El poema que no era poema

Panorama de la mujer en tu balcón

Para Diego

Ella contempla la paraselene de hoy

y arroja las plumas de tu almohada

 

telarañas blancas tejen el viento de su noche

 

fue el día siguiente

 

y las niñas saldrán a la calle

a jugar con la nieve

 

esculturas de brizne y ángeles en el concreto

otra ciudad esculpida por sus manos

 

algunas harán alas y se arrojarán a las alcantarillas

para compartir el milagro con las ratas

 

triste como un cristal empañado

en tu balcón ella ofrece una sonrisa

 

nadie mira

 

ayer pensaban las niñas

en una estatua repleta de telarañas

 

y se preguntaban si la viuda negra

habita aún la boca o el pecho

 

sin plumas en la almohada

sin insectos en la voz

la mujer se pone a cantar

 

y cierra la ventana en silencio y para siempre

 

después sueña con la viuda

devorando las bocas y los pechos

de las niñas que jugaban en la seda

la araña que enreda entre sus patas

la frágil arquitectura de una ciudad

—porque a estas ciudades de los ángeles

siempre las derriba la brisa de los sueños—

cuando un extraño sueña con una mujer

que se arroja desde el balcón

con tu almohada entre sus brazos

 

Algunas amigas y amigos me pidieron que compartiera el poema rechazado. El que debería ser un cuento. Aquí está. Ha cambiado bastante en dos años.

Está dedicado a Diego Ordaz. Una vez dijo que le gustaba mucho.

 

Johnny Carteras

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Crónica de un rechazo anunciado

Crónica de un rechazo anunciado

Ayer me rechazaron un poema para una revista (no importa cuando leas esto, siempre será actual).

Esto es normal. Creo que soy un escritor eternamente en la friendzone divulgativa. No me importa mucho. Un poeta, o lo que quede de ello, no necesita publicar para hacer poesía. Tampoco necesita hacer poesía. Una prueba de ello es Nicanor Parra.

El motivo del rechazo fue lo que despertó cierta ansiedad en mí, cierta enfermedad. De esa que te obliga a escribir algo al respecto, para liberar bilis y deyecciones. Parafraseo las palabras y las destaco:

“Esto no es un poema. Usted cortó los versos para que pareciera un poema. Pero en realidad es la idea de un cuento. Una buena idea, pero no es poesía”.

La poesía es otra cosa, siempre: para poetas, para lectores, para mi abuela (requiescat in pace). No niego que quien(es) me escribe(n) esta respuesta tiene(n) algo de razón. Mis amigas y amigos saben que no rindo culto ni amor a mis textos. Pero mi dilema está en lo que la o las personas que dictaminaron conciben como un poema. Y es que de “Poesía eres tú” a “Antipoesía soy yo” hay mucha diferencia. Las definiciones personales son como los calzones: cada quien tiene el suyo y no suele compartirlo.

Tendrán motivos muy grandes para decidir qué es poesía y qué no. Motivos académicos, supongo. De esos que vienen en los diccionarios.

Podría hablar un poco del poema, pero no tengo ganas. Solo puedo confirmar que yo no parto los versos al azar. Las musas me dictan dónde termina un verso. Los fotógrafos suelen llamarle imagen. Los filósofos, idea. Los científicos, respiración. Ese es mi “método”, mi concepción del verso. Podrá no ser efectivo o confiable. Podrá ser el motivo de mis múltiples rechazos. A mí me gusta.

La experiencia lectora me dice que hay excelentes poemas en verso libre y adefesios de rima precoz, como los que publica la revista:

¿Qué fue de tu sueño esquivo y quimérico

de tu alma tan fecunda envuelta en el dolor?

Viajero solitario entre enigma y misterio

errante por la noche eterna e indecisa.

Agradezco al imperio de Cuadernos fronterizos el haberme dado una idea de reciclaje para escribir un cuento. Luego se los mando para que me digan que es un poema accidentalmente escrito en prosa.

23 de febrero, 2016

Han pasado ya dos años desde que escribí este texto. Decido publicarlo aquí porque me divertí mucho al leerlo. Estaba muy enojado y quizá el texto tenga más un valor anecdótico que crítico. Para cerrar este episodio, quiero indicar que Cuadernos fronterizos (dirigida por Víctor Orozco) siempre ha elegido poemas muy malos (mi gusto) para su sección de lírica. Afortunadamente no aparezco entre ellos. Aunque mis textos sean malos. También quiero, al fin, complementar mi exposición. Ya escribí lo anecdótico. Sigue lo “crítico”.

