Los Sacramentos: Apopcalipsis

Carta final del apóstol Antonio a los juareños

0. El pasado 21 de abril se ofreció el último sacramento, “Los santos óleos”. Con éste, culminaba la propuesta más ambiciosa de Grupo Nora. El propósito de este texto es reflexionar sobre Los sacramentos en un ámbito creativo general.

1. Los sacramentos no puede solo pensarse como una obra teatral. Sería reducir su proceso, su identidad. Se trata de un acontecimiento  (pop) performático. Es la experiencia de una crisis. Como tal, es una experiencia que desestabiliza al espectador. También a la comunidad.

La comunidad, la iglesia, responde a sus signos, los difunde. Por ello, la obra debe contemplarse en su totalidad. En mi opinión, cada una de las siete partes de Los sacramentos se sostiene de forma independiente. No sé si alguien más haya vivido la experiencia completa. Tampoco sé si eso importa. Lo que sí sé es qué partes son más esenciales en otras: “El bautizo”, “La primera comunión” y “Los santos óleos”.

2. La introducción de Los sacramentos me sigue pareciendo la mejor parte. Todas las demás, me remitían de inmediato a la primera experiencia con el evangelio pop. Su mensaje era fresco, crítico y enigmático. Además, había una seriedad en la propuesta que, ya en los últimos sacramentos, se fue perdiendo. En virtud de ello, puedo afirmar que es muy pop cómo la obra creativa se fue consumiendo a sí misma en su lenguaje visual y narrativo. Durante “El bautizo” se establecieron algunas constantes: una relación poderosa con el público, ciertos símbolos que se complementan con otros religiosos, la decadencia y el consumismo, los elementos paródicos, etc.

3. Después de “El bautizo” con coca-cola, la propuesta sacramental siguió estable hasta el final. Sigo creyendo que les sostenía la reacción e intervención del público. Esto es lo natural en cualquier performance: “el teatro es producto del público y sus servidores [los actores]”, dice Max Herrmann pensando en escenas performáticas.

Aún así, en “La primera comunión” se ejemplifican otros aportes esenciales a la puesta en escena: se crean los mandamientos pop, se ofrece una anti-comunión y el público sigue espantado por verse reflejados a ellos mismos y a lo peor de sí en estos anti-sacramentos. Como no podía ser de otra forma, solo queda reír.

4. Al concluir “La confirmación” dejé de escribir. Esto se debe a asuntos de carácter social que ocurrieron después de “La ordenanza”, en el mismo lugar y día.

Apunto mi opinión aquí, sin inventar o alimentar más la mitología de la propuesta apostólica. Ha terminado eso.

5. La ordenanza fue el espectáculo participativo más fuera de tono de los sacramentos. También, el más ágil y digerible. Recuerdo el impacto que me causó observar los trajes “papales” en la pared. Colgados, como dos caparazones. Dos exoesqueletos. Después del magno-evento de confirmación, Nora debía re-inventar el camino de sus sacramentos. Lo lograron, aunque parodiándose a sí mismos. Pienso que esa interacción con los espectadores en La ordenanza se volvió aún más esencial. Eran ahora personas que debían hacer la obra. Incluso dos personas casuales tomaron el papel de papas. Con esto, se daba a entender que no existían aquí protagonistas, sino guías. Incluso el “ordenado”. Fallaron las imágenes y la música. En este punto, esa insistencia con la misma canción y con las imágenes consumistas ya era fácil de ignorar por aprendidas.

Hay algo que ocurrió en El matrimonio que quisiera relatar. En efecto, el “salvador” (que al final resulta ser una figura que por casualidad protagoniza los rituales) se casa con su maquina de tatuar hecha en china. Hasta ahí ha llegado al consumismo: matrimoniarse con los objetos que nos dan de comer, que nos ayudan a crear o dan sentido a nuestra existencia. El amor a los objetos dura más —o eso creemos— que nuestro amor por las personas. Como esos gringos de la televisión que se casan con sus automóviles. El capitalismo puede ser conmovedor, diría algún anuncio de Coca-Cola. Lo interesante, por supuesto, fue observar la reacción no de los espectadores que ya conocíamos la propuesta artística de Nora, sino la de los accidentales observadores que se encontraban en la línea fronteriza a esa hora, agobiados por la espera y el clima, y que contemplaban quizá sorprendidos y ciertamente incrédulos el evento ritual. Algunos, grabaron con sus celulares y sonreían. En ese momento me di cuenta que Grupo Nora cumplía con su propósito: la viralización efímera. ¿Qué será de esos videos ahora?

6. Mi momento favorito de Los sacramentos ocurre en su cierre. Aquí se derrumban varias ideas que había apuntado en reflexiones anteriores. También cierta narrativa pop. En lo general, esta narrativa no se sostuvo después de La confirmación y pienso que la figura protagonista perdió gravedad, a pesar de su matrimonio. Aún así, se las arreglaron para crear tanto con tan poco en Los santos óleos. Es fascinante protagonizar tu propia muerte-pop.

