La abuela ha muerto

I

Hay un tema que realmente me encabrona. Recién, un grupo de artistas ha buscado reflexionar los discursos y procesos de migración en Juárez. Es algo que se ha analizado y estudiado de forma exhaustiva en los últimos treinta años por académicos, artistas, escritores, activistas. Sin embargo, me encabrona por un motivo personal. ¿Qué es, realmente, la border? ¿Qué es el muro para nosotros los privilegiados? Estos discursos artísticos me parecen fríos, poco críticos, olvidables.

Evidentemente, todos los intelectuales concluimos que el muro separa, que es un obstáculo, un espacio limítrofe donde abunda el fracaso, la muerte y el asesinato.

También puede no significar nada: un límite, quizás, pues nuestros privilegios no nos obligan a marchar a otro país, de huir de nuestras condiciones. Quizá hasta tengamos visa y seamos intelectuales dentro de la legalidad. Buenos ciudadanos, con el papeleo ordenado. Por supuesto, yo soy uno de ellos. He cruzado a Estados Unidos, hablo inglés, estudié la universidad. Los intelectuales sabemos una mierda de la migración. Una mierda bien teorizada. No daríamos la vida ni la libertad por los migrantes. Damos poemas, cuentos, historias que solo nos regocijan a nosotros mismos. Somos egoístas, creemos que con ese poema ICE dejará de separar familias, que los centros de concentración gringos van a dejar de deshumanizar a los migrantes. Tenemos miedo de perder la visa, de no ser bienvenidos jamás en USA. No daríamos nuestra libertad legal por el otro, el ilegal.

Cruzar nunca ha sido un obstáculo para mí. Jamás comprenderé el dolor de, por ejemplo, mi padre cuando la abuela murió.

II

Papá estuvo en la cárcel gringa hace treinta años. Perdió, naturalmente, el derecho de cruzar. Nunca podrá cruzar a los Estados Unidos. Siempre estará en los archivos de los gringos: “Criminal mexicano”, “Traficante de droga”, “Peligroso”. Papá no traficaba drogas. Estuvo algunos años en la cárcel. Les hacía tatuajes de la virgencita a los cholos. También les vendía dibujos pornográficos. No conozco a alguien más inofensivo y tierno que papá. “Pero tiene cara de ‘asusta-pendejos'”, diría mamá.

Solo lo he visto llorar una vez, cuando la abuela murió y veíamos fotografías del funeral. Porque no fuimos al funeral. La abuela se murió en Estados Unidos hace siete años y papá no pudo despedirse.

III

—¿Qué es la border para ti, papá?

—Un mal recuerdo.

IV

Yo era el nieto favorito de la abuela. No tenía ningún libro en su casa, pero se la pasaba haciendo separadores. (Mi mamá los tiró todos). Solo leía la biblia. Tengo pocos recuerdos de la abuela. Metía a los testigos de Jehová los domingos. Me cantaba “La niña está triste”, de Leo Dan. No sé qué música le gustaba. Cuál era su comida favorita. Decía que tenía diabetes y cáncer, que se iba a morir pronto, siempre pronto. Vivió 87 años. Sí murió de cáncer, aunque nunca le dio “lazúcar”.

Hablaba conmigo de Dios. Ella olía a libro viejo. Olía a biblia. No creo en Dios, pero sí le creo a la abuela: en las palabras hay algo de Dios.

—¿Qué es la border para ti, abuela? No dices nada. Claro.

V

Cuando la abuela se puso mal, papá solicitó el perdón. Hizo el papeleo, el trámite burocrático. Pagó no sé cuánto: mucho, probablemente. Los gringos le dieron cierta esperanza. Les dijo que quería viajar a Estados Unidos porque su madre estaba muriendo y quería despedirse, estar ahí. Los gringos se conmovieron. En una semana le avisamos, le dijeron. La semana más larga de la vida. Por un momento creímos que sí se lo darían, que cruzaríamos y que la abuela viviría, que la abuela viviría.

No lo perdonaron.

VI

El sistema está de la chingada cuando descubres que el perdón se ha institucionalizado, se ha vuelto un documento que compras y que te niegan. Culeros, hijos de la chingada, ojetes.