La historia de esta revista ha sido desafortunada.  Es un espacio de diálogo, sí, donde un grupo de académicos ha hecho trinchera para publicar. La sección “voces estudiantiles” es hilarante por mínima. ¿Cómo está eso de que una revista universitaria publique solo uno o dos trabajos de sus estudiantes? Las revistas universitarias deben divulgar lo que se está escribiendo en el espacio universitario, mas enfatizando en sus estudiantes.

Un ejemplo de cómo se ignora este último aspecto se los expongo en el siguiente screenshot del número 41 (septiembre-diciembre, 2017) dedicado al centenario de Juan Rulfo que puede consultarse en línea:

Cuadernos fronterizos 1

Todas ellas y ellos respetables académicos del departamento de Humanidades. Aquí lo fastidioso no será la calidad de los ensayos, expuestos en un coloquio el año pasado, sino que dos de ellos tuvieron las muchas y buenas ganas de publicar dos veces: Susana Báez y Roberto Sánchez. Primero en colectivo, buenos amigos. Luego ya por separado, doctores solitarios. Mi memoria es mala, pero recuerdo que aquel día se presentaron más trabajos sobre Rulfo e incluso hubo una mesa de creación. ¿Dónde quedaron estos textos?

El espacio que ocupan los dos textos que sobran bien pudo utilizarse para aumentar la participación de los estudiantes, cuya sección palidece en número:

Cuadernos fronterizos 2

Aquí entonces seis ensayos de profesores/ras de la UACJ (y una del Colegio de México) y sus doppelgängers vs dos trabajos escritos por estudiantes. (También hay que prestar especial atención a las fechas; cuándo reciben y cuándo se aceptan los trabajos en ambos bandos es para partirse de risa).

Cuando se trata de escritores como Juan Rulfo y Juan José Arreola, la soberbia intelectual siempre reluce: los estudiantes no tienen nada que aportar a las investigaciones de estas vacas sagradas de nuestra literatura. El trabajo hardcore hay que cederlo a los doctores en literatura. A quienes les pagan por tener publicaciones. Ellos tienen la autoridad, aunque sus trabajos sean más bien frágiles.

Me explico en brevedad, porque esto no terminaría nunca. En el trabajo de Báez se hacen afirmaciones difíciles de consultar porque el texto de Perla de la Rosa solo lo conocen ella y Perla de la Rosa. Y en el caso de Sánchez Benítez se idealiza el trabajo de Cristina Rivera Garza, sin tomar en cuenta la abundante crítica (periférica) que ha señalado sus múltiples problemas en cuanto al manejo de la información.

Página aparte, me parece una incoherencia bastante absurda que en clases se exija al estudiante escribir ensayos de ocho a diez cuartillas, pero lo máximo que esta revista pide en cuestión de extensión sea de cinco (¡!). Y ahí está el estudiante de la UACJ que primero tiró su rollo para pasar la clase y ahora tiene que cortarlo porque no tiene dónde más publicar los resultados y Cuadernos fronterizos siempre será su primera opción.

Así es esto. Una de estas dos costumbres debe cambiar.

Como soy un renegado, después de este drama adolescente ocurrido hace dos años, jamás les he compartido más textos y jamás les enviaré nunca más algo, aunque los maestros y maestras que conforman el consejo de esa revista le hayan puesto dieces a mis ensayos en sus clases.

 

Antonio Rubio Reyes

24 de febrero de 2018

 

El ángel más terrible

Simplemente ocurre. Un día te levantas con esa resaca. Por más profundo que intentes meter tus dedos en la garganta no vomitas. La sensación permanece. Ni modo. Hay algo que queda pero no sale hasta que tu cuerpo lo libera por otros medios. El sudor. Un sudor nervioso. Así es. No puedes escribir. Dejar crecer al cáncer: dejar de escribir.

Las consecuencias son visibles y no dejo de rascar las costras. Dejé de publicar en este blog. Dejé de publicar en las columnas que tenía. Dejé de escribir para Juaritos, querido Juaritos (no le digan al Urani). En los trabajos de la maestría, me llamaron “desangelado” y “rebelde”. Quizá esa sea la alegoría perfecta. En eso creían los griegos. Las musas rebeldes, ángeles de la belleza. Luego llegó la inspiración, que no es otra cosa que una extensión de la musa. Pero más intelectual, ¿no? Después los románticos mezclaron la idea: un ángel maldito. Todo ángel es terrible, dice Rilke: “la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible”. En fin, pues mi ángel me ha abandonado.