Las mejores partes de la propuesta de Nora ocurrieron con los ojos cerrados. Cuando desde la imaginación accedes al escenario de tu muerte. Dos monedas hacen una casa. Esta fue una experiencia espiritual: tranquila, silenciosa. Y me gusta cómo se rompe con esta espiritualidad para meter el mensaje pop: tus monedas, tu casa, alimentan a la iglesia. Entrégalas. Tú no vales nada. No tienes casa. Y no importa: baila. Es un final duro y me agrada, hasta aquí.

Lo que siguió después, es parte del show nada más. Agregados. El Papa se tatúa unas fechas y nosotros observamos otra vez. No es una conclusión esta, sino un epílogo. Si bien no hay una sensación de cierre, no me quejo después de la experiencia anterior.

7. Hay que comprender al evangelio pop como una experiencia crítica. Debido a la naturaleza del performance, entiendo algunas de las fallas argumentales de Los sacramentos. Esta dependencia del público era la que realmente construía historias y experiencias que, por supuesto, los actores provocaban o incitaban.

No obstante sí me preocupa que se quede esta idea del pop en un simple guiño chistoso desaprovechado. Se puede construir una propuesta más solida en una revisitación a las mismas ideas de los sacramentos. Una revisión del tono y los episodios podría ser más saludable para la propuesta. Claro, la experiencia performática es única e irrepetible. Pero el teatro tiene una virtud que la literatura, el cine o la música no: su esencia anclada en la repetición, en el regreso, en la temporada. La mitología pop puede crear otras historias. Con otros personajes y quizá otras propuestas visuales, teatrales y narrativas.

Aplaudo a Grupo Nora su potencia experimental, su iniciativa fresca y su manera de volver realidad las ideas más atrevidas. Son los que se encerraron 24 horas en El Paso del Norte. Los que suspendieron con ganchos a un hombre que tatúa. Los que bautizaron a ese mismo hombre con Coca-Cola. Los que unieron a ese hombre y su maquina de tatuar en santo matrimonio. Los que nos ayudaron a asistir a nuestra propia muerte Pop.

¿Quién más hace estas geniales locuras en Ciudad Juárez?

Oh no, Pop is dead: ¡long live Pop!

—Antonio Rubio Reyes, el apóstol—

pop vitae

 

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GRIS

Había leído algunas críticas de GRIS (2018). Las creí exageradas: “Es el videojuego más bonito jamás hecho”. Este tipo de oraciones son peligrosas. Como toda oración común, sin embargo, guarda algo de verdad. GRIS es un videojuego precioso que sacrifica su jugabilidad para ofrecer una estética. Cada frame destaca por su belleza, sus colores y armonía. La dirección de arte es una delicia y una experiencia estética increíble.

Quiero realizar aquí una interpretación de GRIS. La historia del personaje femenino (innominada) versa sobre la muerte de su madre. Desde el principio observamos el final de su resguardo. El derrumbe de ese mundo. Un mundo sin colores. Gris.

Cada capítulo expone el descubrimiento interior de la protagonista. Vamos coloreando ese mundo. De esta manera, ella visita los cinco estados del duelo.

En la negación, ella contempla el monumento de la madre. Se derriba, como lo hará ese mismo monumento que se ha erigido ante ella. Pierde la voz para comunicarse con el mundo, que desemboca el conflicto de GRIS. Caminamos, pero ¿por qué?

Desde la ira, la protagonista aprende a destruir las estatuas que adornan la memoria de su madre. Pareciera decir algo simple, mas hermoso: “Estoy enojada. Me has abandonado”.

Durante la negociación —de su propio dolor—, la protagonista confronta la primera oscuridad. Gracias a esta lucha contra las sombras es que ella puede aprender a volar.

La depresión, que contrasta con lo anterior, somete a la protagonista al descenso. Un descenso hacia la más profunda oscuridad. Ella se descubre hundida. Aquí sucede otro enfrentamiento aún más violento con el duelo. Una experiencia terrorífica. Por ello, la etapa más difícil de sortear.

Finalmente la aceptación. Ella ha recuperado su voz. Puede cantarle a la madre y levantar otra vez ese monumento a su memoria. La conclusión es demoledora pero hermosa: frente al memorial, ella acepta que su madre se ha ido.

—Antonio Rubio Reyes

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blu

Una noticia feliz. A principios de abril publiqué un libro en Anverso editores, una propuesta editorial de mi ciudad. De momento, circulan tres plaquettes. (Prefiero, sin embargo, el concepto de poemario). Son en suma tres visiones líricas completas: Miedo, de Jazmín Cano; Arquetipos, de César Graciano; y Blu, un texto que escribí en 2017 inspirado en una doble Joni Mitchell que se extravió en las calles de Ciudad Juárez. La portada de mi poemario la hizo Ana Iram. Estoy satisfecho con su trabajo, así como del diálogo que mantuve con Anverso.

