0. Para nuestro pesar, las inteligencias sintéticas están por todas partes. La fascinación por ellas se ha vuelto una tendencia que nos compete reflexionar desde diversas formas del pensamiento: la escritura, la filosofía, el arte, la educación, la moral. En este texto pretendo apuntar algunas cosas sobre el tema. Señalo que no soy un experto en dicha área, pero me declaro un curioso alarmado.
1. De acuerdo con Graham Morehead (2025), el área laboral que resultará más afectada con el desarrollo de la inteligencia sintética es la del trabajo editorial. Quienes trabajamos con textos o sobre textos podemos confirmar la afirmación anterior. En la discusión del oficio cada vez es más común encontrar inquietudes escandalosas: los famosos MLE (modelos de lenguaje extenso) nos van a dejar sin trabajo, dice la hipérbole. En un estudio publicado en 2024, Rafael Repiso escribe: “Estamos ante el desarrollo de un tipo de herramientas que nunca había existido, un instrumento que sustituye a las personas en una actividad concreta, la intelectual, que hasta ahora estaba excluida de todos los desarrollos anteriores” (1).
En un taller impartido en 2025 por el editor Camilo Ayala nos comentaba que, en un experimento realizado en cierta universidad, se encontró que las inteligencias sintéticas corregían con mayor precisión que los correctores de estilo que trabajan para la institución. Dichos resultados son alarmantes, al menos desde una perspectiva laboral. Se habla ya del fin del oficio, del dominio de la máquina, de lo barato que es.
Sin embargo, yo tomé dicho ejemplo con cierto escepticismo por el simple hecho de que la corrección de estilo es rotundamente subjetiva. Un corrector competente puede entregar un trabajo de alto nivel desde el aspecto ortográfico y gramatical. Pero el estilo recae mucho en la subjetividad. Años de teoría literaria y estética, desde el Formalismo Ruso hasta la Deconstrucción francesa han explorado estos temas hasta el hartazgo y nunca se ha llegado a comprender en su totalidad qué hace que un cuerpo textual se convierta en literatura, por ejemplo. Incluso en la escritura científica hay elementos de estilo que deben respetarse. Además, la edición suele ser muy caprichosa porque los editores también tienen un estilo.
No niego que un corrector pueda economizar su trabajo con apoyo de estas herramientas. Algunos editores, por ejemplo, utilizan Turnitin para verificar que un trabajo no sea plagio. En teoría, una inteligencia artificial puede elaborar una bibliografía en APA o MLA, aunque, muy a la manera de Borges, se invente las referencias. De acuerdo con Repiso (2024), los MLE pueden utilizarse “de manera ética” para sintetizar documentos, extraer información concreta de estos, mejorar la redacción, sugerir títulos y subtítulos, crear imágenes ilustrativas, entre otras cosas (4).
Sin embargo, las fascinaciones tecnológicas derivadas de la IA suelen olvidar que las aproximaciones textuales dependen, algunas veces, de caprichos de escritura. Quizá una inteligencia sintética pueda imitar el estilo de Antonio Rubio Reyes, pero nunca podrá imitar sus errores. Se tiende a ignorar, dentro de esta discusión, lo imperfecto que es el pensamiento humano, lo singularmente impreciso que es pensar. El entusiasmo tecnológico pasa por alto que una inteligencia artificial no puede ni podrá emular al lenguaje por completo porque el lenguaje es vago y se equivoca: está vivo. El lenguaje es por definición errático, y eso es algo que un MLE nunca podrá aprehender, ya que más que ser correctos, son convincentes.
Desde mi punto de vista, los MLE son ineficaces, de momento. Provocan más errores que los que solucionan. Por ahora, no recomendaría su uso ni siquiera para elaborar trabajos, mucho menos académicos. Debido a que los alimenta una vasta información, suelen caer en fallos bastante particulares. Quien ha leído textos sintéticos puede confirmar que se notan las costuras. Un lector bien entrenado inmediatamente jalará estas costuras.
