Plagiar: una tarea fácil

Si no he publicado nada como Zapallo, no es porque haya dejado de escribir. En realidad, estoy pasando por un proceso creativo. Tengo bastante material acumulado que poco a poco iré subiendo al blog. Pero no tengo tiempo. La escuela me consume y apenas hoy me regalé el tiempo para meditar sobre un tema que me interesa particularmente: el plagio.

I. Estaba yo en una serie de conferencias en donde académicos y vagos de todo el mundo se presentaron en Ciudad Juárez. Se llamó “Entre pares” y quizá alguien de por aquí haya asistido a alguna de las charlas. No asistí a todos los eventos porque soy más vago que académico. Sin embargo, me apunté a dos pláticas sobre el plagio académico y su relación con la ética, movido más por el morbo-chisme que en sí para informarme de conceptos y repertorio teórico. Para desfortuna de mi hastío, fueron en inglés. Así que presté mucha atención para entender la mitad. Acá mi reflexión. En chinga porque me quedo sin tiempo y hay tarea.

II. Lo sabemos. El plagio es, en pocas palabras, un robo: de información intelectual; de resultados de investigación; de ejercicio creativo. También es robo de identidad: hacer pasar el trabajo de otra persona como tuyo, sin darle mérito alguno. En el menor de los casos, puede ser accidental: un mal uso del marco teórico; mal uso del sistema de citado. Finalmente, el plagio es un acto antiético, puesto que la persona que plagia está consciente de ello. Se trata de terrorismo intelectual.

Las charlas sobre este tema las impartieron una alemana y una inglesa. La última expuso que hay una asociación (netamente anglosajona) que se encarga de detectar el plagio a nivel internacional. Esto quiere decir que ya en el “primer mundo” hay una consciencia sobre este problema y se están buscando soluciones para él: sanciones, sobre todo.

¿Pero qué ocurre en México? Desafortunadamente el plagio aquí es un ejercicio común. No hay que ir más lejos: Enrique Peña Nieto fue acusado de plagiar en su tesis de maestría hace ya algunos años. Y si bien nuestro querido y amado presidente más bien no supo citar correctamente o supo utilizar la “paráfrasis”, lo cierto es que en el sistema educativo mexicano no solo no se sanciona al estudiante “plagiador”, sino que se le anima a “copiar” la información de internet. La santa Wikipedia ha salvado a tantos estudiantes de reprobar y ellos tan ingratos jamás le dedican un “tomado de la Wikipedia”.

El acto de “copiar y pegar” lo hemos hecho todos durante nuestra vida estudiantil. Yo mismo admito este rollo y por eso escribo más desde la memoria de aquellos tiempos. Y esto se debe a que los maestros que me dieron clase jamás se preocuparon por animarme a escribir, a desarrollar mis ideas. La frase común era “con tus propias palabras”. Al principio me animaba, porque siempre he tenido el gusto por escribir. Pero como nunca me leían y uno tiene cosas que hacer, pues buscaba la información en Dios Google y ya está. Sin referencia, porque hasta la universidad supe hacerlo.

Ya para concluir, es clara la indiferencia que el plagio despierta en nuestro entorno cultural. Esto queda demostrado cuando descubro que no existe en México una asociación organizada (con todo y siglas) que busque, detecte y sancione el plagio no solo en el nivel académico, sino en un ámbito aunque sea creativo. Los casos famosos, los que despiertan la curiosidad de algunos como yo, han sido expuestos gracias al periodismo serio o a lectores agudos como Gabriel Zaid o Guillermo Sheridan. La falta es aún más grave y cínica cuando estos señalamientos evidencian no a estudiantes de licenciatura sino a escritores consagrados y famosos (Carlos Monsiváis, quien plagió al mismo Zaid), ganadores de premios importantes como el Xavier Villaurrutia, doctores y académicos que gozaron de estos títulos a través de falsas investigaciones, o el mencionado presidente Enrique Peña Nieto.

III. ¿Y qué queda? Se hace la noticia. Se pierden empleos. Se hacen sanciones. Se pierden grados académicos. Pero creo que sigue sin tomarse en cuenta la seriedad del asunto. Quizá esto se deba a que el robo atañe a algo que no existe en un plano físico: las ideas. No lo sé de cierto. El año pasado, como algunos saben, el mismo Diario de Juárez escribió una nota basada en mi entrada sobre Bob Dylan en Juaritos Literario, que pueden consultar aquí. Jamás se hace referencia a mi texto. Y no es que descadaramente el autor transcriba mal la traducción de mi autoría, sino que esta acusación jamás fue tomada en serio. Los acusados nunca respondieron y como siempre, esto quedó sepultado entre el tiempo y el hastío.