Al ser un proyecto que recién despega, es necesario apoyarlo. Si de casualidad estás leyendo esto, te pido des like a su página: https://www.facebook.com/AnversoEditores/

Ahí se encuentran las bases para la próxima convocatoria. Quizá alguno de ustedes sea el próximo publicado.

Si alguien quiere obtener Blu, pueden escribirme en @antoniorubio0411@gmail.com. Para finales de mayo, mi libro tendrá una re-impresión (la primera edición se agotó, felizmente) y se presentará en el margen de la Feria del Libro de Ciudad Juárez.

El costo: $50.

Gracias por seguir leyendo, asimismo, a las memorias del zapallo. Me comprometo a subir contenido pronto (Zapallo 2.0, más Macedoniesco que nunca), ahora que (casi) he concluido mi compromiso con mi tesis de maestría.

Antonio Rubio Reyes

blu

 

The House That Jack Built o Lars Von Trier por Lars Von Trier

Hay pocas cosas que destacar de la última película de Lars Von Trier. Existe, sí, un humor bien logrado instalado en la ingenuidad del asesino y la incompetencia de las autoridades. A fin de cuentas, más que ser un excelente asesino es un artista particular. Esto me parece bien. También destacan la fotografía y algunas, pocas, reflexiones sobre lo sublime del arte y la dialéctica estética entre Verge y Jack. La actuación de Matt Dillon es genial. Y nada más.

El film se alarga innecesariamente, hay muchas digresiones torpes (venga, hay que amarse demasiado para interrumpir tu actual película con escenas de tus obras anteriores) y el mismo director asume una postura misógina frente a sus personajes femeninos, como si se burlara o no comprendiese o no supiese qué decir. Pero sí busca provocar, para que ciertos críticos destaquen esa “valentía” de Von Trier en este mundo tan “políticamente correcto”. No.

Muy claro hacia dónde dirige sus críticas Von Trier, pero son inefectivas. El autor se embelesa tanto en sí mismo, en su sublime idea del arte, que comete el peor pecado que un artista puede exponer: creer que sus ideas interesan más que los resultados. Creer pues que una poética es más importante que una obra estética.

The House That Built Jack es una auto declaración de amor de casi tres horas irregulares: a veces entretiene, a veces aburre. Ninguna sorpresa, ningún atrevimiento de valor estético en su guion. Una serie de imágenes bellas mezclada con retratos violentos y “documentales” sobre qué es la belleza que solo ayudan a manifestar lo evidente: una historia mal narrada que protagonizan el director y sus “no personajes”, o sea, estereotipos.

Si has idealizado a Von Trier, si te sientes transgresor y anti-moralista, si tu soberbia intelectual te hace creer que el cine siempre será masculino, si te identifican frases como “estoy harto de que las mujeres siempre sean las víctimas y los hombres siempre seamos victimarios”, si alguna vez has dicho que a los hombres nos matan más, si te parece que el feminismo es una pérdida del tiempo, disfrutarás esta película como ninguna otra.

Yo prefiero a ese Von Trier de Dogville y Dancer in the Dark, ese autor que no imponía su visión del arte a sus espectadores sino que dejaba que nosotros la descubriésemos.

 

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Respuesta a Jorge Humberto Chávez

Respuesta a Jorge Humberto Chávez

Tengo 24 años y sufro depresión. Mis crisis nerviosas las oculté por mucho tiempo a mi familia, a mis amigas y amigos, a mis profesores. Este año decidí informarlo públicamente. Una decisión complicada porque ha desembocado en una serie de mensajes contrastantes. Por un lado, las personas que me apoyan. Por otro, los personajes que han utilizado esta declaración para atacarme. Uno de esos personajes has sido tú, Jorge Humberto Chávez. Me gustaría de forma pública responderte algunos mensajes que escribiste en mi perfil social y debatir cómo has reproducido un discurso violento hacia mi salud mental; nunca hacia mi trabajo crítico sobre tu visión de la literatura.

Nuestra “correspondencia” inicia desde la publicación de la antología Ciudad negra. Mi opinión sobre este libro la empecé desde mi perfil de Facebook. En resumen: el prólogo no es un trabajo serio y solo se incluye a una mujer a lo largo de treinta años de poesía juarense. Por supuesto, Jorge, respondes de esta manera:

Jorge 1

Desde este momento, impones tu visión como “autor” y desvalorizas la labor no solo de cualquier crítico, sino de los lectores. Tu respuesta me parece aceptable hasta la última parte, donde efectúas un comentario transfóbico y decides atacarme sin ninguna razón con tu “el prian te lavó el cerebelo”. Como suele ocurrir, dejas que el trabajo mal hecho que hiciste deba enmendarlo alguien más: “haz tu antología”. Hablas desde tus privilegios, Jorge, y esta posición la seguirás reproduciendo en el futuro.