Lo peor es tener ideas buenas y no llegar a plasmarlas. Darles vida. Que caminen, que busquen, que seduzcan. Permanece más bien un aborto. Un aborto artístico. De esa manera definiría a mi poesía. Una crisis. Por eso le ha ido tan mal cuando quiero publicarla en ciertos espacios. Frustración. No vale la pena seguir escribiendo. A mi edad quiero llegar a la trascendencia. Soñador.

Ya llegará, supongo, la musa que me amarre con cuero. Que me saque algunas cosas, como esta entrada. Esto es lo único que ha salido en los meses que he puesto mis dedos en la garganta.

Lo viral y el morbo

En Tesis, Alejandro Amenábar reflexiona acerca de la morbosidad que puede provocar en sus espectadores las escenas grotescas y sangrientas a las que ya nos hemos acostumbrado. Toda la película gira en torno a la idea de los videos snuff y de cómo la violencia misma puede crear adicción. No obstante, pienso yo, esto es algo que podría definir lo humano: quiero decir que si bien pareciera que el morbo llega a ser enfermizo en muchos caso, en la antigüedad las batallas de gladiadores eran un éxito porque la gente desea contemplar la muerte. Por ello que la última escena de Tesis sea notable: alienta el deseo del espectador por mirar algo morboso, como al inicio de la película en la que la protagonista se entera que el tren ha parado porque un suicida saltó a las vías y quiere ver lo que quedó.

La sobremodernidad, como Marc Augé define a nuestros tiempos, aunque no ha normalizado al morbo, sí lo ha viralizado. Todo lo que compone el internet está regido por el hastío de la realidad y hace posible que, en nuestra búsqueda de entretenimiento, contemplemos algunos ejercicios del morbo. ¿Qué sucede cuando esto va más allá, al grado de desestabilizar los principios morales de la audiencia que ha motivado los propios ejercicios? Tal es el caso de una youtuber que transmitió su suicidio por internet —no recuerdo si por youtube u otra plataforma—.

Lo que urge reflexionar no es el hecho de que las autoridades hagan hasta lo imposible por eliminar el rastro de dicho video, sino dos cosas: 1) El principio de viralidad que motivó a que esta chica decidiera transmitir su suicidio; 2) No es el primer suicidio que se transmite en vivo y se tuvo que esperar a que una menor de dieciocho años para el escándalo—en los que el hecho hizo famosos a sus trágicos protagonistas.

Las autoridades no pueden eliminar el video de internet por la demanda que rige el principio de viralidad y morbosidad: las personas quieren ver ese video y por ello se ha divulgado por todos lados. Es imposible detener lo viral, y más si a ésta la impulsa el morbo de un público cansado de lo que contempla en sus inútiles vidas: de ahí que nazca ese deseo por mirar algo distinto a lo que se ve en la televisión e incluso en youtube.

El suicidio, desde mi punto de vista, es algo sumamente complejo: las razones por las que cualquier persona decida quitarse la vida siempre escapan a mis principios éticos, morales y filosóficos. Hace unas semanas, por ejemplo, me llegó la noticia del suicidio de un amigo de la secundaria a quien le ocurrió lo contrario que a la niña del video: su muerte ha pasado desapercibida de las redes sociales; de aquellos que lo felicitan en su cumpleaños, pese a que ha muerto desde hace ya meses.

A mí no me impulsa el morbo para hablar de ello, sino el contraste. Pienso en el impulso que tienen algunos ejemplos más de suicidas que quieren volver pública su muerte: que llegue a millones de personas. Y pregunto, ¿es algo reprobable? Ni el suicidio ni la fama son del todo reprobables, aunque sí tristes. La naturaleza de la muerte, en su sentido más absoluto, es espectacular: luego, el olvido.

Por último, ¿es cuestionable el deseo de utilizar estos videos ajenos e imágenes para ganar vistas y likes y el principio inevitable del morbo que nos ha motivado a mirar y compartir dichos videos?

