Apuntes sobre la inteligencia sintética

0. Para nuestro pesar, las inteligencias sintéticas están por todas partes. La fascinación por ellas se ha vuelto una tendencia que nos compete reflexionar desde diversas formas del pensamiento: la escritura, la filosofía, el arte, la educación, la moral. En este texto pretendo apuntar algunas cosas sobre el tema. Señalo que no soy un experto en dicha área, pero me declaro un curioso alarmado.

1. De acuerdo con Graham Morehead (2025), el área laboral que resultará más afectada con el desarrollo de la inteligencia sintética es la del trabajo editorial. Quienes trabajamos con textos o sobre textos podemos confirmar la afirmación anterior. En la discusión del oficio cada vez es más común encontrar inquietudes escandalosas: los famosos MLE (modelos de lenguaje extenso) nos van a dejar sin trabajo, dice la hipérbole. En un estudio publicado en 2024, Rafael Repiso escribe: “Estamos ante el desarrollo de un tipo de herramientas que nunca había existido, un instrumento que sustituye a las personas en una actividad concreta, la intelectual, que hasta ahora estaba excluida de todos los desarrollos anteriores” (1).

En un taller impartido en 2025 por el editor Camilo Ayala nos comentaba que, en un experimento realizado en cierta universidad, se encontró que las inteligencias sintéticas corregían con mayor precisión que los correctores de estilo que trabajan para la institución. Dichos resultados son alarmantes, al menos desde una perspectiva laboral. Se habla ya del fin del oficio, del dominio de la máquina, de lo barato que es. 

Sin embargo, yo tomé dicho ejemplo con cierto escepticismo por el simple hecho de que la corrección de estilo es rotundamente subjetiva. Un corrector competente puede entregar un trabajo de alto nivel desde el aspecto ortográfico y gramatical. Pero el estilo recae mucho en la subjetividad. Años de teoría literaria y estética, desde el Formalismo Ruso hasta la Deconstrucción francesa han explorado estos temas hasta el hartazgo y nunca se ha llegado a comprender en su totalidad qué hace que un cuerpo textual se convierta en literatura, por ejemplo. Incluso en la escritura científica hay elementos de estilo que deben respetarse. Además, la edición suele ser muy caprichosa porque los editores también tienen un estilo.

No niego que un corrector pueda economizar su trabajo con apoyo de estas herramientas. Algunos editores, por ejemplo, utilizan Turnitin para verificar que un trabajo no sea plagio. En teoría, una inteligencia artificial puede elaborar una bibliografía en APA o MLA, aunque, muy a la manera de Borges, se invente las referencias. De acuerdo con Repiso (2024), los MLE pueden utilizarse “de manera ética” para sintetizar documentos, extraer información concreta de estos, mejorar la redacción, sugerir títulos y subtítulos, crear imágenes ilustrativas, entre otras cosas (4).

Sin embargo, las fascinaciones tecnológicas derivadas de la IA suelen olvidar que las aproximaciones textuales dependen, algunas veces, de caprichos de escritura. Quizá una inteligencia sintética pueda imitar el estilo de Antonio Rubio Reyes, pero nunca podrá imitar sus errores. Se tiende a ignorar, dentro de esta discusión, lo imperfecto que es el pensamiento humano, lo singularmente impreciso que es pensar. El entusiasmo tecnológico pasa por alto que una inteligencia artificial no puede ni podrá emular al lenguaje por completo porque el lenguaje es vago y se equivoca: está vivo. El lenguaje es por definición errático, y eso es algo que un MLE nunca podrá aprehender, ya que más que ser correctos, son convincentes.

Desde mi punto de vista, los MLE son ineficaces, de momento. Provocan más errores que los que solucionan. Por ahora, no recomendaría su uso ni siquiera para elaborar trabajos, mucho menos académicos. Debido a que los alimenta una vasta información, suelen caer en fallos bastante particulares. Quien ha leído textos sintéticos puede confirmar que se notan las costuras. Un lector bien entrenado inmediatamente jalará estas costuras.

2. En una conferencia de Daniel Cassany (2024), el autor de La cocina en la escritura comentaba que no podemos presentar una posición cerrada frente a la llegada de la inteligencia artificial en la escritura escolar. Pero es innegable que esta representa una problemática inmensa en las aulas. Cassany hablaba de una responsabilidad tanto en el docente como en el estudiante. El docente debe proporcionar la información adecuada respecto al uso de la inteligencia sintética y enlistar los beneficios y problemas que conlleva utilizarlas. El estudiante, por supuesto, puede aprovecharlas. Sin embargo, en un mundo educativo tan centrado en la competencia y el valor numérico, estas herramientas, por lógica, no serán utilizadas con ese fin. Lo cierto es lo siguiente: no puede existir un consumo ético de los MLE porque sus usuarios confían plenamente en ellos, y ese es su propósito. Insisto, los MLE no son correctos, sino convincentes, y por lo tanto no se duda de la información presentada ni se verifica. Este asunto lo desarrollaré a detalle en el apunte 4.