VII

La abuela murió una semana después en algún lugar de Texas. Cuenta mi tía que en su agonía, la abuela confundió a mi tío y a mi primo con nosotros. Se despidió de mí y de papá. Ella se despidió. Eso alivia un poco el corazón de las cosas.

—¿Qué es la border para mí? Una herida.

VIII

—¿Me perdonas por no haber ido a despedirme, abuela?

IX

Las cenizas de la abuela sí cruzaron a México. Están en un mausoleo. Ella quería que arrojaran sus cenizas por toda la avenida Juárez. Hubo una discusión familiar sobre eso. La última locura poética de la abuela, concluyeron. Uno lo ve en las películas, es como un sueño romántico, arrojen mis cenizas al mar, dicen, arrojen mis cenizas al río Bravo. Mi abuela quería que sus cenizas se esparcieran en una avenida repleta de humo, ruido y beodos.

Un día de estos me robo la urna y cumplo tu deseo, abuelita. Tal vez el resto de tus huesos cruce la border libremente.

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La ausencia de Juan Gabriel

Había una vez una ciudad llamada Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Allí vivía un adolescente solitario, ajeno a la política y a la cultura, aficionado irredento de las cantantes de ranchero.

Carlos Monsiváis

Ayer murió Juan Gabriel, antes de su concierto en El Paso. Sería este su último acercamiento a la frontera que lo acogió y a la que él rindió tanto culto. Igual a todo viaje trágico, éste no pudo completarse: quedó la promesa. Durante el domingo se respiró una atmósfera cercana a la del vacío: como si una tristeza metafísica señalara la ausencia de algo. Incluso la promesa de la lluvia complementaría este absurdo panorama de las coincidencias. Juan Gabriel es quizá la efigie del poderoso mito popular: la vox populi, siempre sabia y generacional. Sus aportaciones a la cultura popular, antes de la idealización de su figura, son lo más relevante de su figura y naturalmente, tras la noticia de su muerte, fue primero la gente en manifestar su angustia al visitar su casa en la 16 de septiembre y anegarla en llanto y flores o al cantar a las afueras del Noa Noa en comunidad.

Más allá de toda postura política y alianza irrelevante, Juan Gabriel significa algo para todo juarense: el verso de una de sus canciones, su rostro en la Avenida Juárez, su último concierto en la equis. Es una figura repleta, en fin, de significados. Es una mitificación tatuada en la piel de nuestra cultura popular. Conforma la memoria de los habitantes de la ciudad: desde su arresto por evasión de impuestos, dejando a todos con la incertidumbre pero siempre fieles a su espera, hasta su debut en el Noa Noa, cuando interpretó a Armando Manzanero.

El retrato de la Juárez en sus letras perfila asimismo un imaginario de la ciudad, una perspectiva dulce: “la frontera donde debe vivir Dios”. Es una ciudad enmascarada, enfocada en la felicidad, bondad y demás valores de los habitantes antes de retratar cualquier situación histórica o aventurar una construcción espacial que no sea la del famoso lugar ya nombrado: antes de odas a la ciudad, eran odas a su gente. Esto último será retomado luego por la política al disfrazar a la ciudad en esa lectura que, después de la violencia, necesitaban para cambiar la imagen. También por ello mismo la comunidad intelectual ha despreciado su figura, vinculándola hacia el poder e infravalorando sus aportaciones a la cultura popular juarense e incluso a la comunidad homosexual, siempre apabullada y atacada. Sus constantes conflictos con la alta cultura no solo de la ciudad sino de México es hoy legendaria. Hacia lo que le daba la gana. En esta sociedad, hasta el más homófobo de los hombres ha llorado con algún verso de “Amor eterno”.

Sus letras buscan la identificación de quien escucha, haciendo de muchos de sus versos una especie de refranes cargados de una certidumbre de la verdad. Son en su simpleza memorables, porque reflejan estados de ánimo, situaciones cotidianas y perfiles humanos. Cuando Juan Gabriel cantaba sobre Juárez lo hacía con la sinceridad de alguien que está enamorado y es de admirar que dentro de un panorama oscuro alguien rescate la risa y el brillo como cualidades de una frontera que siempre sale adelante.