2. En una conferencia de Daniel Cassany (2024), el autor de La cocina en la escritura comentaba que no podemos presentar una posición cerrada frente a la llegada de la inteligencia artificial en la escritura escolar. Pero es innegable que esta representa una problemática inmensa en las aulas. Cassany hablaba de una responsabilidad tanto en el docente como en el estudiante. El docente debe proporcionar la información adecuada respecto al uso de la inteligencia sintética y enlistar los beneficios y problemas que conlleva utilizarlas. El estudiante, por supuesto, puede aprovecharlas. Sin embargo, en un mundo educativo tan centrado en la competencia y el valor numérico, estas herramientas, por lógica, no serán utilizadas con ese fin. Lo cierto es lo siguiente: no puede existir un consumo ético de los MLE porque sus usuarios confían plenamente en ellos, y ese es su propósito. Insisto, los MLE no son correctos, sino convincentes, y por lo tanto no se duda de la información presentada ni se verifica. Este asunto lo desarrollaré a detalle en el apunte 4.
Asimismo, los textos sintéticos suelen presentar algunos vicios del lenguaje. Hace poco, la revista Monodemonio publicó algunos: abuso de comas parentéticas, uso indiscriminado de conectores, frases hechas, repetición de estructuras sintácticas simples, tono excesivamente neutro, entre otros. Además, un ensayista utiliza considerablemente expresiones auto-reflexivas de lo que está escribiendo: “como se mencionó con anterioridad”, “véase el capítulo siguiente”. Por ahora, los MLE no son capaces de construir obras conscientes de sí porque carecen de voluntad.
Me parece que dicha discusión en torno a la inteligencia sintética y el ensayo académico se ha pensado desde una perspectiva errónea. En lugar de escandalizarse porque los estudiantes quieren entregar todo de inmediato, cabría mejor cuestionarse el por qué se ve al ensayo como un requisito más para recibir una calificación del uno al diez. También creo que podemos preguntarnos esto: ¿Por qué queremos que una entidad sintética piense por nosotros?
3. Ya desde el siglo XIX Baudelaire hablaba de la pesada quimera que es el hastío. La rapidez define nuestra sociedad actual tanto como la flojera. El tiempo debe ahorrarse para perderlo en nada. Todo debe sobreproducirse y elaborarse con velocidad: el arte, la música, la literatura, las películas. ¿Para qué pasar meses pintando si una inteligencia robótica puede hacerte “lo mismo” en seguida? El tiempo que nos ahorramos, en efecto, lo pasaremos escroleando frente a una pantalla.
El uso de las tecnologías está afectando nuestra capacidad para reflexionar las cosas con paciencia y sabiduría. Yo no culparía del todo a los MLE. Este problema ya es estructural, producto de una cultura virtual y veloz, profundamente ensimismada en internet. Además, nuestra relación con la información ha cambiado de forma notable. Y la rapidez con que nos conectamos con la información corrompió nuestra manera de pensar (Carr, 2010).
En la discusión en torno a la inteligencia sintética, se habla mucho de la crisis del pensamiento. Esto puede confirmarse en las redes sociales. Con la aparición de modelos como Grok, los usuarios confían plenamente en ellos y dejan “en sus manos” el pensamiento crítico (Grok, ¿es cierto esto que dice el autor?). De manera paradójica, el acceso a toda la información y los apresurados avances tecnológicos están afectando la cognición, como ha apuntado Nicholas Carr en su libro Superficiales (2010). Supongo que en ello está la gran tragedia del Aleph borgiano: las maravillas del clic han derrumbado nuestra capacidad de dudar y prestar atención. En 2008, Carr planteaba una pregunta esencial: ¿Será que Google nos está volviendo estúpidos? En 2026 podríamos reformular la cuestión.