Asimismo, los textos sintéticos suelen presentar algunos vicios del lenguaje. Hace poco, la revista Monodemonio publicó algunos: abuso de comas parentéticas, uso indiscriminado de conectores, frases hechas, repetición de estructuras sintácticas simples, tono excesivamente neutro, entre otros. Además, un ensayista utiliza considerablemente expresiones auto-reflexivas de lo que está escribiendo: “como se mencionó con anterioridad”, “véase el capítulo siguiente”. Por ahora, los MLE no son capaces de construir obras conscientes de sí porque carecen de voluntad.

Me parece que dicha discusión en torno a la inteligencia sintética y el ensayo académico se ha pensado desde una perspectiva errónea. En lugar de escandalizarse porque los estudiantes quieren entregar todo de inmediato, cabría mejor cuestionarse el por qué se ve al ensayo como un requisito más para recibir una calificación del uno al diez. También creo que podemos preguntarnos esto: ¿Por qué queremos que una entidad sintética piense por nosotros?

3. Ya desde el siglo XIX Baudelaire hablaba de la pesada quimera que es el hastío. La rapidez define nuestra sociedad actual tanto como la flojera. El tiempo debe ahorrarse para perderlo en nada. Todo debe sobreproducirse y elaborarse con velocidad: el arte, la música, la literatura, las películas. ¿Para qué pasar meses pintando si una inteligencia robótica puede hacerte “lo mismo” en seguida? El tiempo que nos ahorramos, en efecto, lo pasaremos escroleando frente a una pantalla.

El uso de las tecnologías está afectando nuestra capacidad para reflexionar las cosas con paciencia y sabiduría. Yo no culparía del todo a los MLE. Este problema ya es estructural, producto de una cultura virtual y veloz, profundamente ensimismada en internet. Además, nuestra relación con la información ha cambiado de forma notable. Y la rapidez con que nos conectamos con la información corrompió nuestra manera de pensar (Carr, 2010). 

En la discusión en torno a la inteligencia sintética, se habla mucho de la crisis del pensamiento. Esto puede confirmarse en las redes sociales. Con la aparición de modelos como Grok, los usuarios confían plenamente en ellos y dejan “en sus manos” el pensamiento crítico (Grok, ¿es cierto esto que dice el autor?). De manera paradójica, el acceso a toda la información y los apresurados avances tecnológicos están afectando la cognición, como ha apuntado Nicholas Carr en su libro Superficiales (2010). Supongo que en ello está la gran tragedia del Aleph borgiano: las maravillas del clic han derrumbado nuestra capacidad de dudar y prestar atención. En 2008, Carr planteaba una pregunta esencial: ¿Será que Google nos está volviendo estúpidos? En 2026 podríamos reformular la cuestión.

4. En la inmersión ultra-capitalista que padecemos, la paciencia y la calma son contempladas como obstáculos, según señala acertadamente Byung-Chul Han en Infocracia (2022) cuando comenta el auge de las fake news. Queremos que las cosas estén ya. Poco importa si la información resulta verídica: “Hemos perdido por completo el impulso a la verdad, la voluntad de verdad […]. Las noticias falsas no son mentiras. Atacan la propia facticidad. Desfactifican la realidad” (42-43). Para Han, una realidad incomprobable, por así decirlo, conlleva una crisis narrativa. A conclusiones semejantes llegó el filósofo francés Éric Sadin en su libro La inteligencia artificial o el desafío del siglo (2020): “De ahora en adelante ciertos sistemas computacionales están dotados —nosotros los hemos dotado— de una singular y perturbadora vocación: la de enunciar la verdad” (17). 

De acuerdo con Sadin (2020), concedimos, sin pensarlo, una confianza absoluta a lo digital y la hemos instalado en procesos importantes y simples de la vida humana, como conseguir un empleo o realizar un trámite burocrático. En sus palabras, lo digital es una potencia aletheica, “en el sentido en que la definía la filosofía griega antigua […] la manifestación de la realidad de los fenómenos más allá de sus apariencias” (17-18). Debido a lo anterior, cedimos a lo digital el peritaje de lo real, ya que lo hace mejor que un ser humano.

La crisis de la verdad, por tanto, desembocó en la bancarrota del humanismo. En palabras de Muñoz Fernández, “somos testigos de la humanización de las cosas a la par de que los seres humanos nos estamos cosificando” (2024). Para el capitalismo de la vigilancia, las personas se han degradado a simples “datos y ganado consumidor” (Han, 2022, 2). En cambio, a lo digital se le confiere la enunciación de un logosverdadero, perfectamente ejemplificado en el uso de la inteligencia artificial.