Recuerdo finalmente las mañanas de mi infancia cuando antes de ir a la escuela mi madre ponía esos discos ahora viejos y rayados de Juan Gabriel. Su efigie siempre está vinculada a ciertos pasajes de mi vida: mis viajes en la ruta, rumbo a la universidad, escuchando hasta el hartazgo “La frontera”. La ausencia de Juanga confirmará manifestaciones culturales, homenajes en las paredes y multitudes esperando su regreso, cuando su cuerpo esté aquí: habrá más gente que cuando vino el Papa.

Este texto fue publicado en Juárez Dialoga, el 29 de agosto de 2016. Rescato este recuerdo.

juanga

Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sabato

¿Por qué nos decepciona un libro? Hay que comprender que la decepción de los libros es grande debido a la clase de inversión. La gente que vio la última temporada de Game of Thrones, por ejemplo, se sintió estafada porque había invertido tiempo y expectativas en un espectáculo que ya antes el show les había dado. En 2017 se anunció que la temporada final no se estrenaría hasta 2019. Durante 2018 inició una campaña de publicidad enorme. El cierre de Game of Thrones pasará a la historia de la televisión como uno de los espectáculos más vistos a nivel mundial; pero también más decepcionantes. En el caso de los libros, las decepciones ocurren por esas dos palabras que subrayo en mi ejemplo: tiempo y expectativa. El tiempo, porque podríamos aprovecharlo en otro libro. Las expectativas que nos ha vendido la crítica (y otros lectores) de determinada obra. Puedo agregar otra palabra clave: el precio del libro. Como consumidores, no nos gusta aceptar que hemos malgastado el dinero en algo que no nos satisfizo.

Para estudiar mi decepción con Sobre héroes y tumbas quiero relatar una historia personal, antes de explicar por qué me parece una novela fallida. Empecé a leer por gusto y placer a los dieciséis años motivado por una lectura en particular: El túnel. En ese entonces, esa escritura sencilla con ciertos giros filosóficos, la historia simple y sin giros bruscos, era lo que un estudiante de preparatoria necesitaba. Naturalmente, me enteré de la existencia de Sobre héroes y tumbas, siendo esta novela una de las primeras que compré. Debido a su extensión, no la leí de inmediato. Me fui perdiendo en otras aventuras literarias. Hasta este año, entusiasmado por una lectura crítica de Piglia, decidí leer esta “obra maestra” de la literatura latinoamericana. En resumen, fueron casi ocho años de expectativas altas.

Quiero desarrollar en breve por qué Sobre héroes y tumbas es “mala”, en mi opinión. Hablo primero de sus aciertos. Pienso que ha logrado, en su conclusión, un propósito, y de los más ambiciosos: unir las “memorias” de la Argentina moderna y en formación. Algunos experimentos que propone Sabato se antojan novedosos para ese momento; es una novela de la modernidad, en efecto, y sus personajes erran y viven la ciudad de forma orgánica. Me parece notable cómo Fernando en su informe debe aventurar las entrañas de la urbe para completar su viaje de anti-héroe. La conclusión también me parece notable y me dio una sensación de cierre, como suele ocurrir en esas relaciones tóxicas que han consumido todo nuestro tiempo, mas al final nos otorgan un detalle íntimo y bello en una despedida.

Los problemas de la novela son magníficos. He afirmado en el pasado que no soy un lector de novelas extensas. Para mí, esta obra se volvió un infierno por su tono filosófico y sus digresiones sobre la existencia humana que bien pueden alimentar un tratado. pero no son propios para una novela donde se explora, desde un aspecto no epistemológico sino vivencial, la memoria, la historia y la identidad.