4. En la inmersión ultra-capitalista que padecemos, la paciencia y la calma son contempladas como obstáculos, según señala acertadamente Byung-Chul Han en Infocracia (2022) cuando comenta el auge de las fake news. Queremos que las cosas estén ya. Poco importa si la información resulta verídica: “Hemos perdido por completo el impulso a la verdad, la voluntad de verdad […]. Las noticias falsas no son mentiras. Atacan la propia facticidad. Desfactifican la realidad” (42-43). Para Han, una realidad incomprobable, por así decirlo, conlleva una crisis narrativa. A conclusiones semejantes llegó el filósofo francés Éric Sadin en su libro La inteligencia artificial o el desafío del siglo (2020): “De ahora en adelante ciertos sistemas computacionales están dotados —nosotros los hemos dotado— de una singular y perturbadora vocación: la de enunciar la verdad” (17).
De acuerdo con Sadin (2020), concedimos, sin pensarlo, una confianza absoluta a lo digital y la hemos instalado en procesos importantes y simples de la vida humana, como conseguir un empleo o realizar un trámite burocrático. En sus palabras, lo digital es una potencia aletheica, “en el sentido en que la definía la filosofía griega antigua […] la manifestación de la realidad de los fenómenos más allá de sus apariencias” (17-18). Debido a lo anterior, cedimos a lo digital el peritaje de lo real, ya que lo hace mejor que un ser humano.
La crisis de la verdad, por tanto, desembocó en la bancarrota del humanismo. En palabras de Muñoz Fernández, “somos testigos de la humanización de las cosas a la par de que los seres humanos nos estamos cosificando” (2024). Para el capitalismo de la vigilancia, las personas se han degradado a simples “datos y ganado consumidor” (Han, 2022, 2). En cambio, a lo digital se le confiere la enunciación de un logosverdadero, perfectamente ejemplificado en el uso de la inteligencia artificial.
En efecto, en los últimos años atestiguamos cómo los algoritmos determinan el consumo y el entretenimiento. Los teléfonos inteligentes vigilan y estudian a sus dueños para ofrecerles contenido personalizado, predicen lo que van a decir, monitorean su salud y hasta se moldean a su personalidad. Esta pesadilla foucaultiana, además, la hemos aceptado y normalizado sin mucho problema, debido a la fascinación tecnológica y a las adicciones de consumo, que quebrantan el pensamiento crítico y pervierten más que nada a la dialéctica[1] porque la vida digital está pensada desde el algoritmo, ajustado al gusto y posición política del usuario. Byung-Chul Han (2022) ha definido a lo anterior como “vigilancia psicopolítica”, a la cual está subordinada la información, y que ha vulnerado considerablemente nuestra libertad: “En el régimen de la información, las personas no se sienten vigiladas, sino libres […]. No son las personas las realmente libres, sino la información” (5-6).
Resulta alarmante contemplar que hoy las inteligencias sintéticas, motivadas por las empresas trasnacionales, intenten corromper las actividades creativas, que siempre han amenazado a la esfera ultra-capitalista por ser las más libres. Decía Jorge Teillier que no hay actividad humana más anti-capitalista que sentarse a leer o ponerse a escribir.
Desde una vida tan dependiente de las redes sociales, la adicción a los likes y la búsqueda de la aprobación digital, hemos mirado, fascinados, cómo las inteligencias sintéticas piensan, escriben, dibujan y realizan cortometrajes porque ya nos da flojera hacer esas cosas. Mientras estas nos han alterado la noción de verdad, mientras roban nuestros datos más íntimos y la biometría, mientras consumen cantidades exorbitantes de recursos naturales, nosotros aplaudimos porque ya no hacen manos de seis dedos.
5. Hemos leído cómo la vida acelerada reprime las prácticas cognitivas que requieren paciencia. Sin embargo, el auge de las inteligencias sintéticas también se ha aprovechado de la frágil salud mental contemporánea. Según un artículo publicado por la Harvard Business Review, los usuarios de los MLE han cambiado su manera de relacionarse con ellos. En 2024, se utilizaba a los MLE para “producir ideas” en primer término. Su utilidad era más académica. Para 2025, se expone que los usuarios frecuentan las inteligencias artificiales para “terapia/compañía” (Marc Zao Sanders, 2025).