En efecto, en los últimos años atestiguamos cómo los algoritmos determinan el consumo y el entretenimiento. Los teléfonos inteligentes vigilan y estudian a sus dueños para ofrecerles contenido personalizado, predicen lo que van a decir, monitorean su salud y hasta se moldean a su personalidad. Esta pesadilla foucaultiana, además, la hemos aceptado y normalizado sin mucho problema, debido a la fascinación tecnológica y a las adicciones de consumo, que quebrantan el pensamiento crítico y pervierten más que nada a la dialéctica[1] porque la vida digital está pensada desde el algoritmo, ajustado al gusto y posición política del usuario. Byung-Chul Han (2022) ha definido a lo anterior como “vigilancia psicopolítica”, a la cual está subordinada la información, y que ha vulnerado considerablemente nuestra libertad: “En el régimen de la información, las personas no se sienten vigiladas, sino libres […]. No son las personas las realmente libres, sino la información” (5-6). 

Resulta alarmante contemplar que hoy las inteligencias sintéticas, motivadas por las empresas trasnacionales, intenten corromper las actividades creativas, que siempre han amenazado a la esfera ultra-capitalista por ser las más libres. Decía Jorge Teillier que no hay actividad humana más anti-capitalista que sentarse a leer o ponerse a escribir.

Desde una vida tan dependiente de las redes sociales, la adicción a los likes y la búsqueda de la aprobación digital, hemos mirado, fascinados, cómo las inteligencias sintéticas piensan, escriben, dibujan y realizan cortometrajes porque ya nos da flojera hacer esas cosas. Mientras estas nos han alterado la noción de verdad, mientras roban nuestros datos más íntimos y la biometría, mientras consumen cantidades exorbitantes de recursos naturales, nosotros aplaudimos porque ya no hacen manos de seis dedos.

5. Hemos leído cómo la vida acelerada reprime las prácticas cognitivas que requieren paciencia. Sin embargo, el auge de las inteligencias sintéticas también se ha aprovechado de la frágil salud mental contemporánea. Según un artículo publicado por la Harvard Business Review, los usuarios de los MLE han cambiado su manera de relacionarse con ellos. En 2024, se utilizaba a los MLE para “producir ideas” en primer término. Su utilidad era más académica. Para 2025, se expone que los usuarios frecuentan las inteligencias artificiales para “terapia/compañía” (Marc Zao Sanders, 2025). 

En la discusión digital, observo que el auge de los chat bots coincide con una crisis post-pandémica de la salud mental. Las empresas detrás de estos modelos saben que los usuarios, profundamente dañados por el declive económico, la era después del COVID 19 y los conflictos armados en el mundo, acuden a las inteligencias artificiales para sobrellevar la ansiedad y la depresión. Lo terrible es que estas empresas también saben que dichos usuarios son muy manipulables. Pero eso es, de hecho, lo que buscan: personas vulnerables que ceden fácilmente la confianza en virtud de algunas palabras de aliento; personas sin una capacidad crítica plena ni habilidades emocionales sanas.

En una entrevista reciente, Mark Zuckerberg afirma que la solución a la “epidemia de la soledad” son los chat bots, puesto que un norteamericano normal “no tiene más de cinco amigos reales”. Desde la perspectiva de Zuckerberg, que tiene años invirtiendo en las inteligencias artificiales, estas pueden perfectamente reemplazar la experiencia humana siempre y cuando las personas se entreguen por completo a la realidad virtual.

6. Las inteligencias sintéticas en la literatura y el arte representan un debate igual de problemático. Pienso en un comentario que leí al respecto sobre aquellos que difunden imágenes sintéticas al estilo Ghibli, popularizadas en abril de 2025: “Es el tipo de gente que no ve al arte por lo que es, es feliz con cualquier migaja de creación sin ninguna intencionalidad”. Graham Morehead (2025) afirma que la principal característica de la inteligencia artificial es que no tiene voluntad: solo responde, no pretende ni pretenderá, por sí misma, crear. Esa intención la tiene la persona que dictó el prompt y que buscará la autoría: a fin de cuentas, es muy humano compensar la falta de creatividad con reconocimiento. No obstante, la gente que busca estas emulaciones y solo se quedan en la superficialidad de un resultado inmediato pensado para la tendencia, falla en comprender una cosa fundamental de la estética: no porque una cosa sea similar a la cosa que imita, puede sustituirla. 

Por ejemplo, a un MLE puedes pedirle que escriba un párrafo “al estilo de Dostoievski”. Supongamos que le creemos: nos da la sensación de algo familiar porque hay elementos, nombres, quizá pasajes textuales de su obra. Cabría preguntarse si el MLE imita el estilo genuino de Dostoievski o el de Cansinos Assens, su traductor (véase apunte 1). En fin, el resultado nos daría, tal vez, la ilusión de Dostoievski. Pero la experiencia de lectura jamás podrá hermanarse con una página de “Noches blancas”, simplemente porque la primera representa un ejercicio de la curiosidad. Y en eso podemos reducir a la inteligencia sintética y su vínculo con el arte y la literatura: curiosidades vacías, no experiencias estéticas.