(Ha pasado casi una semana desde que escribí este texto y quiero puntualizar algo. El tema ha sido sobreexplotado y hay miles y miles de videos de youtubers hablando sobre el tema, algunos con mejor fortuna que otros. Lo que me interesa es esto: se ha revelado que la chica fue violada por su padrastro y que ello motivó su suicidio. Ya no se trata de una persona que vio frustrado su sueño de youtuber, como dijo Dross en un video eliminado, sino una medida desesperada: toda desesperación es liberación. Me entristece ahora más el tema puesto que ahora podemos hablar de otro todavía más grave: la cosificación de lo viral. Es decir, el ejercicio de compartir y deglutir información sensible y desestimar este conflicto de género, conflicto social también: somos testigos, pues, de cómo una mujer fue violada por mucho tiempo hasta el punto de suicidarse en vivo. Yo no tengo ningún problema con los motivos por los que la muchacha decidió transmitir el hecho; creo que ella se sentía sola y que las personas que la miraban, gracias a esa ilusión que compartimos todos de compañía en la virtualidad, era lo único que tenía. No lo sé de cierto, pero sigue siendo triste).

Las voces prometedoras de la poesía contemporánea mexicana terminaron conmigo

Este texto generaliza algunas cosas y poco importa.
I. Hace unas semanas apareció en Cultura Colectiva un listado de 10 poetas jóvenes mexicanos que debes conocer tú que no estás leyendo esto. O sea, era uno de esos textos que te exigen un click generoso para regalarte el vacío. La leí con cierto desinterés y terminé decepcionado como siempre: ese arrepentimiento tan común al abrir algo que no queríamos pero el hastío se impone siempre. Si esta es la poesía del futuro, es mejor abandonar el país o dejar que la violencia o Peña Nieto hagan lo suyo. El autor de la lista, Diego Ceras, hace hasta lo imposible por vender la promesa, informando los premios que estos poetas han obtenido, las trayectorias tan ilustres y dignas, los reconocimientos ejemplares que el gobierno de tal estado les ha dado. Todo iba bien hasta que transcribe fragmentos de la poesía de las grandes promesas del genio mexicano:

 

El tabú femenino:

lo que oculta la mantilla, separa y corta;

llega cada mes

la mujer que complementa al monstruo

la transgresión ¿Lilith? ¿Medea

(César Bringas, ganador del premio a la mayor decepción que he tenido)

Otro asunto lamentable es que el autor de la lista, quizá haciéndole el favor a una amiga, recomienda a alguien que no tiene obra, a no ser que consideremos un planquette como tal y no un rico desayuno extranjero. Eso se perdona cuando la poesía de la chica del desayuno escribe mejor que la que publica en Tierra adentro:

Muchas dudas muchas interrogantes muchas

obviamente siempre están las preguntas
a. qué pasó b. por qué
entre mis múltiples respuestas me encontraba que
/lo tenía borrado en el cassette, eh,
lo tenía pero borrado/
eso también lo recordé hace poco/
que una vez la encontré que estaba rompiendo foto

(Yolanda Segura)

Aquí el link para que se degusten con los demás que no merecen el espacio de mi blog: http://culturacolectiva.com/poetas-mexicanos-que-debes-conocer/

 
II. Lo deprimente ya lo he escrito antes, cosa que me obligó a escribir algo de crítica (para que me dijeran poeta frustrado): lo malicioso que es el medio, lo triste, lo mentiroso y desleal y asqueroso y pedante y estúpido. Pero eso nunca será suficiente. Todo está perdido cuando sabes que la literatura es un negocio más, una cadena de oración en Facebook para que te unas a este ejercicio del vacío y dale like y comparte.
 
Aquellas ratillas están aferradas con uñas y dientes a los programas de becas y a los premios, a las recomendaciones de las páginas populares que nadie lee pero todos comparten, al gobierno que rige la poética contemporánea. No resulta sorprendente, puesto que nuestros poetas y narradores reconocidos son unos hipócritas. Por ejemplo, Elsa Cross, quien escribía con ese fervor apasionado e indignado de quien escribe poesías sobre Ayotzinapa aceptó un premio entregado por el mismo Peña Nieto. ¿Ironía o cinismo? Para eso se escribe poesía hoy en día: ganar premios y becas, reconocimiento y dinero.
 
Esta poesía de lo light y lo intrascendente, ya lo expuse, te la venden como una promesa. Cada año, en las listas de “los mejores libros” aparecen ahí sin el mérito literario, sin méritos estéticos, con la sorpresa de sus padres y padrinos. Sin embargo hay que ver cómo son estas listas: reediciones de autores consagrados, antologías de autores muertos, el libro de poesía de fulano o sutano. Quienes escriben las listas no saben ni qué libro publicado en 2016 deben recomendar, de qué amigo deben acordarse, a quién le deben un favor. Todo se siente desalmado.
 