Sus peores momentos han envejecido en varias formas. Los personajes masculinos se enorgullecen de su machismo (como esa escena infame de Fernando “humillando” a las feministas). Y uno podría decir que, bueno, son solo personajes. Sin embargo, la forma en que los construye Sabato es igual en todos los casos. La voz narrativa es siempre la misma, a saber, escribe en un solo tono y estilo, que desemboca siempre en una reflexión filosófica que imita a los existencialistas franceses donde la gran diferencia radica en los “experimentos” que Sabato propone con las voces narrativas. Las novelas de Sartre y Camus tiene algo de confesional. Aquí lo noto en el Informe sobre ciegos y en la intervención de Bruno al final de la novela. El problema con ello es que, desde la voz confesional, Camus y Sartre vierten sus ideas filosóficas de una manera más ágil. Sabato, en cambio, quiere experimentar con tres voces que a fin de cuentas son idénticas: las mismas impresiones de la voz anónima las tiene el personaje de Fernando en su informe y después Bruno, quien se encarga de pintarnos el perfil sociópata del segundo. Esto, en las quinientas páginas del libro, pesa y se convierte en tedio. Puede existir belleza en el aburrimiento, pero la manera en que Sabato cuenta su historia es torpe. Su universo narrativo ofrece inteligencia, hallazgos curiosos y algunos guiños a su primera novela; pero nunca cobra vida.

Desde mi punto de vista, Sabato no sabe narrar su novela. Tiene una buena historia en las manos, pero tristemente utiliza recursos contrarios para contarla: la simpleza y la filosofía. Incluso desde el principio aboga por “conmover” al lector con una narrativa extra-literaria: estuve a punto de destruir esta novela, porque conozco sus errores, pero ha sido salvada. Lo cierto es que sus errores narrativos hunden toda su propuesta. Abusa de los “y de pronto”, de los “de repente”. Protagonizan las “noches oscuras”, los “corazones tristes”. Sus ideas sobre el amor son comunes y, en cierta forma, violentas (sin explorar esa violencia). Me gusta que ahonde en la depresión de sus personajes, en la soledad poderosa que los asfixia, que los lleva a una descomposición moral increíble. Sin embargo, por esa ausencia de polifonías e independencias de voces, todos sus personajes masculinos tienen la misma tristeza: el mismo fracaso. Alejandra es por esto el personaje más interesante, porque escapa de las voces masculinas que están obsesionadas con “resolver el enigma” cuando no hay nada qué resolver.

Un último problema que quiero desarrollar atañe a la estructura. Son cuatro partes las que componen Sobre héroes y tumbas. El promedio de páginas por cada parte es de 120. El propósito de esta descomposición me parece bien pensada. Sin embargo, los capítulos de cada una de las partes no son uniformes. Esto no es, por supuesto, algo que arruine por completo la lectura… hasta al final, donde los dos primeros capítulos son de cinco páginas y el tercero, donde Bruno cuenta su historia con la familia de Fernando, ocupa cincuenta páginas. Aquí se evidencia algo: que este capítulo pudo conformar una sexta parte después del informe de ciegos, pero no fue lo suficientemente elaborada para cobrar independencia, así que Sabato metió este capítulo en medio de la última parte. Se nota que el escritor no sabía qué hacer con esa parte de Bruno (por demás fundamental) y al final no encuentra un lugar en el universo propuesto.

En conclusión, Sobre héroes y tumbas me parece una novela que sufrí, que me aburrió lo suficiente para no recomendarla. Comprendo sus virtudes, pero esos defectos enumerados la arruinan. A veces necesitamos convencernos a nosotros mismos que el viaje ha valido la pena por el final, que aquí, repito, es satisfactorio. De nada sirve haber sobrevivido el núcleo mal contado y aburrido de esta novela solo para recibir treinta páginas magistrales. Quizá a los dieciséis hubiese amado este libro. Pero uno crece. Uno se amarga.

 

—Antonio Rubio Reyes

sobre heroes y tumbas

¡El Diario de Juárez apesta!

¡El Diario de Juárez apesta!

Desde hace dos años que no seguía las páginas de este periódico porque no solo sus columnas de opinión son redactada$ para cumplir cierto$ fines políticos, sino que, como se ha demostrado, se difunden ciertos lenguajes de odio que hay que criticar para que desaparezcan. Por fortuna, la comunidad ha reaccionado y protestado. No obstante, la empresa se ha victimizado. Todo fue un “malentendido”. Por ejemplo, en una columna desafortunada, se lee lo siguiente:

“Esta forma inquisitoria de combatir la violencia de género ha provocado un doble discurso, gente que se cuida en extremo de no ir a cometer un desliz por temor a ser exhibidos y andan hasta de forma innecesaria exagerando con “los y las, todos y todas” pero en corto, en la clandestinidad repudian el tema porque se sienten observados y fiscalizados, no tienen conciencia de lo importante que es, sino que temen la condena”.