Como dato adicional, cierto sector editorial parece que buscará llevar esta discusión al ámbito legal desde los derechos de autor, como señala Javier Gutiérrez Vicén (2025) en un artículo donde enlista las diversas demandas contra Microsoft y OpenAi presentadas por The New York TimesGetty Images y las ilustradoras Sarah Andersen, Kelly McKernan y Karla Ortiz, respectivamente. Según Gutiérrez Vicén, existe una violación a los derechos de propiedad intelectual que trasciende el fair use estadounidense (30). No obstante, habrá que esperar a las diversas resoluciones legales. Con franqueza, predigo que la decisión final estará a favor de las multinacionales, que tanto han invertido en sus proyectos de inteligencia artificial.

7. A manera de conclusión, me parece que vivimos en un momento de saturación respecto a las inteligencias sintéticas. Hace unos días entré a un webinar organizado por Anuies donde se discutía el auge de las inteligencias artificiales en la educación. Ya se ha dejado atrás la reserva y ahora se está pensando en cómo implementarlas adecuadamente en el mundo académico y editorial, como resumí en los apuntes 1 y 2. Sin duda, es el tema de moda en todas las universidades, las cuales organizan cátedras, conferencias y publicaciones. Desde mi punto de vista, el acercamiento académico está todavía muy estancado en la fascinación tecnológica y el entusiasmo. Como he descrito, el uso de las MLE está profundamente vinculado a una crisis de la verdad y la salud mental, así como a un declive en el pensamiento crítico (apuntes 3 y 4).

Poco he hablado del problema ético que observo en el uso de las inteligencias sintéticas. Ya la Unesco, prematuramente en 2021, recomendaba determinados usos responsables de la IA. Es quizá muy pronto para anotar las consecuencias de la inteligencia sintética en nuestra moral actual. Sin embargo, las consecuencias de la post-ironía y la infocracia son muy palpables: el auge del fascismo en el mundo moderno aquejado por diversos males. La humanización de las cosas, la cosificación de las personas, recordemos. 

Así pues, algo tan terrible como la muerte de dos personas en un festival de música, un transfeminicidio en Colombia o el asesinato de dos hombres de la mano de una anciana puede convertirse, con una finalidad viral, en la última tendencia visual estilo Ghibli gracias a una inteligencia artificial. No hay una voluntad ética detrás de estas imágenes: pura frialdad, pura interacción digital. Juzgo en ello una bancarrota no solo creativa, obviamente, sino humanista. 

Además, vivimos en una época donde podemos observar cómo el estado terrorista de Israel comete un genocidio contra la población palestina en directo. De acuerdo con la ONU y diversas organizaciones de derechos humanos, Israel es culpable diversos crímenes de lesa humanidad con permiso de las grandes potencias mundiales: ha erradicado a las infancias en Gaza, bombardeado hospitales y escuelas (muy recientemente se difundió un video donde se derrumbaba una universidad para revelar el sexo de un bebé), atentado contra la ayuda humanitaria (también recientemente un dron atacó a una Flotilla de la libertad en aguas internacionales), asesinado a periodistas (han muerto más corresponsales en la franja de Gaza que en las dos guerras mundiales) y poetas, como Refaat Alareer y Heba Abu Nada… Todo esto con el apoyo militar de los EE. UU.  Así pues, ¿de qué manera afecta todo esto en nuestra cosmovisión de un mundo libre, tan corrompido por la fascinación tecnológica y la jerarquía de la información?

Obra citada

Cassany, D. (2024, 13 de noviembre). Escribe desde casa: cambios, retos y posibilidades de la IAG para la lectura y la escritura [conferencia vía Zoom]. México: Tecnológico de Monterrey.

Carr, N. (2008). Is Google Making Us Stupid? The Atlantic, recuperado de: https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2008/07/is-google-making-us-stupid/306868/

——- (2010). Superficiales¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Traducción de Pedro Cifuentes. Madrid: Taurus.

Gutiérrez Vicén, J. (2025). Inteligencia Artificial: Editores y autores se defienden. Texturas (55), 29-34. 

Han, B.-Ch. (2022). Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia. Traducción de J. Mielke. España: Random House.

Morehead, G. [Wired] (2025, 25 de marzo). Professor Answers AI Questions | Tech Support | Wired [archivo de video]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=-u6Ektrvk2U

Muñoz Fernández, L. (2024). Lo que me preocupa de la inteligencia artificial. Nexos, recuperado de: https://bioetica.nexos.com.mx/lo-que-me-preocupa-de-la-inteligencia-artificial/

Repiso, R. (2024). La inteligencia artificial en los procesos editoriales y la evaluación por pares. Revista de investigación e innovación en ciencias de la salud6(2), 1-4.

Sadin, Eric. (2020). La inteligencia artificial o el desafío del siglo: anatomía de un antihumanismo radical. Traducción de Margarita Martínez. Buenos Aires: Caja negra.


[1] Es decir, en el debate crítico ahora se privilegia más una perspectiva individualista y se rechaza toda postura política e ideológica que no se alinee a esta, alterando, la capacidad de disentir.