Luego se quejan de que las personas prefieran libros de autoayuda o de youtubers, que la poesía escrita por Dante Tercero o Ashauri López sólo la pueden comprender ciertos afortunados: los elegidos, les llaman los editores de Cultura Colectiva. (Me parece lamentable que yo conozca estos nombres de memoria.) Tan siquiera los youtubers son honestos con el propósito de sus libros. Nunca ocultan sus deseos de ganar lana y lo hacen sin la pretensión de estos escribidores y poetastros.
 
Soy algo ingenuo, algo soñador, pero como muchos me han comentado, también soy sumamente exigente e injusto. Me gustaría ver a la literatura ganar al menos en una ocasión pero este ambiente, que lleva quizá décadas, jamás lo permitirá.

El filo de la luna

No lo sé, no existen reglas precisas, a veces a uno le duele la cabeza porque las ideas, desde aquel cauce semejante a la maldad, a ese pozo perverso, comienzan a acumularse igual que parásitos en el estómago de un animal que agoniza. Puedo decir (o mejor dicho, escribir, porque el acto de decir está siempre separado de la imaginación —y en todo caso es “o mejor escrito”)[1] que llevo siglos tratando de retratar con la fidelidad propiamente infiel de las palabras a mi compañera. Reconozco sin embargo que será solo un acercamiento y espero que el papel o la ilusión de papel que dejaré abandonado en el cadáver solitario de un individuo cualquiera, con seguridad anónimo, decapitada su alma mucosa, ajeno al tiempo, imperceptible en el escenario propio de los muertos, llegue a los hombres y los no-hombres, a los personajes y no-personajes de cualquier zona indómita de la conciencia para que sea interpretado como un milagro. Pero uno siente la fiebre del lenguaje y desespera: ¿qué persona debería contar la historia? ¿qué capacidad ontológica debe tener esa persona? ¿cuáles serán los tiempos verbales? ¿no es mejor escribir un poema? ¿soy un buen poeta? ¿debería usar estrofas clásicas o el artificio de la libertad poética? ¿en el cuento también hay poesía? ¿qué título debería tener mi cuento? ¿cómo serán los personajes? ¿cuántos personajes habrá? ¿cómo hablarán? ¿cuál será el final? ¿en verdad este cuento tiene un final? ¿será abierto o cerrado? (Prescindo de las comas y mayúsculas en virtud de la velocidad: jamás la escritura estará tan avanzada como para subordinar el atropello del pensamiento). Luego vendrán los teóricos, porque los conozco, conozco todo, afirmarán que “un buen cuento siempre tendrá unas primeras líneas atrapantes, magnéticas, y si no se cumple esta regla lo mejor será leer otra cosa en el baño”[2] y eso basta para desanimar a cualquiera que ni es teórico ni tiene la virtud de juzgar si unas primeras líneas valen o no la pena. Al principio creía prudente cuando Ella y es la segunda vez que te nombro los desaparecía. Hoy lo considero una necesidad. Basta un ¡plaf!, un ¡guaj! o alguna onomatopeya corporal que intente abarcar lo indescriptible. Y de nuevo el lenguaje se me escapa, regresa a una conciencia primigenia, articulando ruidos guturales, nombrando y significando las innombrables cosas. Algo sí es seguro después de nuestra visita: los doctores, críticos y teóricos de la literatura universal y hasta los escritores no regresan con sus recetas para intentar curar las patologías de la escritura. Lo último de cierta forma me emociona. Si algo hay de lugar común son los cuerpos entregándose a la descomposición. Ella aparece precisa, jamás al azar aunque tu condena y quizá nuestra condena la que lleva nuestros nombres la arrastran arrastramos ustedes nosotros toda la existencia… y aún más allá. Podrás estar leyendo un libro de Bajtín o Bachelard en el camión y te arrepentirás de tu última lectura, el accidente donde solo tú terminas con los vidrios en el cuello. Podrás escribir un ensayo que jamás se publicará porque Ella ha decidido que tu cabeza caiga con firmeza en las letras desordenadas y tus ojos abiertos no verán nunca el producto de tu investigación. Podrías estar escribiendo un cuento que inicie con un No lo sé, no existen reglas precisas y la sombra de Ella, la suavidad invisible de sus dedos detendrá los tuyos, una como tiniebla destejida que paraliza hasta al lenguaje y de pronto el silencio.