A pesar de esta discusión, nuestra relación no se vio afectada. Yo acepto cualquier error de investigación o literario que pueda cometer. Lo que no acepto es cualquier forma de violencia, como las que realizaste esta semana:

Jorge 2

Puedo tolerar que ofrezcas tu opinión sobre mi muro. Si no te hace gracia, estás en tu derecho de no consultarlo más. Lo que me molesta es que juzgues mi depresión desde tu postura personal y desprestigies mi visión de la literatura, definiéndome como un “chantajista” por hacer pública mi depresión. Yo no busco tu aprobación ni tampoco “insinúo” mi suicidio para que personas como tú puedan “salvarme” o siquiera emitir una opinión, insisto, desde ciertos privilegios sobre mi neurodiversidad. Que una condición mental como la depresión te impida hablarme con tu verdad solo demuestra que eres una persona incapaz de debatir: un capacitista que no puede comentar de forma objetiva sin tener que relucir argumentos ad hominem. Tampoco te considero moralmente superior a mí como para que sugieras que acuda a un siquiatra. ¿Quién eres tú para darme consejos luego de desvalorizar mi trabajo desde tu postura personal?

Tampoco, como afirmaste en otro lugar, me escudé de tus comentarios desde mi condición emocional. De hecho, nunca respondí a tus ataques, como tú sí lo has hecho. Claro, lo único que puedes señalarme son cosas irrelevantes al trabajo literario: “majadero”, “la boca muy amplia y el criterio muy estrecho”. No, Jorge, nunca te he insultado como tú crees ni he juzgado tu vida desde prejuicios. Indiqué que eras soberbio, que eras un escritor menor. Ironicé tu visión sublime de la literatura. Para ti la crítica debe iluminar, nunca destruir. La crítica debe ser positiva o no será. Me parece bien que opines de mi literatura, de mi trabajo como reseñista, porque yo puedo opinar de tu oficio como escritor, poeta y antologador. Pero no es correcto que tú me definas “chantajista”, este sí, un prejuicio que no corresponde con nuestro oficio: la literatura.

Tengo la impresión de que nunca leíste mi reseña. Está bien, pero pienso que por ello no tienes argumentos para llevar a cabo un debate más sano. En persona, cuando te señalé algunos aspectos que luego escribí en mi texto, dijiste que no habías escuchado. Esa imagen es la que conservo de ti, Jorge: el escritor que no quiere escuchar.

Jorge 3

Tu pareja, cuyo nombre desconozco, invadió mi perfil y decidió escribir una serie de insultos y ataques hacia mí y mis amigos. Mensajes escritos con una violencia increíble. Intuyo que ella supo de mi condición emocional por ti. Si hasta te enorgulleces de su “coraje”, de su “lenguaje vivo y desenfadado”. Al escribir esto, apruebas la violencia que ella externó.

Jorge 4

Jorge 5

El mismo lenguaje violento lo reprodujiste contra mi amigo César Graciano, quien solo te respondió con esas verdades que no puedes tolerar: “Justo ahí está su error. Creer que la crítica solo está para ‘iluminar’ textos, para ‘iluminarlo’ e ‘iluminar’ su ‘poesía’. No está nada acostumbrado a la crítica, a que lo critiquen fuera del falso elogio. No acepta sus errores (de principiante) en su prólogo a Ciudad Negra, su falta de profundidad. No realiza autocrítica, que le urge. Debería replantearse su relación con sus críticos y con su propio trabajo, así quizá algún día logre escribir un poema o un libro, mínimo un prólogo, que valga la pena”. Y tú, que me llamaste majadero y prejuicioso, respondes:

Jorge 6

Jorge, gracias por considerarme escritor, a pesar de mi criterio tan estrecho y mi boca tan amplia, pero tu ignorancia reluce en estas palabras hacia mi amigo, ganador del premio Voces al Sol con Cuentos únicos y secundarios. Para ti, es un “sombrio pendejo”. Para mí, un escritor ofreciendo una opinión sana y literaria.

También me resulta fastidiosa tu “victimización”, tú que tanta violencia has reproducido. Nunca me he mofado de tu edad ni tampoco escribí esto que tú afirmas. Lo hicieron entre tú y Agustín, de hecho. Alguien podría hablar incluso de humor. Lo que sí escribí fue cómo utilizas tu pretendida experiencia para minorizar mis opiniones: “te hace falta ver más bax”. Tú sí me juzgas desde la edad. Solo me queda rescatar algo de ironía en tu agresiva postura.