Cadáver exquisito, Agustina Bazterrica

Cadáver exquisito (2017) es la segunda novela de Agustina Bazterrica. Después de su traducción al inglés, el libro se transformó en un best seller internacional y se trata de un libro muy comentado y apreciado en la comunidad lectora. Me parece que este sentimiento se debe a la naturaleza de su trama, que engancha desde el principio: un mundo donde existe una muy definida y refinada industria de la carne humana.

Como distopía, es aceptable y presenta un mundo bien construido en sus lógicas de comportamiento. Su impacto editorial quizá se deba a lo potente de su mirada sobre la pandemia, adelantándose tres años al COVID19. En efecto, los momentos que aprecié del libro están vinculados con este dato extraliterario. Por ejemplo, hay un miedo irracional a los pájaros en esta novela, puesto que el mundo padeció de un virus que se transmite a las personas por medio del contacto con animales. De hecho, es debido a lo anterior empiezan a consumir carne humana. El uso del cubrebocas durante la pandemia reciente me pareció similar al cómo utilizan los paraguas en el libro, ante todo en cómo Tejo, el protagonista, se niega a utilizar el paraguas. 

Todo lo relacionado con el virus y a la industria está detallado y la autora logra imaginar un mundo verosímil e impactante. Hay una retórica en Bazterrica que pretende exponer la manera en que se normalizó el canibalismo y, muy a la manera de Orwell, todo está entredicho en la enunciación, la metonimia y la sinécdoque. La muestra más evidente se encuentra en que no se dice nunca que se consumen a otras personas; y las víctimas son deshumanizadas precisamente desde las palabras. En Cadáver exquisito hay una inquietud verbal. De hecho, el título es tomado precisamente de un juego de niños anclado en las palabras, pero también puede interpretarse de manera literal o recordarnos a los juegos de la vanguardia. Me parece, sin embargo, que el título es literal.

Hasta ahí podría hablar de las cosas positivas del libro. Cabe mencionar que se trata de una lectura muy entretenida, que no ofrece obstáculos a ningún lector. Sin embargo, es precisamente lo último mi principal problema con el libro: está pobremente narrado. La autora, de manera deliberada, asume una poética harto simple y sus enunciados carecen de alguna riqueza literaria verbal, más allá de ciertos pasajes sobre el lenguaje que me resultaron impostados. Así pues, realmente la narración se me antojó insípida y un tanto monótona, puesto que raras veces abandona construcciones sintácticas sencillas o con algún recurso literario. No obstante, juzgo que hay una intención en la autora y no podría afirmar que sea ella una mala escritora, ya que muestra un gran dominio de los diálogos y sabe introducir metáforas (aunque insisto que a mí me resultaron impostadas).

A lo largo del libro, hay momentos que rompen la monotonía sintáctica, pues la narración intenta definir qué es la palabra en un mundo que ha perdido su humanidad. Hay varios momentos donde el narrador se atreve a exponernos qué es el lenguaje en este libro tan incrustado en el control distópico de los significados: «Un lugar con palabras quebradas»; «sus palabras, que son como minúsculos renacuajos»; «las palabras de su sobrina son como vidrios que se derriten». Desde mi punto de vista, estas intervenciones poéticas me resultaron forzadas y al final no logran cumplir una finalidad clara, más allá de ser frases que rompen con esa estructura insípida. Pueden tener algo de lindo, pero no son realmente impactantes tanto en la trama como en los personajes.

Otro problema que encuentro en Cadáver exquisito es su ritmo. Sendas páginas invierte la narración en exponernos la industria de la carne y sus estrafalarios dueños. Como he mencionado ya, Bazterrica define muy bien a este mundo desolado post-pandémico y el cómo tan fácilmente se ha cedido al canibalismo. No obstante, el último tercio del libro es muy acelerado. Por culpa de esta forma de narrar tan directa, tan sin adornos, los acontecimientos de gran impacto del final son expuestos en dos páginas o menos. Esto provoca que más allá del último shock, el resultado se sienta repentino y un tanto vacío, que depende de su sorpresa para impactar. Marcos Tejo ciertamente es un personaje corrompido desde el principio y el final busca subrayar esa dinámica capitalista: si me sirve, poco importa desechar a una persona con tal de cumplir mi deseo. El fin justifica los medios, etcétera. Pero este desencadenamiento de acontecimientos no está bien llevado si se puede fácilmente contrastar con la profundidad del mundo imaginado. La novela es violenta, pero utiliza esa violencia para generar incomodidad y aleccionar al lector. Sin embargo, la narración no logra ser más que impactante, lo que desemboca en reflexiones poco hondas.

Finalmente, y esto ya es una lectura personal, Cadáver exquisito es un libro un tanto contradictorio. Es un libro escrito para ser un best seller, traducible con facilidad. Por esa misma razón, su mirada ideológica es frágil. Busca ser una crítica dura hacia el capitalismo más desenfrenado, pero asume sin problemas su identidad de súper ventas. Pretende criticar a la industria de la carne, su violencia y su brutalidad, pero se domestica a las dinámicas de la industria del libro. Lo anterior siento que vuelven menos demoledora su mirada política.