Se presenta desde la prudencia de la casualidad, charla contigo, algo feliz, Buenos días, ¿puede decirme la hora? o Buenas noches, ¿puede decirme en qué lugar estamos?, sus ojos comparables solo al amor, un vestido negro que esconde el cuerpo deliciosamente misterioso. Por supuesto cualquiera, sea bestia, hombre, mujer o dios contestará con la certeza de lo obvio y después las naranjas ruedan por el suelo, es en ese momento cuando hasta las cosas inmortales callan, un ruido absoluto, la verdad: las piedras tienen pesadillas con lo que suelen contemplar, cómplices de un espectáculo al que no fueron invitadas y al que no querían asistir.

 Todo parecido a rebanar una naranja y por eso las nombro, porque sé que esa comparación la has mencionado mientras hablas cuando crees que estás sola. La sustancia del alma es semejante a la dulzura seca de la naranja, cuya intrascendencia desata todo un terremoto de significados. Los engranajes de la historia me permitieron pensar en ellos, recopilar muecas de horror y sabiduría, una sorpresa adulta o una indiferencia infantil.

Desde la esquina la miro en su sincera desnudez mientras lee la mano del escritor. Segundos antes fui prisionero de su palma. Fue casi sexual. Me empuñó con levedad y en ocasiones me imagino extensión justa de sus dedos (cuando escribo “dedos” me refiero a algo parecido a dedos). Juraría que se excita, tiembla. Le fascina su trabajo y lo siento más cercano a la carne que describen escritores como Georges Bataille o Henry Miller, quienes buscaban habitar los escenarios del deseo con el torpe artificio de lo humano.

Su felicidad resulta menos trágica que su efigie sensual. Ella sonríe porque sabe que otra presencia está trabajando desde una forma parecida al olvido un asesinato infalible, irremediable, perfecto. De Sófocles he aprendido que el sino es algo inevitable y comprendo que cada escritor degollado, cada investigador muerto en la regadera de su inmundicia es un tierno paso que nos acerca porque tu desaparición es mi desaparición a aquella región donde los inmortales tejen la memoria y el destino de todas las cosas, existan o no.

Borges describe laberintos lingüísticos y ontológicos sin salida. La única luz, hablando desde la experiencia secular, es la misma literatura, sus aperturas infinitas que refutan el tiempo y el espacio al confirmarlos.[3] Si el ser humano trascendió ha sido por gracia de los secretos que el lenguaje en todas sus formas y desdoblamientos le ha otorgado. Homero fue y no, la voz de una comunidad, de un sentir histórico reflejado en escritura de piedra, el anónimo que debía ser nombrado. Pertenezco a un simulacro de la edad en la que he podido aprender y escuchar idiomas en sus formas reconocibles e inauditas y tú que has estado aquí desde antes hablas de otras formas que desaparecieron o que escaparon felizmente de la memoria. La sola referencia pretende el infinito. Recuerdo a Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Víctor Hugo, Cortázar, Rulfo, Arreola, Borges, Macedonio, Reyes, Garro, Highsmith, Dávila, Kundera, Parra, Márquez, Faulkner, Hemingway, Mishima, Kawabata, Elizondo, Dylan, Villoro, Serna; también literatura desmitificada, ausente y desconocida, literatura fantasmal, literatura divina, breviario de los ángeles, archivo de las memorias, reflexiones del polvo, literatura escrita por las partículas invisibles, literatura escrita por hormigas, literatura ramificada en lo que escribieron las hormigas, literatura descrita por las ciudades, por las ciudades y su deseo, por las ciudades y sus calles, por las ciudades y sus huellas, por las ciudades y sus voces, sus dobles, su clara arquitectura regida por las estrellas, literatura por la literatura, por los personajes de cualquier ficción, por las propias ficciones, por los sueños y recuerdos de esas ficciones, por sus angustias, literatura de los muertos, de los descompuestos, libros eternos, libros vacíos que contienen la verdad, verdades vacías que contienen a los libros, escritura de la imaginación, de la soledad, de la angustia, del silencio, de los sueños, y claro, lo que estás pensando, lo que imaginas mientras lees, mientras sueñas, tus escritos y lo que no has escrito ni escribirás porque no tienes tiempo, porque otra persona en cualquier parte del espacio y el tiempo está escribiendo lo que tú no escribes. Ya que todo yace aquí, nada está y todo está: la sustancia de la que estoy hecho contiene todo lo que hemos sido. ¿Cómo describir lo absoluto desde la nada? Resulta una experiencia infinita comparable solo al conocimiento y reconocimiento de estar con Ella.