Jorge 7

No denigro lo que no me gusta. Lo critico, ofrezco mi opinión. Las personas que me leen podrán o no estar de acuerdo. Ninguna de ellas ha sido tan ingenua como para afirmar que mis textos no tienen validez solo porque sufro de depresión. Y sí, leo lo que me da la gana. ¿Quién eres tú, insisto, para decirme qué debo leer?

jORGE 8

Quizá me haga falta experiencia y tenga que confrontar cómo personajes ajenos a mi vida se atrevan a decirme chantajista, a pedirme que me suicide y escribirme, en estos tiempos, joto asqueroso. Quisiera seguir con mi labor de crítico e investigador de la literatura juarense, pero me siento abrumado y cansado. Me gustaría seguir ofreciendo mis opiniones, seguir escribiendo reseñas, ensayos y haciendo memes también, porque el meme permite un discurso desmitificador y crítico. Pero antes, prefiero realizar otra búsqueda personal y literaria.

Ojalá, en espacios culturales y académicos, se hablara y reflexionara más sobre la salud mental. En México, los índices de suicidio son demasiado altos y se necesita que estos temas se atiendan y consulten: la depresión, la ansiedad, el suicidio. Tu postura privilegiada solo deja ver una ignorancia abismal y una soberbia igualmente enorme, pues piensas que tu opinión puede llevarme a una crisis nerviosa, a una depresión profunda o ya de plano al suicidio. Si decido responderte es porque quiero señalar una conducta cultural que invisibiliza esta condición neurodivergente.

Sin más que agregar, con esto cierro toda posibilidad de diálogo contigo.

Atentamente

Antonio Rubio Reyes

El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina

He decidido escribir aquí algo personal sobre ti. Quizá te deba otro tipo de análisis. Pero no quiero contaminar mi experiencia contigo. No quiero escribirte con esas palabras grandilocuentes que he aprendido de la escuela y que ojalá pudiese olvidar. Yo quiero escribirte desde la fuente más pura.

En las últimas semanas he pensado mucho en ti. En tus palabras. En tus personajes. En tu historia. Yo nunca he llorado con libros pero contigo me di cuenta que quizá me quedé sin lágrimas porque lloraba como nube negra sobre un desierto.

Algunas veces confieso que te imité. La manera de alargar las frases, el uso rebelde de la puntuación, la forma de describir imágenes. Cómo se enojaron mis profesores por tu culpa. Quise escribir una novela como tú. Quise escribir. Solo la mejor literatura te patea el culo para levantarte. Y entonces empiezas a garabatear. En los cuadernos, en las servilletas, en la computadora. Escritura.

Eres un retrato tan fino, tan sutil, de la historia reciente y trágica de España. Nunca olvidaré esa escena en la que describes la llegada ilegal de la música de los Doors y Jimi Hendrix. Eran ídolos. Los amigos buscaban esa música con una energía enfermiza. Querían ser como ellos. Llevar el cabello largo y la vida de excesos que una dictadura como la de Franco no podría permitir. Pero Hendrix y Morrison llevaban ya años muertos y solo lo supieron cuando los muros comunicativos del franquismo se derribaron. Nunca olvidaré esa escena porque me causa tanto dolor. Porque cuando era niño yo también admiraba a Morrison y quise llorar al enterarme que él llevaba décadas muerto y que me hablaba desde un recinto sagrado.

Eres una historia de amor. Tu evocación de Mágina está llamada a convertirse en uno de los ejemplos más poderosos en la historia de la literatura: Macondo, Comala, Mágina. Manuel y Nadia aman su origen pero motivados por el dolor deben abandonar ese espacio que solo pueden recordar bien a través de los recuerdos, de las fotografías y de su propio amor. Eres las fotografías en el baúl de Ramiro. Eres una serie de rostros que ya han muerto pero que sonríen desde ese ritual del tiempo.

Eres una historia de amor. La más sincera que he encontrado porque yo he vivido con pasión las emociones que describes. No hay placer más rico, más intelectual, que el de encontrar en una página de palabras un descubrimiento sobre mí. Sé que al escribir esto pienso en ti, pero también pienso en la mujer que amo. A quien le leo mientras duerme las palabras que subrayé de ti. Y cuando Manuel amaba a Nadia yo sentía que era Manuel y que también era Nadia y que Ella era Manuel y que Nadia era Ella. Cuántos amantes en el mundo habrán imaginado lo que yo. Que por un momento Manuel era un lector que ama.

He aprendido, en fin, que el amor solo se puede nombrar desnudo. En la oscuridad. En ese silencio que surge desde las entrañas de la otra persona. De ese sonido vital: la respiración, la digestión, el ruido de la lengua al golpear los dientes, los labios que chocan entre sí.

Qué hermosa novela eres. Han pasado dos años, pero nunca dejaré de pensar en ti. Siempre serás un ejemplo. Una recomendación.