Esta práctica es común en la manera en que distribuimos la información hoy en día. Y si no se toma en serio en el más mínimo de sus detalles…

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La noche que Lalo Mora salvó mi vida

Ahí estaba yo. Solitario y borracho como cada fin de semana. Dispuesto a inhalar otra línea de sal mezclada con tico y tajín. Entonces sonó a lo lejos cierta voz. Una voz hermosa, un ángel perverso. Si Baudelaire hubiese nacido en el norte de México, formaría parte de una banda norteña. Entonces, decía, estaba sonando una rola de las buenas: “Si pecamos por amarnos lo hemos hecho”. Luego la confusión. No sé si eran las moléculas de sodio en mi nariz o la potencia de las palabras. Y dejé de beber y pasé por un oxxo y me compré un powerade para curarme la cruda que se avecinaba. Tenía que regresar a casa, encender la computadora y en chinga poner ese disco sagrado de Los Invasores de Nuevo León que me compré en Sounds por treinta pesos. El dinero mejor invertido de mi puta vida.

Todos estos años perdiendo el maldito tiempo con bandas de rock. No sé en qué estaba pensando. No sé por qué nunca le hice caso a los gustos de mi mamá. Todo este tiempo escuchando tonterías del tipo Poison, Mötley Crüe y Aerosmith. Sonarán cool y toda la cosa, pero ¿alguna vez escribieron un verso con este poder de nostalgia: “Donde quiera que he de ir la he de llevar”? Nunca. Nunca en su maldita carrera. Lo único que supieron esos sujetos fue proporcionar la dosis correcta de fijador en sus cabellos vastos y hermosos. Pero sus letras solo hablaban de situaciones estúpidas y aburridas que concluían con un “oh yeah”. Una tontería así, ¿sabes? Nada como la capacidad de Los Invasores para crear una historia con todas sus complejidades dramáticas: “Dejé mi casa por vivir feliz contigo / y me pagaste como algunas pagan mal”. O más adelante, cuando Lalito concluye: “Mi casa nueva, muy distinta a las demás / tiene un letrero de color en la vidriera / y una cualquiera es la que ocupa tu lugar”. Me encanta. La voz lírica no disminuye jamás a la mujer que ama, sino se degrada a sí mismo: el culpable de esa situación es él. Creo que culpa es lo que transmiten estas canciones. El sentirse un culero, pues. Nos equivocamos. Igual no importa: “Por tus besos no me importaría llorar”. El dolor se siente rico.

Ya saben que dejé de escribir poemas. Me alegro de mi decisión. Una de esas justas, honestas. Una toma de conciencia. Los poetastros de mi generación deberían aprender de la poesía de Los Invasores de Nuevo León, Los Relámpagos del Norte, Los Cadetes de Linares. Mientras fantoches como Ashauri López escriben mamadas como “Te amodio porque te pareces a mi ciudad”, Lalo Mora canta “Recuerda que fue nuestra decisión / amarnos sin perder jamás la libertad”. Estos onanistas se deshacen la cabeza para escribir versos porno terroristas mal hechos: “me acuesto con poemas / porque las personas / me asustan / o me da flojera eso de la interacción social”. Vivimos en crisis, damas y caballeros. Una crisis muy profunda. Este sujeto, un tal Augusto Sonrics, jamás conocerá el significado de meterse unas líneas de sal con tico y tajín por culpa de un desamor porque pasa las noches en la biblioteca eyaculando sobre sus libros de poesía. Seguramente los libros de Ashauri López o Dante Bueno. Ellos jamás serán rescatados como yo por una voz que seduce con estas palabras:

A veces lloro muy cerca de las botellas,

especialmente cuando me acuerdo de ti.

Si amanecen no se miran las estrellas

y oscurece y nunca brillan para mí.

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El ángel más terrible

Simplemente ocurre. Un día te levantas con esa resaca. Por más profundo que intentes meter tus dedos en la garganta no vomitas. La sensación permanece. Ni modo. Hay algo que queda pero no sale hasta que tu cuerpo lo libera por otros medios. El sudor. Un sudor nervioso. Así es. No puedes escribir. Dejar crecer al cáncer: dejar de escribir.