Ella suele escuchar música mientras habla y yo leo la poesía de Pavese, de Marcial, de Villaurrutia. Pero no comparte mi angustia por comprender su existencia y afirma con soberbia que ni los espejos de Villaurrutia ni la ironía de Marcial ni la mirada de Pavese se han acercado a retratar nuestro devenir existencial. Mira, hasta yo desconozco el fin último de todo. En seguida ríe y se me antoja una risa repleta de espuma. Por lo general Ella me confiesa pocas cosas pese a que habla con frecuencia. Aventuro que su voz le otorga la ilusión de compañía que no puedo otorgarle.

Borges habla de espejos que nos espantan porque la imagen reflejada escapa a todo artificio de la escritura: jamás podremos describir lo que vemos. También nosotros estamos desfocalizados, carecemos de identidad puesto que nadie se atreve a nombrarnos, a significarnos. Ella no escapa de ella. Yo soy nadie.[4]

No sabría explicar si fui yo primero o si Ella estaba antes de nuestro tiempo porque eso sí es seguro: antes del tiempo estábamos cuando con tenues movimientos de la mano porque si existe suavidad está en tus manos como quien elabora la soga que ornamenta el patíbulo o la habitación del suicida, forjó la firmeza de mi cuerpo, las entrañas petrificadas, el filo de la luna. Fui la invención propia de las horas. Mi primera víctima fue el orden. Tras mi creación, surgió el principio de movimiento. Los relojes iniciaron su marcha sin retorno.

Desconozco también si Ella existió antes que Él.[5] Él solo existe para complicar las cosas, con toda su solemnidad y omnipotencia, con sus pactos burocráticos y su resplandor institucional. Él era la extensión de toda la podredumbre y maldad que existen, estableciendo reglas, quemando libros y conocimiento, negando la posibilidad de las formas. A través de un goce carnal Ella quedó prendida a él y satisfizo toda clase de caprichos. Si alguien no le gustaba, Ella acudía y lo eliminaba. Su discurso era ridículo y cursi, pero emanaba la confianza propia de los que mienten: “Ellos creen en mí, en mi palabra, llevan en su fe el nacimiento de toda mi civilización. Hemos sido perseguidos y ahora tenemos el poder. Ayúdame. Haz que agonice en la cruz. Haz que exista la luz después de ti, que regrese de ti como si fueras su madre”.[6] Después la desaparición de grandes geografías, de culturas espectaculares, de literatura y conocimiento ardiendo en la mierda del fuego.

Las consecuencias de su imperio fueron nuestra reducción y fin. Ella pasó de lo colectivo a lo individual y se dedicó al llamado del ser solitario. Las resurrecciones eran más frecuentes. Fracasaba. Aprendió a hablar sola y ahora finge impuntualidad acudiendo a las falsas virtudes de la piedad: hombres de ciento veinte años implorando su llegada, mujeres que se transforman en un polvo consciente. Sacrificó su esencia divina y se desmitificó en la soledad: lo sacro se volvió vulgar y lo vulgar fue erradicado en la vergüenza propia de la rabia, de la ausencia. Él sufrió un devenir ontológico y los seres humanos progresaron después de su partida final, aunque queden rastros de su doctrina que se manifiestan como virus del mundo: el fascismo, el imperialismo, las dictaduras, la violencia.

Hoy Él se halla ausente y siquiera Ella sabe en qué patíbulos celestiales se encuentra.