Si tuviera que salvar a un libro de la catástrofe universal, sin duda te elegiría.

polaco

El erotismo en Fruta verde, de Enrique Serna

Partamos desde Georges Bataille, quien define al erotismo como “la aprobación de la vida hasta en la muerte”.[1] Bataille divide la experiencia del erotismo en tres: erotismo de los corazones, de los cuerpos y de lo sagrado.[2] No obstante, como él mismo señala, cualquier erotismo es sagrado.[3] Y, sobre lo último, escribe que cualquier “operación del erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento”.[4] El erotismo, en resumen, atañe a la violencia de los cuerpos, en el caso del primer erotismo, cuyo fin es el de la muerte a partir de la destrucción del otro o del yo; en el de los corazones, el fin es fundirse en el ser del otro, sin la violencia de los cuerpos: “el ser amado es para el amante la transparencia del mundo”.[5] Se trata a fin de cuentas de la entrega vinculado con la idea del amor. Estos dos tipos de erotismo son complementos de lo sagrado, en la que el individuo busca ser uno con un “más allá de la realidad inmediata”.[6]

Enrique Serna en “La represión atea” encuentra en el erotismo una conciliación de la inteligencia con las virtudes vulgares de la carne: se hermanan la razón y el cuerpo, para alcanzar el espíritu. Escribe:

El erotismo es el homenaje que la inteligencia rinde a la vulgaridad de la carne. Reconocer sus fueros no significa necesariamente idealizarla: solo admitir humildemente que, a pesar de nuestra orgullosa razón, tenemos que saciar su hidrópica sed o resignarnos a un amargo sucedáneo de la existencia. La tiranía del cuerpo nos exige poner a su servicio la misma facultad intelectual que usamos para emprender los vuelos más altos del espíritu.[7]

La inteligencia necesita de la liberación de la carne para sobrellevar la existencia. Será el erotismo el medio para emprender dichos vuelos espirituales. Por lo mismo, Bataille ha dotado de sacralidad al culto entre el cuerpo y lo que está más allá. Este asunto ha sido señalado ya por Ignacio Solares, cuando dice sobre Fruta verde que lo intelectual y lo sensual resultan ser las servidoras del deseo.[8] Para impedir esto, la concepción represora de la Iglesia judeo-cristiana ha establecido reglamentos morales en la sexualidad de sus súbditos. Sin embargo, Serna no encuentra en lo último una imposibilidad del erotismo: “Nos hemos acostumbrado a pensar que la moral judeocristiana es el peor enemigo del erotismo, pero la verdad es que sus prohibiciones siempre han sido un acicate para la lujuria. De hecho, Georges Bataille creía necesario mantenerlas vigentes para exacerbar el deseo”.[9] Las anteriores palabras de Serna deben tomarse en cuenta para entender los motivos de Fruta verde: sus personajes luchan contra esta represión del cuerpo y el espíritu, y tienden a buscar la liberación a través de estímulos. Las prohibiciones siempre alimentan el deseo carnal. La lucha siempre fracasará, puesto que el olvido o la muerte se imponen ante el ser deseado. Mas como dice un viejo refrán, la curiosidad mató el gato, pero el gato murió satisfecho.

Javier Munguía, en su ensayo “Enrique Serna, el arte como una forma elevada de entretenimiento”, escribe que Enrique Serna “ataca con especial ahínco la represión de los más íntimos deseos en favor de la moral conservadora”.[10] Esto influirá en la construcción de sus héroes y antihéroes pues, como advierte Munguía, “si algunos de sus personajes se frustran por seguir los dictados de la moral retrógrada, otros son transgresores y exploran facetas poco aprobadas de la sexualidad, como la bisexualidad y las relaciones múltiples”.[11] Aquí encontramos las posturas y perspectivas de los protagonistas opuestos en Fruta verde. Por un lado, se encuentra Mauro Llamas, que defiende el derecho de amar a quien se le dé la gana, sin importar las represiones y prejuicios que la sociedad tiene de la homosexualidad. En la otra esquina se encuentra Paula Recillas, quien pone ante todo sus principios morales, representados sobre todo en la fallecida madre, y los cuales defiende sobre todo por la costumbre de defender tradiciones pasadas de moda. No obstante, en su pensamiento sí trasciende esa muralla moral al fantasear con Pável. Sin embargo, su deseo de derrumba llega tarde y encuentra al joven con otra mujer.

Los personajes viven el erotismo de diferentes formas: Germán, en su primera experiencia sexual, concibe un erotismo idealizado, una idealización sagrada tanto de lo carnal como de su amada Berenice. Germán lee a ella las iluminaciones poéticas del Rubaiyat, poemario donde la embriaguez y el deseo exaltan la libertad de las pasiones. El narrador se adentra en la vivencia de Germán para explicar su primera experiencia erótica:

Obediente al mandato superior de la poesía, ella misma tomó la iniciativa y abandonó su lánguida mano entre los dedos de Germán. Pasaron de las palabras a los silencios, de los suspiros a las caricias nerviosas. Germán interrumpió la lectura, o más bien la continuó con el tacto, como si la piel que ahora tocaba fuera una emanación del lenguaje. Ciñó a la odalisca por el talle, y al beber el dulce vino de sus labios, donde el plomo de la vida se transmutaba en oro, sintió que despertaba de un profundo letargo para encontrar el camino de la salvación.[12]

Conviven aquí la experiencia mística de la poesía y la trascendencia del ritual de las palabras al de los silencios, que ofrecen mucho más que el lenguaje; pasan también al lenguaje del tacto, al reconocimiento del otro. Así pues, Germán concibe en este primer encuentro un erotismo de carácter amoroso. Sin embargo, se trata de uno idealizado, como la poesía, pues no es del todo sincero. De la misma manera en que su lectura fue interrumpida, sus sentimientos por Berenice se ven enfrentados a la presencia extremista de la madre de ella, lectora de Juan Salvador Gaviota y que no permite que su amor se consuma. El erotismo se queda sólo en la palabra, mas no llega jamás a la unión.

