias sorprendentemente hablaban de Las aventuras del mal policía. Alguien comentó que Alfonso había revivido el género negro. Otros se atrevieron a decir que era el primer clásico de la literatura de la ciudad, después de Travieso.

Las aventuras del mal policía fue reeditada en 2016 por la editorial Random House y por supuesto se convirtió en el libro más vendido, así como en una de las mejores novelas de los últimos tres años. La crítica literaria comentaba que la figura de Alfonso había sido lentamente corrompida por sus ensayos, y que de haber vivido más o de no haber perdido su tiempo en la crítica estaríamos hablando de una de las promesas literarias mundiales.

La tercera edición de Las aventuras incluía un prólogo de Miguel Travieso y a finales de año, durante la FIL, el mismo confirmó una edición de las Obras completas, que incluiría ensayos críticos y trabajos académicos, además de las entradas del blog de Chandie y sus diarios y cartas a una mujer que prefirió mantenerse en el anonimato. Asimismo se publicaría la tesis de licenciatura y sus trabajos finales.

Por ahí alguien comentaba con sorna que Alfonso se estaba convirtiendo en un personaje importante y por lo tanto sobrevalorado. Sus familiares exigían paz. Sus amigos seguían publicando textos del tipo “Cuando Chandie Bong desmadró mi cuento” o “La vez que Chandie me pichó un café”.

Otros personajes más prudentes le dedicaban a Alfonso un respetuoso silencio, indignados por el espectáculo de su muerte.

Por último, el ICHICULT organizó el premio Chandie Bong para el ensayo crítico joven en donde se dotaba de $250,000 al ganador, así como la publicación de su obra. No se ha anunciado al ganador aunque todos saben que es Jorge Travieso, hermano menor de Miguel.

El crimen de Alfonso Saucedo jamás se resolvió (jamás se investigó). Los asesinos siguen libres y a manera de venganza recopilan y publican en Obras completas textos que el mismo Chandie Bong despreciaría.

[1] Alfonso Saucedo, El blog de Chandie Bong. Consultado el día 6 de marzo del 2016 en https://blogchandie.wordpress.com/2012/04/10/memorias/

[2] Miguel Travieso, “Chandie Bong, mi crítico” en A cuentagotas. La crítica literaria en Chandie Bong. México, Editorial Universitaria, 2016, p. 45.

[3] Román Zaragoza (director de Sinismo). “Chandie y la revista Sinismo”, en A cuentagotas… op. cit., pp. 5-10.