Las consecuencias son visibles y no dejo de rascar las costras. Dejé de publicar en este blog. Dejé de publicar en las columnas que tenía. Dejé de escribir para Juaritos, querido Juaritos (no le digan al Urani). En los trabajos de la maestría, me llamaron “desangelado” y “rebelde”. Quizá esa sea la alegoría perfecta. En eso creían los griegos. Las musas rebeldes, ángeles de la belleza. Luego llegó la inspiración, que no es otra cosa que una extensión de la musa. Pero más intelectual, ¿no? Después los románticos mezclaron la idea: un ángel maldito. Todo ángel es terrible, dice Rilke: “la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible”. En fin, pues mi ángel me ha abandonado.

Lo peor es tener ideas buenas y no llegar a plasmarlas. Darles vida. Que caminen, que busquen, que seduzcan. Permanece más bien un aborto. Un aborto artístico. De esa manera definiría a mi poesía. Una crisis. Por eso le ha ido tan mal cuando quiero publicarla en ciertos espacios. Frustración. No vale la pena seguir escribiendo. A mi edad quiero llegar a la trascendencia. Soñador.

Ya llegará, supongo, la musa que me amarre con cuero. Que me saque algunas cosas, como esta entrada. Esto es lo único que ha salido en los meses que he puesto mis dedos en la garganta.

El rostro azul de Joni Mitchell

Así suceden las cosas. El azar, siempre. Fue una madrugada de ocio y las vacaciones aún no anunciaban su despedida. Pese al tiempo libre, dediqué casi nada al entretenimiento visual. Leí poco, vi pocas películas y todavía no salgo de la primera temporada de X Files. Mi madre insistía en que viera una película que Netflix, inusualmente provechoso, le había recomendado. Toda la vida he confiado en mi madre. Tardé algunas semanas, pero aquella madrugada de ocio, cuando las vacaciones todavía estaban cómodas en el gran reposo, vi The Kids Are All Right (Lisa Cholodenko, 2010). Quizá en otro tiempo hable de esta película. Pero una feliz coincidencia puso en la colección de LP’s del personaje masculino un disco que me distrajo del asunto dramático. Portada azul. Una mujer entre sombras. Un nombre que reconocía. Mi curiosidad se transformó en deseo cuando Annette Bening cantó las primeras líneas de “All I Want”. Quedé enganchado. Así suceden las cosas.

Esa misma noche, para curarme el final un poco decepcionante de la película, escuché Blue (1971) de Joni Mitchell. Por lo general uno describe sus experiencias musicales a partir del sonido. Pero en Blue imagino a una mujer que recorre todas las posibilidades de su intimidad a través de los sentidos. Sus palabras construyen espacios, olores, imágenes, cuerpos. La voz se encarga de lo pegajoso o lo melancólico. Quizá en un mal momento, alguien llore en los momentos más críticos de Blue. En este álbum, Joni Mitchell habla de su vida. Lo hace al oído. Es una habitación. Ella y su guitarra. Tú escuchas. Como todos somos la repetición del primer ser, naturalmente sufrimos cuando ella canta sus sufrimientos y alegrías que también son nuestras.

Siento la soledad de la mujer que canta. Pero también su resignación ante la melancolía. Y me resigno ante mi tristeza.

Joni Mitchell me habla de la ruina y la desesperación (el color azul y las sombras regresan a mi mente). Pero describe esos sentimientos desde perspectivas más bien conmovedoras. Durante los momentos más tristes de “The River” o “A Case of You”, frente a la desolación descrita, ella se atreve a contar un chiste, a parodiar algún jingle navideño, a emborracharse a mi lado. Como si en su lamentación hubiese un hálito de esperanza. No todo está perdido.

Por ello, “All I Want” habla desde un principio de la soledad en la que ella está inmersa (“I’m on a lonely road / And I’m travelling”) y de inmediato describe un deseo por liberarse y ser independiente. En el caso de “Carey”, una melodía más alegre y pegajosa, Joni parece rendir siempre tributo a las casualidades y al futuro. Hay en ella una tendencia hacia el movimiento y las contradicciones. Desplazarse al bar, a Roma o Amsterdam. Sentirse atraída por el “mean old Daddy” porque le place y ya. La gente que se hunde en explicaciones me aburre. A Joni también.

“The River”, la mejor canción de disco, es un poema bellísimo sobre la soledad de una mujer en vísperas de navidad. La interpretación vocal de Joni aquí es preciosa y sus palabras logran evocar una pérdida irremediable mezclada con esa sensación de libertarse-escapar: “I wish I had a river so long / I would teach my feet to fly / I wish I had a river / I could skate away on”. Así como transmitir esa sensación de desprecio por ella misma que se me antoja tan sincero, humano: “I’m so hard to handle / I’m selfish and I’m sad”. Me encantan esos momentos donde Joni me susurra la verdad. Para ella, el amor no es dulce sin un dejo perversidad “And he loved me so naughty / Made me weak in the knees”. Me enciendo. Quisiera sentirme así. Pero todas las mujeres que conozco son de humo.