En la discusión digital, observo que el auge de los chat bots coincide con una crisis post-pandémica de la salud mental. Las empresas detrás de estos modelos saben que los usuarios, profundamente dañados por el declive económico, la era después del COVID 19 y los conflictos armados en el mundo, acuden a las inteligencias artificiales para sobrellevar la ansiedad y la depresión. Lo terrible es que estas empresas también saben que dichos usuarios son muy manipulables. Pero eso es, de hecho, lo que buscan: personas vulnerables que ceden fácilmente la confianza en virtud de algunas palabras de aliento; personas sin una capacidad crítica plena ni habilidades emocionales sanas.
En una entrevista reciente, Mark Zuckerberg afirma que la solución a la “epidemia de la soledad” son los chat bots, puesto que un norteamericano normal “no tiene más de cinco amigos reales”. Desde la perspectiva de Zuckerberg, que tiene años invirtiendo en las inteligencias artificiales, estas pueden perfectamente reemplazar la experiencia humana siempre y cuando las personas se entreguen por completo a la realidad virtual.
6. Las inteligencias sintéticas en la literatura y el arte representan un debate igual de problemático. Pienso en un comentario que leí al respecto sobre aquellos que difunden imágenes sintéticas al estilo Ghibli, popularizadas en abril de 2025: “Es el tipo de gente que no ve al arte por lo que es, es feliz con cualquier migaja de creación sin ninguna intencionalidad”. Graham Morehead (2025) afirma que la principal característica de la inteligencia artificial es que no tiene voluntad: solo responde, no pretende ni pretenderá, por sí misma, crear. Esa intención la tiene la persona que dictó el prompt y que buscará la autoría: a fin de cuentas, es muy humano compensar la falta de creatividad con reconocimiento. No obstante, la gente que busca estas emulaciones y solo se quedan en la superficialidad de un resultado inmediato pensado para la tendencia, falla en comprender una cosa fundamental de la estética: no porque una cosa sea similar a la cosa que imita, puede sustituirla.
Por ejemplo, a un MLE puedes pedirle que escriba un párrafo “al estilo de Dostoievski”. Supongamos que le creemos: nos da la sensación de algo familiar porque hay elementos, nombres, quizá pasajes textuales de su obra. Cabría preguntarse si el MLE imita el estilo genuino de Dostoievski o el de Cansinos Assens, su traductor (véase apunte 1). En fin, el resultado nos daría, tal vez, la ilusión de Dostoievski. Pero la experiencia de lectura jamás podrá hermanarse con una página de “Noches blancas”, simplemente porque la primera representa un ejercicio de la curiosidad. Y en eso podemos reducir a la inteligencia sintética y su vínculo con el arte y la literatura: curiosidades vacías, no experiencias estéticas.
Como dato adicional, cierto sector editorial parece que buscará llevar esta discusión al ámbito legal desde los derechos de autor, como señala Javier Gutiérrez Vicén (2025) en un artículo donde enlista las diversas demandas contra Microsoft y OpenAi presentadas por The New York Times, Getty Images y las ilustradoras Sarah Andersen, Kelly McKernan y Karla Ortiz, respectivamente. Según Gutiérrez Vicén, existe una violación a los derechos de propiedad intelectual que trasciende el fair use estadounidense (30). No obstante, habrá que esperar a las diversas resoluciones legales. Con franqueza, predigo que la decisión final estará a favor de las multinacionales, que tanto han invertido en sus proyectos de inteligencia artificial.
7. A manera de conclusión, me parece que vivimos en un momento de saturación respecto a las inteligencias sintéticas. Hace unos días entré a un webinar organizado por Anuies donde se discutía el auge de las inteligencias artificiales en la educación. Ya se ha dejado atrás la reserva y ahora se está pensando en cómo implementarlas adecuadamente en el mundo académico y editorial, como resumí en los apuntes 1 y 2. Sin duda, es el tema de moda en todas las universidades, las cuales organizan cátedras, conferencias y publicaciones. Desde mi punto de vista, el acercamiento académico está todavía muy estancado en la fascinación tecnológica y el entusiasmo. Como he descrito, el uso de las MLE está profundamente vinculado a una crisis de la verdad y la salud mental, así como a un declive en el pensamiento crítico (apuntes 3 y 4).