Analicemos. Llamar “inquisitoria” a una reacción crítica contra El Diario es profundamente prejuiciosa. Reproduce, además, una mitología que el mismo columnista repudia: las feministas son “feminazis” porque persiguen, linchan y reaccionan con violencia. Ese adjetivo es molesto por su carga histórica. El autor lo utiliza para “criticar” a las feministas, pero bien sabemos que la Inquisición perseguía y quemaba a las mujeres por ejercer libertad sobre sus decisiones y cuerpos.

En esa misma semana, otro columnista tituló a otra opinión olvidable “¿Feministas o feminazis? Una sociedad en crisis”. En esa nota se defiende la “libertad de expresión”. Yo traduzco esta frase como “temo perder la libertad de ofrecer opiniones machistas”.

Sí espero que se cumpla ese “miedo” que denuncia el autor de las palabras que cito. Así El Diario y cualquier medio de información cuida más sus textos, juicios y opiniones que difunden estos lenguajes violentos. El final del texto lo encuentro especialmente problemático. Parece que el autor teme que se pierdan ciertos privilegios de opinión escudándose en esa libertad de expresión que también el otro columnista defiende.

Encabezados

Podríamos imaginar que este medio, en sus noticias, por lo menos es serio. Ya vimos que en sus columnas, firmadas y no, apesta. Pero en lo demás hace bien su trabajo. Hablemos de “encabezados”. Para muchos, lo único que se lee. Por ende, en estos tiempos de internet, es lo más importante. El Diario tiene unos encabezados geniales, sin duda.

En una nota reciente, el encabezado anuncia: “Dejan maquilas sin empleo a 4mil”. ¿Las maquilas están sin empleo? ¿O cuatro mil personas se quedaron sin trabajo? Recuerdo otro que aún me divierte y que escribo de memoria: “Se dispara compra de armas legales“. Qué manejo del lenguaje, ¿dónde firma este hombre para que lo incluyan en el Zurdo Mendieta? Después, en otro encabezado, leemos: “Firma Donald proyecto de ley para desastres naturales“. ¿Cuál Donald? ¿El pato Donald o Donald Trump? Y bueno, un último más largo y “creativo” por lo metafórico: “Rescataron a Rubí casi por casualidad y con un pie en Guatemala“. Aquí se hace referencia al secuestro de una menor. Algunos medios de comunicación (por ejemplo, el canal 44 y el mismo Diario) hicieron énfasis en que el secuestrador era hondureño. Esa información, por supuesto, es utilizada para difundir un mensaje: que todos los hondureños son peligrosos, así como difundieron que los cubanos contagiaban enfermedades y se casaban ilegalmente en Juárez. Una tontería. Por suerte, la joven fue ya rescatada. Ahí es donde debe recaer el énfasis y no en las casualidades o en dónde la niña tenía “los pies”.

En esa noticia, se menciona tres veces la palabra “hondureño” al momento de nombrar al secuestrador, comprobando mi tesis sobre el discurso anti-inmigrante que busca subrayar El Diario. De hecho, en cada noticia sobre el caso los encabezados destacan la nacionalidad del hombre. Miren:

hondureño

Textos

Estos son encabezados ¿no? El cuerpo de los textos debe ser impecable al menos. ¿No? Tampoco. Les dejo una colección de frases hermosas que encontré leyendo algunas noticias:

  1. [Ciertas] maquiladoras han movido [qué gran uso de verbos] sus operaciones de Ciudad Juárez a otras partes del estado, el país y hasta el mundo [porque ni “país” y “estado” pertenecen al planeta] dejando sin empleo a 4 mil personas.
  2. La autoridad no informa si la menor pasaba por el lugar o acompañaba a la fémina [San Google, dime un sinónimo de mujer, porfa] blanco del atentado.
  3. Resultó lesionada de un balazo en la rodilla misma que vestía uniforme escolar [aquí el periodista busca indicar que la niña lesionada era estudiante, pero, bueno, la redacción es mala].
  4. Lució su figura esbelta ataviada [qué sinónimos tan barrocos, me cae; aunque el verbo ataviar suele significar vestir, se utiliza por lo general para indicar una vestimenta fuera de lo común] en un bikini blanco. Mostró su belleza sin maquillaje  [sin palabras] y peinó su cabellera en una coleta, mientras disfrutaba de un almuerzo y leía. En diversas ocasiones, se captó sonriente a la actriz [ni Proust se inventaba estas descripciones tan maravillosas].
  5. Madres de niños especiales [esto es capacitismo: son niños y ya] se plantaron afuera de la institución…

Palabras finales

En verdad, no me sorprende lo terrible que es este medio que se precia de ser el “más serio” de Juárez. No me impresiona porque estamos hablando del mismo periódico que publicó un top (!) sobre masacres en Ciudad Juárez. Es decir, una jerarquía de tragedias donde muchas personas inocentes perdieron la vida. ¿Cómo se puede ser tan estúpido e insensible?

hondureño

Lo maduro sería exigir que El Diario se transforme en una plataforma periodística seria y crítica; que se utilice a este medio de una manera más independiente; y que por supuesto deje de utilizarse para propagandas de odio contra las mujeres y contra los migrantes. Esto, lo sabemos, no pasará.

Como lectores críticos, es nuestro derecho protestar y exigir a El Diario más inteligencia a la hora de difundir noticias. No obstante, tengo una mejor propuesta: apoyar otros medios de información como Yo Ciudadano. Y, claro, dejar de leer a este periódico también es una buena opción. Sin visitas, sin likes, El Diario se muere.

Antonio Rubio Reyes

Los Sacramentos: Apopcalipsis

Carta final del apóstol Antonio a los juareños

0. El pasado 21 de abril se ofreció el último sacramento, “Los santos óleos”. Con éste, culminaba la propuesta más ambiciosa de Grupo Nora. El propósito de este texto es reflexionar sobre Los sacramentos en un ámbito creativo general.

1. Los sacramentos no puede solo pensarse como una obra teatral. Sería reducir su proceso, su identidad. Se trata de un acontecimiento  (pop) performático. Es la experiencia de una crisis. Como tal, es una experiencia que desestabiliza al espectador. También a la comunidad.

La comunidad, la iglesia, responde a sus signos, los difunde. Por ello, la obra debe contemplarse en su totalidad. En mi opinión, cada una de las siete partes de Los sacramentos se sostiene de forma independiente. No sé si alguien más haya vivido la experiencia completa. Tampoco sé si eso importa. Lo que sí sé es qué partes son más esenciales en otras: “El bautizo”, “La primera comunión” y “Los santos óleos”.

2. La introducción de Los sacramentos me sigue pareciendo la mejor parte. Todas las demás, me remitían de inmediato a la primera experiencia con el evangelio pop. Su mensaje era fresco, crítico y enigmático. Además, había una seriedad en la propuesta que, ya en los últimos sacramentos, se fue perdiendo. En virtud de ello, puedo afirmar que es muy pop cómo la obra creativa se fue consumiendo a sí misma en su lenguaje visual y narrativo. Durante “El bautizo” se establecieron algunas constantes: una relación poderosa con el público, ciertos símbolos que se complementan con otros religiosos, la decadencia y el consumismo, los elementos paródicos, etc.

3. Después de “El bautizo” con coca-cola, la propuesta sacramental siguió estable hasta el final. Sigo creyendo que les sostenía la reacción e intervención del público. Esto es lo natural en cualquier performance: “el teatro es producto del público y sus servidores [los actores]”, dice Max Herrmann pensando en escenas performáticas.

Aún así, en “La primera comunión” se ejemplifican otros aportes esenciales a la puesta en escena: se crean los mandamientos pop, se ofrece una anti-comunión y el público sigue espantado por verse reflejados a ellos mismos y a lo peor de sí en estos anti-sacramentos. Como no podía ser de otra forma, solo queda reír.

4. Al concluir “La confirmación” dejé de escribir. Esto se debe a asuntos de carácter social que ocurrieron después de “La ordenanza”, en el mismo lugar y día.