Paula, en cambio, vive una especie de erotismo de la fantasía. A través de su imaginación, hace aquello que su moral no le permite: entregarse al deseo de ser la tía Julia, para Pável, el escribidor, transgrediendo cualquier prohibición impuesta por la sociedad. De esta manera, en un momento esencial de la novela, donde vemos a Paula decidida a cumplir con sus deseos sin importar el qué dirán, leemos los deseos de ella a través de un narrador omnisciente neutro:

Puso el disco en la tornamesa, encendió un cigarro y con los ojos escuchó la primera canción: “Sabor de fruta verde, de fruta que se muerde, de carne de manzana del bien y del mal…” Un vapor narcótico la condujo en volandas a un huerto encantado. Pável desnudo a la sombra de un manzano, con una corona de pámpanos en las sienes. Sucumbir a los encantos de su inexperiencia, dejarlo pulsar a ciegas las cuerdas del placer, los pezones erguidos para amamantar a la criatura que por fin se atreve a ser hombre. […] Al carajo los impedimentos sociales. Reconocería con valor civil que amaba a ese párvulo ante cualquier tribunal.[13]

Suena el bolero que da título a la novela e inicia la fantasía. Nos adentramos a la imaginación de Paula, “un vapor narcótico” que la ha conducido al cuerpo desnudo de Pável, como si fuese la representación de Adán en un paraíso bucólico que pronto estará perdido. Luego entregarse a él, que ambos cuerpos sucumban a la entrega. Y, por último, todo impedimento social es mandado al carajo. El comportamiento de este personaje, así como el de Germán y Mauro, cambia cuando se pone Fruta verde, cuya letra habla sobre la tentación de lo prohibido. Como si dicho bolero encendiera en ellos sus deseos más íntimos, cual hechizo accidental y erótico: ese sabor agridulce de la perversidad, como dice la canción. El propio Serna, en una entrevista, admite el carácter mágico de los boleros prostibularios de Agustín Lara, Álvaro Carrillo y Roberto Cantoral:

Mi educación sentimental viene mucho del bolero, sin duda. En eso soy un poco anacrónico porque debería venir del rock o de otros géneros musicales, pero me encanta la estética del bolero, en particular de los boleros prostibularios. […] Pienso que realmente hay un arte de amar en el bolero que corresponde mucho a la realidad, por eso lo he utilizado a veces como motivo simbólico en mis libros, concretamente en Fruta verde.[14]

Quizá el motivo simbólico que dice Serna sea el de la entrega al otro. La música, así como la poesía del Rubaiyat, está relacionada con el erotismo sagrado, puesto que hace que los personajes se entreguen al ritual de sus deseos y al sacrifico de su cuerpo, a través de una fuerza abarcadora. En este caso es la melodía de Fruta verde.

Enlazamos esto último con el encuentro sexual que por fin se da entre Mauro y Germán. Lo narra el último en su diario, por lo que leemos otra vez la experiencia de él, pero ahora través de un “yo” narrativo. Suena de nuevo Fruta verde y escribe Germán: “Seguí escuchando con embeleso, transportado a un edén prohibido, con manzanos y naranjos en flor, donde una ninfa desnuda bebía agua en un arroyuelo”.[15] Igual que Paula es transportada por esos vapores del erotismo, Germán entra al mismo “edén prohibido” donde el imaginario del deseo, es decir, manzanos, naranjos, jardines, arroyuelos y ninfas desnudas, funcionan como un indicio hacia la entrega póstuma:

No, por Dios, alcancé a protestar, pero una erección categórica le restó autoridad a mi queja. Caliente y asustado a la vez, intenté una débil y tardía resistencia verbal desmentida por mi quietud. Durante los breves instantes en que Mauro me sacó el pito de la bragueta y se lo metió en la boca, debo haber repetido quince veces la palabra no y en todo momento mi negativa quería decir sí.[16]

Más adelante escribirá la idea mencionada antes acerca de la transgresión de lo prohibido que luego pronunciará su madre: “¿Para qué azotarme entonces como si hubiera cometido un sacrilegio? Al carajo con la culpa cristiana: ni yo ni nadie saldría lastimado por un simple capricho experimental”.[17] En este caso, Germán manda al carajo la “culpa cristiana”. Sin embargo, cataloga su encuentro como un “simple capricho experimental”. Intuimos que el narrador miente, porque dichos “experimentos” serán frecuentes entre ambos.