Poco he hablado del problema ético que observo en el uso de las inteligencias sintéticas. Ya la Unesco, prematuramente en 2021, recomendaba determinados usos responsables de la IA. Es quizá muy pronto para anotar las consecuencias de la inteligencia sintética en nuestra moral actual. Sin embargo, las consecuencias de la post-ironía y la infocracia son muy palpables: el auge del fascismo en el mundo moderno aquejado por diversos males. La humanización de las cosas, la cosificación de las personas, recordemos.
Así pues, algo tan terrible como la muerte de dos personas en un festival de música, un transfeminicidio en Colombia o el asesinato de dos hombres de la mano de una anciana puede convertirse, con una finalidad viral, en la última tendencia visual estilo Ghibli gracias a una inteligencia artificial. No hay una voluntad ética detrás de estas imágenes: pura frialdad, pura interacción digital. Juzgo en ello una bancarrota no solo creativa, obviamente, sino humanista.
Además, vivimos en una época donde podemos observar cómo el estado terrorista de Israel comete un genocidio contra la población palestina en directo. De acuerdo con la ONU y diversas organizaciones de derechos humanos, Israel es culpable diversos crímenes de lesa humanidad con permiso de las grandes potencias mundiales: ha erradicado a las infancias en Gaza, bombardeado hospitales y escuelas (muy recientemente se difundió un video donde se derrumbaba una universidad para revelar el sexo de un bebé), atentado contra la ayuda humanitaria (también recientemente un dron atacó a una Flotilla de la libertad en aguas internacionales), asesinado a periodistas (han muerto más corresponsales en la franja de Gaza que en las dos guerras mundiales) y poetas, como Refaat Alareer y Heba Abu Nada… Todo esto con el apoyo militar de los EE. UU. Así pues, ¿de qué manera afecta todo esto en nuestra cosmovisión de un mundo libre, tan corrompido por la fascinación tecnológica y la jerarquía de la información?
Obra citada
Cassany, D. (2024, 13 de noviembre). Escribe desde casa: cambios, retos y posibilidades de la IAG para la lectura y la escritura [conferencia vía Zoom]. México: Tecnológico de Monterrey.
Carr, N. (2008). Is Google Making Us Stupid? The Atlantic, recuperado de: https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2008/07/is-google-making-us-stupid/306868/
——- (2010). Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Traducción de Pedro Cifuentes. Madrid: Taurus.
Gutiérrez Vicén, J. (2025). Inteligencia Artificial: Editores y autores se defienden. Texturas (55), 29-34.
Han, B.-Ch. (2022). Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia. Traducción de J. Mielke. España: Random House.
Morehead, G. [Wired] (2025, 25 de marzo). Professor Answers AI Questions | Tech Support | Wired [archivo de video]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=-u6Ektrvk2U
Muñoz Fernández, L. (2024). Lo que me preocupa de la inteligencia artificial. Nexos, recuperado de: https://bioetica.nexos.com.mx/lo-que-me-preocupa-de-la-inteligencia-artificial/
Repiso, R. (2024). La inteligencia artificial en los procesos editoriales y la evaluación por pares. Revista de investigación e innovación en ciencias de la salud, 6(2), 1-4.
Sadin, Eric. (2020). La inteligencia artificial o el desafío del siglo: anatomía de un antihumanismo radical. Traducción de Margarita Martínez. Buenos Aires: Caja negra.
[1] Es decir, en el debate crítico ahora se privilegia más una perspectiva individualista y se rechaza toda postura política e ideológica que no se alinee a esta, alterando, la capacidad de disentir.