Apunto mi opinión aquí, sin inventar o alimentar más la mitología de la propuesta apostólica. Ha terminado eso.

5. La ordenanza fue el espectáculo participativo más fuera de tono de los sacramentos. También, el más ágil y digerible. Recuerdo el impacto que me causó observar los trajes “papales” en la pared. Colgados, como dos caparazones. Dos exoesqueletos. Después del magno-evento de confirmación, Nora debía re-inventar el camino de sus sacramentos. Lo lograron, aunque parodiándose a sí mismos. Pienso que esa interacción con los espectadores en La ordenanza se volvió aún más esencial. Eran ahora personas que debían hacer la obra. Incluso dos personas casuales tomaron el papel de papas. Con esto, se daba a entender que no existían aquí protagonistas, sino guías. Incluso el “ordenado”. Fallaron las imágenes y la música. En este punto, esa insistencia con la misma canción y con las imágenes consumistas ya era fácil de ignorar por aprendidas.

Hay algo que ocurrió en El matrimonio que quisiera relatar. En efecto, el “salvador” (que al final resulta ser una figura que por casualidad protagoniza los rituales) se casa con su maquina de tatuar hecha en china. Hasta ahí ha llegado al consumismo: matrimoniarse con los objetos que nos dan de comer, que nos ayudan a crear o dan sentido a nuestra existencia. El amor a los objetos dura más —o eso creemos— que nuestro amor por las personas. Como esos gringos de la televisión que se casan con sus automóviles. El capitalismo puede ser conmovedor, diría algún anuncio de Coca-Cola. Lo interesante, por supuesto, fue observar la reacción no de los espectadores que ya conocíamos la propuesta artística de Nora, sino la de los accidentales observadores que se encontraban en la línea fronteriza a esa hora, agobiados por la espera y el clima, y que contemplaban quizá sorprendidos y ciertamente incrédulos el evento ritual. Algunos, grabaron con sus celulares y sonreían. En ese momento me di cuenta que Grupo Nora cumplía con su propósito: la viralización efímera. ¿Qué será de esos videos ahora?

6. Mi momento favorito de Los sacramentos ocurre en su cierre. Aquí se derrumban varias ideas que había apuntado en reflexiones anteriores. También cierta narrativa pop. En lo general, esta narrativa no se sostuvo después de La confirmación y pienso que la figura protagonista perdió gravedad, a pesar de su matrimonio. Aún así, se las arreglaron para crear tanto con tan poco en Los santos óleos. Es fascinante protagonizar tu propia muerte-pop.

Las mejores partes de la propuesta de Nora ocurrieron con los ojos cerrados. Cuando desde la imaginación accedes al escenario de tu muerte. Dos monedas hacen una casa. Esta fue una experiencia espiritual: tranquila, silenciosa. Y me gusta cómo se rompe con esta espiritualidad para meter el mensaje pop: tus monedas, tu casa, alimentan a la iglesia. Entrégalas. Tú no vales nada. No tienes casa. Y no importa: baila. Es un final duro y me agrada, hasta aquí.

Lo que siguió después, es parte del show nada más. Agregados. El Papa se tatúa unas fechas y nosotros observamos otra vez. No es una conclusión esta, sino un epílogo. Si bien no hay una sensación de cierre, no me quejo después de la experiencia anterior.

7. Hay que comprender al evangelio pop como una experiencia crítica. Debido a la naturaleza del performance, entiendo algunas de las fallas argumentales de Los sacramentos. Esta dependencia del público era la que realmente construía historias y experiencias que, por supuesto, los actores provocaban o incitaban.

No obstante sí me preocupa que se quede esta idea del pop en un simple guiño chistoso desaprovechado. Se puede construir una propuesta más solida en una revisitación a las mismas ideas de los sacramentos. Una revisión del tono y los episodios podría ser más saludable para la propuesta. Claro, la experiencia performática es única e irrepetible. Pero el teatro tiene una virtud que la literatura, el cine o la música no: su esencia anclada en la repetición, en el regreso, en la temporada. La mitología pop puede crear otras historias. Con otros personajes y quizá otras propuestas visuales, teatrales y narrativas.