Agustina Bazterrica (2020). Cadáver exquisito. México: Random House.

Cañitas, Carlos Trejo

1

Cañitas es una aventura editorial extraña. Publicado en 1995 por Planeta (nada más y nada menos), el libro se convirtió en un éxito en ventas y se transformó en un fenómeno popular que trascendió las páginas, llevando al autor del libro, el entonces compositor Carlos Trejo, a convertirse en un invitado frecuente de las grandes televisoras, incluso haciendo una aparición en el programa de Cristina. En todas esas oportunidades públicas, Carlos Trejo insistió en una sola cosa: la veracidad de la historia que escribió. Así lo rezaba ya la portada azul de la primera edición: “Historia verídica de los seres sobrenaturales que aterrorizaron y quisieron victimar a toda una familia en la calle de Cañitas”. 

Tras el éxito del libro, en 2001 se publica una edición “aumentada y actualizada” que, desde una perspectiva editorial, es interesante. La portada ahora es roja, aunque la ilustración de Rafael Hernández permanece. Además, cambia el texto citado con anterioridad. Ya no es una historia verídica, sino “original”. Los seres sobrenaturales no quieren “victimar” a una familia: ahora cometen crímenes. Lo cierto es que el texto original, el publicado en 1995, está inalterado para esta nueva edición. No hay una sola coma corregida, un solo acento recolocado. En efecto, los amplios errores gramaticales y sintácticos continúan igual, por lo que sospecho que nunca hubo un trabajo de edición. Enumero dos que me parecieron chistosos: “Al amanacer traté de…”; “la luz del despetador digital le alumbró…”.

Para la edición roja, sin embargo, Carlos Trejo alteró la página final del libro. En el original, la historia terminaba con un recuento de los daños: “Extrañamente, sólo sobreviven a esta experiencia los hermanos”. Trejo también revela el propósito de su libro: “Un ferviente homenaje a mi esposa Sofía”. Sin embargo, en la versión aumentada Trejo elimina el pasaje donde admite que es un libro-homenaje. Hay un cambio en la filosofía del libro: Carlos Trejo ahora se presenta como cazafantasmas.

2

Más allá de una historia editorial curiosa, que deja muchas interrogantes, Cañitas es un libro estúpido, que no merece ser leído nunca, y moralmente en bancarrota. Esa insistencia en lo real, que ha sido la médula publicitaria desde el principio, provoca que Cañitas no pueda anclarse en algún género. No es una novela, no es un texto periodístico, ni siquiera funciona como una propuesta testimonial. Tendremos que contactar a Roland Barthes a través de la ouija para que nos diga qué es este libro.

Su nula perspectiva literaria impide asimismo que pueda leerse esta historia en una clave que no sea la del morboso humor involuntario. En efecto, las primeras cincuenta páginas son ridículas porque el autor es incapaz de pensar en algo original, así que termina narrando todo lo que puede robar de los grandes clásicos del cine de terror, como El exorcista Poltergeist. Pero Cañitas es el The Room de la literatura mexicana, sobre todo porque se trata de una obra que apela esencialmente al narcisismo de su autor.

Así pues, son los detalles los que me resultaron más hilarantes por absurdos, como el hecho de que no puedan salir después de las seis de la tarde y que haya toda una escena donde se les atraviesa el tren y deban brincarlo en movimiento porque son las 5:55. Otro momento extraño es el conflicto inicial. El hecho de que Norma se obsesione con una persona que piensa que está muerta (no lo está) y que la solución lógica (esta es la palabra favorita del autor) sea visitar a una bruja para luego jugar con la ouija (después de las seis de la tarde, cabe subrayar) es una razón muy estúpida y solo por eso merecen ser atormentados por el monje, quien al menos tiene una personalidad desarrollada (robada de Pazuzu, hay que decirlo): de pendejos no los baja. Pero mi escena favorita es cuando Emmanuel, atormentado y traumado, empieza a decir que se quiere matar porque ya no soporta: “Emmanuel varias veces intentó matarse, por lo cual tuve que sujetarlo con gran fuerza al grado de tener que tirarle un golpe en la cara para seminoquearlo”. Así que ya lo saben, si alguna vez tu amigo se quiere suicidar, “tírale” un golpe en la cara para que agarre la onda.

No obstante, las últimas páginas son tediosas e insoportables. De pronto la historia quiere ser una crítica hacia los programas de televisión. Así pues, aparecen algunos investigadores de lo paranormal para investigar el caso Cañitas. En dicho archivo, lo descrito es curioso. En algún momento del libro, se describe una Biblia que sangra. La investigación seria, por su parte, señaló que previamente se había utilizado un hígado crudo para lograr ese efecto en el santo libro. Se concluyó, entonces, que tanto Trejo como su familia padecían de mitomanía. Naturalmente, la pluma de Trejo pretende vengarse de la humillación y, como resultado, la historia se vuelve muy aburrida. En un afán de desmentir a los investigadores que visitaron su casa, Trejo se olvida de lo más importante: que está contando una historia loquísima de exorcismos y espantados, de gente que aparece desnuda en el panteón y que se arroja innumerables veces desde autos en movimiento. ¿A mí que chota me importa que nadie del gremio lo tome en serio? 