No obstante, antes de este encuentro, que es el deseo mayor de Mauro, éste ha sido rechazado en diversas ocasiones. En una de sus peleas con Germán, quizá la más dura, Mauro sale en busca de una aventura, para saciar su deseo: leemos aquí el erotismo de los cuerpos, que busca la devastación del yo y del otro. Sin embargo, su búsqueda prostibularia le sale trunca y sube al auto de unos jóvenes homófobos y cristianos. Ellos golpean a Mauro y justo en lo más bajo de su experiencia, en ese infierno previo a la muerte, el narrador añade estas palabras:

El amor siempre fue un lejano punto de fuga, un pálido resplandor en el horizonte, como el paisaje que huye por la ventana de un tren. Por dejar de perseguirlo se había quedado con las manos vacías, buscando a tientas un placer escabroso, que pide la sombra para la consumación de su miseria. Un chisquete de gasolina en los ojos le devolvió la sensibilidad perdida.[18]

Por entregarse a los impulsos de la venganza y, gracias a diversas decepciones en el amor, Mauro deja de buscar al amor, ese “lejano punto de fuga”: con sus manos vacías, se entrega a la miseria, a esa representación de la muerte. En la agonía, Mauro imagina dos cosas: La primera son sus creaciones que jamás nacieron en el papel y que terminaron en su pensamiento. Estos le hablan: “Déjanos nacer, tenemos mucha luz guardada aquí dentro”[19]. La segunda es el llanto distorsionado de Germán, que acompaña los compases de su réquiem. Luego, el narrador se desprende del punto de vista de Mauro y le habla de tú, como un reproche al abandono: “Por renunciar al supremo deseo, por tu indigna servidumbre sin alas, te robaron los días de esplendor en la hierba”.[20] Protagonista que al renunciar al “supremo deseo” ha perdido el paraíso, el pecado de Mauro será entregarse a la destrucción por un impulso de furia hacia el ser amado. Él mismo juzgará, en un ejercicio de autocrítica, su acción: “Esa noche no estabas buscando un encuentro sexual; saliste a buscar la destrucción y por poco la encuentras”.[21]

Finalmente, el erotismo sagrado se ve representado en el ejercicio creador de la escritura, que dota a la novela de una estructura circular: Paula transcribe, en vida, el primer cuento de Germán. En la muerte, al final de la novela, Germán, durante un sueño, presenta al espíritu de su madre el manuscrito de su vida. Además, será la literatura el vínculo más fuerte entre los tres protagonistas. Cada personaje tiene sus propias lecturas, que definen su visión de mundo, su manera de vivir las cosas. Dos de ellos se aventuran a la creación, novelista uno y dramaturgo el otro. La poesía y la novela, además de la música de boleros, se presentan no sólo como una abstracción del imaginario, sino igual a un lazo más allá de la muerte y los sueños, donde los dos seres que en vida eran ideológicamente opuestos se toman de la mano y charlan, mientras el “yo” protagonista, que se había ocultado a lo largo de la novela, se acerca lentamente a su madre, que se desvanece poco a poco junto con Mauro. Sin embargo, antes de desaparecer, ella alcanza a recibir el manuscrito de una novela titulada Fruta verde: “—Ten, mamá, mi vida. ¿Me la puedes pasar en limpio?” (310)

 

The Original Vagablond

fruta verde

[1] Georges Bataille, “Introducción” en El erotismo (trad. Antoni Vicens). Tusquets, México, 2011, p. 15.

[2] Ibid., p. 20.

[3] Idem.

[4] Ibid., p. 22.

[5] Ibid., p. 25.

[6] Ibid., p. 23

[7] Enrique Serna, “La represión atea”. Letras libres (julio 2014), p. 92.

[8] Ignacio Solares, “Una agridulce perversidad”. Revista de la Universidad de México, no. 36 (2007), pp. 92-94.

[9] Serna, art. cit., p. 92.

[10] Javier Munguía, “Enrique Serna: el arte como una forma elevada de entretenimiento”. Revista crítica, 149, (julio 17, 2012). En línea http://revistacritica.com/contenidos-impresos/ensayo-literario/enrique-serna-el-arte-como-una-forma-elevada-de-entretenimiento. Consultado el 29 de octubre del 2015.

[11] Idem.

[12] Serna, Fruta…, ed. cit., p. 39

[13] Ibid., p. 285.

[14] Alonso, Guadalupe, “Entrevista con Enrique Serna. La mala educación sentimental” [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2013, no. 115 <http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=22&art=722&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: 29 de octubre del 2015].

[15] Serna, op. cit., p. 216.

[16] Ibid., p. 217.

[17] Ibid., p. 218.

[18] Ibid., p.173.

[19] Idem.

[20] Idem.

[21] Ibid., p.196.