Aplaudo a Grupo Nora su potencia experimental, su iniciativa fresca y su manera de volver realidad las ideas más atrevidas. Son los que se encerraron 24 horas en El Paso del Norte. Los que suspendieron con ganchos a un hombre que tatúa. Los que bautizaron a ese mismo hombre con Coca-Cola. Los que unieron a ese hombre y su maquina de tatuar en santo matrimonio. Los que nos ayudaron a asistir a nuestra propia muerte Pop.

¿Quién más hace estas geniales locuras en Ciudad Juárez?

Oh no, Pop is dead: ¡long live Pop!

—Antonio Rubio Reyes, el apóstol—

pop vitae

 

GRIS

Había leído algunas críticas de GRIS (2018). Las creí exageradas: “Es el videojuego más bonito jamás hecho”. Este tipo de oraciones son peligrosas. Como toda oración común, sin embargo, guarda algo de verdad. GRIS es un videojuego precioso que sacrifica su jugabilidad para ofrecer una estética. Cada frame destaca por su belleza, sus colores y armonía. La dirección de arte es una delicia y una experiencia estética increíble.

Quiero realizar aquí una interpretación de GRIS. La historia del personaje femenino (innominada) versa sobre la muerte de su madre. Desde el principio observamos el final de su resguardo. El derrumbe de ese mundo. Un mundo sin colores. Gris.

Cada capítulo expone el descubrimiento interior de la protagonista. Vamos coloreando ese mundo. De esta manera, ella visita los cinco estados del duelo.

En la negación, ella contempla el monumento de la madre. Se derriba, como lo hará ese mismo monumento que se ha erigido ante ella. Pierde la voz para comunicarse con el mundo, que desemboca el conflicto de GRIS. Caminamos, pero ¿por qué?

Desde la ira, la protagonista aprende a destruir las estatuas que adornan la memoria de su madre. Pareciera decir algo simple, mas hermoso: “Estoy enojada. Me has abandonado”.

Durante la negociación —de su propio dolor—, la protagonista confronta la primera oscuridad. Gracias a esta lucha contra las sombras es que ella puede aprender a volar.

La depresión, que contrasta con lo anterior, somete a la protagonista al descenso. Un descenso hacia la más profunda oscuridad. Ella se descubre hundida. Aquí sucede otro enfrentamiento aún más violento con el duelo. Una experiencia terrorífica. Por ello, la etapa más difícil de sortear.

Finalmente la aceptación. Ella ha recuperado su voz. Puede cantarle a la madre y levantar otra vez ese monumento a su memoria. La conclusión es demoledora pero hermosa: frente al memorial, ella acepta que su madre se ha ido.

—Antonio Rubio Reyes

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Una noticia feliz. A principios de abril publiqué un libro en Anverso editores, una propuesta editorial de mi ciudad. De momento, circulan tres plaquettes. (Prefiero, sin embargo, el concepto de poemario). Son en suma tres visiones líricas completas: Miedo, de Jazmín Cano; Arquetipos, de César Graciano; y Blu, un texto que escribí en 2017 inspirado en una doble Joni Mitchell que se extravió en las calles de Ciudad Juárez. La portada de mi poemario la hizo Ana Iram. Estoy satisfecho con su trabajo, así como del diálogo que mantuve con Anverso.

Al ser un proyecto que recién despega, es necesario apoyarlo. Si de casualidad estás leyendo esto, te pido des like a su página: https://www.facebook.com/AnversoEditores/

Ahí se encuentran las bases para la próxima convocatoria. Quizá alguno de ustedes sea el próximo publicado.

Si alguien quiere obtener Blu, pueden escribirme en @antoniorubio0411@gmail.com. Para finales de mayo, mi libro tendrá una re-impresión (la primera edición se agotó, felizmente) y se presentará en el margen de la Feria del Libro de Ciudad Juárez.

El costo: $50.

Gracias por seguir leyendo, asimismo, a las memorias del zapallo. Me comprometo a subir contenido pronto (Zapallo 2.0, más Macedoniesco que nunca), ahora que (casi) he concluido mi compromiso con mi tesis de maestría.

Antonio Rubio Reyes

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