Al final de la historia, su esposa enferma de cáncer terminal. Ya en estado crítico, Trejo saca del hospital a su esposa y la traslada con una médium para que le lean las cartas. Ok, supongo que era lo que la lógica indicaba. Lógicamente al poco tiempo ella fallece. Quizá podría criticar la negligencia del sentido común del autor, pero no puedo juzgar estos pasajes personales, pese a que estén muy mal escritos. En la historia de 1995, como se indicó, el libro termina con un homenaje a la esposa fallecida y una lista de las víctimas del caso Cañitas. En la segunda edición, Trejo agrega un “epílogo”, donde cuenta cómo escribió la historia de Cañitas. No obstante, este añadido empeora considerablemente al texto original, aunque esté redactado de forma más competente: el hombre ya sabe cómo escribir acentos.

3

Tras escribir su libro, Trejo regresa a su casa maldita. Antes de juzgarlo, pienso que en efecto la especulación inmobiliaria está cabrona. Además, empieza a comunicarse con su esposa muerta por medio de un rosario. A partir de ahí, el libro quiere convencer de su veracidad y empieza a narrarse en un tono “científico” muy lamentable. 

Resulta que debajo de esa casa había un cementerio de monjes y Trejo encuentra los restos de aquel que le estuvo atormentando por años. Esta escena es quizá la más estúpida del libro (más que el knock out antisuicidas) porque afirma que los huesos databan del siglo XVI. Si vas a contar una mentira de este calibre, mínimo comprueba que las fechas históricas sean prudentes, pues en ese tiempo no había monjes en territorio americano. ¡Además, nadie te pidió explicar Cañitas! En fin, otra cosa que no pude dejar de pensar es cómo llegas a la policía y explicas que encontraste huesos en tu casa, como si nada. ¿México, lógicamente? Terrible, y para el colmo narrado en ese estilo pretencioso propio de los académicos.

Esta edición de Cañitas termina en el recuento de víctimas aumentado, aunque ahora Trejo no es sutil con las descripciones sobre cómo murieron estas personas. Tengo la sospecha de que, por aquellos años, el autor vio Destino final y decidió inventarse su propia versión. El desenlace es muy gracioso porque esta nota altamente dramática contrasta con la seriedad de su prosa cazafantasmesca: “No descansaré hasta terminar con esto, así me cueste la vida”. Si en aquellos años pertenecías al círculo cercano de Trejo y te morías, era muy posible que te añadiera en su lista de víctimas del monje malvado: “Antonio, fallecido inexplicablemente tras ahogarse con una salchicha en un puesto de hot dogs de la calle de Cañitas”.

Creo que tras el final del libro comprendo el propósito que por fin ha encontrado Carlos Trejo: dedicar la vida a ser una persona piñera. La historia de Cañitas es falsa. Nadie duda de esto. Sin embargo, me parece adecuado señalar la bancarrota moral de su autor. El hecho de que Carlos Trejo capitalice tanto la muerte de su esposa, la única persona que sí murió (de complicaciones con el sida), resulta penoso. Asimismo, conocida es la historia de aquel que en el libro se llama Emmanuel (el seminoqueado), quien regresó de entre los muertos para llamar a una estación de radio y desmentir su trágico final en Cañitas.

Si estuviera signado en la ficción, no resultaría tan desagradable que Trejo imagine que sus familiares y amigos fallecieron en circunstancias brutales. Cañitas no sería una lectura tan problemática si no insistiera tanto en la veracidad. Y pienso que aquí hay una lección literaria, después de todo: la verosimilitud de una historia suele ser sutil y no requiere de tantas explicaciones; la insistencia de un autor en la verdad solo refuerza que esa verdad no puede ser. Con los años, Carlos Trejo se transformó en un chiste mediático que encontró un modelo de negocio en la ingenuidad popular. El tipo cobraba altas cifras de dinero para decirte que el espíritu chocarrero de tu tía abuela todavía erra por tu baño.

Y aun así, la mentira más disparatada de Carlos Trejo la cuenta en el final de la primera edición de Cañitas: “Carlos [Trejo]. Actualmente es un joven compositor que está colocado en los mejores lugares de nuestro país, combinando su carrera artística con los negocios”. 

¿Hay alguien que me pueda decir tres canciones de Carlos Trejo?