En un principio comentaba que llegará el momento en que otra fuerza nos destruya me incluyo porque sin ti sin la calidez de tus dedos sin tu fuerza y precisión no funciono. Presencia que siempre está detrás de todo lo existente e inexistente. Cada ser y no ser tiene su reflejo, su cualidad literaria, imaginaria. De hecho este reflejo será la confirmación de nuestra esencia. Probablemente aquel no ser absoluto, cuyo nombre abarca más allá del significado (y de nuevo la angustia de escribir desde este escaso lenguaje que he aprendido de todos los libros y que hoy es inútil) termine decapitándolo, trabajo que Ella jamás se atrevió a cumplir. El amor concibe formas siempre misteriosas, tal vez un vínculo con la inmortalidad que la literatura desafortunadamente pretende y no cumple. Después, sin piedad, porque estoy seguro que aquella nueva forma será perfecta en su frialdad, Ella terminará suicidándose si es que para ti pueda existir algo semejante al suicidio. Abrirá sus venas (y cuando escribo “venas” quiero describir algo más absoluto que venas y que en estas fluye algo más que sangre) y beberé de Ella, su fragancia oscura. Mi destino será sin embargo amable primero, después obsesivo y por último aburrido. Me dedicaré a hacer ficciones eternas, de páginas o formas infinitas y simétricas para pasar luego a lo micro, a las formas de lo invisible que tanto me han fascinado. Con mi soledad el tiempo estará detenido y cuando haya escrito toda la literatura posible, reescrito para siempre las obras maestras del lenguaje, recordando el chiste que contó Aristófanes a las Parcas primeras, lo que no escribió Cervantes pero imaginó cierto día de invierno, la aventura de Sherlock Holmes que Conan Doyle olvidó a propósito, el enigma metafísico que no pudo pensar Chesterton, lo que por ahora contemplan tus ojos, en fin, cuando haya destruido la memoria de todos, seré una ficción de mí mismo y dejaré de escribir. Tal vez termine oxidándome en los cauces detenidos de las horas, aguardándote en la nada, allí donde no germinan ni dioses, ni muertes, ni hombres, ni estrellas, ni espacios, ni siquiera la letra de los libros.

[1] Roberto Biorges escribe que “el uso y abuso del paréntesis tiene a veces una justificación: se trata de un discurso ajeno al del narrador. Es por así decirlo un doble que interrumpe a la voz y a veces complementa una tesis. Pero igual que en la música estas voces dialécticas jamás conforman una”. Roberto Biorges, Todo lo que querías saber sobre la escritura y nunca te atreviste a preguntar. México, Siglo XXI, 1989, pp. 67-68.

[2] Felisberto Reyes, Manual del perfecto tallerista. México, FCE, 2026, p. 15.

[3] Tomo esta idea de una charla que tuvieron Borges y Leibniz en un sueño, en los tiempos en que el primero redactaba Historia de la eternidad.

[4] Jorge Luis Borges, El espejo y la identidad. Texto escrito en su memoria la tarde en que murió, 14 de junio de 1986.

[5] Aprovecho para comentar que en realidad Él no es Él y Ella no es Ella.

[6] Santo Tomás de Aquino, Los discursos de la divinidad. Imaginado o soñado la tarde del 19 de abril de 1273.

También las hormigas comen plástico

El niño sueña que se desvanece en torbellino de palabras, arrastrado por las hormigas hacia la transparente grieta, muerto piensa, los árboles vuelan cuando nadie los mira. Una pata por ahí, por acá la antena, el abdomen, las hormigas dejan partes de sí, despojándose de toda banalidad carnal, espejo hecho de sombras, siento temblar la carne igual a la mosca que se ahoga en el charco de aguas negras, en un vaso de lodo, en el salitre de la existencia. Los insectos siguen infalibles en su festival lúgubre, el deseo por mantener intacto, inmaculado, al niño muerto, llevarlo a la grieta donde su corazón será el alimento porvenir, una verdad más allá del lenguaje, la mano de Dios tan inasible, abandonada.

Cayeron poco a poco las hormigas, se retuercen entre migajas de cemento y pan, mientras unas cuantas que no desisten de su labor inútil frente a la agonía terminan pisando sobre sus entrañas líquidas, sangre invisible, la muerte tiene un tacto como de hojas y polvo. La efigie del niño-cadáver, fui crucifijo roto, siempre ante mi padre putrefacto que desliza su pie igual a un péndulo sin tiempo desde su soga de porcelana, entre el olor descompuesto, sutil de las muertas, pero la muerte sucede y mi olor es parecido al presagio entre sueños, al abandono de mamá, desaparecida en el desierto, encontrándose con otra clase de olvido, construye su silencio en cuyo reflejo están algunas plegarias no escuchadas, murmullos previos a otro silencio más complejo y absoluto, el artificio de la inanición, devorar los propios labios, los dedos, esa desesperación previa al sueño y es que la soledad no se come y tengo un deseo inmenso de asistir al banquete celeste de tinieblas y sólo estás invitado si cierras los ojos mientras las hormigas se mezclan con la carne suelta.