Joni se deshace, su voz como un fantasma.

Suena “A Case of You” y quiero emborracharme con el vino que recorre la sangre de Joni, quiero ser un artista solitario que vive en una cajita de pinturas y buscarla en el bar donde bebe sin mí. Pero con estos versos de ella, nos despedimos:

Me aterra el diablo

pero me atraen los que no le temen.

Recuerdo aquella vez que me dijiste:

Amor es el tacto de las almas.

Claro que tocaste la mía,

partes de ti se desprenden de mí

en estos versos de vez en cuando.

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Un año de Memorias del Zapallo

Generalmente los blogs son ejercicios del instante. El instante, como herramienta filosófica del tiempo, siempre será efímero. Sin embargo, pese a lo poco que he publicado en estos últimos meses, Memorias del Zapallo cumple un año. Siendo sincero, nunca creí pasar de los seis meses. Me he encariñado tanto con este blog que cada día que paso sin publicar es un proceso doloroso.

Todos los días pienso en agregar algo aquí, sin éxito. Tantas cosas que exponer, que discutir, que charlar. De esta manera nació la necesidad por divulgar mis opiniones sobre literatura y ocio. Siento que he cumplido, no obstante, mi propósito: crear un espacio para mí y los libros que leo.

Quizá lo más bonito de este año fue contemplar el impacto que tuvieron las Memorias en el ambiente cultural de mi ciudad. Me satisfizo observar cómo, progresivamente, en silencio, amigos y amigas, conocidos y conocidas, abrieron o regresaron a sus espacios blogueros para iniciar sus propios proyectos, con perspectivas distintas a la mía. Así me di cuenta que esta idea no fue vacía. Y espero que esto no desaparezca, aunque yo deje de publicar.

La ironía está en que este blog recibe más visitas cuando yo desaparezco.

Por último, Memorias en el presente simboliza para mí un espacio de catarsis. En este momento sentía una necesidad enferma por escribir algo, cualquier cosa. Ni siquiera es el aniversario preciso del blog. Eso creo que es la próxima semana. No lo sé de cierto. Poco importa.

El que indica

Muchos amigos (en facebook) me han pedido que les role (facilite) el cuento que recibió una mención en el blog de Alberto Chimal. La dinámica de este concurso es sencilla: imaginar una historia corta a través de una fotografía.

Sin más, aquí les dejo el relato para que no batallen.

El que indica

I. Atravesaron el muro durante la madrugada. Alguien se quejaba de haber olvidado el sombrero. Otros hablaban de la inmensidad del desierto, de la tristeza de no haber visto nunca el mar, de la imagen poderosa de los tranvías y los edificios en las grandes ciudades de allá. Todo descrito como una mezcla entre seriedad y ensueño.

Al mediodía se detuvieron un momento debajo de un árbol: la civilización no estaba lejos, una hora de camino, quizá dos, puedo oler ya los ranchos, la obra, alguien decía mientras tragaba sotol. Otros discutían sobre el recurso de las horas y el clima extremo: Cuando lleguemos el tiempo y la tierra seguirán en los ojos. El más joven, aburrido, dibujaba círculos con el pie, luego con el índice: rostros sin expresión que serán borrados por la tormenta de la noche, casas deshabitadas, figuras tal vez humanas.

II. Escucharon un ruido de multitudes. Observaron al sujeto encima de una colina que los señalaba con el índice, con firmeza, con esa seguridad de quien ha gritado una maldición. Los hombres sobre ellos murmuraban algo que no entendieron. Se sintieron ofendidos. No dijeron nada. La mirada cada vez más intensa, pero no dijeron nada cuando los hombres gritaban con más fuerza: voces rasposas y bestiales, primitivas.

De nuevo el índice álgido y estupendo que sobrellevó al silencio de todos. Luego un disparo y otro, otro.

Empezaron a correr levantando una tolvanera, menos el joven, que siguió dibujando círculos hasta que una sombra de arena se posó sobre sus hombros.

concurso125

Juárez es the number one

¡Qué tal! Les comparto esta entrada que escribí sobre Juan Gabriel y Ciudad Juárez, su querida frontera, the number one.

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I. No hay día que no se hable de Juan Gabriel en los programas de chisme que ve mi mamádesde que el 28 de agosto se anunció la noticia de su muerte. Antes dedicábamos las mañanas a la contemplación de sus videos gracias al descubrimiento de youtube. Y antes, cuando estaba preparándome para ir a […]

a través de Juárez es the number one —