Nota: Mientras escribía esta reseña, apareció una edición de aniversario, con una portada negra en la cual ahora aparece Carlos Trejo. Hay nuevas páginas, pero francamente no pienso comprobarlo. Cosas interesantes: está publicada por otra editorial, De Otro Tipo; en la contratapa se reafirma que es una historia verídica, pero asimismo se insiste en que este es el libro “más vendido”. ¿Cómo así? ¿De Carlos Trejo? ¿De México? ¿Del mundo? La semblanza de Carlos Trejo es espectacular, aunque ya no dice que es compositor: se indica que es “el investigador más importante de fenómenos paranormales de todos los tiempos”, que ha publicado “ocho libros basados en sus experiencias” y, finalmente, que “viaja por el mundo tratando de desentrañar el velo que separa la vida de la muerte”. Ah, ¿pero podrá el fantasma de Carlos Trejo ir a buró de crédito como otrora el espíritu de Juan Rulfo?

Trejo, C. (1995). Cañitas: Una historia real. Planeta: México.

Solaris, Stanisław Lem

Solaris (1962) es la obra más conocida de Stanisław Lem. Publicada por Minotauro en 1977, la trama nos cuenta la historia de Kelvin, un psicólogo y astronauta que se embarca en una misión hacia el planeta Solaris, el cual orbita dos soles y está compuesto por un océano que produce extrañas arquitecturas en el mar (minoides, les llama la novela). La particularidad de dicho océano es que, de acuerdo con los sabios de la Tierra, se piensa que es una formación de vida inteligente. Al arribar a la estación, Kelvin se encuentra con un espacio descuidado. Asimismo, los hombres de ciencia que habitan la estación muestran un comportamiento extraño. Con el tiempo, Kelvin empieza a contemplar presencias extrañas y, después, comenzará a ser visitado por Harey, su mujer, muerta 10 años antes de la fecha de los acontecimientos.

Una de las virtudes de la novela es que no solo se trata de una exploración superficial sobre los temas que caracterizan al género de ciencia ficción. Con fortuna, Lem mezcla el misterio de lo desconocido con la curiosidad humana y con el horror cósmico. Esa presencia oceánica, tan bella como perturbadora, representa una metáfora de la incapacidad humana para comprender. En varios momentos, nuestro protagonista, así como sus compañeros, se debaten el por qué de esa necesidad para comunicarse con una entidad incomprensible: No queremos conquistar el cosmos, solo queremos expandir la tierra hasta los límites del cosmos… no tenemos necesidad de otros mundos. Lo que necesitamos es espejos». 

Así pues, Solaris no es una aventura convencional sobre el espacio, sino un ensayo sobre el comportamiento humano. Los críticos aciertan al leer esta novela como una reflexión de la psique humana. De hecho, el océano mismo parece estudiar a los protagonistas desde una mirada psicológica: les atormenta (o complace, dependiendo del caso) con esos visitantes. Dichos episodios varían en interpretación, como indica Kelvin: en un principio parecen alucinaciones; finalmente, son milagros. Narrativamente son pretextos para explorar los temas de siempre: el trauma, el duelo, el amor. A fin de cuentas, contra las pesadillas y la distancia humana, los personajes están aislados y viven esa soledad desde una manera muy particular. Desde mi punto de vista, el tema que realmente atraviesa a la novela es la incomunicación: una incomunicación en diversas escalas. La humanidad es incapaz de establecer un contacto con el océano. Kelvin no pudo comprender a Harey. 

Al final de la novela hay un notable diálogo entre Kelvin y Snaut sobre la existencia de Dios. Kelvin subraya que él creería en un Dios imperfecto. Snaut le responde que su descripción se acerca a la definición del ser humano. Pienso que este diálogo precisa bien las derivaciones filosóficas de la novela: la obra humana es imperfecta, pero su curiosidad es infinita. La tragedia de la novela parece envolverse en la circunstancia personal, como bien suscribe el propio Kelvin. Con resignación anota este hermoso párrafo: «Me ahogaré entre los hombres, me dije. […] Durante un tiempo tendré que esforzarme en sonreír, saludar con una pequeña inclinación, enderezarme, ejecutar los miles de pequeños gestos que componen la vida en la Tierra, hasta el día en que esos gestos vuelvan a convertirse en hábitos». Su tragedia es experimentar la vida común de las personas, sin entregarse a nada ni nadie, rememorando la esperanza, viviendo de la esperanza. Pues dentro de él habita un milagro: fue visitado por un milagro. Espera con ansias que ese milagro regrese. 

Solaris es una novela extraordinaria. Insisto en que hay páginas deslumbrantes y aterradoras. Me gusta que los elementos de ciencia ficción funcionen más que nada como un pretexto poético y filosófico para esas exploraciones sobre la soledad y la comunicación. Sin duda, hay pasajes que requieren de paciencia. Personalmente, esas digresiones científicas, esas visitas a la biblioteca solarística, me parecieron pesadas. Entiendo que son de gran importancia, pero sí exigen demasiado al lector casual. Su función es esencial, sin embargo.

Stanislav Lem (1977). Solaris. Traducción de M. Horne y F. A. Buenos Aires: Minotauro.